Dos dedos de agua recogidos bajo el agujero de drenaje informan mejor del estado de una maceta que media hora observando las hojas. Ese líquido ha atravesado todo el cepellón y lleva disuelto lo que hay ahí dentro: las sales acumuladas del abono, las que aporta el agua del grifo y el pH real al que están trabajando las raíces. Con dos aparatos de bolsillo se lee en treinta segundos, y a partir de ahí abonar deja de ser una apuesta.
Qué producto elegir, cada cuánto aplicarlo y qué necesita cada especie está tratado en la guía de abonos para plantas en macetas. Esto va de lo otro: de comprobar si lo que se está haciendo funciona.
Los dos números que lo explican casi todo
La conductividad eléctrica mide la capacidad del agua para conducir corriente, que es proporcional a la cantidad de iones disueltos. No dice qué sales hay, dice cuántas. Se expresa en milisiemens por centímetro (mS/cm), unidad idéntica al decisiemens por metro (dS/m) que aparece en los análisis agronómicos; algunos aparatos domésticos dan el resultado en ppm o en TDS, que es la misma medida multiplicada por un factor de conversión arbitrario. Mejor trabajar en mS/cm y evitar el lío.
El pH gobierna qué formas químicas están disponibles para la raíz. En un sustrato de turba o de fibra de coco, con muy poca capacidad de tamponar, el pH se mueve mucho más deprisa que en un suelo de jardín.
Un medidor de conductividad y otro de pH de gama doméstica cuestan entre veinte y cincuenta euros cada uno, se calibran con las soluciones patrón que vienen en el envase y hay que recalibrarlos cada pocas semanas. Las varillas metálicas que se clavan en la tierra y llevan una aguja sin pilas no miden pH: responden a la humedad y al par galvánico entre dos metales, y sus lecturas no sirven para tomar ninguna decisión.
Cómo se toma la muestra
El procedimiento más extendido en viverismo es el del drenaje. Se riega la maceta como de costumbre y se deja reposar una hora, para que el sustrato se equilibre. Después se vierte despacio por la superficie un volumen conocido de agua —del orden de un 5 a un 10 % del volumen de la maceta— y se recogen en un vaso los primeros cincuenta mililitros que salgan por abajo. En esa muestra se leen conductividad y pH.
Existe una versión aún más simple: colocar un plato limpio bajo la maceta durante el riego habitual y medir lo que caiga. Da valores algo distintos, porque arrastra más sales de la superficie, pero es perfectamente válido con una condición: usar siempre el mismo método. Lo que interesa no es la cifra absoluta sino su evolución de un mes a otro, y para comparar hay que medir igual.
Y una medición previa e imprescindible: la del agua de riego sola, antes de tocar ninguna maceta. Es el punto de partida de todo lo demás.
Qué valores esperar
El agua del grifo en España varía muchísimo. En el noroeste peninsular y en zonas graníticas es blanda, con conductividades de 0,05 a 0,3 mS/cm. En el valle del Ebro, en Levante, en el interior manchego y en buena parte del sur se mueve entre 0,7 y 1,5 mS/cm, y en algunos puntos del litoral mediterráneo la supera. Ese valor es el suelo mínimo del que se parte: si el agua ya entra a 1,2, el drenaje no va a bajar de ahí por mucho que se deje de abonar.
Como referencia para el líquido de drenaje en plantas ornamentales cultivadas en turba:
Por debajo de 0,3 mS/cm el sustrato está prácticamente vacío. Si la planta está creciendo, le falta comida.
Entre 0,5 y 1,5 mS/cm es la zona cómoda para la mayoría de plantas de interior y de temporada.
Entre 1,5 y 2,5 mS/cm es aceptable en plantas voraces y en plena estación de crecimiento —cítricos en contenedor, hortícolas de terraza, plantas de flor grandes—, siempre que se rieguen abundantemente.
Por encima de 3 mS/cm aparece el daño osmótico. La corrección es un lavado del cepellón, que está explicado en el artículo enlazado más arriba.
Hay especies que exigen valores mucho más bajos. Helechos, orquídeas epífitas, azaleas y camelias sufren por encima de 1 mS/cm, y las plantas carnívoras —Drosera, Sarracenia, Dionaea— requieren agua de lluvia o de ósmosis inversa, con conductividades inferiores a 0,05 mS/cm, y mueren con agua del grifo de casi cualquier ciudad española sin necesidad de que nadie las abone.
