Al anochecer, cuando el jardín pierde el color y casi todas las flores han cerrado el turno, una madreselva empieza a trabajar. El perfume que a mediodía apenas se notaba se vuelve denso y viaja varios metros. No es casualidad ni un capricho de la planta: es el reclamo de un anuncio dirigido a un público muy concreto, que vuela de noche y tiene la lengua muy larga.
Qué es exactamente una madreselva
Con el nombre de madreselva se agrupan las especies del género Lonicera, dentro de la familia Caprifoliaceae. Son unas 180 especies repartidas por el hemisferio norte, con dos centros de diversidad claros: el este de Asia, de donde salen buena parte de las cultivadas, y las zonas templadas de Europa y Norteamérica. El género lo bautizó Linneo en honor al botánico alemán Adam Lonitzer.
Lo que une a todas ellas es un puñado de rasgos fáciles de comprobar. Las hojas van opuestas, enfrentadas de dos en dos en el nudo, y son enteras, sin dientes ni lóbulos. Las flores nacen por parejas o en verticilos de seis, en el extremo de las ramas o en la axila de las hojas. Y el fruto es una baya carnosa, roja, negra o anaranjada según la especie, con varias semillas dentro.
El género se parte en dos grandes formas de vida. Por un lado están las arbustivas, de porte erguido y ramas rígidas, como Lonicera nitida, que se usa para setos bajos recortados, o Lonicera fragrantissima, que florece en pleno invierno sobre madera desnuda. Por otro, las trepadoras volubles, que no tienen zarcillos ni ventosas y suben enrollando el tallo entero alrededor del soporte. A este segundo grupo pertenecen las que interesan aquí: Lonicera periclymenum, Lonicera implexa, Lonicera caprifolium, Lonicera etrusca o la asiática Lonicera japonica, esta última con un historial de invasora seria en varios continentes y mejor evitada donde el clima le favorece.
La flor bilabiada de tubo largo, pieza a pieza
La corola de una madreselva trepadora tiene una forma muy reconocible. Los cinco pétalos están soldados en un tubo estrecho y largo, de dos a cinco centímetros según la especie, que se abre en el extremo en dos labios desiguales: el superior con cuatro lóbulos que apuntan hacia arriba y hacia atrás, y el inferior formado por un solo lóbulo estrecho que se curva hacia abajo. De la garganta salen cinco estambres y un estilo que sobresalen bastante del tubo, proyectados hacia delante.
Ninguna de esas piezas está puesta al azar. El néctar se acumula en el fondo del tubo, donde solo llega quien tenga un aparato bucal lo bastante largo. Las abejas no lo alcanzan y las mariposas diurnas corrientes tampoco. Quienes sí lo alcanzan son las esfinges (Sphingidae), polillas grandes de vuelo potente y espiritrompa que puede medir varios centímetros. En la Península, la esfinge de la correhuela (Agrius convolvuli) y varias especies de Hyles son visitantes habituales de las madreselvas silvestres.
La esfinge no se posa: se queda suspendida en el aire, batiendo las alas, y despliega la espiritrompa hacia el tubo. Por eso los labios de la corola no forman una plataforma de aterrizaje, como sí ocurre en las flores de abejas. Y por eso los estambres asoman tanto: mientras el insecto está en vuelo estacionario frente a la flor, esos filamentos proyectados van rozando su frente y su tórax y le dejan el polen encima. El estilo, de la misma longitud, recoge después el polen que trae de otra flor.
La emisión de perfume encaja en el mismo esquema. Los compuestos volátiles de la madreselva -linalol, ocimeno, benzoato de metilo y compañía- no se liberan de forma constante a lo largo del día. La planta los produce siguiendo un ritmo circadiano, con un pico marcado desde el atardecer y durante las primeras horas de la noche, que es cuando las esfinges vuelan. De día, con la competencia de mil olores y sin el público adecuado, no merece la pena gastar en ello.
El cambio de color: una flor que avisa de que ya está visitada
Aquí está el mecanismo más elegante del género, y se ve a simple vista en cualquier madreselva del jardín. Si se mira un ramillete con atención, las flores no son todas del mismo color: unas son blancas o crema y otras amarillas o amarillo intenso. No son dos variedades mezcladas. Es la misma flor en dos momentos distintos de su vida.
