El olivo (Olea europaea) es de las pocas especies de porte arbóreo que en un jardín mediterráneo pide que la dejen en paz. Sol directo, suelo que drene y poco más. Casi todos los problemas que se ven en olivos de jardín vienen de darle de más: de más agua, de más abono y de más poda.
El caso más repetido es el olivo plantado en medio del césped. La pradera exige riego diario en verano, el olivo no lo necesita y el suelo permanentemente húmedo alrededor del tronco acaba en podredumbres de cuello y en una copa que amarillea sin causa aparente. Si el árbol ya está ahí, lo más útil que se puede hacer es abrir un alcorque amplio y sacar los aspersores de su radio.
Un olivo rodeado de césped es hoy una imagen habitual en los jardines. Sin embargo, la abundancia de riego que exige la hierba no le resulta beneficiosa.
Dónde plantarlo
A pleno sol, sin discusión. En sombra o media sombra el olivo se estira buscando luz, forma una copa rala y no fructifica. Es una especie de luz alta y no hay manera de compensarlo.
El suelo puede ser pobre, pedregoso, calizo o algo salino sin que le afecte: se ha cultivado durante milenios en las peores tierras de la cuenca mediterránea. Lo único que no tolera es el agua estancada. En terreno pesado y arcilloso conviene plantarlo en un montículo ligeramente elevado, de modo que el cuello quede por encima del nivel general del terreno, o resolver el drenaje antes de plantar.
Sobre el frío: es un árbol resistente que aguanta bien las heladas propias de casi toda la Península, pero no es indefinidamente rústico. Los ejemplares jóvenes y recién plantados son bastante más sensibles que los adultos, y en las zonas del interior con inviernos duros y heladas prolongadas hay que elegir bien el sitio, buscando la protección de un muro orientado al sur y evitando las vaguadas donde se acumula el aire frío. El fruto se daña antes que la madera.
Dos consideraciones más antes de decidir el hueco. La primera es el espacio: un olivo de jardín, aunque crezca despacio, acaba siendo un árbol grande, con raíces que buscan lejos. Plantarlo a dos metros de la casa o encima de una tubería es un problema aplazado. La segunda es el polen: el olivo es una de las principales causas de polinosis en España, sobre todo en Andalucía y en el interior, con un pico de emisión en mayo. Si en la casa hay alguien alérgico, conviene pensarlo.
Compra y sanidad vegetal
Aquí hay una cuestión legal que conviene conocer, porque afecta directamente a quien compra un olivo. La bacteria Xylella fastidiosa es un organismo de cuarentena que en España se ha detectado en focos concretos, con Baleares y la provincia de Alicante entre las zonas afectadas, y el olivo está entre sus plantas hospedadoras.
El movimiento y la comercialización de plantas hospedadoras están regulados por el Reglamento (UE) 2016/2031 de sanidad vegetal, que establece la exigencia de pasaporte fitosanitario para el movimiento de determinado material vegetal en la Unión, y por el Reglamento de Ejecución (UE) 2020/1201, que fija las medidas específicas para evitar la introducción y propagación de Xylella fastidiosa, incluidas las restricciones al movimiento de vegetales desde zonas demarcadas.
Lo que esto significa en la práctica: compre el árbol en un establecimiento que le entregue la documentación que corresponda y no traslade olivos, ni esquejes, ni ejemplares recogidos, desde zonas demarcadas. El comercio de olivos centenarios entre comunidades ha sido precisamente una de las vías de dispersión que la normativa trata de cortar.
Plantación
El olivo tolera el trasplante mejor que casi cualquier árbol, incluso de adulto, lo que explica el mercado de ejemplares viejos. Aun así, las reglas básicas siguen siendo las de siempre.
- Hoyo ancho, del doble del cepellón, con las paredes descompactadas para que la raíz pueda salir. En arcilla, un hoyo de paredes lisas se convierte en un recipiente que retiene agua.
- Sin abono concentrado en el fondo. Como mucho, algo de compost bien hecho mezclado con la tierra de la propia parcela, y con moderación: el exceso de nitrógeno produce brotación tierna, más apetecible para las plagas y más sensible al frío.
- Cuello a nivel o ligeramente por encima. Enterrar el tronco es la vía directa a la podredumbre.
- Tutor solo si hace falta, sujeto de forma flexible y retirado en un par de años. Un árbol atado rígido durante toda su juventud no engrosa el tronco como debe.
- Riego de asiento abundante para asentar la tierra contra la raíz.
La mejor época es el otoño en las zonas de invierno suave, para que aproveche las lluvias y arraigue antes del calor; en el interior con heladas fuertes, el final del invierno o el comienzo de la primavera es más seguro.