La deriva del pH y los bicarbonatos
Un sustrato de turba recién comprado suele venir corregido a un pH de 5,5 a 6,5, que es el rango donde la mayoría de las plantas encuentran disponibles todos los elementos a la vez. Las acidófilas piden entre 4,5 y 5,5.
Lo que rara vez se explica es que ese pH no se queda quieto: sube riego tras riego, y el responsable es el bicarbonato del agua. Conviene no confundir dos parámetros que suelen ir juntos pero no son lo mismo. La dureza mide el calcio y el magnesio disueltos. La alcalinidad mide la capacidad del agua para neutralizar ácidos, básicamente su contenido en bicarbonatos, y es esta segunda la que desplaza el pH del sustrato hacia arriba.
Como orientación, una alcalinidad por debajo de 60 mg/L expresada en carbonato cálcico no da problemas; entre 60 y 150 es manejable; por encima de 150 o 200 el ascenso del pH es cuestión de meses. El agua de red de buena parte del centro, el este y el sur peninsular se mueve entre 200 y 350 mg/L, dato que figura en el análisis que publica cada compañía municipal de aguas.
Ese es el mecanismo real por el que una camelia o un arándano en maceta se van apagando en su segundo año pese a recibir religiosamente abono para plantas ácidas: el sustrato ha ido encalándose con el propio riego y el hierro ya no está disponible. Las salidas son tres: agua de lluvia o mezclada, acidificación controlada del agua de riego —con medidor, porque a ojo se pasa uno— y elegir abonos de reacción ácida.
Esa última idea es útil y poco conocida. Los fertilizantes tienen una acidez o basicidad potencial según la forma en que aportan el nitrógeno: los amoniacales y ureicos acidifican el medio al ser absorbidos, porque la raíz expulsa protones a cambio del catión amonio, mientras que los nítricos con calcio o potasio lo alcalinizan. Un abono con predominio de nitrógeno amoniacal compensa en parte un agua alcalina; uno a base de nitrato cálcico agrava el problema.
Leer las dos cifras juntas
Por separado cada número dice poco. Combinadas, las lecturas apuntan a causas concretas:
Conductividad alta y pH dentro de rango. Acumulación de sales del propio fertilizante. Toca lavar y espaciar los aportes.
Conductividad alta y pH bajando. Exceso de abono amoniacal o de reacción ácida. Además del lavado, conviene cambiar de formulación.
Conductividad baja con la planta clorótica y creciendo. Carencia genuina: el sustrato está agotado o se está regando en exceso y arrastrando todo por el drenaje.
Conductividad correcta y pH por encima de 7. Agua alcalina. Habrá clorosis férrica en las hojas nuevas aunque el abono sea completo, y añadir más NPK no cambiará nada.
Conductividad que sube mes a mes sin haber abonado. La fuente es el agua, no el fertilizante. Riegos más abundantes con drenaje libre, o cambio de agua.
Conductividad y pH normales con la planta parada. El problema no es nutricional. Raíz asfixiada, cepellón enrollado, plaga o falta de luz.
El sustrato también envejece
Hay un límite que ninguna medición corrige. La turba y la fibra de coco se descomponen: al cabo de dos o tres años las fibras se han fragmentado, la porosidad de aire cae por debajo de lo que la raíz necesita y la capacidad de retener nutrientes cambia. Cuando el agua tarda en penetrar y el drenaje sale turbio y lento, lo que hace falta es sustrato nuevo.
Una medición trimestral —agua de riego y drenaje de dos o tres macetas representativas, anotadas en una libreta— basta para llevar el control de una terraza entera. Es más barato que cualquier abono y evita las dos situaciones opuestas que se dan con más frecuencia: plantas hambrientas a las que se riega mucho y macetas saladas a las que se sigue abonando.
En resumen
La conductividad eléctrica y el pH del agua que sale por el drenaje convierten el abonado en maceta en algo comprobable. Se mide primero el agua de riego, que fija el punto de partida, y luego el drenaje, siempre por el mismo procedimiento, para poder comparar en el tiempo. Entre 0,5 y 1,5 mS/cm la mayoría de las plantas de interior están bien servidas; por encima de 3 hay daño por sales y por debajo de 0,3 hay hambre. El pH sube solo con el riego cuando el agua tiene alcalinidad alta, cosa habitual en gran parte de España, y ese ascenso silencioso explica muchas clorosis de acidófilas en contenedor; se compensa con agua de lluvia, con acidificación medida o con abonos de nitrógeno amoniacal. Y cuando ambas cifras salen normales y la planta sigue mal, el problema no está en el abono.