Si después de una lluvia fuerte quedan charcos en el jardín durante horas, o si hay una zona donde el césped amarillea y las plantas se van muriendo una detrás de otra sin causa aparente, el problema es de drenaje. Y no es un problema estético: en un suelo anegado el agua ocupa los poros donde antes había aire, las raíces se quedan sin oxígeno y dejan de absorber. La planta se marchita teniendo agua de sobra, que es la paradoja que despista a casi todo el mundo.
Corregirlo se puede hacer en tres niveles, de menos a más obra: ajustar el riego, cambiar el modo de plantar (elevando el terreno o eligiendo especies que aguanten) y, cuando nada de eso basta, instalar drenaje. Lo que sigue va en ese orden, porque es también el orden de coste.
Disposición de las zanjas de drenaje en espina de pescado, es decir una zanja o tubo principal en la que confluyen otros más pequeños.
La prueba que aclara si hay problema de verdad
Antes de mover un metro cúbico de tierra conviene medir. La prueba es sencilla y no necesita nada: cava un hoyo de unos 30 o 40 centímetros de profundidad y otro tanto de ancho en la zona sospechosa, llénalo de agua y déjalo vaciar. Cuando se haya vaciado, vuelve a llenarlo y ahora sí cronometra cuánto tarda en bajar.
Un suelo que evacua ese segundo llenado en un par de horas drena bien. Uno que tarda medio día drena mal pero es manejable eligiendo plantas adecuadas. Uno que a las veinticuatro horas sigue con agua tiene un problema serio y necesita intervención. Repite la prueba en dos o tres puntos, porque es muy habitual que un mismo jardín tenga zonas que drenan perfectamente y una esquina que no.
Al cavar, fíjate además en el perfil. Si a treinta o cuarenta centímetros aparece una capa dura y compacta que cuesta atravesar, ahí tienes la causa: una suela de compactación, dejada muchas veces por la maquinaria de obra de la casa. También merece la pena comprobar si aparecen escombros enterrados, restos de mortero o plásticos de obra, que en jardines de vivienda nueva son un clásico.
De dónde viene el agua
- Riego mal calculado. La causa más fácil de corregir. Un suelo arcilloso necesita riegos espaciados y largos, no diarios y cortos, y los sectores de riego deberían separar césped, arbustos y árboles porque sus necesidades no se parecen en nada.
- Suelo arcilloso. Retiene mucha agua y la libera despacio. Es la situación normal en buena parte del interior peninsular.
- Compactación. El paso continuo de gente, vehículos o maquinaria destruye la estructura del suelo y cierra los poros grandes. Un suelo compactado drena mal aunque su textura sea buena.
- Topografía. Zonas cóncavas, pies de talud, rincones donde un muro corta la circulación natural del agua.
- Bajantes y pavimentos. Un canalón que descarga sobre un arriate o una superficie pavimentada que vierte al jardín concentran en unos metros cuadrados el agua de una superficie mucho mayor. Esto se resuelve conduciendo la descarga, no drenando el arriate.
- Nivel freático alto. En vegas y zonas bajas próximas a cauces. Aquí el margen de maniobra es escaso y la solución pasa por convivir con ello.
Lo que no funciona: echar arena a un suelo arcilloso
Es la recomendación de manual que más daño ha hecho. Añadir un poco de arena a un suelo arcilloso no lo aligera, lo empeora: las partículas de arcilla rellenan los huecos entre los granos de arena y el resultado es más denso y más impermeable que el suelo de partida. Para cambiar de verdad la textura habría que aportar volúmenes de arena enormes, del orden de la mitad del volumen de suelo a corregir, lo que en un jardín es inviable y carísimo.
Lo que sí mejora un suelo arcilloso es la materia orgánica: compost maduro, estiércol bien fermentado, mantillo. No cambia la textura, pero mejora la estructura, agrega las partículas de arcilla en grumos y crea poros grandes por donde circula el agua. Se aporta en superficie o incorporada en los primeros centímetros, sin enterrarla en profundidad, donde al seguir descomponiéndose en ausencia de oxígeno crearía condiciones anaerobias justo alrededor de las raíces. Y se repite: el efecto no es permanente, la materia orgánica se mineraliza y hay que reponerla cada temporada.
El otro trabajo útil es descompactar: romper la suela de compactación con un laboreo profundo antes de plantar, o con aireadores de púa hueca en el caso de una pradera ya establecida.
Plantar en alto: caballones y arriates elevados
Es la solución más eficaz por lo poco que cuesta. Si el agua se acumula a una determinada cota, la respuesta no siempre es bajar el agua: a menudo es subir las raíces. Un caballón, un arriate elevado o simplemente un montículo de treinta o cuarenta centímetros pone la mayor parte del sistema radicular por encima de la franja que permanece saturada, y la gravedad hace el resto.
