Un jardín se decide en el papel y en la parcela vacía, mucho antes de comprar la primera planta. Los errores caros de un jardín nuevo casi nunca son de jardinería: son de trazado, de instalaciones enterradas mal previstas y de árboles plantados donde estorbarán dentro de quince años. Todo eso se corrige gratis mientras el proyecto está en un plano y sale carísimo cuando ya hay solera de hormigón.

Este es el orden que evita la mayoría de esos problemas: primero conocer el terreno, después decidir para qué se va a usar, luego zonificar, después elegir materiales y solo al final plantar. Cuanto más se tarde en empezar a plantar, mejor saldrá el jardín.

Una vez trazado el plano del jardín, las distintas zonas han de marcarse sobre la parcela.

Paso 1: conocer el terreno antes de tocarlo

Hay cuatro datos que condicionan absolutamente todo lo demás y que conviene tener por escrito.

El suelo. Textura (basta amasar un puñado de tierra húmeda: si se moldea y brilla, hay arcilla; si se deshace, arena), profundidad útil hasta encontrar roca o zahorra compactada, y pH. Un medidor sencillo o un análisis en laboratorio agrícola cuesta poco y evita plantar acidófilas en una parcela caliza. En obra nueva hay un problema añadido y frecuente: los primeros centímetros suelen ser una mezcla de tierra de préstamo, restos de mortero y compactación de maquinaria, no un suelo agrícola.

El drenaje. Se comprueba con un hoyo de unos cuarenta centímetros lleno de agua. Si al día siguiente sigue lleno, hay un problema de drenaje que hay que resolver antes de plantar nada leñoso, y no con enmiendas sino con topografía o drenes.

El sol. Conviene anotar dónde da y a qué horas en verano y en invierno. La diferencia es mayor de lo que se recuerda: un muro que en junio da sombra a mediodía puede tener la fachada al sol todo el día en diciembre, y una zona que parece sombría en marzo se convierte en un horno en agosto. En clima peninsular, la orientación oeste es la más dura, porque suma la radiación de la tarde al calor acumulado del día.

El agua. De dónde va a venir el riego, con qué presión y qué calidad tiene. En buena parte del este y el sur el agua de red es dura y calcárea, lo que a medio plazo sube el pH del sustrato y limita las especies posibles. Y conviene informarse de si el municipio aplica restricciones de riego en verano, porque eso decide directamente si tiene sentido plantear una pradera de césped.

Paso 2: decidir el uso, no el estilo

Antes que el aspecto está la función. Un jardín que se usa como sala de estar exterior, con mesa para ocho y barbacoa, no tiene nada que ver con uno concebido para mirarlo desde el salón, ni con el de alguien que quiere cultivar. Y un jardín con niños pequeños necesita superficie despejada, visible desde la casa, sin plantas con espinas ni con frutos tóxicos al alcance.

Ese es también el momento de decidir cuánto tiempo real se va a dedicar al mantenimiento. Es la variable que más jardines arruina, porque se diseña para el entusiasmo del primer año y se mantiene con el tiempo del quinto. Un jardín de bajo mantenimiento no es un jardín pobre: es uno donde las plantas están adaptadas al clima, hay poca superficie de césped y las masas están consolidadas.

Conviene además mirar hacia fuera. Qué vistas merece la pena enmarcar, qué medianera o qué edificio conviene tapar, y desde qué ventanas se verá el jardín en los meses en que no se sale a él, que en el interior peninsular son bastantes.

Paso 3: el plano y la zonificación

Se mide la parcela y se dibuja a escala, con la casa, sus puertas y ventanas, los desniveles, los árboles existentes que vayan a conservarse y, muy importante, todo lo que hay bajo tierra: acometidas, saneamiento, arquetas, línea eléctrica. Si hay planos de la obra, esta es la ocasión de usarlos.

Sobre esa base se zonifica, que es la fase que más determina el resultado. Se marcan los recorridos obligados (de la puerta al garaje, de la cocina al tendedero), las zonas de estar y su relación con la casa, dónde hace falta pantalla vegetal para intimidad, dónde se quiere sombra en verano, dónde va el huerto si lo hay, y dónde queda el espacio de servicio, que todo jardín necesita: compostador, manguera, herramientas, cubos.

Un consejo que ahorra disgustos: los caminos se trazan por donde la gente va a andar de verdad, no por donde queda bonito en el dibujo. Si un recorrido lógico atraviesa una zona plantada, acabará convertido en un sendero pisoteado.

