Un aviso por delante, porque conviene tenerlo presente desde la primera línea: todas las especies del género Bryonia son tóxicas en todas sus partes, y la raíz y el fruto especialmente. Dicho eso, se trata de un grupo de cucurbitáceas trepadoras silvestres con una biología que merece atención: un zarcillo cuyo mecanismo de enrollamiento se estudia hoy en laboratorios de biomecánica, un órgano subterráneo de reserva capaz de alcanzar el tamaño de una calabaza, y una estrategia de crecimiento estacional que las hace aparecer y desaparecer de los setos cada año.

Bryonia trepando entre la vegetación de un seto

Qué es Bryonia dentro de las cucurbitáceas

El género pertenece a la familia Cucurbitaceae, la del melón, la calabaza y el pepino, dentro de la tribu Bryonieae. Reúne alrededor de una decena de especies repartidas por Europa, el norte de África y Asia occidental hasta Asia central. Son herbáceas perennes por su órgano subterráneo, con la parte aérea anual, y trepadoras por zarcillo.

Frente a sus parientes cultivados, la diferencia salta a la vista en el fruto: donde el melón acumula azúcares, Bryonia acumula cucurbitacinas, los compuestos amargos que en las cucurbitáceas de huerta la selección agrícola lleva milenios eliminando. Son baya de uno a ocho gramos, no pepónide grande, y el sabor amarguísimo es una defensa química frente a herbívoros.

Las especies más citadas en la Península son Bryonia dioica Jacq., la nueza o brionia común, con flores masculinas y femeninas en pies separados y fruto rojo al madurar, presente en buena parte del territorio; y Bryonia alba L., de flores en el mismo pie y fruto negro, de distribución centroeuropea y oriental, marginal en España. En el este del Mediterráneo y Asia hay otras como B. cretica o B. syriaca, y el antiguo B. laciniosa ya no se considera del género: hoy es Diplocyclos palmatus.

El zarcillo: un muelle que se enrolla en dos sentidos

Aquí está lo que hace a Bryonia famosa fuera de la botánica. El zarcillo nace en la axila foliar como un filamento verde recto y sensible al tacto. Cuando la punta roza un soporte, las células del lado en contacto frenan su crecimiento y las del lado opuesto lo aceleran, y el zarcillo se enrosca alrededor del apoyo en pocas horas. Hasta ahí, nada raro entre trepadoras.

Lo interesante viene después. Con la punta ya sujeta y la base unida al tallo, el tramo libre intermedio se contrae y forma una hélice. Y como los dos extremos están fijos, esa hélice no puede girar como un tornillo: si todo el segmento se enrollara en el mismo sentido, la torsión acumulada se transmitiría a los anclajes y los rompería. La solución de la planta es invertir el sentido de giro en un punto intermedio. A un lado de ese punto las vueltas van en un sentido, al otro en el contrario, y ambos tramos se compensan: la torsión neta es cero.

Ese punto de inversión se llama perversión, y el conjunto se comporta como un muelle de doble hélice. Con una virtud mecánica notable: cuando el viento tira de la planta, el zarcillo se estira elásticamente en lugar de arrancar; cuando el tirón cesa, recupera su forma. Absorbe energía en vez de transmitirla, que es exactamente lo que hace un amortiguador.

La mecánica fina se estudió con detalle en el pepino y en Bryonia: la contracción la produce una banda interna de células que se lignifican y pierden agua asimétricamente —la llamada fibra gelatinosa—, generando el par que enrolla la hélice. Los trabajos publicados a partir de 2012 mostraron además que el muelle responde de manera distinta al estirarlo despacio o de golpe, con una rigidez que aumenta bajo carga rápida, y esa combinación de blando en reposo y firme ante un tirón brusco es la que ha interesado a la ingeniería de materiales y a la robótica blanda. Es uno de los pocos casos en que un mecanismo vegetal se replica directamente en actuadores artificiales.

La raíz tuberosa

Bajo tierra, Bryonia desarrolla una raíz napiforme carnosa, blanquecina o amarillenta, de superficie rugosa y anillada. En ejemplares viejos puede superar los 60 centímetros de longitud y varios kilos de peso, con formas irregulares y bifurcaciones frecuentes. Esa masa es un almacén de agua, almidón y también de las cucurbitacinas que defienden el conjunto.

