Cuando una planta amarillea, la pregunta útil no es qué abono comprar sino dónde aparece el síntoma y qué forma tiene. Las carencias nutricionales se diagnostican sobre todo por dos datos: si el daño empieza en las hojas viejas o en las nuevas, y si el amarilleo es uniforme o respeta los nervios. Con eso solo, se reduce mucho el abanico de posibilidades.

La razón es que unos nutrientes se mueven dentro de la planta y otros no. El nitrógeno, el fósforo, el potasio y el magnesio son móviles: cuando escasean, la planta los retira de las hojas viejas para llevarlos a los brotes nuevos, y por eso los síntomas aparecen abajo. El hierro, el calcio, el boro, el manganeso y el cinc son poco móviles: se quedan donde están, y la carencia se manifiesta en las hojas jóvenes de la parte alta.

El tono amarillento entre las nervaduras, que se mantienen verdes, de esta rama de jazmín revela que la planta está sufriendo clorosis férrica: el pH elevado del suelo le impide absorber el hierro.

Antes de hablar de carencias: descartar lo demás

Muchas plantas que parecen mal nutridas tienen en realidad otro problema. Un cepellón encharcado produce hojas amarillas y caída de follaje que se confunden con falta de nitrógeno, porque una raíz asfixiada no absorbe nada aunque el suelo esté lleno de nutrientes. Lo mismo ocurre con una planta con las raíces dañadas por podredumbre, con un cepellón totalmente enrollado en una maceta pequeña o con un ejemplar en sombra insuficiente.

También conviene mirar el envés de las hojas: la araña roja y algunos trips producen decoloraciones que a distancia parecen carencias. Y en plantas de hoja perenne, la caída amarilla de las hojas más antiguas al final del invierno o en primavera es un recambio normal, no una enfermedad.

Solo cuando se han descartado el riego, la raíz, la luz y las plagas tiene sentido interpretar el patrón nutricional.

El pH manda sobre todo lo demás

Un suelo puede contener un nutriente en abundancia y aun así la planta no poder tomarlo, porque a determinados valores de pH ese elemento pasa a formas insolubles. Es la llamada carencia inducida, y es mucho más frecuente en España que la carencia real por suelo pobre.

El caso típico es el hierro. En los suelos calizos que dominan buena parte del este y el sur peninsular, y con aguas de riego duras, el pH sube por encima de siete y el hierro precipita. La planta lo tiene delante y no lo absorbe. El resultado es la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios claramente verdes, dibujando una retícula. En casos avanzados la hoja llega a blanquear y los brotes se secan por la punta.

La mayoría de las plantas de jardín funcionan bien en un rango de pH ligeramente ácido a neutro. Las acidófilas (camelias, azaleas, rododendros, brezos, arándanos, gardenias) necesitan valores claramente más bajos, y en suelo calizo no hay abonado que las mantenga sanas a largo plazo. En esas condiciones lo sensato es cultivarlas en maceta con sustrato específico y regarlas con agua de lluvia o descalcificada, o renunciar a ellas. Hay más detalle en un jardín de acidófilas.

Para conocer el pH real, un análisis en laboratorio agrícola es barato y da además textura y contenido en caliza activa, que es el dato que de verdad explica una clorosis. Los medidores de varilla que se clavan en la tierra son orientativos como mucho.

Cómo se lee cada síntoma

Estas son las carencias que más se ven en jardín y en maceta, agrupadas por dónde aparecen.

En las hojas viejas, de abajo hacia arriba:

  • Nitrógeno. Amarilleo uniforme y generalizado, empezando por las hojas inferiores, con crecimiento lento y porte pobre. La planta entera parece pálida.
  • Potasio. El borde y la punta de las hojas viejas se secan y se vuelven pardos, como quemados, mientras el centro sigue verde. Frecuente en plantas con mucha carga de flor o fruto.
  • Magnesio. Amarilleo entre los nervios de las hojas viejas, con los nervios bien verdes, avanzando desde el borde hacia dentro. Se ve mucho en tomateras, rosales y cítricos, y también en sustratos muy lavados por riegos abundantes.
  • Fósforo. Menos evidente: crecimiento corto, hojas de un verde apagado y a veces tonos púrpura o rojizos en el envés y los peciolos.

