Cuando un roble abre las hojas en abril, el nitrógeno con el que las fabrica no viene del suelo. Lleva desde el otoño anterior guardado en la corteza, en las ramas y en las raíces, y el árbol lo está gastando de una reserva que llenó antes de que se le cayera la hoja. La absorción por la raíz no empieza a contar de verdad hasta que ese follaje ya está desplegado y transpirando. Esa secuencia, que se olvida constantemente, explica por qué un árbol establecido depende mucho menos del abono de lo que parece.

Cómo y cuándo aportar cuando hace falta —la aplicación en corona, las dosis, el calendario, la corrección de carencias— está desarrollado en la guía de abonado de los árboles. Aquí interesa lo anterior: de dónde saca un árbol lo que necesita cuando nadie le echa nada.

La despensa de invierno

Antes de la caída de la hoja, un árbol de hoja caduca desmonta buena parte de la maquinaria de sus hojas y recupera el material. La reabsorción recupera del 40 al 80 % del nitrógeno y del fósforo foliares, y una fracción importante del potasio. Lo que cae al suelo en noviembre es una hoja ya vaciada: por eso amarillea, porque la clorofila y la proteína que la sostenía se han ido a otra parte.

Ese material se almacena en el parénquima de los radios leñosos y en la corteza viva, en forma de proteínas de reserva y de almidón, y ahí pasa el invierno. La brotación de primavera —la primera onda de crecimiento, la que produce hojas, flores y los primeros centímetros de brote— se construye casi íntegramente con ese capital.

De ahí salen tres consecuencias prácticas.

La primera es que un abono aplicado al hinchado de yemas no alimenta a esa brotación, sino a la segunda onda de crecimiento del verano y, sobre todo, a la reserva del año siguiente. Abonar para que un árbol brote fuerte es intervenir con un año de retraso.

La segunda es que el vigor de la primavera se decidió el verano y el otoño anteriores. Un árbol defoliado en agosto por una plaga, por una granizada o por una poda drástica llega al invierno con la despensa a medias y arranca mal en marzo, sin que ninguna carencia aparezca en un análisis de suelo.

La tercera afecta a los perennifolios mediterráneos. En cítricos, olivo, encina o laurel las hojas viejas cumplen esa misma función de almacén durante dos o tres años. Aclarar mucho la copa de un naranjo o de un olivo no es solo quitar superficie fotosintética: es tirar la reserva.

Mandarino con fruta en un jardín

La hojarasca es un aporte medible

Un bosque de frondosas deposita cada año entre dos y cuatro toneladas de hojarasca por hectárea, y con ella devuelve al suelo del orden de 40 a 80 kilos de nitrógeno, unos pocos de fósforo y entre 20 y 40 de potasio por hectárea. Bajo la copa de un árbol de jardín la escala es menor pero la proporción es la misma: lo que cae se descompone justo encima de las raíces que lo van a reabsorber.

Hay una segunda vía todavía menos visible. La lluvia que atraviesa la copa arrastra al pasar potasio y otros elementos lavados de las hojas, y llega al suelo enriquecida. En un año lluvioso ese trasvase no es despreciable.

Retirar la hojarasca con un soplador cada otoño y llevársela en bolsas equivale, por tanto, a exportar la fertilidad del árbol año tras año y reponerla después comprándola en un saco. Dejarla en su sitio, o triturarla y devolverla como acolchado, cierra el ciclo sin coste. En un jardín en el que la hojarasca sobre el césped resulte inaceptable, la solución intermedia es amontonarla bajo la copa de los propios árboles y los arbustos, donde nadie pisa.

La raíz no trabaja sola

Prácticamente todos los árboles de un jardín tienen las raíces colonizadas por hongos con los que mantienen una simbiosis. El hongo recibe azúcares y entrega a cambio agua y nutrientes que explora en un volumen de suelo que la raíz no alcanza, porque sus hifas son mucho más finas que el pelo radicular más delgado.

Hay dos tipos principales y conviene distinguirlos porque cambian el comportamiento del árbol.

Las ectomicorrizas envuelven la raíz con un manto y se meten entre sus células sin penetrarlas. Son las de las fagáceas —encina, roble, haya, castaño—, las pináceas, los abedules, los chopos y los sauces. Muchas producen setas visibles, y una de ellas, Tuber melanosporum, sostiene toda la truficultura española asociada a la encina y al quejigo. Tienen además una capacidad que la raíz desnuda no posee: acceder a nitrógeno todavía en forma orgánica, sin esperar a que se mineralice.

