Cuando un ciprés del seto se pone marrón, el primer impulso es regar más. Casi siempre es exactamente lo contrario de lo que hace falta. En la gran mayoría de los casos el punto de partida es un exceso de agua en el suelo, y sobre ese suelo asfixiado aparecen después los patógenos que rematan la planta. Regar más acelera el proceso.
Lo segundo que conviene entender es que una conífera seca no rebrota. Salvo el tejo (Taxus baccata), los cipreses, arizónicas, tuyas, enebros, abetos y pinos no emiten brotes desde la madera vieja sin hojas. Si una rama se ha secado del todo, esa rama no vuelve. Por eso el trabajo con las coníferas es de diagnóstico y prevención, no de rescate: lo que se salva es el resto del seto, no la parte ya perdida.
Aplicar un abono foliar para reverdecer las coníferas amarronadas solo resulta eficaz si antes se ha solucionado el problema de encharcamiento del sustrato. photo / Senkaya
Antes de nada: ¿es un problema o es normal?
No todo pardeamiento es enfermedad. Las coníferas renuevan el follaje interior y lo hacen de forma llamativa. En tuyas (Thuja), falsos cipreses (Chamaecyparis) y enebros (Juniperus) es habitual ver en otoño ramillas interiores amarillas o marrones que acaban cayendo, mientras la superficie exterior sigue verde. Eso es recambio normal.
La señal de alarma es distinta: manchas marrones en la cara exterior del seto, ramas completas secas de golpe (lo que en inglés llaman flagging), un ejemplar entero que decae mientras sus vecinos siguen bien, o un avance progresivo por la fila. Ahí sí hay que buscar la causa.
El encharcamiento, la causa mayoritaria
Las raíces respiran. Necesitan oxígeno en los poros del suelo para absorber agua y nutrientes, y ese es un proceso que consume energía. Cuando el agua ocupa los poros de forma prolongada, el oxígeno se agota, se acumula dióxido de carbono y las membranas de las raicillas pierden permeabilidad. A partir de ahí ocurre algo aparentemente absurdo: la planta con los pies en el agua deja de poder absorberla, se deshidrata y el follaje amarillea y luego se seca. De ahí la trampa de regar más.
Las situaciones que lo provocan son casi siempre las mismas:
- Riego excesivo, sobre todo en setos jóvenes que se siguen regando con la pauta del primer año cuando ya no la necesitan.
- Suelo pesado y arcilloso, muy frecuente en el interior peninsular, donde el hoyo de plantación actúa como un cubo sin desagüe.
- Hoyo de plantación mal hecho: pequeño, con las paredes alisadas por la azada y relleno de sustrato esponjoso dentro de arcilla compacta. El agua entra y no sale.
- Proximidad al césped. Es un problema clásico: la pradera se riega con frecuencia alta y dosis cortas, y ese régimen es justo el que peor le va a un seto de coníferas.
- Goteros pegados al tronco. La línea de goteo debe quedar separada de la base, no mojando el cuello de la planta.
Phytophthora, la podredumbre de raíz
Sobre un suelo encharcado aparece con mucha facilidad Phytophthora cinnamomi y otras especies del mismo género. No son hongos verdaderos, sino oomicetos, y esa distinción tiene una consecuencia práctica: los productos que actúan sobre hongos no necesariamente actúan sobre ellos. Se dispersan mediante esporas móviles que nadan en la película de agua del suelo, así que un terreno húmedo de forma continua es literalmente su medio de transporte.
El ataque empieza por las raicillas absorbentes, sigue por las raíces estructurales y termina alcanzando el cuello y la base del tronco. Los síntomas visibles llegan tarde: para cuando la parte aérea decae, el sistema radicular ya está muy dañado. Al descalzar la planta se ven raíces oscuras, blandas y sin las puntas blancas sanas, a veces con la corteza que se desprende con facilidad. Y se transmite a los vecinos por el suelo, que es por lo que un seto se va secando por tramos y no al azar.
El chancro del ciprés (Seiridium cardinale)
Es la otra gran causa de ramas marrones, y esta actúa en la parte aérea. El hongo Seiridium cardinale entra por heridas de la corteza (cortes de poda, roces, daños de granizo o de heladas) y forma un chancro: una lesión hundida y rojiza que rodea la rama. Por encima del chancro la rama se seca de golpe y queda de un marrón rojizo muy característico, mientras el resto del árbol sigue verde. Ese contraste entre ramas totalmente secas y ramas totalmente sanas en el mismo ejemplar es la firma del chancro.
Afecta sobre todo al ciprés común (Cupressus sempervirens), al ciprés de Monterrey (Cupressus macrocarpa) y al ciprés de Leyland, muy usado en setos. El ciprés común tiene variabilidad genética frente a esta enfermedad y existen clones seleccionados por su tolerancia, un dato que merece la pena tener presente al elegir planta para una reposición.