En las hojas nuevas, en la parte alta:

  • Hierro. Clorosis entre nervios en las hojas jóvenes, con contraste muy marcado entre el amarillo del limbo y el verde de la nerviación. Casi siempre asociada a pH alto y no a falta de hierro en el suelo.
  • Manganeso. Se parece a la anterior pero con menos contraste, el amarillo es más difuso y afecta también a hojas de edad intermedia.
  • Cinc. Hojas nuevas pequeñas, estrechas y agrupadas por acortamiento de los entrenudos, formando rosetas. Clásica en cítricos.
  • Calcio. Deformación y muerte de los brotes terminales, y necrosis en el borde de las hojas jóvenes. En hortícolas se manifiesta de forma característica en el fruto, pero conviene saber que en muchos casos el problema no es que falte calcio en el suelo, sino que el riego irregular impide que llegue al fruto.
  • Boro. Muerte de la yema apical, brotes deformados y quebradizos, entrenudos cortos. Es un elemento con un margen estrecho: se pasa de la carencia a la toxicidad con facilidad, así que no se aporta a ciegas.

Cómo corregirlas

La corrección tiene dos velocidades. La aplicación foliar actúa en días y sirve para salvar una campaña o recuperar el aspecto de una planta, pero es un parche. La corrección del suelo actúa en meses y es la que resuelve el problema de fondo.

Para la clorosis férrica en suelo calizo, el punto importante es que no todos los productos de hierro sirven. Los quelatos mantienen el hierro en forma disponible, pero cada tipo de quelato es estable en un rango de pH distinto: en suelos calizos, con pH por encima de siete y medio, el que aguanta es el EDDHA, mientras que otros quelatos más baratos se degradan y no llegan a la planta. Aportar sulfato de hierro sobre un suelo calizo suele dar una mejoría breve y poco más, porque precipita enseguida.

A medio plazo, en suelo calizo, lo que da resultado es bajar el pH de la rizosfera y mejorar el suelo: aportes regulares de materia orgánica bien descompuesta, acidificación del agua de riego cuando es viable, y sobre todo elegir especies adaptadas a un suelo básico en lugar de pelear cada año con las mismas plantas.

Para las carencias de macronutrientes, un abono equilibrado aplicado con la frecuencia adecuada durante la temporada de crecimiento resuelve la mayoría de los casos. Los abonos específicos por tipo de planta tienen sentido cuando las necesidades son claramente distintas: más nitrógeno en plantas de hoja y césped, más fósforo y potasio en las de flor y fruto, formulaciones con reacción ácida para acidófilas.

Pasarse también hace daño

El exceso de abono es tan frecuente como la carencia y sus síntomas engañan: puntas y bordes de las hojas secos y pardos, crecimiento detenido, y a veces una costra blanquecina de sales en la superficie del sustrato o en el borde del tiesto. Ocurre sobre todo en macetas, donde las sales no tienen a dónde lavarse.

La solución es lavar el cepellón con riegos abundantes de agua de baja mineralización que salgan por el drenaje, suspender el abonado un tiempo y, si el problema es grave, cambiar el sustrato. El exceso de nitrógeno tiene además un efecto indirecto: produce tejidos blandos y suculentos, mucho más atractivos para el pulgón y más sensibles a los hongos.

Un caso aparte: el color de las hortensias

El azul de las hortensias (Hydrangea macrophylla) no es una carencia sino una cuestión de química del suelo. La flor azulea cuando el suelo es ácido y hay aluminio disponible, que es la condición en que la planta puede absorberlo; en suelo neutro o básico ese aluminio queda bloqueado y la misma variedad florece en rosa. De ahí que un ejemplar cambie de color al pasar de un jardín a otro, o al plantarlo en maceta con sustrato distinto.

Los productos azuleantes actúan sobre esos dos factores, acidificando y aportando aluminio, y hay que empezar a aplicarlos con antelación al desarrollo floral, no cuando la flor ya está formada. Sobre las variedades blancas no tienen efecto: esas no cambian de color.

En resumen

Diagnosticar una carencia empieza por mirar dónde aparece el síntoma. Hojas viejas afectadas apunta a nitrógeno, potasio, magnesio o fósforo; hojas nuevas, a hierro, manganeso, cinc, calcio o boro. Y el amarilleo entre nervios con la nerviación verde en los brotes jóvenes es, en la mayor parte de España, clorosis férrica provocada por un suelo calizo y un agua de riego dura, no por falta de hierro.

Antes de aplicar nada conviene descartar riego, drenaje, luz y plagas, porque producen cuadros parecidos, y conocer el pH real del suelo, que es lo que decide qué nutrientes puede tomar la planta. Y no perder de vista que pasarse de abono hace tanto daño como quedarse corto, sobre todo en maceta.


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