Del pimiento rojo que tienes ahora mismo en la nevera se pueden sacar semillas que germinen. Del verde, no. Esa distinción es la primera de las dos condiciones que deciden si el experimento sale bien, y ninguna de las dos tiene que ver con la técnica de extracción.
El pimiento morrón es Capsicum annuum, una solanácea anual en cultivo —perenne de origen— que se comporta bien en maceta si se le da calor, volumen y sol. Vamos por partes: primero la semilla, después el cultivo.
Condición primera: madurez fisiológica, no comercial
Un pimiento verde no es una variedad distinta de uno rojo: es el mismo fruto recolectado antes. El verde está en madurez comercial, el punto en que ya tiene el tamaño y la textura que interesan en cocina. El rojo, el amarillo o el naranja —según la variedad— están en madurez fisiológica, que es cuando el fruto ha completado su ciclo y, con él, el embrión de sus semillas.
Ese detalle lo cambia todo. El embrión de la semilla de pimiento sigue desarrollándose y acumulando reservas mientras el fruto está en la planta, y la capacidad germinativa aumenta a lo largo de ese proceso. En semilla procedente de fruto verde la germinación es muy baja o directamente nula, y las pocas plántulas que salen son débiles. En semilla de fruto plenamente coloreado, con el mismo tratamiento, la germinación es alta.
Dos matices prácticos:
El fruto tiene que haber virado en la planta, o al menos casi. Un pimiento verde que enrojece parcialmente en la frutería no equivale a uno madurado en la mata.
Dejarlo unos días más no perjudica. Un reposo posterior a la recolección, con el fruto entero y ya coloreado, tiende a mejorar el resultado. Si el pimiento está bien rojo pero recién comprado, cinco o siete días en la despensa antes de abrirlo son buena inversión.
Descarta cualquier fruto con manchas blandas, moho o zonas podridas. Y quédate con las semillas de aspecto lleno, color crema uniforme y tamaño normal: las planas, translúcidas o muy pequeñas no llevan embrión viable.
Condición segunda: si era F1, no saldrá igual
Buena parte del pimiento morrón de supermercado —tipo California de fruto cuadrado, tipo lamuyo alargado— procede de variedades híbridas F1. Un híbrido F1 es el cruce controlado de dos líneas parentales muy homogéneas, y su gracia es que la primera generación sale uniforme y vigorosa.
Lo que ocurre al sembrar sus semillas es la segregación genética: la generación siguiente reparte de nuevo los genes de los dos abuelos y el resultado ya no es uniforme. En la práctica, de diez plantas obtenidas de un pimiento F1 pueden salir frutos de tamaños distintos, con más o menos carne, de forma irregular, con maduración desigual y con menos vigor de conjunto. No es un fracaso —normalmente se cosecha algo comestible— pero tampoco una copia del pimiento de partida.
Si quieres reproducir fielmente lo que compraste, la semilla debe proceder de una variedad de polinización abierta, que sí transmite sus caracteres a la descendencia. En España hay variedades tradicionales de pimiento muy accesibles a través de redes de semillas y viveros especializados: morrón de Fresno-Benavente, pimiento de Torquemada, gordo de Alcalá, ñora, piquillo o el italiano dulce. Con cualquiera de ellas, guardar semilla de un año para otro funciona.
Un aviso sanitario que no suele mencionarse: el virus del moteado suave del pimiento (PMMoV) se transmite por semilla, es muy persistente y no tiene tratamiento una vez instalado. Es una razón adicional para usar semilla certificada cuando el cultivo importa, y para no reutilizar semilla de una planta que haya mostrado mosaicos, deformaciones o frutos moteados.
Extraer, secar y guardar
El proceso es corto y no tiene misterio, pero cada paso tiene un motivo.
Separar. Se abre el fruto y se desprende la placenta, el tejido blanco esponjoso al que van unidas las semillas. Van saliendo con los dedos sin necesidad de tirar. A diferencia del tomate, el pimiento no requiere fermentación previa porque sus semillas no van envueltas en mucílago.
Limpiar y seleccionar. Un enjuague breve con agua basta si han quedado restos de pulpa. Elimina lo que flote y lo que se vea plano al trasluz.
