El césped es, con diferencia, el elemento del jardín que más agua consume, y en el clima de la mayor parte de España lo consume porque casi siempre está sembrado con especies equivocadas. Las mezclas tradicionales que se venden como césped de calidad (ray-grass inglés, poa, festuca fina) son gramíneas de clima frío, adaptadas al Atlántico norte, que en un verano de Madrid, Valencia o Sevilla sobreviven a base de riego diario.
Existe una alternativa y no consiste en renunciar a la hierba. Consiste en elegir especies adaptadas al calor y a la sequía, dimensionar la superficie a lo que realmente se pisa y regar bien. El cambio de especie es la decisión que más agua ahorra, muy por encima de cualquier ajuste de riego sobre una pradera mal elegida.
Una pradera de Festuca arundinacea en la costa mediterránea. Esta cespitosa asegura una menor exigencia de riego y una mayor resistencia al calor del verano. Abajo, Dichondra repens.
Por qué unas especies gastan menos que otras
La diferencia de fondo es de fisiología. Las gramíneas de clima frío, llamadas también micrótermas, tienen su óptimo de crecimiento con temperaturas suaves y en pleno verano mediterráneo están permanentemente por encima de su rango, transpirando para refrigerarse. Las de clima cálido o macrotermas siguen una ruta fotosintética distinta que les permite fijar carbono con los estomas menos abiertos, de modo que pierden bastante menos agua por cada unidad de materia que producen, y su óptimo de crecimiento coincide precisamente con el verano.
La contrapartida de las macrotermas es el invierno: con el frío entran en dormancia y toman un color pajizo hasta la primavera. Ese es el verdadero criterio de decisión. Quien acepte una pradera dorada de diciembre a marzo puede reducir el riego de forma drástica; quien exija verde intenso los doce meses en el interior peninsular está aceptando, quiera o no, un consumo alto de agua.
Las especies que funcionan aquí
Festuca arundinácea (Festuca arundinacea, hoy también clasificada como Schedonorus arundinaceus). Es de clima frío, pero es la excepción útil dentro de ese grupo: tiene un sistema radicular profundo que le permite acceder a agua a la que otras no llegan, aguanta bien el calor y mantiene el color todo el año. Las variedades modernas de porte cespitoso tienen la hoja notablemente más fina que la vieja festuca forrajera. Tolera algo de sombra y resiste bien el pisoteo. Es la base de la mayoría de las mezclas rústicas que se venden en España y la opción más razonable cuando se quiere verde permanente sin las exigencias del ray-grass.
Grama fina o bermuda (Cynodon dactylon). La misma especie que aparece como mala hierba invadiendo praderas ajenas, seleccionada en variedades de hoja fina. Es la macroterma de referencia en el área mediterránea: resiste sequía, calor extremo, salinidad, suelos pobres y un pisoteo intenso, y se recupera con enorme rapidez del daño gracias a sus estolones y rizomas. Sus dos límites son claros: no tolera la sombra, y en invierno se vuelve parda. Esto último se corrige, si se desea, con una resiembra de otoño con ray-grass, que da color durante el invierno y desaparece cuando la grama rebrota en primavera. Conviene saber también que su capacidad expansiva es la que es: invade arriates y juntas de pavimento, así que quiere un borde enterrado que la frene.
Zoysia (Zoysia japonica, Zoysia tenuifolia). Otra macroterma, de las de menor consumo de agua y menor necesidad de siega, con una densidad que apenas deja entrar malas hierbas. Aguanta calor, pisoteo y salinidad. Sus inconvenientes son la implantación, muy lenta a partir de semilla, por lo que se coloca casi siempre en tepe o por estolones, y una dormancia invernal más larga que la de la grama, que en zonas frescas se prolonga bastante. La Zoysia tenuifolia, de hoja muy fina, forma con el tiempo ondulaciones características, muy valoradas en jardines de inspiración japonesa y evitables segando bajo.
Paspalum vaginatum. Poco conocida en jardín particular y muy interesante en el litoral: es la especie con mayor tolerancia a la salinidad de todas las cespitosas de uso habitual, hasta el punto de que admite riego con aguas salobres o regeneradas que matarían a cualquier otra. En parcelas costeras con problemas de calidad de agua es la solución.
Dichondra repens. No es una gramínea, sino una planta de hojas pequeñas en forma de riñón que se extiende por estolones y forma una alfombra de cinco a diez centímetros. Sus virtudes son la tolerancia a la sombra, muy superior a la de la grama, la escasez de siegas y un consumo de agua bajo. Sus límites, que no resiste el paso frecuente y que pierde color con el frío. Es una buena cubierta para zonas de sombra ornamentales donde no se camina.