Riego: el punto donde más se falla
Durante el primer verano y el segundo hay que regar de verdad, porque la raíz todavía ocupa el volumen del cepellón y no alcanza la humedad profunda. Riegos abundantes y espaciados, dejando secar entre uno y otro, nunca goteos diarios que mantienen el cuello húmedo.
A partir del tercer o cuarto año, un olivo establecido en clima peninsular vive sin riego. Puede aportarse agua en los veranos más duros o si se quiere cosecha, pero es un extra, no una necesidad. La señal de exceso es fácil de leer: hoja amarillenta, caída de hoja fuera de temporada, crecimiento blando y aparición de hongos en el cuello. La de defecto también: hoja que se pliega sobre el nervio y toma un aspecto grisáceo, que el árbol recupera en cuanto llueve.
Abonado y vecería
Un olivo ornamental no necesita programa de abonado. Una aportación anual de materia orgánica compostada extendida bajo la copa, al final del invierno, cubre de sobra sus necesidades. Los olivares de producción se abonan bastante más, pero persiguen cosecha, no un árbol de jardín.
Sobre la producción, conviene saber que el olivo es vecero: alterna años de cosecha abundante con años de cosecha escasa. No es enfermedad ni error de cultivo, es el comportamiento de la especie, más marcado en unas variedades que en otras. En cultivo se atenúa con aclareo y recolección temprana; en un jardín, lo razonable es asumirlo.
Y una advertencia que sorprende a quien tiene su primer olivo: la aceituna recién cogida del árbol no se come. Es intensamente amarga por sus compuestos fenólicos y necesita un proceso de curado en agua o salmuera antes de ser comestible.
Poda
El olivo rebrota con enorme facilidad y admite desde la poda de limpieza hasta el recorte topiario. La época para las intervenciones fuertes es el final del invierno, pasado el riesgo de heladas intensas, para que las heridas cicatricen con el arranque de la primavera.
Si se deja crecer como árbol de sombra, basta con retirar cada año la madera muerta, las ramas cruzadas o mal dirigidas, los chupones del interior de la copa y las sierpes, esos brotes vigorosos que salen del pie y que, si se dejan, convierten el árbol en un matorral de varios troncos.
Para formarlo con tronco único y copa despejada, el trabajo de los primeros años consiste en ir suprimiendo en verde las ramas bajas, dejando que el tronco engorde, y en elegir tres o cuatro ramas principales bien repartidas cuando el ejemplar tenga altura suficiente. A partir de ahí, la poda anual se limita a aclarar el interior para que entren luz y aire, que es lo que evita hongos y mantiene la copa productiva.
Lo que no conviene es la poda severa repetida cada año en un árbol ornamental ya formado. Provoca una respuesta de chupones desordenados que obliga a podar otra vez, y así indefinidamente.
Problemas frecuentes
El más extendido en jardín es el repilo (Venturia oleaginea), un hongo que forma manchas circulares en la hoja y provoca defoliación, favorecido por la humedad y las copas cerradas. La medida más eficaz no es química: airear la copa con la poda, recoger la hoja caída y no mojar el follaje al regar.
La mosca del olivo (Bactrocera oleae) pone el huevo en el fruto y lo estropea. En un olivo ornamental del que no se va a aprovechar la aceituna, sencillamente no importa. La cochinilla aparece en copas densas y con exceso de nitrógeno, y suele corregirse aclarando la copa y dejando de abonar. La verticilosis (Verticillium dahliae) es un hongo de suelo que provoca marchitez de ramas enteras y para el que no hay tratamiento curativo; se previene evitando plantar donde antes hubo cultivos sensibles y no encharcando.
Si en algún momento hace falta tratar, el marco es el Real Decreto 1311/2012, que ordena la gestión integrada de plagas con la prevención por delante del producto. En jardinería doméstica solo pueden usarse productos autorizados para ese uso, con la dosis y las condiciones de su etiqueta, y el listado vigente se consulta en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio.
En resumen
El olivo pide sol directo, suelo drenante y espacio, y a cambio no pide casi nada más. Riegue de verdad los dos primeros veranos y después casi nada, aporte materia orgánica una vez al año y olvídese del abono mineral. Manténgalo fuera del radio de los aspersores del césped, que es el origen de la mayoría de los olivos enfermos de jardín.
Pode al final del invierno, con criterio de limpieza y aclareo más que de recorte, y asuma la vecería como parte del carácter de la especie. Al comprar, exija la documentación fitosanitaria que corresponda y no mueva ejemplares desde zonas demarcadas por Xylella fastidiosa: el Reglamento (UE) 2016/2031 y el Reglamento de Ejecución (UE) 2020/1201 están precisamente para evitar que ese comercio siga extendiendo el problema.