La idea de que unas cuantas macetas limpian el aire de una casa es una de las creencias más repetidas de la jardinería de interior, y viene de un experimento concreto y verificable. Lo que ha ocurrido después es que se ha medido con cuidado cuánto purifica realmente una planta en una habitación normal, y la respuesta es incómoda: muy poco. No porque las plantas no degraden contaminantes, que lo hacen, sino porque el ritmo al que lo hacen es diminuto comparado con la renovación de aire de cualquier vivienda.

Merece la pena contarlo entero, porque el mecanismo es real y donde sí funciona, funciona bien. Lo que falla es la extrapolación de la cámara de laboratorio al salón de casa.

La limpieza del aire es especialmente importante en los ambientes donde se pasa más tiempo, como el salón. Las plantas actúan como el filtro más eficaz. Foto: iStock

Qué dice la creencia y de dónde sale

El origen es el llamado estudio del aire limpio de la NASA, publicado en 1989 por un equipo dirigido por B. C. Wolverton. El contexto era el diseño de estaciones espaciales, ambientes herméticos donde no existe la opción de abrir la ventana. Metieron plantas de interior en cámaras selladas de pequeño volumen, inyectaron concentraciones altas de benceno, tricloroetileno y formaldehído, y midieron cuánto quedaba a las veinticuatro horas. Los descensos fueron considerables.

De ahí salieron las dos afirmaciones que después se han repetido durante treinta y cinco años: la lista de especies purificadoras (potos, cinta, espatifilo, ficus, drácena, sansevieria, helecho de Boston) y la idea de que el grueso del trabajo no lo hacen las hojas sino la zona de raíces, en torno a un noventa por ciento. Wolverton observó que al retirar las hojas la cámara seguía depurando, y atribuyó el efecto a los microorganismos del sustrato.

Qué se ha medido después

El mecanismo es correcto. Los compuestos orgánicos volátiles entran en la hoja por los estomas y son metabolizados por vía enzimática, y sobre todo son degradados por las bacterias y hongos de la rizosfera, que los usan como fuente de carbono. Eso está bien establecido y es la base de la fitorremediación.

El problema es la escala. En 2019, Michael Waring y Bryan Cummings, de la Universidad Drexel, revisaron una docena de estudios previos que reunían casi doscientos experimentos y convirtieron todos sus resultados a una misma unidad, la tasa de aire limpio equivalente, que es la que se usa para comparar purificadores y sistemas de ventilación. Es decir, tradujeron "esta planta redujo un X por ciento en una cámara de tantos litros" a "esta planta equivale a tantos metros cúbicos de aire limpio por hora".

El resultado fue que la capacidad depuradora de una maceta es órdenes de magnitud inferior a la renovación natural de aire de un edificio. Según sus cálculos, harían falta del orden de entre diez y mil plantas por metro cuadrado de suelo para igualar el efecto de la ventilación normal de una vivienda. Un salón de veinte metros cuadrados necesitaría, en el mejor de los casos, doscientas plantas para hacer lo que ya hace abrir la ventana un rato.

La razón de la discrepancia con el experimento original es sencilla y no implica que aquel estuviera mal hecho: una cámara sellada de pocos litros no tiene renovación de aire. En ella, cualquier absorción, por lenta que sea, acaba notándose. Una habitación real intercambia aire con el exterior continuamente, y ese caudal domina por completo el balance.

Dónde sí funciona el principio

La parte de Wolverton que ha resistido bien es la importancia de la rizosfera, y de ahí ha salido una tecnología que sí da resultados medibles: los biofiltros botánicos activos, o muros vegetales con ventilación forzada. En lugar de esperar a que el aire pase por casualidad junto a una maceta, un ventilador lo hace circular a través del sustrato y del entramado de raíces, poniéndolo en contacto con la población microbiana.

Al forzar el contacto, el volumen de aire tratado por hora se multiplica y las tasas de eliminación pasan a ser comparables a las de otros sistemas de depuración. Es la diferencia entre dejar una esponja sobre la mesa y hacer pasar el agua por ella. Esos sistemas existen, se instalan en oficinas y edificios públicos, requieren mantenimiento y no son una maceta.

