La causa más común de que un bonsái muera en pocas semanas es tenerlo dentro de casa cuando no debía estar dentro. La inmensa mayoría de las especies que se venden como bonsái son árboles y arbustos de exterior, y necesitan luz directa, aire y un invierno frío para completar su ciclo. En un salón, un pino, un junípero o un arce se debilitan durante un par de meses y luego se secan de golpe. Solo un grupo reducido de especies de origen tropical vive de forma estable en interior.

El bonsái no es una planta enana ni una especie concreta: es un árbol normal mantenido en un volumen de tierra muy pequeño mediante poda de ramas, poda de raíces y trasplantes periódicos. De ahí se deduce todo lo demás. Con poco sustrato el riego pasa a ser diario en verano, los nutrientes se agotan y hay que reponerlos, y las raíces quedan mucho más expuestas al frío y al calor que las de un árbol plantado en el suelo.

En Japón, el bonsái se ve como un elemento de la naturaleza convertido en obra de arte por la mano del hombre, miniaturizado para que su ser se entienda y se aprecie mejor. Abajo, un bonsái de Picea abies.

De dónde viene la técnica

El cultivo de árboles en bandeja procede de China, donde la tradición del paisaje en miniatura está documentada desde muy antiguo, y pasó a Japón durante la Edad Media. Allí se depuró hasta convertirse en una disciplina con estilos codificados: tronco recto formal, tronco inclinado, cascada, sobre roca, bosque. En Europa empezó a conocerse a través de las grandes exposiciones internacionales del siglo XIX y no se popularizó hasta bien entrado el XX.

Qué especies sirven

Para que un árbol funcione como bonsái tiene que cumplir varias cosas: hoja pequeña o reducible por poda, capacidad de ramificar densamente, entrenudos cortos y tolerancia a la poda de raíces. Las especies de raíz pivotante muy marcada complican el trabajo, y las de flores o frutos grandes rompen la escala, porque el fruto no se miniaturiza aunque la hoja sí.

Para exterior, que es lo normal, funcionan bien el arce japonés (Acer palmatum), la olmilla o zelkova (Zelkova serrata), el olmo (Ulmus), los juníperos (Juniperus), los pinos, el boj (Buxus sempervirens), el cotoneaster, la piracanta y buena parte de las rosáceas frutales. En clima mediterráneo hay especies autóctonas que dan resultados excelentes y aguantan el verano mucho mejor que las importadas: el olivo (Olea europaea), el acebuche, la encina (Quercus ilex), el granado (Punica granatum), el mirto (Myrtus communis) y el romero. Trabajar con especies de la zona ahorra la mitad de los problemas.

Para interior la lista es corta y conviene no salirse de ella. Las especies del género Ficus, y en particular Ficus retusa y Ficus microcarpa, son las únicas que toleran de verdad las condiciones de una casa: aire seco, temperatura constante y menos luz de la que tendrían fuera. Aun así hay que colocarlas junto a una ventana muy luminosa y sacarlas al exterior en los meses cálidos si es posible.

Una aclaración que ahorra dinero: las palmeras no sirven como bonsái. No tienen crecimiento secundario en grosor ni ramifican, de modo que no se puede engrosar un tronco ni construir una copa. Lo mismo ocurre con la mayoría de las monocotiledóneas.

Y una advertencia de seguridad. Algunas de las especies más usadas son tóxicas por ingestión: el tejo (Taxus baccata) lo es en hojas, corteza y semillas, y los juníperos y el boj también contienen compuestos irritantes. El látex blanco que suelta el Ficus al podarlo irrita la piel y las mucosas y es problemático si un animal doméstico mordisquea las hojas. Con niños pequeños o mascotas en casa, conviene tenerlo en cuenta al elegir y al colocar.

Por dónde empezar

Hay tres caminos y no dan el mismo resultado. Partir de semilla es el más lento con diferencia: entre ocho y diez años hasta tener algo con estructura, y muchas semillas de especies de clima frío necesitan además estratificación previa. Partir de esqueje o acodo acorta el plazo y permite elegir una rama que ya tenga curvatura o carácter. Y partir de planta de vivero, un arbusto corriente de contenedor con tronco grueso y buena base, es lo que más rápido enseña, porque en la primera temporada ya se puede hacer una selección de ramas y ver el resultado.

Ubicación, maceta y sustrato

La ubicación se elige por luz y por ventilación. Los bonsáis de exterior quieren sol directo, con matices: en el interior peninsular y en el sur, el sol de tarde de julio y agosto quema follaje y recalienta la maceta, así que agradecen sombra en las horas centrales. Nunca se apoya la maceta directamente sobre la tierra, porque las raíces salen por el drenaje y enraízan fuera. Una mesa o un banco a media altura mejora también la circulación de aire y aleja babosas y caracoles.

