Un talud sin cubierta vegetal pierde tierra con cada tormenta. El agua que cae sobre suelo desnudo golpea, dispersa las partículas y luego corre pendiente abajo formando regueros que en pocos inviernos se convierten en cárcavas. El resultado está a la vista en muchas parcelas: tierra acumulada en el paseo y en las arquetas, raíces al descubierto y la capa fértil, que es la superficial, arrastrada.
Las plantas resuelven ese problema por dos vías distintas y hay que entender la diferencia. La cubierta de hojas intercepta la lluvia y frena la escorrentía, y es lo que evita la erosión superficial; actúa desde el primer año. Las raíces cosen el terreno y aumentan la estabilidad del talud a media profundidad, pero tardan varias temporadas en hacerlo. Por eso una plantación de taludes se diseña siempre en dos tiempos: algo que cubra rápido y algo que sujete a largo plazo.
Juniperus x media Hetzii y saúcos en un pronunciado talud. Sus raíces sujetan el talud a profundidad media.
Antes de plantar: hasta dónde llega la vegetación
La primera decisión no es qué plantar, sino si la planta basta. La vegetación estabiliza la capa superficial del terreno y muy poco más allá de la profundidad que alcanzan las raíces. Frente a una erosión superficial, es la solución correcta y la más barata. Frente a un problema de estabilidad del terreno, no lo es.
Como referencia práctica, en pendientes suaves y moderadas la plantación resuelve bien. A partir de una pendiente cercana a los cuarenta y cinco grados el propio trabajo de plantar se vuelve inviable, la tierra se descalza al abrir cada hoyo y hace falta obra: aterrazado, muretes, gaviones o traviesas ancladas formando bancales. Y si en el talud aparecen grietas, escalones o zonas que se hunden, o si hay una edificación arriba o abajo, eso ya no es jardinería: es un problema geotécnico que se consulta con un técnico.
Hay además una intervención que hace más que cualquier planta y casi siempre se omite: interceptar el agua antes de que llegue al talud. Una cuneta o zanja drenante en la coronación, que recoja la escorrentía de la superficie superior y la conduzca fuera, elimina la mayor parte del caudal que erosiona. Sin eso, la plantación trabaja contra un chorro continuo. Al pie conviene también prever la evacuación del agua que llegue.
Ayudas para el arranque
El periodo crítico es el primer año, cuando las plantas todavía no cubren y el suelo está descubierto. Ahí ayudan varios recursos:
- Mantas orgánicas de fibra de coco o de paja, que se extienden sobre el talud y se fijan con grapas metálicas o varillas. Protegen del impacto de la lluvia desde el primer día, retienen humedad y se degradan en unas temporadas, cuando la vegetación ya ha tomado el relevo. Se puede plantar a través de ellas practicando aberturas.
- Hidrosiembra con mezclas de herbáceas rústicas, que colonizan rápido y dan una cubierta inmediata. No sustituye a los arbustos, pero gana tiempo mientras estos se instalan.
- Acolchado, con una salvedad importante: en pendiente, la corteza y la viruta flotan y bajan con el primer aguacero. En taludes pronunciados funciona mejor la grava o la piedra machacada, o el acolchado orgánico sujeto con malla.
- Alcorques a contrapendiente: al plantar cada ejemplar se forma una pequeña plataforma horizontal con un caballón en el lado de abajo, de modo que el agua se detiene y se infiltra en lugar de seguir bajando.
Herbáceas y tapizantes
Son la capa que cubre el suelo y frena la escorrentía superficial. Interesan las que se extienden por estolones o rizomas, porque tejen una malla continua de raíces someras.
Para sombra o media sombra funcionan bien la Vinca major y la Vinca minor, la hiedra (Hedera helix), que en talud es especialmente eficaz, y la Pachysandra terminalis en climas frescos. Para sol y sequía, el Cerastium tomentosum, la Stachys byzantina de hojas grises afelpadas, los tomillos rastreros, la santolina y las Achillea. Entre las rizomatosas de mayor porte, los lirios (Iris) y los agapantos (Agapanthus) sujetan bien y aportan floración.
Aquí hay que hacer una advertencia importante, porque afecta a dos de las plantas más usadas históricamente en taludes españoles. La uña de gato (Carpobrotus edulis), esa crasa de flor rosa o amarilla que tapiza taludes costeros, y el plumero de la pampa (Cortaderia selloana) figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, aprobado por el Real Decreto 630/2013. Estar en ese catálogo implica que su introducción en el medio natural, su comercio, su posesión y su transporte están prohibidos con carácter general, y que quien las tenga debe evitar su propagación. Ambas se escapan del jardín con enorme facilidad, y el Carpobrotus ha arrasado comunidades dunares y de acantilado en todo el litoral. No se plantan.