Entonces, qué limpia el aire de una casa

El aire interior de una vivienda contiene compuestos orgánicos volátiles procedentes de pinturas, barnices, adhesivos, muebles de tablero, productos de limpieza y ambientadores; partículas y dióxido de nitrógeno de la combustión, incluida la de placas de gas y chimeneas; humedad, esporas de moho, ácaros y el dióxido de carbono que exhalamos. Cuando se acumulan por falta de ventilación aparecen los síntomas asociados al llamado síndrome del edificio enfermo: dolor de cabeza, irritación de ojos y garganta, fatiga y dificultad de concentración.

Lo que de verdad reduce esas concentraciones, por este orden:

  • Controlar la fuente. Es lo más eficaz con diferencia. No fumar dentro, elegir pinturas y adhesivos de baja emisión, airear los muebles nuevos de tablero antes de instalarlos, reducir ambientadores y aerosoles, usar el extractor al cocinar (una placa de gas emite dióxido de nitrógeno directamente al ambiente).
  • Ventilar. Ventilación cruzada de cinco a diez minutos varias veces al día renueva el aire de una vivienda entera. En invierno, hacerlo intenso y breve apenas enfría los muros y cuesta muy poca energía. En edificios de obra nueva, el Código Técnico de la Edificación ya obliga a un sistema de ventilación permanente, y el Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, aprobado por el Real Decreto 1027/2007, establece las categorías de calidad de aire interior que deben cumplir las instalaciones. Un medidor de dióxido de carbono es un buen indicador indirecto: por encima de unas 1.000 partes por millón, toca ventilar.
  • Controlar la humedad entre el 40 y el 60 por ciento aproximadamente, que es el rango que limita ácaros y moho.
  • Filtrar, si hay una razón concreta como alergia o contaminación exterior alta, con un purificador con filtro HEPA de capacidad adecuada al volumen de la habitación.

Para qué sirven entonces las plantas de interior

Para bastante, solo que no para eso. Y conviene decirlo sin rebaja, porque los beneficios documentados no son menores:

  • Efecto psicológico. Es el mejor respaldado de todos. La presencia de vegetación en espacios de trabajo y estudio se asocia de forma consistente con menor estrés percibido, mejor estado de ánimo y mayor capacidad de atención sostenida.
  • Humedad. Un grupo de plantas transpirando aporta humedad al ambiente, algo apreciable en invierno con calefacción, que reseca mucho.
  • Confort acústico y visual. Una masa vegetal amortigua reverberación y rompe superficies duras.
  • Sombra y temperatura, en el caso de plantas junto a ventanas orientadas al sur o al oeste.

Sobre el oxígeno y el dióxido de carbono conviene ser exacto: durante el día la planta fija CO2 y libera oxígeno, pero de noche respira y produce CO2, y en cualquier caso la cantidad implicada en unas cuantas macetas es insignificante frente a la que exhala una persona. Lo de que las plantas en el dormitorio "roban el oxígeno" es falso, y que "lo aportan" también.

Dos advertencias prácticas

El sustrato encharcado empeora el aire, no lo mejora. Una maceta permanentemente húmeda cría moho en la superficie y mosquitos del sustrato, y para una persona alérgica eso es un problema real. Riega cuando el sustrato esté seco en los primeros centímetros, retira el agua sobrante del plato y airea la superficie.

Muchas plantas de interior habituales son tóxicas por ingestión. Potos (Epipremnum aureum), filodendros, Monstera, Dieffenbachia, espatifilo (Spathiphyllum) y anturio contienen rafidios de oxalato cálcico que irritan de forma intensa boca y garganta; el látex del Ficus irrita la piel. Colócalas fuera del alcance de niños pequeños y animales, y si hay ingestión, acude al médico o al veterinario.

En resumen

Las plantas degradan contaminantes, sobre todo a través de los microorganismos de la zona radicular, y ese mecanismo es real. Pero el ritmo al que lo hace una maceta es minúsculo frente a la renovación de aire de una habitación: la revisión de Cummings y Waring, que unificó casi doscientos experimentos, concluyó que harían falta del orden de diez a mil plantas por metro cuadrado para igualar el efecto de la ventilación normal. El estudio de la NASA de 1989 no era erróneo, pero se hizo en cámaras selladas, que es un escenario que no se parece a una vivienda.

Para tener aire limpio en casa, lo que funciona es controlar las fuentes de emisión, ventilar de forma cruzada varias veces al día y mantener la humedad en un rango razonable; si hay una razón concreta, un filtro HEPA. Y las plantas se tienen por lo que sí aportan de verdad: bienestar, humedad, confort y un espacio en el que apetece estar. Que ya es motivo suficiente.


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