El manejo es fundamentalmente mecánico. Se cortan las ramas afectadas bastante por debajo del chancro, en madera sana, se sacan del jardín y se eliminan (no al montón de compost). Y hay un detalle que se salta mucha gente: desinfectar la herramienta entre cortes y entre plantas, porque las tijeras son un vector eficacísimo. Podar en tiempo seco y no en periodos de lluvia reduce mucho el riesgo de infección de las heridas nuevas.
Otras causas que se confunden con las anteriores
- Pulgón del ciprés (Cinara cupressi). Causa un pardeamiento en manchas que se extiende desde el interior del seto hacia fuera, típicamente a finales de primavera. Se ve al abrir el follaje: pulgones grandes, grisáceos, agrupados en las ramillas leñosas, con melaza y negrilla asociadas. Es una causa muy frecuente y se diagnostica mal a menudo.
- Ácaros. Provocan un tono bronceado general del follaje, sobre todo en verano seco y caluroso. Se detectan sacudiendo una ramilla sobre un papel blanco.
- Escolítidos (Phloeosinus). Perforan ramas y tronco de ejemplares ya debilitados. No son la causa inicial, son el aviso de que el árbol estaba mal antes.
- Sequía y viento. Un seto recién plantado en verano mediterráneo, sin riego de implantación suficiente, pardea por la cara expuesta al sol y al viento.
- Sal. Agua de riego muy salina, cercanía al mar o sal de deshielo queman las puntas. También la orina de perro en la base de un seto urbano, que da un secado localizado y siempre a la misma altura.
- Poda demasiado severa. Cortar entrando en la madera vieja sin hoja deja un hueco marrón permanente, porque no rebrotará.
Qué hacer, por orden
1. Diagnosticar antes de tratar. Mira las raíces de un ejemplar perdido, abre el follaje interior buscando pulgones, comprueba si hay chancros en las ramas secas y clava un destornillador en el suelo a 20 centímetros para ver si sale húmedo. Sin esto, cualquier tratamiento es un tiro a ciegas. Un laboratorio de diagnóstico fitopatológico puede identificar el patógeno a partir de una muestra, y en un seto valioso compensa.
2. Corregir el agua. Es lo primero y lo más determinante. Riegos menos frecuentes y más profundos, goteros separados del tronco, y un sector de riego propio para el seto, independiente del césped. Si el terreno acumula agua de forma natural, hay que trabajar el drenaje antes de reponer nada.
3. Airear el suelo. Descompactar la banda de plantación, mantener un alcorque o arriate amplio y evitar el paso de vehículos o el pisoteo continuo sobre las raíces. Un acolchado de corteza en superficie ayuda a mantener humedad estable sin encharcar.
4. Respetar el marco de plantación. Los setos de coníferas se plantan casi siempre demasiado juntos porque se busca el efecto rápido. A los pocos años las raíces compiten, la parte baja se pela y cualquier problema se propaga por toda la fila. Es la decisión que más determina la vida del seto y se toma el primer día.
5. Retirar y eliminar el material afectado. Ramas con chancro y ejemplares muertos, fuera. No replantes un ciprés en el mismo hoyo donde ha muerto otro por podredumbre de raíz sin haber corregido el drenaje: el inóculo sigue en el suelo.
6. No confiar en el abono foliar. Reverdece rápido y engaña. Si la causa es un patógeno de raíz o un suelo encharcado, no ha resuelto nada.
Sobre los tratamientos fitosanitarios
El marco es el Real Decreto 1311/2012, que traspone la directiva de uso sostenible de fitosanitarios y establece la gestión integrada de plagas como principio: primero prevención y medios culturales, físicos y biológicos, y solo después, si es necesario, tratamiento químico. En el caso de las coníferas esto encaja bien con lo que se ha descrito, porque corregir el riego y el drenaje resuelve más casos que cualquier producto.
Si se llega al tratamiento, dos reglas prácticas. La primera: los productos que se pueden usar en jardinería doméstica son solo los autorizados para ese uso, y la lista se consulta en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que es la fuente que se mantiene actualizada. Muchas materias activas que se recomendaban hace diez años para estos problemas ya no están autorizadas en la Unión Europea. La segunda: la dosis, el plazo de seguridad y el equipo de protección son los que figuran en la etiqueta del envase, y no admiten interpretación. Los tratamientos de ámbito profesional, en jardines de comunidad o vía pública, exigen carné de aplicador.
En resumen
Una conífera que se pone marrón está contando casi siempre un problema de raíz, y ese problema empieza por agua de más: riego excesivo, suelo arcilloso, drenaje malo o un hoyo de plantación que retiene. Sobre ese suelo asfixiado se instala Phytophthora, y sobre las heridas de poda entra el chancro del ciprés. Ninguna de las dos se combate regando ni abonando por la hoja.
El orden útil es diagnosticar, corregir el riego y el drenaje, airear el suelo, retirar y destruir el material afectado, y desinfectar las tijeras entre cortes. Y asumir lo que no tiene vuelta: la madera vieja de una conífera no rebrota, así que el hueco marrón de un seto se soluciona reponiendo planta y arreglando antes la causa, no esperando a que rellene sola.