Con el plano cerrado, se sale a la parcela y se marca todo con cal, arena o mangueras en el suelo. Ver los espacios a tamaño real corrige errores de proporción que en el papel no se aprecian, y casi siempre en la misma dirección: las zonas de estar se dibujan más pequeñas de lo que necesitan.

Paso 4: los materiales del suelo

La elección depende del uso que va a recibir cada superficie.

  • Pavimento sobre solera. Lo más duradero y estable para zonas de mucho uso y mobiliario fijo, pero también lo más definitivo. Antes de hormigonar hay que dejar pasadas todas las conducciones de agua, riego y electricidad, porque después cualquier cambio implica romper.
  • Losa sobre cama de arena. Más barata, permeable, permite que crezca hierba en las juntas y admite modificaciones. Necesita un buen confinamiento en los bordes para que no se desplace.
  • Tarima de madera. Agradable al pie y visualmente cálida, con un mantenimiento que depende mucho de la especie y el tratamiento. En clima seco y soleado sufre bastante, y la madera sin tratar en zonas húmedas se cubre de algas y resbala.
  • Grava y gravilla. Barata, permeable, fácil de instalar y de cambiar. Con una lámina geotextil debajo reduce mucho las hierbas. Es incómoda para arrastrar sillas y para carritos, así que en zonas de paso frecuente conviene combinarla con losas asentadas.
  • Jabre o albero. Cómodo para caminar y de aspecto natural, muy usado en parques. Se marca con la lluvia y se arrastra al interior de la casa.
  • Césped. No es un pavimento. Sufre en zonas de paso continuo, complica la siega alrededor de mobiliario fijo y es, con diferencia, el elemento que más agua consume. Si se plantea, conviene reducirlo a una superficie regular y bien delimitada, dimensionada al alcance de los aspersores, y evitar las franjas estrechas e irregulares, que desperdician agua y encarecen la instalación.
  • Tapizantes. Buena alternativa al césped en superficies que no se pisan a diario.

Paso 5: la plantación, empezando por los árboles

Los árboles se sitúan primero, porque son la única pieza del jardín que no se puede mover luego. Hay que dibujarlos con su tamaño adulto, no con el del ejemplar del vivero, y valorar la sombra que darán sobre la casa y sobre el resto de plantaciones, la distancia a muros, soleras y conducciones, y si se quiere hoja perenne o caduca. Un caduco bien colocado al sur da sombra en verano y deja pasar el sol en invierno, que es exactamente lo que interesa en clima continental.

Aquí entra una cuestión legal que conviene resolver antes y no después. El artículo 591 del Código Civil establece que no se pueden plantar árboles cerca de una heredad ajena sino a la distancia que autoricen las ordenanzas o la costumbre del lugar, y en su defecto a dos metros de la línea divisoria para las plantaciones altas y a cincuenta centímetros para las bajas o arbustos. Las ordenanzas municipales mandan sobre esa regla supletoria, así que lo sensato es consultarlas.

Después van los arbustos, que son los que construyen realmente el volumen del jardín y aportan color durante más meses que las flores de temporada, y por último las herbáceas y vivaces. Dos criterios ayudan mucho: plantar en masas de la misma especie en lugar de en ejemplares sueltos, y agrupar las plantas por necesidades de agua, de forma que cada sector de riego reúna especies con la misma demanda. Eso último es lo que permite después regar sin desperdiciar.

Para las lindes, la elección está entre seto formal (dos podas al año como mínimo), seto informal mixto (más trabajo de diseño y menos de tijera, y mucho mejor para la fauna) o trepadoras sobre valla, que es la opción que menos superficie útil roba.

En resumen

Crear un jardín desde cero es sobre todo un ejercicio de orden: conocer el suelo, el drenaje, el sol y el agua disponibles; decidir para qué se quiere el espacio y cuánto mantenimiento se va a asumir; zonificar sobre plano y comprobarlo marcado en el terreno; elegir pavimentos según el uso real; y plantar al final, empezando por los árboles y respetando las distancias que fijan las ordenanzas o, en su defecto, el artículo 591 del Código Civil.

La prisa por plantar es la que estropea los jardines nuevos. Un año dedicado a observar la parcela, ver cómo se comporta en verano y en invierno y dejar que el suelo se asiente después de la obra no es tiempo perdido: es la parte del trabajo que no se puede repetir más adelante.


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