El color de una buganvilla no está en sus flores. Esas láminas fucsias, magentas, naranjas o blancas que cubren la planta de mayo a octubre son brácteas, hojas modificadas de textura de papel que rodean a la flor verdadera: un tubito blanco cremoso, diminuto, agrupado de tres en tres. Entender esto no es una curiosidad de manual, porque explica por qué la buganvilla aguanta el color durante semanas mientras que una flor normal se marchita en días, y por qué las condiciones que disparan la floración no son las que uno esperaría.
El género Bougainvillea pertenece a la familia de las nictagináceas y procede de Sudamérica, sobre todo de Brasil, Perú y Argentina. Las dos especies que se cultivan aquí son Bougainvillea glabra, de hoja más pequeña y lisa y algo más resistente al frío, y Bougainvillea spectabilis, más vigorosa, con hojas y tallos pubescentes y espinas más severas. La mayor parte de las variedades de vivero son híbridos entre ambas: Bougainvillea × buttiana, con cultivares como 'Sanderiana' (el morado clásico), 'Alexandra', 'Raspberry Ice' de hoja variegada o 'Mary Palmer'.
No es una trepadora, es un arbusto que se apoya
Este es el primer malentendido que conviene deshacer. La buganvilla no tiene zarcillos, ni ventosas, ni raíces adventicias. No sube por una pared como lo hace una hiedra o una parra virgen. Lo que tiene son espinas curvas en las axilas de las hojas, con las que se engancha a la vegetación circundante en su hábitat de origen y trepa por encima. Botánicamente es un arbusto sarmentoso, escandente.
La consecuencia práctica es directa: hay que atarla. Necesita una estructura de alambre tensado, celosía, pérgola o cables de acero fijados al muro, y los tallos jóvenes hay que conducirlos y sujetarlos a mano mientras son flexibles. Si la plantas al pie de una fachada y esperas que suba sola, tendrás un montón desordenado en el suelo. Los tallos viejos se lignifican y dejan de ser manejables, así que la conducción se hace cuando la rama todavía dobla sin quejarse.
El vigor es considerable. Una buganvilla en suelo, en clima costero, se planta en cinco o seis metros sin dificultad y hay ejemplares andaluces que cubren fachadas enteras. En maceta se queda en uno o dos metros y se puede formar como arbusto compacto o como copa injertada sobre un tronco.
Sol, y sol de verdad
La buganvilla florece en función de la luz que recibe. El mínimo operativo son cinco o seis horas de sol directo al día, y por debajo de eso lo que se obtiene es una planta verde, larguirucha, con entrenudos largos y sin una sola bráctea. En media sombra vegeta; en sombra se estira buscando luz y acaba desnuda por abajo.
La orientación sur o suroeste es la buena. En una pared que reciba sol de mañana y sombra desde las dos de la tarde florecerá, pero mucho menos. Este es, con diferencia, el motivo más frecuente por el que una buganvilla comprada en flor deja de florecer en casa: se ha colocado en un sitio con menos luz que el vivero.
El riego: menos es más, y esto va en serio
Aquí está la creencia extendida que más buganvillas arruina. Se asume que una planta que florece tanto necesita mucha agua, y ocurre lo contrario. El exceso de riego produce follaje exuberante y ninguna floración. La planta, con agua y nutrientes de sobra, invierte en crecer; solo cuando percibe una restricción moderada cambia a modo reproductivo y saca brácteas.
El sistema que funciona es el de riego copioso y espaciado. Se empapa bien el cepellón o el alcorque, se deja secar los primeros centímetros de sustrato hasta que la planta empieza a mostrar las hojas ligeramente lacias, y entonces se vuelve a regar. En maceta y en pleno julio eso puede significar cada dos o tres días; en suelo, en un ejemplar establecido, cada diez o quince días es suficiente, y muchos ejemplares viejos de la costa mediterránea sobreviven solo con lo que llueve.
De noviembre a febrero el riego se reduce drásticamente. Una buganvilla en reposo, fría y encharcada, se pudre por el cuello. Si está en maceta bajo cubierto, un riego al mes basta.
Nunca dejes plato con agua bajo la maceta. Y si el sustrato tarda más de un par de días en secarse, el sustrato o la maceta son inadecuados.
Suelo, macetas y el trasplante delicado
Quiere un suelo suelto y con drenaje impecable, ligeramente ácido o neutro. Tolera terrenos pobres sin problema; lo que no tolera es la arcilla compacta que retiene agua. En suelo pesado conviene plantar en caballón o mejorar el hoyo con arena gruesa y materia orgánica bien hecha. Para maceta, una mezcla de sustrato universal con un 30 % de arena de río o perlita funciona bien.
En agua muy caliza —buena parte del Levante, Madrid y el valle del Ebro— aparece clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios marcados en verde. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que sigue siendo asimilable con pH alto, aplicado en riego en primavera. Regar con agua de lluvia cuando sea posible ahorra ese problema.
El trasplante merece un aviso aparte. La buganvilla tiene un sistema radicular frágil y poco cohesionado: el cepellón se desmorona con facilidad y las raíces rotas tardan mucho en rehacerse. No se deben deshacer raíces, ni "aflojar" el cepellón, ni cortar raíces enrolladas como se haría con otras plantas. Se saca el bloque entero con cuidado, se coloca en el hoyo o la maceta nueva y se rellena alrededor. La mejor época es la primavera, con la planta ya en movimiento. Un trasplante mal hecho puede costar una temporada entera sin flor.