La maceta condiciona el cultivo. Durante los años de formación interesa un contenedor amplio, que permite crecimiento fuerte y engorde de tronco. Solo cuando el árbol tiene ya la estructura definida se pasa a la bandeja plana, que es una decisión estética y frena deliberadamente el crecimiento. El drenaje debe ser generoso y se cubre con malla para que no se escape el sustrato.

El sustrato de bonsái no es tierra: es un material granular, inerte o casi, que retiene agua sin compactarse y deja pasar el aire. La mezcla clásica combina akadama (arcilla granulada japonesa), grava volcánica o puzolana y corteza de pino compostada, en proporciones que se ajustan según la especie y el clima. En zonas secas y calurosas se sube la proporción de componente que retiene agua; en zonas lluviosas, la de árido. La tierra de jardín o el sustrato universal, por sí solos, compactan y asfixian las raíces en una maceta plana.

Riego, abonado y trasplante

El riego es el cuidado que decide si el árbol vive. No se riega por calendario, sino comprobando el sustrato: cuando la superficie empieza a secarse, se riega abundantemente hasta que sale agua por los orificios, y se repite el aporte a los pocos segundos para asegurar que ha empapado todo el cepellón. En pleno verano y con maceta pequeña eso puede significar dos veces al día; en invierno, una vez cada varios días. Lo que no debe ocurrir nunca es que el cepellón se seque por completo, ni que la bandeja quede con agua estancada debajo.

La calidad del agua importa en buena parte de España, donde el agua de red es dura. El agua muy calcárea deja costras blancas en el sustrato y en el tronco y va alcalinizando la mezcla. El agua de lluvia recogida es la mejor opción para especies sensibles como los arces y las azaleas.

El abonado se concentra en las fases de crecimiento activo, primavera y otoño, y se reduce o se suspende en pleno invierno y durante el calor extremo del verano, cuando el árbol está parado. Los abonos sólidos de liberación lenta colocados sobre el sustrato son más seguros que los líquidos, porque el margen de error es mayor. Conviene evitar los productos muy nitrogenados: dan brotes largos y hojas grandes, justo lo contrario de lo que se busca.

El trasplante con poda de raíces es lo que permite que el árbol siga vivo en el mismo volumen de tierra durante décadas. Se hace a finales del invierno o al comenzar la primavera, antes de que las yemas se abran, retirando parte del sustrato viejo y recortando el cepellón. Los ejemplares jóvenes lo piden cada uno o dos años; los ya formados, cada tres a cinco. La señal habitual es que el agua tarda en filtrar o que aparecen raíces asomando por el drenaje.

Poda y alambrado

La poda de estructura, la que elimina ramas enteras, se hace en parada vegetativa. La poda de mantenimiento, que consiste en cortar los brotes nuevos a dos o tres hojas para forzar ramificación, se hace durante toda la temporada de crecimiento. De esa repetición año tras año sale la ramificación fina que caracteriza a un árbol bien trabajado.

El alambrado sirve para orientar ramas y darles curvatura. Se usa alambre de aluminio anodizado o de cobre, enrollado en espiral holgada y en el sentido correcto para no desgarrar la corteza. La precaución fundamental es vigilar el alambre cada pocas semanas durante la temporada de crecimiento: si la rama engorda y el alambre se clava, deja una marca en espiral que tarda años en desaparecer o no desaparece nunca. Al retirarlo se corta con alicate en tramos cortos, no se desenrolla.

En invierno, la protección se centra en las raíces. Un árbol que en el suelo aguanta sin problema una helada fuerte puede perder el sistema radicular en una bandeja de cuatro centímetros de profundidad. Basta con agrupar las macetas al abrigo de un muro, enterrarlas en un arriate o cubrirlas con hojarasca. Las especies tropicales de interior, en cambio, no toleran el frío y deben entrar antes de que las mínimas bajen.

En resumen

El primer acierto es elegir bien: si el bonsái va a vivir dentro de casa, tiene que ser un Ficus junto a una ventana muy luminosa, y no un junípero ni un pino. Si va a estar fuera, las especies mediterráneas como el olivo, el granado, el mirto o la encina se adaptan al verano español mejor que casi cualquier importación. Y el sustrato tiene que ser granular y drenante, nunca tierra de jardín.

A partir de ahí, el cuidado diario es sencillo pero no admite descuidos: riego comprobando el sustrato y no por rutina, abonado en las fases de crecimiento con productos poco nitrogenados, trasplante con poda de raíces cada pocos años al final del invierno, poda de brotes durante toda la temporada para densificar y revisión del alambre para que no se clave. El resto es tiempo, que es el material principal de esta técnica.


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