Funciona especialmente bien en el huerto, donde los bancales elevados resuelven de golpe drenaje, compactación por pisoteo y comodidad de trabajo. Y funciona en arriates de arbustos, donde además da relieve al diseño. La única precaución es que en verano un montículo se seca antes que el terreno llano, así que hay que acolcharlo bien.
En el hoyo de plantación de un árbol el principio es el mismo: en suelo pesado, plantar con el cuello ligeramente por encima del nivel del terreno, nunca hundido. Y no alises las paredes del hoyo con la pala, porque en arcilla se forma una película bruñida que actúa como una maceta impermeable. Pícalas.
Zanjas y tubos de drenaje
Cuando el jardín ya está hecho, hay ejemplares adultos que no se pueden mover y el agua sigue acumulándose, toca drenar. El esquema clásico es el de espina de pescado: una zanja principal con una ligera pendiente continua y varias secundarias que confluyen en ella, recogiendo el agua de la zona problemática y llevándola a un punto de salida.
El punto de salida es la parte que más se descuida y la que decide si el drenaje sirve para algo. Un drenaje que no desagua en ningún sitio es solo un depósito enterrado. Las salidas posibles son una zona más baja del terreno, un pozo de infiltración relleno de grava, un estanque o depósito de recogida, o la red de saneamiento, en cuyo caso hay que consultar antes con el ayuntamiento porque no siempre está permitido verter pluviales a la red.
El montaje habitual, de abajo arriba: zanja con pendiente sostenida, cama de grava, tubo dren corrugado con perforaciones, relleno de grava y por encima un geotextil que impida que los finos del suelo colmaten la grava y los orificios del tubo. Encima, tierra. Una alternativa sin tubo, para caudales pequeños, es la zanja rellena solo de grava y arena gruesa, que además ofrece a las raíces un volumen suelto y aireado donde crecer.
Sobre profundidades, las referencias de uso corriente son del orden de medio metro para praderas y macizos de arbustos y de un metro cuando hay arbolado. Y una precaución: los chopos, sauces y otras especies de raíz agresiva buscan los drenajes y acaban invadiendo los tubos. No los plantes cerca de una canalización enterrada.
Elegir plantas que toleren el suelo húmedo
Con frecuencia la solución más sensata no es pelearse con el terreno, sino plantar lo que ese terreno admite. Entre los árboles que aguantan bien suelos que se encharcan de forma periódica están los sauces (Salix), el aliso (Alnus glutinosa), los chopos y álamos (Populus), el fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia) y el ciprés calvo (Taxodium distichum), que tolera incluso la inundación prolongada. Conviene decir lo contrario también: el nogal, el almendro, la mayoría de frutales de hueso y prácticamente todas las coníferas de seto son muy sensibles al exceso de agua, y plantarlos en un punto que se encharca es tirar el dinero.
Entre las herbáceas y vivaces funcionan bien el lirio amarillo (Iris pseudacorus), juncos (Juncus), cárices (Carex), la lisimaquia (Lysimachia) y muchas plantas de ribera. Una advertencia sobre la cala (Zantedeschia aethiopica), muy usada en zonas húmedas de jardín: en el norte peninsular y en Canarias escapa del cultivo con facilidad y se naturaliza en vaguadas y márgenes de arroyo desplazando a la vegetación propia, así que en esos entornos es mejor no plantarla cerca de un cauce.
La idea moderna de esto es el jardín de lluvia: en lugar de expulsar el agua del jardín, se conduce hacia una depresión plantada con especies que toleran alternar encharcamiento y sequía, donde infiltra poco a poco. Resuelve el problema y aprovecha un recurso que en España no sobra.
En resumen
Antes de intervenir, mide: un hoyo de treinta centímetros lleno de agua dice en unas horas si el drenaje es aceptable, malo o inservible, y al cavarlo aparecen las causas ocultas, casi siempre una capa compactada o escombros de obra. Después, por orden de coste: ajustar el riego y separar los sectores, aportar materia orgánica y descompactar, plantar en alto mediante caballones o arriates elevados, y solo entonces plantearse zanjas y tubos con una salida real.
Dos cosas que ahorran disgustos. La arena no arregla un suelo arcilloso, lo empeora si se echa en poca cantidad; lo que lo mejora es la materia orgánica repuesta cada temporada. Y la elección de especies pesa tanto como la obra: hay árboles y vivaces que viven perfectamente con los pies mojados, y otros, entre ellos las coníferas de seto y los frutales de hueso, que no perdonan ni una temporada de encharcamiento.