Arbustos
Aportan la sujeción a profundidad media y son la pieza central de un talud bien resuelto. Se eligen especies resistentes a la sequía, porque en pendiente el agua se retiene poco y las raíces profundizan buscándola, que es justo lo que interesa.
Para sol y clima mediterráneo: romero rastrero (Rosmarinus officinalis en sus formas postradas), lavandas (Lavandula angustifolia, Lavandula lanata), jaras (Cistus albidus, Cistus salviifolius), lentisco (Pistacia lentiscus), Teucrium fruticans, retamas y genistas (Genista, Retama), que además fijan nitrógeno y mejoran suelos pobres, Cotoneaster dammeri y Cotoneaster horizontalis, Juniperus horizontalis y las sabinas rastreras, Hypericum calycinum, Potentilla fruticosa y el jazmín azul (Plumbago auriculata). En suelos ácidos, la gayuba (Arctostaphylos uva-ursi) forma una alfombra excelente. En litoral con salinidad, el Atriplex halimus.
Una precaución: la adelfa (Nerium oleander) es una de las especies más usadas en taludes de carretera y funciona muy bien, pero toda la planta es tóxica, hojas, tallos, flores y savia incluidos, y también lo es la madera al quemarla. Con niños o animales que pasten cerca, conviene descartarla.
Árboles
Dan cuerpo al conjunto y sujetan la zona más profunda, pero deben ser de porte pequeño o mediano: un árbol grande en un talud añade un peso considerable en la parte alta y hace de vela con el viento, dos cosas que no ayudan a la estabilidad. Interesan los de sistema radicular ramificado y extendido más que los de raíz pivotante profunda.
Especies adecuadas en España: cerezo silvestre (Prunus avium), majuelo o espino albar (Crataegus monogyna), jabonero de la China (Koelreuteria paniculata), morera (Morus alba), fresno de flor (Fraxinus ornus), almez (Celtis australis) y madroño (Arbutus unedo), que además da fruto y refugio a las aves. En el norte húmedo, los abedules (Betula) y los alisos junto a cauces.
Dos especies que aparecen en las listas antiguas y que hoy conviene evitar: el arce negundo (Acer negundo), que produce enormes cantidades de semilla y coloniza riberas desplazando a la vegetación autóctona, y el cinamomo (Melia azedarach), que se naturaliza con facilidad y cuyos frutos son tóxicos por ingestión.
La combinación es lo que funciona: herbáceas cubriendo el suelo, arbustos repartidos cosiendo la capa media y algún árbol pequeño anclando el conjunto. Un talud plantado con una sola especie y un solo tipo de raíz sujeta mucho menos.
Plantación, riego y abonado
Al plantar hay que asegurar que el cepellón queda completamente enterrado y que no aflora por la parte de abajo, porque ahí es por donde empieza el descalce. La densidad debe ser alta: cubrir pronto es el objetivo, y en pendiente sale más barato plantar denso que rehacer el talud tras un invierno de arrastres. La época idónea es el otoño en casi toda España, para que las lluvias de invierno hagan el trabajo de establecimiento antes del primer verano.
El riego se resuelve por goteo, nunca por aspersión, que en pendiente resbala y erosiona. Dos precisiones útiles: las líneas se tienden siguiendo las curvas de nivel, no bajando por la pendiente, y en desniveles apreciables conviene usar goteros autocompensantes, porque de lo contrario los de abajo entregan mucho más caudal que los de arriba por diferencia de presión. Si el agua se acumula en superficie, es mejor regar en varios pulsos cortos que en uno largo.
En cuanto al abonado, en pendiente los fertilizantes solubles de acción rápida se lavan con el primer riego o la primera lluvia, con lo que la planta no los aprovecha y acaban en la red de drenaje. Lo adecuado son abonos orgánicos, que además crean estructura de suelo, o formulados de liberación lenta.
Por último, una nota sobre el césped: en talud es mala idea en nuestro clima. Segar una pendiente es incómodo y peligroso, el consumo de agua es alto y buena parte del riego se pierde por escorrentía antes de infiltrar. Una plantación de tapizantes y arbustos hace el mismo trabajo visual con una fracción del mantenimiento.
En resumen
Un talud se estabiliza combinando tres estratos: tapizantes que cubran el suelo desde el primer año, arbustos resistentes a la sequía que cosan la capa media y algún árbol pequeño que ancle en profundidad. Mientras la vegetación se instala, las mantas orgánicas de coco o paja y los alcorques a contrapendiente evitan que el primer invierno se lleve la tierra. Y por encima de todo eso, una cuneta en la coronación que intercepte el agua antes de que llegue a la pendiente.
En la elección de especies, prioridad a la flora mediterránea de secano y descarte explícito de la uña de gato (Carpobrotus edulis) y del plumero de la pampa (Cortaderia selloana), incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, cuya plantación y comercio están prohibidos. Riego por goteo autocompensante siguiendo las curvas de nivel, abonos orgánicos o de liberación lenta, y nada de césped en pendiente.