Lo que no es césped y muchas veces es mejor
La pregunta previa a elegir especie es cuánta superficie de hierba se necesita de verdad. El césped tiene sentido donde se pisa, se juega y se tumba uno. Todo lo demás (los bordes, las zonas de paso, lo que se ve desde la ventana pero no se usa) se resuelve mejor con macizos de arbustos mediterráneos, aromáticas, gravas y acolchados, que consumen una fracción del agua y además dan flor, aroma y refugio a la fauna.
Para superficies transitables de forma ocasional, hay tapizantes con menor consumo que cualquier gramínea: tomillos rastreros, Achillea, Frankenia en zonas costeras o trébol, que además fija nitrógeno y se mantiene verde con poca agua. Y existe la opción de la pradera mediterránea sin riego de apoyo, que verdea con las lluvias de otoño y primavera y se agosta en verano, como el campo. No es un césped inglés, pero es honesto con el clima y no cuesta nada mantenerlo.
El suelo y la siembra importan tanto como la especie
Una pradera de bajo consumo necesita raíces profundas, y las raíces profundas necesitan suelo. En la mayoría de los jardines de obra nueva, debajo del tepe hay quince centímetros de tierra vegetal sobre un fondo compactado por la maquinaria; ahí ninguna especie enraíza hondo y todas acaban dependiendo de riegos cortos y diarios. Descompactar en profundidad antes de sembrar y aportar materia orgánica es la inversión que más rinde a largo plazo, y luego no se puede rehacer sin levantarlo todo.
Las épocas de siembra difieren según el grupo. Las especies de clima frío, incluida la festuca arundinácea, se siembran en otoño, preferentemente, o a comienzos de primavera. Las macrotermas necesitan suelo caliente para germinar y arrancar, así que su momento es de finales de primavera a principios de verano; sembrar grama o zoysia en marzo es perder la semilla.
Riego y manejo
Con la especie correcta, el manejo termina de decidir el consumo:
- Regar en profundidad y espaciado, no poco y a diario. El riego frecuente y superficial mantiene las raíces en los primeros centímetros y hace la pradera dependiente. Regar a fondo y dejar que la superficie se seque entre riegos obliga a las raíces a bajar.
- Regar de madrugada. Al mediodía se pierde una parte importante por evaporación y deriva; por la noche la hoja queda mojada muchas horas y aumentan los hongos.
- Subir la altura de corte en verano. Una hierba más alta sombrea su propio suelo, reduce la evaporación y tiene más superficie foliar para mantener raíz. Rapar en julio es la forma más rápida de doblar el consumo de agua.
- Dejar el corte sobre la pradera (siega mulching) cuando el volumen sea pequeño. Devuelve nutrientes, sobre todo nitrógeno, y aporta un ligero efecto de acolchado.
- Revisar la instalación de riego. Aspersores mal solapados, sectores que riegan el pavimento y presión inadecuada desperdician más agua que cualquier decisión agronómica. Un sensor de lluvia o un programador con datos de evapotranspiración se amortiza en una temporada.
Conviene tener presente, además, que en un número creciente de municipios españoles las ordenanzas limitan o prohíben el riego de jardines en situación de sequía, y que esas restricciones se activan con más frecuencia cada año. Una pradera que solo sobrevive con riego diario es también una pradera que se pierde entera el verano en que se decreta una restricción.
Micorrizas: qué se puede esperar
Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos del suelo y las raíces de la mayoría de las plantas, gramíneas incluidas. El hongo extiende una red de filamentos mucho más fina y extensa que las raíces y mejora la captación de agua y de nutrientes poco móviles, sobre todo fósforo; la planta le aporta azúcares. Es un mecanismo real y bien estudiado.
Otra cosa es lo que cabe esperar de un producto comercial de inoculación. Los resultados en césped son desiguales y dependen mucho del estado del suelo: en terrenos pobres, degradados o de obra nueva puede haber respuesta, mientras que en suelos ya vivos y con abonado abundante la colonización es baja y la mejora, escasa. Un dato sí es consistente: el exceso de fósforo inhibe la micorrización, de modo que abonar fuerte con fósforo y esperar beneficio de un inoculante es contradictorio. Si se prueba, el momento es la siembra, la colocación del tepe o justo después de airear, y con un abonado contenido.
En resumen
El ahorro de agua en el césped se decide al elegir la especie, y en España eso significa festuca arundinácea si se quiere verde todo el año, y grama fina o Zoysia si se acepta una dormancia invernal parda a cambio de un consumo mucho menor. En litoral con agua salina, Paspalum vaginatum. En sombra sin paso, Dichondra. Y sembrar cada grupo en su época: otoño para las de clima frío, finales de primavera para las macrotermas.
Después, tres decisiones de manejo hacen el resto: preparar el suelo en profundidad antes de sembrar, regar a fondo y espaciado en las primeras horas del día, y segar más alto en verano. Y una decisión previa a todas: reducir la superficie de pradera a lo que realmente se pisa, resolviendo el resto del jardín con plantación mediterránea, que es lo que de verdad cambia la factura del agua.