Y un detalle que sorprende: en maceta florece mejor un poco estrecha de raíz. Pasarla a un contenedor mucho más grande suele traducirse en un año de hojas.
Abonado: bajo en nitrógeno
El nitrógeno alimenta hoja; el fósforo y sobre todo el potasio alimentan flor. Un abono de tomate, de geranios o cualquier formulación tipo 8-12-24 o similar va mucho mejor que un universal equilibrado. Se aplica cada quince días desde marzo hasta finales de agosto, siempre con el sustrato húmedo para no quemar raíz, y se suspende en septiembre para que la madera endurezca antes del frío.
En suelo, con un aporte de compost en superficie a la salida del invierno y algún abono potásico en primavera es suficiente. Los ejemplares antiguos plantados en tierra casi no necesitan nada.
La poda y cuándo hacerla
La buganvilla florece sobre brotes del año, así que podar estimula floración, siempre que se pode en el momento correcto. La poda principal se hace a finales del invierno, entre febrero y marzo según la zona, cuando ya ha pasado el riesgo serio de heladas y antes de que arranque la brotación.
En esa poda se quita la madera seca, se aclaran las ramas que se cruzan y se acortan los sarmientos del año anterior dejando tres o cuatro yemas. Una planta vieja y apelmazada admite una poda severa: rebrota desde madera gruesa sin problema, aunque tardará ese año en volver a florecer con fuerza.
Durante la temporada, cada oleada de floración se agota en tres o cuatro semanas. Si en cuanto las brácteas se ponen mustias se despuntan esos tallos unos centímetros, la planta emite brotes nuevos y vuelve a florecer. Con este pellizcado repetido se encadenan tres o cuatro floraciones desde mayo hasta bien entrado octubre.
Lo que no se debe hacer es podar en otoño. La poda tardía provoca brotación tierna que la primera helada quema, y además se pierde la madera que protegería a la planta. Ponte guantes gruesos: las espinas son duras, largas y las heridas se infectan con facilidad.
Frío: dónde se puede plantar en el suelo
Es una planta subtropical y el frío marca la frontera. Alrededor de 0 °C pierde la hoja y se defolia; con heladas de -2 o -3 °C se le quema toda la parte aérea joven; por debajo de -5 °C mueren también las ramas gruesas y, si la helada llega al cuello, la planta entera.
En la práctica española esto significa que en la costa mediterránea, Andalucía occidental, el litoral atlántico gaditano, Baleares y Canarias se planta en el suelo sin más precaución. En el interior peninsular —Madrid, ambas Castillas, Aragón, Extremadura fría— la buganvilla es planta de maceta que se guarda en invierno, o se planta en un patio muy resguardado contra un muro que dé al sur, asumiendo que algún año se helará hasta el suelo y rebrotará desde la base en mayo.
Para pasar el invierno en maceta se busca un sitio luminoso y libre de heladas, entre 5 y 12 °C: un porche cerrado, un invernadero frío, una galería. No hace falta calor, y de hecho un salón a 22 °C con calefacción la debilita. Riego mínimo, sin abono, y es normal que pierda buena parte de la hoja. En marzo, poda y vuelta al exterior de forma progresiva.
En plantas de suelo en zonas límite, acolchar el pie con 15 o 20 cm de paja u hojarasca protege el cuello, que es lo que de verdad importa: si el cuello sobrevive, la planta vuelve.
Plagas y problemas habituales
La buganvilla es robusta, pero tiene sus clientes. El pulgón ataca los brotes tiernos en primavera y se controla con jabón potásico repetido a los pocos días. La cochinilla algodonosa se instala en las axilas y en el envés, sobre todo en plantas invernadas dentro de casa con poca ventilación; se trata con aceite de verano o alcohol aplicado con pincel en focos pequeños. La mosca blanca aparece en verano en ambientes cerrados. Y con calor seco prolongado puede entrar araña roja, que se detecta por el punteado amarillento en el haz y la telaraña fina en el envés.
Si la planta no florece, repasa esta lista antes de comprar nada: poca luz, riego excesivo, abono con demasiado nitrógeno, maceta recién agrandada, o poda hecha en el momento equivocado. Casi siempre está en uno de esos cinco.
Si las hojas amarillean de forma generalizada y el sustrato está húmedo, el problema es asfixia radicular. Si amarillean solo las nuevas y con nervios verdes, es hierro. Y una defoliación brusca en otoño o tras un cambio de sitio suele ser simple respuesta al estrés: rebrota.
Multiplicación
Se reproduce por esqueje semileñoso. En junio o julio se toman trozos de rama del año de 15 a 20 cm, con la madera ya algo endurecida pero no vieja, se deshojan salvo el par superior, se impregna la base en hormonas de enraizamiento y se clavan en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Con ambiente húmedo, calor de fondo y sombra, enraízan en cuatro a ocho semanas. El porcentaje de éxito no es alto comparado con otras trepadoras, así que conviene poner más esquejes de los que se necesitan.
En resumen
Una buganvilla feliz es una buganvilla a pleno sol, con el suelo bien drenado, regada poco y a fondo, abonada con potasio en lugar de nitrógeno y podada a finales del invierno. El color lo ponen las brácteas, no las flores, y la abundancia de esas brácteas depende más de la luz y de una cierta sequedad controlada que de cualquier producto. Átala a una estructura desde el principio, no le toques las raíces al trasplantar y, si vives tierra adentro, tenla en maceta y protégela del hielo. Con eso tienes cuatro meses de color al año durante décadas.