Secar. Extendidas en una sola capa sobre un plato, una rejilla o un cartón —no sobre papel de cocina, al que se pegan— en un sitio ventilado, a la sombra y a 20-25 °C. En una o dos semanas están listas. El punto se comprueba doblando una: si se parte limpiamente en lugar de doblarse, ha alcanzado el nivel de humedad adecuado, en torno al 6-8 %. Ni horno ni radiador: por encima de 35 °C el embrión se daña.
Guardar. Sobre de papel etiquetado con variedad y fecha, dentro de un bote hermético con un desecante, y el bote en frío y oscuro. La regla de conservación de semillas es simple: cada reducción de temperatura y de humedad alarga la vida. En esas condiciones, la semilla de pimiento mantiene buena germinación entre tres y cinco años; a temperatura ambiente en un cajón, dos o tres.
Comprobar antes de sembrar. Diez semillas entre dos papeles de cocina húmedos, en una bolsa cerrada y en un sitio cálido. A los diez o doce días cuentas cuántas han germinado y sabes cuánto sembrar de más.
Si en algún momento manejas variedades picantes en lugar de morrón dulce, usa guantes: la capsaicina se concentra en la placenta y queda en las manos con facilidad.
Sembrar: calor y margen de tiempo
El pimiento es lento al principio y muy exigente en temperatura de germinación. El rango óptimo de sustrato está entre 25 y 30 °C; a 20 °C tarda el doble y por debajo de 15 °C no germina, se queda esperando y a menudo se pudre.
Eso obliga a sembrar en interior. En la mayor parte de España, la fecha es de mediados de febrero a mediados de marzo, para trasplantar en mayo. Semillero o alvéolos con sustrato fino, semillas a medio centímetro de profundidad, humedad constante y un sitio cálido: encima de un armario de cocina, cerca de un radiador o sobre un cable calefactor de semillero. La emergencia llega a los 8-14 días.
En cuanto asoman, lo urgente es la luz. Un semillero germinado y dejado en penumbra produce plántulas ahiladas —tallo largo, fino y pálido— que ya no se recuperan. Ventana muy luminosa o luz de cultivo, y temperaturas algo más frescas de noche.
El paso a maceta definitiva se hace cuando la planta tiene cuatro a seis hojas verdaderas y ha pasado el riesgo de heladas tardías, que en el interior peninsular se prolonga hasta la segunda semana de mayo. Una semana antes conviene sacarla unas horas al día para endurecerla y evitar el frenazo del trasplante.
La maceta: volumen, sustrato y exposición
Volumen. El mínimo funcional es de 12-15 litros por planta, con al menos 30 cm de profundidad; con 20-25 litros la diferencia en cosecha y en frecuencia de riego se nota mucho. En jardinera alargada, una planta cada 40 cm y no más. La raíz del pimiento es menos potente que la del tomate pero igual de sensible a la falta de sitio.
Sustrato. Sustrato universal de calidad con un 20 % de perlita para aireación y un aporte de compost o humus de lombriz, en torno al 20 % del volumen. El pH le va bien entre 6 y 6,8. Un abono de liberación lenta mezclado al plantar cubre los primeros dos meses.
Sol. Seis horas de sol directo como mínimo, y mejor ocho. Un balcón a norte no da pimientos, por mucho que la planta se mantenga verde.
Temperatura. Crece bien entre 20 y 30 °C de día y 16-18 °C de noche. Por encima de 35 °C y por debajo de 15 °C aparecen problemas de cuaje, como se ve más abajo.
Tutorado y conducción
Un morrón cargado de frutos de 200 gramos hace palanca sobre un tallo relativamente frágil, y la horquilla donde se bifurca el tallo principal es el punto que se abre y se raja. Con viento de terraza, el desgarro es cuestión de tiempo.
Coloca una caña o tutor de 1-1,2 m al plantar, no después, para no atravesar raíces ya formadas. Ata con cinta ancha o rafia en varios puntos, en forma de ocho y sin apretar. En plantas muy productivas conviene un segundo tutor lateral o un pequeño trípode.