Las micorrizas arbusculares penetran en las células corticales y forman en su interior estructuras ramificadas de intercambio. Son las del resto: frutales de pepita y de hueso, cítricos, olivo, arce, fresno, tilo, plátano de sombra, palmeras. Su gran aportación es el fósforo, que se mueve tan poco en el suelo que alrededor de cada raíz se forma una zona agotada en pocos días; la hifa fúngica sale de esa zona y trae fósforo de más lejos.

Aquí hay un detalle contraintuitivo: una fertilización fosfórica alta reprime la colonización micorrícica. El árbol deja de invertir en la simbiosis cuando el nutriente le llega gratis, y a medio plazo depende más del abono y menos del suelo. Lo mismo hacen la compactación, el laboreo repetido bajo la copa y algunos fungicidas de suelo.

Cuándo el árbol es casi un sistema cerrado

Sumando las tres piezas —reservas internas, reciclado de la hojarasca y exploración micorrícica— más el hecho de que las raíces profundas alcanzan horizontes donde la meteorización del material geológico sigue liberando potasio, calcio y magnesio, se entiende la conclusión: un árbol adulto establecido en un suelo vivo no necesita fertilizante. Lo que agradece es materia orgánica en superficie y que no se le pise el suelo.

Las situaciones en las que sí hay motivo para aportar son identificables y no son muchas:

Frutal en producción. Cada cosecha exporta nutrientes fuera de la parcela. Ahí sí hay un balance negativo que reponer.

Alcorque urbano o contenedor. Volumen de suelo limitado, hojarasca barrida, riego que lava. Es el caso opuesto al del árbol de jardín.

Suelo de obra. Terreno decapado, subsuelo compactado, escombro y cero materia orgánica. El árbol joven plantado ahí no tiene de dónde tirar.

Árbol dentro de un césped segado y retirado. La siega se lleva nutrientes cada semana y la hierba compite con ventaja por el agua y el nitrógeno superficiales.

Especie acidófila en suelo calizo. No es un problema de cantidad sino de disponibilidad, y se corrige con quelatos, no con abono completo.

El recién plantado no tiene hambre

Un árbol comprado a raíz desnuda ha perdido en el arranque del vivero la mayor parte de su sistema radicular fino. Uno en contenedor conserva el suyo, pero está confinado en un cepellón que todavía no ha explorado nada. En ambos casos, la reserva interna sigue completa: lo que falta no son nutrientes, es raíz.

Por eso el aporte de nitrógeno en el primer año resulta contraproducente. Estimula el crecimiento de la parte aérea de un ejemplar que no tiene sistema radicular con el que sostener esa parte aérea en el primer golpe de calor. Lo que acelera de verdad el establecimiento es el riego regular, un acolchado que mantenga fresca y húmeda la capa superficial —que es donde emiten las raíces nuevas—, no enterrar el cuello y no compactar el hoyo.

Sobre los inoculantes micorrícicos comerciales conviene ser honesto: en un suelo de jardín normal ya existe inóculo nativo y la colonización ocurre sola en una o dos temporadas. Su interés real se limita a sustratos estériles, escombreras, suelos decapados por obra y restauraciones, donde ese inóculo se ha perdido. En un jardín con árboles ya establecidos alrededor, el dinero rinde bastante más en riego y acolchado.

Distintos productos fertilizantes para árboles

En resumen

Un árbol funciona con una economía propia. Antes de perder la hoja recupera del 40 al 80 % de su nitrógeno y de su fósforo y lo guarda en madera, corteza y raíces; con esa reserva construye la brotación de primavera, de modo que el abono aplicado en marzo actúa en realidad sobre la temporada siguiente. Su hojarasca le devuelve cada año una cantidad medible de nutrientes justo encima de las raíces que los tomarán, y sus micorrizas le dan acceso a un volumen de suelo que ninguna raíz alcanzaría sola, especialmente para el fósforo, hasta el punto de que abonar mucho con fósforo desactiva esa simbiosis. Con esas tres piezas funcionando, un árbol adulto en suelo vivo no necesita fertilizante: necesita que le dejen la hoja al pie y que nadie le compacte el suelo. Los motivos legítimos para abonar son concretos —frutal en producción, alcorque, suelo de obra, césped segado, acidófila en suelo calizo— y el árbol recién plantado no está en la lista: lo que le falta es raíz, no comida.


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