Ablano es como se llama al avellano en asturiano y en buena parte del dominio leonés, y ablana es su fruto. La planta es la misma de siempre, Corylus avellana, el arbusto o arbolito de hoja redondeada y borde doblemente aserrado que forma sotobosque en todo el norte peninsular. Lo que cambia es el nombre, y el nombre tiene bastante que contar: de dónde viene, cuántas variantes dejó por el camino y qué rastro ha dejado en los mapas y en el folclore de la cornisa cantábrica.

De lo que no va este artículo es de beneficios. No hay declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea para el avellano ni para su fruto: las que existen para cualquier alimento están recogidas en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea tras evaluación científica. La avellana es un alimento graso y de alta densidad energética, como todos los frutos de cáscara, y eso es composición, no una promesa. Una cosa más antes de seguir, porque es la única que de verdad afecta a la salud de alguien: la avellana es uno de los alérgenos de declaración obligatoria del anexo II del Reglamento (UE) 1169/2011, dentro de los frutos de cáscara.

Avellanas verdes en su involucro sobre una rama de avellano Ablanes todavía verdes en el árbol, envueltas en el involucro de brácteas que las protege hasta que caen solas en otoño.

De Avella a ablano

El nombre castellano avellana viene del latín nux abellana, literalmente "nuez de Abella". Abella, la actual Avella, era una ciudad de la Campania italiana famosa en el mundo romano por sus avellanares, y Plinio el Viejo la menciona al hablar de este fruto. De ahí salió el nombre del fruto, y del fruto acabó tomando nombre el árbol, que en latín clásico se llamaba corylus, la palabra que sobrevive en el nombre científico del género.

Ablano y ablana son la evolución del mismo latín por otro camino. La forma abellana pierde la vocal átona interior y se simplifica el grupo resultante, y queda ablana, con su masculino ablanu o ablano para el árbol. No es una deformación ni un vulgarismo del castellano: es una evolución paralela, igual de legítima, de la misma palabra original. Y sigue viva en el habla cotidiana de Asturias, donde ir a ablanes es una expresión perfectamente corriente en otoño.

Un nombre distinto en cada valle

Lo interesante de este árbol es la cantidad de formas que ha generado, casi todas con el mismo antepasado latino:

Lengua o zonaEl árbolEl fruto
CastellanoAvellanoAvellana
AsturianoAblanu, ablanoAblana, ablane
Leonés y zonas de CantabriaAblano, abellanoAblana, abellana
GallegoAbeleiraAbelá
PortuguésAveleiraAvelã
Catalán y valencianoAvellanerAvellana
EuskeraHurritz, urritzHur, urra

El euskera es la excepción que confirma la regla. Hurritz no tiene nada que ver con Abella ni con el latín: es una palabra propia, de otra raíz, lo que encaja con lo que se sabe del avellano en la prehistoria de la cornisa. El árbol estaba aquí mucho antes de que llegara nadie a ponerle nombre en latín.

Y esa es la razón de fondo de tanta variante: el avellano no se trajo, ya estaba. Fue de los primeros árboles en recolonizar el norte peninsular al retirarse el hielo, y los análisis de polen de turberas cantábricas muestran una expansión enorme del avellano hace unos nueve mil años. Los grupos que vivían aquí llevaban milenios comiendo su fruto, y cada comunidad tenía su palabra para él.

Lo que dejó en el mapa

Un árbol con esa presencia acaba en la toponimia, y el avellano está por todas partes en el mapa del norte. Ablaneda, Ablaña, Ablanedo, Avellaneda, Avellanosa, Abelleira, Avellanedo: la lista de núcleos, parroquias y lugares formados sobre este nombre recorre Asturias, León, Cantabria, Burgos, el País Vasco y Galicia, y se repite en versiones catalanas y aragonesas hacia el este.

El patrón es siempre el mismo: un sufijo colectivo o abundancial pegado al nombre del árbol, que en romance significa "lugar donde abundan los avellanos". Son topónimos descriptivos, de los que se ponían cuando el paisaje era la referencia principal para orientarse. Y de ahí pasaron a apellidos, que es la razón de que Avellaneda sea hoy un apellido y no solo un pueblo.

La vara de avellano

De todos los usos del avellano, el que más literatura ha generado no es un uso práctico sino mágico. La vara de zahorí, la horquilla en forma de Y con la que se supone que se encuentra agua subterránea, es tradicionalmente de avellano en toda Europa occidental, y en las descripciones antiguas se especifica además que debe cortarse de una rama joven y en un día concreto.

Conviene decirlo con claridad: la radiestesia no tiene base científica y los ensayos controlados que se han hecho no han encontrado ninguna capacidad real de detectar agua. Aun así, la práctica siguió viva hasta hace bien poco en pueblos de todo el norte, y el oficio de zahorí era reconocido y se pagaba. Se cuenta aquí como folclore, que es lo que es, y como una muestra de la posición simbólica que tenía este árbol concreto y no otro.

