Seis kilos de tomate recogidos en un metro cuadrado se llevan de ese metro cuadrado alrededor de 15 gramos de nitrógeno y unos 28 de potasio expresado como K₂O. Son cifras pequeñas, mucho menores de lo que sugiere la escena de vaciar un saco sobre un bancal, y son la única base sensata para decidir cuánto abonar. Todo lo demás —la costumbre, la dosis del envase, el criterio de que un poco más no hace daño— es aproximación por exceso.

Qué necesita cada grupo de hortalizas y en qué momento del ciclo lo pide está desarrollado en la guía de abono para un huerto de hortalizas. Lo que sigue es la aritmética: cuánto sale, cuánto pone el suelo por su cuenta y cuánto hay que reponer de verdad.

Bancal de hortalizas en plena producción

Extracción, necesidad y aporte no son lo mismo

Conviene separar tres conceptos que se mezclan continuamente.

La extracción es lo que abandona el bancal dentro de la cesta: los nutrientes contenidos en la parte cosechada. Es el hueco real que hay que rellenar.

La absorción es todo lo que la planta ha tomado a lo largo del ciclo, incluidas hojas, tallos y raíces. Siempre es mayor que la extracción, a menudo el doble, pero buena parte de ese material se queda en la parcela si los restos se devuelven al suelo.

El aporte es lo que hay que echar, y es mayor que la diferencia entre las dos anteriores, porque ningún fertilizante se aprovecha entero. La eficiencia del primer año ronda el 40-60 % en nitrógeno, apenas el 10-25 % en fósforo —que reacciona con el calcio del suelo y se bloquea— y el 50-70 % en potasio. Con abonos orgánicos la eficiencia del primer año es todavía menor, porque parte del nutriente sigue sin mineralizarse cuando termina el cultivo.

Cuánto se lleva cada cosecha

Estas son las extracciones aproximadas por cada mil kilos de producto fresco cosechado, en kilos de nitrógeno, de P₂O₅ y de K₂O. Son órdenes de magnitud tomados de referencias agronómicas al uso, no valores exactos: varían con la variedad, el clima y el manejo.

Tomate: 2,5 de N, 0,8 de P₂O₅, 4,5 de K₂O. Pimiento: 3,5 / 0,9 / 5. Berenjena: 3 / 0,8 / 4,5. Calabacín: 2 / 0,7 / 3,5.

Patata: 3,5 / 1,5 / 6,5. Zanahoria: 2,5 / 1 / 5. Cebolla: 2,5 / 1 / 3,5. Remolacha de mesa: 3 / 1 / 5.

Lechuga: 2,2 / 0,9 / 4,5. Acelga y espinaca: 3,5 / 1 / 5. Col y brócoli: 4,5 / 1,5 / 5.

Dos lecturas saltan a la vista. La primera es que en casi todas las hortalizas sale más potasio que nitrógeno, con frecuencia el doble, y sin embargo el abonado doméstico se organiza casi siempre alrededor del nitrógeno. La segunda es que el fósforo extraído es minúsculo comparado con los otros dos, lo que hace difícil justificar un aporte fosfórico anual en un huerto que lleva años recibiendo materia orgánica.

Llevado a un bancal concreto: diez metros cuadrados de tomate que producen seis kilos por metro suman sesenta kilos de fruto y se llevan unos 150 gramos de nitrógeno y unos 270 de K₂O en toda la temporada. Un kilo de un complejo 15-15-15 aporta 150 gramos de cada. La escala del problema es esa.

Lo que el suelo pone sin que nadie lo eche

Ese hueco no hay que cubrirlo entero, porque el suelo tiene sus propias fuentes.

La principal es la mineralización de la materia orgánica. Un suelo con un 2 % de materia orgánica en los primeros veinte centímetros contiene del orden de dos a tres toneladas de nitrógeno orgánico por hectárea, y cada año se mineraliza entre el uno y el dos por ciento. Eso significa 30 a 60 kilos de nitrógeno por hectárea, o sea de 3 a 6 gramos por metro cuadrado, liberados gratis y justo cuando hace calor, que es cuando el cultivo los necesita. En un huerto bien provisto de materia orgánica, esa cifra cubre por sí sola buena parte de la demanda de una lechuga o de una cebolla.

La segunda fuente es el agua de riego, y rara vez se contabiliza. En comarcas con acuíferos afectados por nitratos, el agua puede llevar de 20 a 50 miligramos de nitrato por litro. Con un consumo de 400 litros por metro cuadrado y temporada, eso supone entre 2 y 4 gramos de nitrógeno por metro cuadrado, un aporte comparable al de la mineralización. Quien riegue con agua de pozo en la Mancha, en el Levante o en la cuenca del Duero hace bien en pedir el dato al ayuntamiento o a la comunidad de regantes antes de calcular nada.

