Las bayas rojas que en agosto cuelgan del zarzal, del tamaño de un guisante y brillantes como cuentas de collar, son el problema principal de la nueza. Bryonia dioica Jacq. es tóxica en toda la planta, pero el fruto reúne dos condiciones desafortunadas: está a la altura de la mano de un niño y tiene el aspecto exacto de algo comestible. Si hay sospecha de ingestión, el Instituto Nacional de Toxicología atiende las 24 horas en el 91 562 04 20.
Reconocerla
Trepadora herbácea de tallo anguloso y áspero, cubierto de pelos rígidos que raspan al pasar la mano. Hoja alterna, palmatilobada, con cinco lóbulos desiguales, verde mate y de tacto rasposo, de cinco a diez centímetros. Zarcillo simple en cada axila, sin ramificar, que se enrolla en hélice. Flores pequeñas, verdosas o blanco amarillentas con nervios verdes marcados, de mayo a julio, en pies macho y hembra separados. Bayas de 6 a 8 milímetros, verdes primero y de un rojo escarlata al madurar, en racimos colgantes de agosto a octubre. Bajo tierra, una raíz napiforme grande, blanquecina, que en ejemplares viejos alcanza el medio metro y varios kilos.
Nombres populares en España: nueza, nueza blanca, brionia, vid blanca, nabo del diablo, alfesera, carbaza. La abundancia de nombres del último tipo no es casual.
Hay dos confusiones que conviene descartar. La primera, con la nueza negra, Dioscorea communis —antes Tamus communis—, también trepadora, también de baya roja y también tóxica, pero de hoja acorazonada entera, brillante y sin zarcillos: se distingue sin dificultad. La segunda, en primavera, con brotes tiernos de plantas comestibles: los brotes jóvenes de nueza se han recolectado tradicionalmente en algunas zonas y ese uso, discutido y arriesgado, no es motivo para probar nada.
Qué contiene y qué hace
El grupo tóxico responsable son las cucurbitacinas, triterpenos tetracíclicos muy oxigenados presentes en toda la familia Cucurbitaceae y concentrados aquí en cantidades altas. En B. dioica se han identificado sobre todo cucurbitacinas B, D, E, I, J, K y L, parte en forma de glucósidos —las bryodulcosinas y compuestos afines—, junto con brioninas, alcaloides menores y trihidroxioctadecadienoicos. La concentración es máxima en la raíz, alta en el fruto y menor pero presente en tallo y hoja.
Las cucurbitacinas actúan a nivel celular sobre el citoesqueleto de actina y sobre la vía de señalización JAK/STAT, y son citotóxicas a concentraciones bajísimas. En el aparato digestivo el efecto inmediato es una irritación intensa de la mucosa, con hipersecreción y aumento del peristaltismo, lo que produce un purgante drástico: no un laxante suave, sino una purga violenta con riesgo de deshidratación y desequilibrio electrolítico. Sobre la piel son vesicantes.
Las tres vías de daño
El fruto. Es la causa más frecuente de consulta toxicológica con esta planta, y afecta sobre todo a niños pequeños en verano y a perros. Las referencias clásicas sitúan en el entorno de quince bayas la cantidad capaz de causar una intoxicación grave en un adulto y en muy pocas la que basta para un niño, aunque la variabilidad entre plantas y estados de madurez es alta y ninguna cifra debe entenderse como umbral de seguridad. El cuadro empieza en un plazo de treinta minutos a dos horas: ardor de boca y garganta, náuseas, vómitos, cólico abdominal intenso y diarrea profusa a veces con sangre. En casos serios, deshidratación, hipotensión, alteración electrolítica y afectación renal. Se han descrito desenlaces fatales en la literatura antigua.
La raíz. Históricamente la vía de las intoxicaciones graves en adultos, y casi siempre por uso pretendidamente medicinal —purgante, remedio para el reúma, abortivo— o por confusión con una raíz comestible tipo nabo o rábano silvestre, a la que se parece de lejos. El margen entre la dosis que purga y la que intoxica es estrechísimo, la respuesta individual es muy variable, y por eso ningún uso doméstico es defendible. En este artículo no se describen preparaciones, cantidades ni formas de extracción, y no hay recomendación que hacer al respecto salvo no manipularla.
El contacto. La savia y el jugo de la raíz fresca provocan dermatitis irritativa: enrojecimiento, picor, ardor y, con exposición prolongada, ampollas. En manos de quien limpia un ribazo o arranca la planta a mano, es el accidente más común. Guantes, manga larga y evitar tocarse los ojos. Si hay contacto, lavado abundante con agua y jabón, y consulta médica si aparecen ampollas o afecta a mucosas.
Qué hacer ante una ingestión
Llamar de inmediato al Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20 —servicio permanente, 24 horas—, o al 112 si hay síntomas importantes. Llevar una muestra de la planta o una fotografía ayuda a la identificación.
No provocar el vómito por cuenta propia ni administrar leche, aceite ni remedios caseros. En un niño con la boca manchada de rojo, retirar los restos de la boca y enjuagar con agua. Anotar la hora aproximada y la cantidad estimada. Con animales domésticos, el interlocutor es el veterinario, con la misma urgencia.