El avellano aparece además en otras costumbres del ciclo del año. Ramas de avellano puestas en puertas y establos en la noche de San Juan, varas para bendecir los campos, avellanas repartidas en fiestas patronales de otoño. En la mitología asturiana y en la irlandesa el avellano es árbol de conocimiento, y en la leyenda irlandesa de las nueve avellanas del pozo de la sabiduría es directamente el protagonista. Son creencias, no son otra cosa, y no dicen nada sobre la planta salvo que importaba mucho.

Para qué servía de verdad la madera

La madera de avellano no es de carpintería fina. Es un rebrote recto, flexible, que se corta cada pocos años del mismo tocón y vuelve a salir, y eso la convirtió en la materia prima de todo lo que había que doblar.

Con vara de avellano se han hecho durante siglos aros para toneles y cubas, cestería y bardas, mangos de herramienta, varas de pastor, cierres de fincas y setos vivos entretejidos. La técnica de cortar la cepa a ras para provocar el rebrote, que en el norte peninsular se practicó siempre, es la misma que en Inglaterra se conoce como coppicing y que allí estuvo organizada en turnos regulares durante siglos. También se hizo carbón, y el carboncillo de avellano es todavía hoy uno de los preferidos para dibujar por su trazo blando.

Ese aprovechamiento del rebrote explica la forma que tiene la mayoría de los avellanos viejos que ves en el monte: no un tronco único, sino una mata de varios pies saliendo del mismo punto. Es la huella de haber sido cortado muchas veces.

El ablano en el monte cantábrico

En el bosque atlántico el avellano es sotobosque y borde. Vive bajo robles y hayas, ocupa las orillas de los ríos y las lindes de las praderías, y es de las primeras leñosas que entran cuando se abandona un prado. Tolera la sombra mejor que casi cualquier otra especie de su tamaño, y por eso aguanta debajo de árboles más altos sin desaparecer.

Florece en pleno invierno, entre enero y marzo según la altitud, y lo hace antes de echar la hoja. Los amentos masculinos, esos gusanillos amarillos colgantes que todo el mundo ha visto, sueltan polen que mueve el viento, mientras las flores femeninas son diminutas y apenas se ven: un penacho rojo asomando de una yema. Es el primer polen abundante del año en el norte, y por eso el avellano es uno de los taxones que se vigilan en las redes aerobiológicas de finales de invierno.

La avellana madura a finales de verano y cae sola del involucro de brácteas que la envuelve. Ahí empieza la competencia real: ardillas, lirones, arrendajos y ratones de campo se llevan la mayor parte de la cosecha del monte. El arrendajo, además, entierra frutos que luego no recupera, y así ha estado plantando avellanos durante milenios sin proponérselo.

La avellana como alimento, sin promesas

Lo que se puede decir de una avellana es lo que es: un fruto de cáscara, muy graso, con poca agua y por tanto muy energético, y con proteína vegetal en cantidad apreciable. Eso es composición y es comprobable. Lo que no se puede decir es que prevenga, cure, alivie o reduzca nada, porque para afirmarlo haría falta una declaración autorizada en el registro comunitario de declaraciones del Reglamento (CE) 1924/2006, y para esta planta no la hay.

La parte que sí conviene tener presente es la alérgica. La alergia a la avellana es de las más frecuentes entre los frutos de cáscara en Europa, con frecuencia asociada a la alergia al polen de abedul, y las reacciones pueden ser graves. Por eso figura en el anexo II del Reglamento (UE) 1169/2011 y debe declararse siempre en el etiquetado y en las cartas de restaurante, con la mención destacada del ingrediente. Si te toca cocinar para alguien con esa alergia, la avellana está escondida en más sitios de los que parece, empezando por las cremas de cacao y buena parte de la repostería industrial.

En resumen

Ablano no es una planta distinta del avellano: es su nombre en asturiano y en leonés, salido del mismo latín abellana que dio avellana en castellano, abeleira en gallego y avellaner en catalán, con la única excepción del euskera hurritz, que viene de otra parte. Esa colección de nombres es la prueba de lo viejo que es el trato entre este árbol y la gente del norte peninsular, donde lleva nueve mil años y ha dejado su marca en decenas de topónimos y apellidos.

Lo demás es un árbol de sotobosque que florece en invierno con los amentos colgando, que rebrota de cepa y ha dado varas, aros y cestos durante siglos, y que en el folclore quedó como árbol de zahoríes y de leyendas. Si lo que te interesa es cultivarlo o cuidarlo, eso está en el artículo del avellano y en la guía de cuidados.


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