Dos operaciones que ayudan: eliminar la primera flor que aparece justo en la bifurcación —la llamada flor de la cruz— para que la planta invierta en estructura antes que en fruto, y suprimir los brotes que salgan por debajo de esa bifurcación, que solo restan.
Polinización: no necesita ayuda, pero sí temperatura
La flor del pimiento es hermafrodita y la especie es fundamentalmente autógama: cada flor se poliniza con su propio polen, sin que haga falta otra planta ni insectos. En un balcón, incluso protegido, el cuaje suele ser bueno. Los abejorros aumentan algo el tamaño del fruto, pero no son imprescindibles.
Si el balcón está acristalado y el aire no se mueve, un golpecito diario al tutor o un paso de pincel por las flores a media mañana asegura la transferencia. Nada más elaborado hace falta.
Lo que sí condiciona el cuaje es la temperatura. Por encima de 32-35 °C el polen pierde viabilidad y las flores se caen sin formar fruto; por debajo de 15-16 °C por la noche ocurre lo mismo. Una ola de calor de julio provoca una pausa en la producción que no es un problema de la planta y se recupera sola en agosto. Sombrear la maceta en las horas centrales y mantener el sustrato fresco reduce ese parón.
Riego, abonado y las dos alteraciones típicas
El riego tiene que ser regular y sin oscilaciones bruscas. En julio, una planta en 20 litros al sol pide entre uno y dos litros diarios; el acolchado con corteza o grava reduce bastante esa cifra y estabiliza la humedad, que es lo importante.
De ahí viene la alteración más frecuente: la necrosis apical, esa mancha oscura y deprimida en el extremo del fruto. No la causa un hongo ni una plaga, sino una falta local de calcio en el tejido en crecimiento, casi siempre porque el riego ha ido a tirones y el transporte de calcio, que viaja con el agua, se ha interrumpido. Se corrige regulando el riego y acolchando, no añadiendo abono.
La segunda es el golpe de sol en el fruto: una zona blanquecina y apergaminada en la cara expuesta, típica cuando una poda excesiva deja los pimientos al descubierto. Se evita dejando follaje suficiente.
Abonado: equilibrado durante el crecimiento y con más potasio a partir del cuaje, cada diez o quince días con riego. Un exceso de nitrógeno produce una planta enorme y frondosa con muy pocos frutos.
Plagas habituales en balcón: pulgón en los brotes tiernos de primavera, araña roja (Tetranychus urticae) con calor y aire seco, mosca blanca y trips, estos últimos importantes porque transmiten el virus del bronceado del tomate, que también afecta al pimiento. Revisar el envés de las hojas cada semana permite actuar cuando el problema todavía es pequeño.
La cosecha en verde llega unos 60-80 días después del trasplante; para rojo hay que dejar el fruto en la planta dos o tres semanas más, y ese fruto será, precisamente, el que sirva para volver a guardar semilla. En zonas de invierno suave, la planta puede rebrotar y producir un segundo año si se protege del frío; con una maceta de volumen suficiente, merece la pena intentarlo.
En resumen
Guardar semilla de un pimiento de supermercado funciona con dos condiciones: que el fruto esté en madurez fisiológica, plenamente rojo, amarillo o naranja —el verde da semilla inmadura que no germina—, y aceptar que si era un híbrido F1 la descendencia segregará y no reproducirá el fruto original. Extrae las semillas de la placenta sin fermentar, sécalas una o dos semanas a la sombra hasta que se partan al doblarlas y guárdalas en sobre de papel dentro de un bote hermético con desecante, en frío y oscuro, donde durarán de tres a cinco años.
Para el cultivo: siembra en febrero o marzo con 25-30 °C de sustrato, trasplanta con cuatro a seis hojas verdaderas y pasadas las heladas, y usa macetas de 15 litros como mínimo y 20-25 preferiblemente, con seis u ocho horas de sol. Tutor desde el primer día, riego regular y acolchado para evitar la necrosis apical, y abonado con más potasio desde el cuaje. La polinización se resuelve sola, salvo en un balcón cerrado; lo que la estropea son las temperaturas por encima de 35 °C o las noches por debajo de 16.