Prevención en una finca: si hay niños o perros y la planta está en el seto, lo sensato es retirarla antes de que fructifique, en primavera, cavando el tubérculo, porque cortando la parte aérea rebrota. Y con guantes, por lo dicho.
La mandrágora falsa: un fraude con seis siglos de recorrido
La mandrágora (Mandragora officinarum y M. autumnalis) fue durante la Edad Media y el Renacimiento la planta mágica por excelencia de Europa: anestésica, soporífera, cargada de leyenda —el grito al arrancarla, el perro atado a la raíz para no morir al desenterrarla— y valiosísima. Su raíz bifurcada, que con algo de imaginación recuerda un cuerpo humano, era el objeto que se vendía. Y no crecía en toda Europa: es mediterránea, y en el centro y norte del continente sencillamente no se daba.
El hueco lo llenó la nueza. Bryonia dioica tiene una raíz igual de gruesa, blanca, carnosa y con bifurcaciones naturales, y crece por toda Europa templada. Los herbolarios y buhoneros descubrieron que servía perfectamente para el engaño, y desarrollaron un procedimiento que está descrito en fuentes de la época con notable franqueza.
El método, tal como lo cuenta entre otros el botánico inglés William Turner a mediados del siglo XVI y repite John Gerard en su Herball de 1597, consistía en desenterrar una raíz joven de nueza, tallarla con forma humana —cabeza, brazos, piernas—, incrustarle granos de cebada o de mijo en la cabeza y el pubis, y volver a enterrarla dentro de un molde de arena o de barro. La raíz seguía creciendo, cicatrizaba los cortes hasta borrarlos y engordaba adaptándose al molde, mientras los granos germinaban y sacaban raicillas que parecían pelo y barba. Al cabo de unos meses se desenterraba una figura humanoide barbuda y de aspecto orgánico, imposible de distinguir de algo natural, que se vendía a precio de oro como mandrágora auténtica.
El propio Turner escribió contra la práctica precisamente por eso, para desenmascararla. La cosa no era menor: esas figuras —conocidas en el ámbito germánico como Alraune— se guardaban en casa envueltas en tela, se les atribuía la capacidad de atraer dinero y proteger el hogar, se heredaban y llegaron a figurar en inventarios y en procesos judiciales. Museos etnográficos centroeuropeos conservan varias, y el análisis de algunas ha confirmado que son raíz de Bryonia, no de mandrágora.
El fraude tuvo además una consecuencia toxicológica real: quien compraba una supuesta mandrágora y la empleaba en dosis pensadas para los tropanos de la mandrágora auténtica estaba en realidad tomando cucurbitacinas, con efectos completamente distintos y a menudo más violentos. Buena parte de las intoxicaciones antiguas atribuidas a la mandrágora fueron probablemente de nueza.
Otros usos históricos, y por qué se abandonaron
Dioscórides ya recogía la bryonia en el siglo I, y la medicina galénica y medieval la empleó como purgante enérgico, para hidropesía, en emplastos para el reúma y en veterinaria popular. En España se usó en el campo para dolencias del ganado y como remedio drástico contra el estreñimiento, con resultados que explican nombres como nabo del diablo.
Todos esos usos se abandonaron por una razón sencilla: el margen terapéutico no existe. La cantidad que produce el efecto buscado y la que causa daño están demasiado cerca, y la variabilidad de concentración entre plantas es alta. La farmacología moderna ha estudiado las cucurbitacinas por su actividad citotóxica y antiinflamatoria en investigación oncológica, pero se trata de moléculas aisladas y caracterizadas en laboratorio, no de la planta. Nada de eso avala ningún uso doméstico ni justifica preparar nada en casa. En homeopatía figura una preparación con el nombre de Bryonia, a diluciones en las que no queda materia de la planta; es asunto distinto y ajeno a la toxicidad descrita aquí.
Cualquier duda sobre plantas y salud se resuelve con el médico o el farmacéutico, no con un herbario antiguo.
Lo demás de esta planta
La biología del género —el zarcillo que se enrolla en dos sentidos formando un muelle, la función de la raíz tuberosa, el ciclo anual y su papel ecológico en setos y ribazos— está desarrollada en el artículo general sobre Bryonia.
En resumen
Bryonia dioica, la nueza, es tóxica en toda la planta por su contenido en cucurbitacinas. El fruto rojo maduro es la vía de accidente más frecuente, sobre todo en niños y perros, con vómitos, cólico y diarrea profusa que pueden llegar a deshidratación grave. La raíz es un purgante drástico sin margen terapéutico y ha causado intoxicaciones serias en usos tradicionales. La savia irrita la piel y llega a producir ampollas. Su parecido con la raíz de mandrágora la convirtió durante siglos en la materia prima de un fraude bien documentado: se tallaba con forma humana, se reenterraba en un molde y se vendía como mandrágora auténtica. Ante cualquier ingestión, Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20.