Un jardín sostenible en España es, antes que nada, un jardín que consume poca agua y que se sostiene sin intervención constante. No es un jardín descuidado ni asilvestrado: la sostenibilidad se decide en la elección de las plantas y en el diseño, no en el aspecto. De hecho, los jardines secos mediterráneos bien planteados suelen ser más vistosos en agosto que una pradera de césped agonizante.

El orden de las decisiones importa mucho. Elegir bien las especies y plantarlas en el sitio adecuado ahorra más agua que cualquier sistema de riego eficiente, y un suelo bien preparado y acolchado ahorra más que un programador de última generación. La tecnología viene después, y sirve para afinar lo que el diseño ya ha resuelto.

En el Chelsea Flower Show de 2019 Chris Beardshaw presentó este jardín sostenible con profusión de vivaces.

La planta adecuada en el sitio adecuado

La regla que más agua ahorra es también la más antigua: plantar especies cuyas necesidades coincidan con lo que el jardín ofrece de forma natural, en clima, suelo, exposición y viento. En la península eso apunta a la flora mediterránea y a la de otras regiones de clima mediterráneo del mundo, que es amplísima: lavandas, romero, salvias, jaras, teucrios, santolinas, retamas, adelfas, mirtos, madroños, olivos, granados, higueras, almeces.

Merece la pena agrupar las plantas por necesidades hídricas y no por criterio estético, lo que permite regar cada zona según lo que pide en vez de regarlo todo al ritmo de la planta más exigente. Y conviene preferir el crecimiento lento: exige menos poda, menos abono y genera menos restos.

Un matiz importante que casi nadie cuenta: las plantas de bajo consumo también hay que regarlas los primeros veranos. Una especie mediterránea es autónoma cuando su raíz ha bajado, y eso lleva una o dos temporadas. Plantar en otoño, y no en primavera, da a la planta todo el invierno y la primavera para enraizar antes de enfrentarse a su primer julio.

Cuidado con lo que se planta

Resistir la sequía no basta para que una especie sea recomendable. Varias plantas ornamentales muy usadas por ese motivo figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, entre ellas el plumero de la pampa (Cortaderia selloana), el rabo de gato (Pennisetum setaceum) y la uña de gato (Carpobrotus edulis).

La inclusión en el catálogo no es una recomendación: prohíbe su posesión, transporte, tráfico y comercio, así como su introducción en el medio natural. Son especies que desplazan a la flora autóctona, sobre todo en litoral y en márgenes de carretera, y su erradicación cuesta después dinero público. Antes de comprar una gramínea ornamental o una tapizante de dunas conviene comprobar que no está en la lista.

Menos césped, y del adecuado

El césped es, con diferencia, el elemento que más agua, siegas, abono y tratamientos consume en un jardín español. La decisión más eficaz no es regarlo mejor sino reducir su superficie a la zona que realmente se usa para estar y jugar, y resolver el resto con plantaciones, acolchado, pavimentos permeables o praderas rústicas.

Donde se quiera mantener césped, las especies de estación cálida como Cynodon dactylon o Zoysia aguantan el verano con mucho menos agua que las mezclas de estación fría, a cambio de amarillear en invierno. Como alternativas tapizantes funcionan bien el tomillo, la Dichondra en zonas de poco pisoteo o mezclas de vivaces rústicas de bajo porte.

El césped artificial no es la respuesta

Se presenta a menudo como opción sostenible porque no se riega, y ese es el único punto a su favor. En lo demás va en contra: es plástico que se degrada al sol y libera partículas, alcanza temperaturas muy altas en verano contribuyendo al calor de la parcela, impide la vida del suelo y la infiltración del agua, no da refugio ni alimento a ningún ser vivo y termina como residuo difícil de reciclar. Hay más argumentos en césped artificial, por qué no.

Riego: pocas veces y a fondo

La pauta que crea plantas autónomas es espaciar los riegos y hacerlos abundantes, de manera que el agua llegue en profundidad y la raíz baje a buscarla. Regar poco y a menudo produce lo contrario: raíces someras y plantas incapaces de aguantar una semana sin agua.

El riego se hace de madrugada o a última hora, con goteo o exudación en plantaciones y con emisores adaptados a cada zona. Un programador con sonda de lluvia evita la escena habitual de aspersores funcionando bajo una tormenta. Y recoger el agua de lluvia de las cubiertas en un depósito es de lo más rentable que se puede instalar, además de proporcionar agua sin cal, que es un regalo para las plantas acidófilas.