La tercera son los restos del cultivo anterior, si se han devuelto al bancal, y la fijación biológica si en la rotación entra una leguminosa.

Del número al saco

Con eso se puede cerrar el círculo. Supóngase un bancal de tomate que extrae 15 gramos de nitrógeno por metro cuadrado y recibe 4 del suelo y 2 del agua: quedan 9 gramos por reponer. Con una eficiencia del 50 %, hay que aportar unos 18 gramos de nitrógeno por metro cuadrado.

Traducido a materiales reales, con contenidos orientativos sobre producto tal cual:

Compost maduro, en torno al 1,2-1,5 % de nitrógeno, del que se mineraliza un 25-30 % el primer año. Tres kilos por metro cuadrado aportan unos 40 gramos de nitrógeno total y liberan una decena el primer año. Ahí está el fundamento de la recomendación clásica de 3 a 5 kilos por metro cuadrado, que no es una cifra caprichosa.

Estiércol de oveja compostado, alrededor del 1,5-2 % de nitrógeno, con una disponibilidad parecida.

Gallinaza peletizada, del 3 al 4 % de nitrógeno y de mineralización mucho más rápida. Medio kilo por metro cuadrado hace el trabajo de tres de compost en cuanto a nitrógeno, y no aporta casi nada de materia orgánica estable.

Humus de lombriz, del 1 al 2 %, y en cantidades domésticas —uno o dos litros por metro cuadrado— aporta gramos, no decenas de gramos. Es un enmendante excelente y un fertilizante modesto: conviene no confiarle el balance de un cultivo exigente.

El potasio se resuelve casi solo si se aporta compost, porque su contenido en K₂O suele rondar el 1 % y no queda retenido en formas tan indisponibles como el fósforo. En suelos arenosos, donde se lava, y en cultivos de fruto muy productivos puede hacer falta un complemento potásico específico.

Hortalizas cosechadas, que representan la extracción real de nutrientes del bancal

El balance a diez años

Repetir el mismo aporte cada temporada tiene consecuencias distintas para cada elemento, y esto explica bastantes problemas de huertos veteranos.

El nitrógeno no se acumula. Lo que no absorbe el cultivo se lava en profundidad con las lluvias de otoño o se pierde en forma gaseosa. Hay que reponerlo cada año, sin excepción.

El fósforo sí se acumula, y mucho, porque su eficiencia de uso es baja y no se lava. Un huerto que lleva quince años recibiendo estiércol suele tener niveles de fósforo asimilable muy por encima de lo necesario, con dos efectos: interferencia con la absorción de cinc y de hierro, y riesgo de arrastre superficial hacia cauces. Un análisis de suelo lo detecta en una tarde y muchas veces recomienda dejar de aportarlo durante años.

El potasio depende de la textura. En suelos arcillosos hay una reserva no intercambiable que se va liberando y amortigua las extracciones; en suelos arenosos se lava casi como el nitrato y hay que reponerlo cada temporada.

Los restos del cultivo cambian la cuenta

Una tomatera acumula en tallos y hojas una fracción muy alta del potasio que ha absorbido, y una col deja en el suelo, cuando se retira la pella, más nitrógeno del que se lleva puesto. Si esos restos van al contenedor de basura, la extracción real del bancal se dispara; si se compostan y vuelven, buena parte del ciclo se cierra dentro del propio huerto.

La excepción son los restos de plantas enfermas, que no deben volver salvo en un compostaje que alcance temperatura, y los de cultivos afectados por virosis o por nematodos.

Esto también matiza la fama de las leguminosas. Una judía o un guisante fijan nitrógeno atmosférico, sí, pero se llevan buena parte de ese nitrógeno en el grano. Lo que enriquece el bancal no es haberlas cultivado, sino haber dejado en él las raíces, los nódulos y la parte aérea.

En resumen

Las cifras de extracción convierten el abonado del huerto en una cuenta sencilla. Una cosecha de hortalizas retira, por cada mil kilos, del orden de 2 a 4,5 kilos de nitrógeno y de 3,5 a 6,5 de K₂O, casi siempre más potasio que nitrógeno, y muy poco fósforo. De ese hueco, el suelo cubre por su cuenta entre 3 y 6 gramos de nitrógeno por metro cuadrado al año si tiene un 2 % de materia orgánica, y el agua de riego puede añadir otros 2 a 4 en zonas con nitratos. El resto se aporta corrigiendo por la eficiencia del fertilizante, que en el primer año no llega a la mitad en nitrógeno y es mucho menor en fósforo. Con ese cálculo se llega a los 3-5 kilos de compost por metro cuadrado de la recomendación clásica, ahora con un motivo detrás. Y a largo plazo, el nitrógeno se repone siempre, el potasio según la textura del suelo y el fósforo casi nunca en un huerto con años de materia orgánica encima.


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