La función es doble. Le permite rebrotar cada primavera con una potencia que ninguna anual iguala —de cero a varios metros de tallo en pocas semanas— y le permite sobrevivir al verano seco mediterráneo y al invierno frío con toda la parte aérea perdida. Es la misma estrategia geófita del gamón o de la aristoloquia, aplicada a una trepadora.

Tiene una consecuencia práctica para quien la quiera eliminar de un jardín: cortar la parte aérea no sirve de nada. Mientras el tubérculo esté entero rebrota, y como se hunde bastante, sacarlo entero exige cavar. Las bifurcaciones que quedan enterradas pueden regenerar.

Ciclo anual

De marzo a abril, según altitud y clima, el tubérculo emite varios tallos angulosos y ásperos que crecen deprisa, entre dos y cuatro metros en una temporada, con hojas palmatilobadas de cinco lóbulos, ásperas al tacto, y zarcillos simples en cada axila.

La floración va de mayo a julio: flores pequeñas, de cinco a quince milímetros, verdosas o blanquecinas con nervadura verde, en racimos axilares. En B. dioica hay pies masculinos y pies femeninos separados —de ahí el epíteto—, con las flores masculinas mayores y en racimos más largos. La polinización corre a cargo de abejas y sírfidos, y en el norte de Europa existe incluso una abeja especializada en el género, Andrena florea, que recolecta casi exclusivamente su polen.

El fruto madura de julio a septiembre: bayas globosas de 6 a 8 milímetros que pasan de verde a rojo brillante en B. dioica y a negro en B. alba, en racimos colgantes bien visibles cuando la hoja empieza a secarse. Las dispersan aves —zorzales y currucas sobre todo—, que toleran las cucurbitacinas mucho mejor que los mamíferos. En otoño la parte aérea se seca por completo y queda solo un enredo de tallos muertos sobre el seto.

Ecología: seto, ribazo y borde de camino

Su nicho es el borde: setos vivos, ribazos, orlas espinosas de zarzal y majuelo, márgenes de huerta, muros de piedra, cunetas y taludes con suelo profundo y algo de nitrógeno. Necesita suelo fresco, fértil y removido, y algo de sombra en la base con luz en la parte alta, que es justo lo que ofrece un seto.

No es una trepadora estranguladora: no ahoga al arbusto que la sostiene ni pesa lo suficiente para deformarlo, y como desaparece cada invierno el efecto es reversible. En la vegetación española aparece con frecuencia en la orla del quejigar y del encinar húmedo, en zarzales de Rubus y en comunidades nitrófilas de borde de cultivo, desde el nivel del mar hasta más de 1.500 metros. Es común en la mitad norte, en el Sistema Ibérico y en las cordilleras béticas, y más escasa en las zonas más áridas del sureste.

Como planta de jardín no tiene uso, y con la toxicidad de fondo tampoco conviene promoverla. Sí interesa reconocerla en el campo, y sobre todo saber identificarla en el borde de una finca donde haya niños o animales.

La toxicidad, en una línea y con enlace

Todo el género contiene cucurbitacinas y glucósidos derivados en toda la planta. La raíz es un purgante drástico que ha provocado intoxicaciones graves, el fruto rojo es peligroso y visualmente atractivo, y la savia irrita piel y mucosas. No hay uso doméstico seguro de ninguna parte. El detalle clínico, los síntomas, la historia de su empleo y el número de referencia ante una ingestión están en el artículo dedicado a Bryonia dioica, que es la especie a la que casi siempre se refiere quien habla de brionia en España.

En resumen

Bryonia es un género de cucurbitáceas trepadoras silvestres de Europa, el norte de África y Asia occidental, herbáceas anuales en su parte aérea y perennes gracias a una raíz tuberosa que puede pesar varios kilos y que les permite rebrotar con fuerza cada primavera. Trepan con zarcillos que, tras fijarse, se enrollan en sentidos opuestos a partir de un punto de inversión y forman un muelle de doble hélice sin torsión neta, capaz de amortiguar los tirones del viento: un mecanismo que la biomecánica estudia y copia. Viven en setos, ribazos y bordes de camino, florecen en primavera y fructifican en verano con bayas rojas o negras que dispersan las aves. Y todas ellas, sin excepción, son tóxicas.


Contenidos relacionados