El suelo, y el problema de la turba

Un suelo con estructura y materia orgánica retiene mucha más agua y necesita menos riego. Mejorarlo no exige grandes movimientos de tierra: en la mayoría de los casos basta con trabajar los primeros diez o quince centímetros e incorporar materia orgánica bien hecha.

En sustratos de maceta hay un cambio en marcha que conviene conocer. La turba, base tradicional de casi todos los sustratos comerciales, se extrae de turberas que tardan miles de años en formarse y que almacenan enormes cantidades de carbono, de modo que su explotación no es sostenible. Las alternativas que ya se emplean son la fibra de coco, la corteza compostada y el compost, y cada vez hay más sustratos con proporciones bajas de turba o sin ella.

En cuanto al abonado, en plantaciones mediterráneas y jardines de bajo riego suele ser innecesario. Un exceso de nitrógeno produce crecimiento blando, más agua consumida, más pulgón y más poda.

Acolchar siempre

El acolchado es la medida de mayor rendimiento por euro invertido: reduce drásticamente la evaporación, mantiene el suelo fresco, evita la costra y la erosión por las lluvias torrenciales de otoño, frena las hierbas no deseadas y alimenta la vida del suelo si es orgánico.

Para plantas mediterráneas, los acolchados minerales de grava o gravilla funcionan muy bien y evitan el exceso de humedad en el cuello, que es lo que mata a lavandas y santolinas. Para el resto sirven la corteza de pino, los restos de poda triturados o la propia hojarasca del jardín, que además ahorra el viaje al punto limpio.

Biodiversidad: mano de obra gratis

Un jardín con fauna se defiende solo en buena medida. Pájaros insectívoros, murciélagos, mariquitas, crisopas, sírfidos, avispas parasitoides, lagartijas y sapos consumen enormes cantidades de lo que consideramos plagas, y todos ellos necesitan tres cosas: comida, agua y refugio.

  • Setos mixtos de especies variadas en lugar de setos monoespecíficos recortados.
  • Floración escalonada durante todo el año, para que haya néctar también en invierno y a final de verano.
  • Un punto de agua, aunque sea un plato hondo con piedras para que los insectos no se ahoguen.
  • Zonas sin segar, un montón de leña, hojarasca en un rincón y muros de piedra seca.
  • Cajas nido para aves y para murciélagos, revisadas y limpias una vez al año.
  • Menos iluminación nocturna, que desorienta y agota a los insectos.

Plagas sin arrasar

La gestión integrada es el principio: prevención, vigilancia, medios físicos y biológicos, y tratamiento solo cuando lo anterior no ha bastado. Un jardín equilibrado tolera cierto nivel de pulgón sin que pase nada, y ese pulgón es precisamente lo que mantiene a las mariquitas en la parcela.

Cuando haya que tratar, la clave para no destruir lo que se intenta proteger está en el momento de la aplicación más que en el producto, como se explica en tratar las plagas sin dañar a las abejas.

Residuos y diseño

Casi todo lo que sale de un jardín puede quedarse en él. Los restos de poda triturados sirven de acolchado, la hojarasca y los restos verdes van al compost, y las macetas y materiales duros se reutilizan o se llevan al punto limpio. Un buen planteamiento inicial reduce muchísimo lo que hay que sacar.

El diseño es lo que sostiene todo lo demás. Merece la pena observar el terreno durante un ciclo completo antes de decidir: por dónde entra el sol en cada estación, dónde se acumula el agua tras una tormenta, de dónde viene el viento, qué crece solo. Con esa información, un trazado geométrico sencillo y plantaciones de aspecto naturalista dan un jardín ordenado y de bajo mantenimiento a la vez. Un árbol de hoja caduca bien colocado al sur da sombra en verano y deja pasar el sol en invierno, y eso también rebaja el consumo de la casa.

En resumen

La sostenibilidad de un jardín se decide en la elección de las especies, en el diseño y en el suelo, no en los aparatos. Plantas adaptadas al clima y al terreno, agrupadas por necesidades de agua, plantadas en otoño y regadas de forma espaciada y profunda hasta que se establezcan; menos superficie de césped y de la especie adecuada; y acolchado en todas las plantaciones.

A eso se suman un suelo vivo con materia orgánica y sustratos con poca o ninguna turba, un jardín que da refugio y comida a la fauna auxiliar y un manejo de plagas que empieza por la prevención. Y una comprobación previa que evita disgustos: que ninguna de las especies elegidas figure en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013.


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