La flor abre por la tarde en blanco, que es el color que mejor se distingue con luz escasa: refleja todas las longitudes de onda y destaca sobre el fondo oscuro del follaje mucho más que un amarillo o un rojo. Durante esa primera noche está en fase masculina, con las anteras cargadas de polen, y produce prácticamente todo su néctar. Cuando ha sido polinizada -o simplemente al cabo de un día o dos-, los pétalos acumulan pigmentos carotenoides y viran a amarillo, mientras el néctar se agota y la producción de perfume cae.
El resultado es un sistema de señalización honesto. La esfinge distingue perfectamente el blanco del amarillo en la penumbra y aprende rápido que las amarillas no dan nada. Así que se centra en las blancas, con lo que gana tiempo y energía. Y la planta también gana: sus visitantes van directos a las flores que todavía tienen polen que exportar o estigma que fecundar, en vez de gastar visitas en flores agotadas. Además, la flor amarilla sigue formando parte del ramillete y contribuye al reclamo visual del conjunto a distancia, que es más grande y más vistoso que una flor sola. Este comportamiento, que los botánicos llaman cambio de color floral retenido, aparece también en la Lantana y en muchas Boraginaceae, y siempre cumple la misma función.
Los frutos: atractivos y no comestibles
Tras la floración vienen las bayas, que en las trepadoras mediterráneas y atlánticas son de un rojo coral llamativo y quedan agrupadas en el extremo del tallo. Conviene decirlo pronto y sin dramatismo: los frutos de la mayoría de las Lonicera no se comen. Contienen saponinas y glucósidos que provocan, según la cantidad ingerida, náuseas, vómitos y diarrea. Los casos graves son raros, pero con niños pequeños en casa es un dato a tener presente, porque el fruto es vistoso, brillante y está a la altura de la mano.
La excepción conocida es Lonicera caerulea, la baya del haskap, una especie arbustiva de zonas frías que se cultiva como frutal en Canadá, Japón y el norte de Europa, y cuyas bayas azules sí son comestibles. No es ninguna de las trepadoras ornamentales de jardín. Ante la duda, la regla práctica es no probar el fruto de una madreselva de jardín.
Para las aves, en cambio, esas bayas son alimento perfectamente aprovechable. Currucas, mirlos y petirrojos las consumen en verano y otoño y dispersan las semillas, y ahí está buena parte del valor ecológico del género. También lo tiene la maraña de tallos entrelazados, que da sitio de nidificación a paseriformes pequeños.
De la biología al jardín
Entender para qué sirve la flor cambia dónde se coloca la planta. Una madreselva trepadora rinde el doble si se planta cerca de donde se está por la tarde: junto a una pérgola de comer, en la barandilla de una terraza, contra la pared que se ve desde una ventana que se abre en verano. El perfume se apreciará precisamente en las horas en las que se usa ese espacio.
El mismo razonamiento vale para la iluminación exterior. Un foco potente apuntando a la trepadora estropea la función del blanco y desorienta a los insectos nocturnos, que acaban dando vueltas a la lámpara en vez de a las flores. Si hay luz en la zona, mejor cálida, baja y dirigida al suelo.
Y una advertencia sobre el hábito voluble. Al enrollarse el tallo entero, la madreselva ejerce presión sobre lo que agarra, y con los años puede estrangular un soporte fino o el tronco joven de un arbusto vecino. Sobre alambre, malla rígida o listón grueso no hay problema. En la sección hay artículos dedicados a cada especie: la madreselva de los bosques para climas frescos y suelo húmedo, y la madreselva mediterránea para jardín seco. Y sobre anclajes y soportes está el artículo de colocación de enredaderas.
En resumen
Lonicera es un género de unas 180 especies del hemisferio norte, con hojas opuestas y enteras, flores por parejas y fruto en baya, repartido entre formas arbustivas y trepadoras volubles. La flor de las trepadoras es un tubo largo bilabiado con estambres proyectados, diseñado para esfinges nocturnas de espiritrompa larga: de ahí el pico de perfume al atardecer y el color blanco, el que mejor se ve en penumbra. El viraje a amarillo tras la polinización es una señal honesta que redirige a los visitantes hacia las flores que aún tienen algo que ofrecer. Los frutos son vistosos pero no comestibles en casi todas las especies de jardín, y ese es el aviso que conviene retener.