Proteger una planta del frío consiste en ganar unos pocos grados, no en aislarla del invierno. Un velo de hibernación bien colocado aporta del orden de dos a cuatro grados respecto al exterior, y muchas veces esos grados son exactamente la diferencia entre un limonero que pasa el invierno y uno que se pierde. Lo que no hace ninguna protección es convertir una planta tropical en una planta rústica.

De ahí la primera decisión, que es de criterio y no de material: si una especie no aguanta el clima de tu zona ni de lejos, no la protejas, cámbiala de sitio o cultívala en maceta para entrarla. La protección invernal es para lo que está justo en el límite, para los ejemplares recién plantados que aún no han arraigado, y para las heladas tardías de primavera.

Qué daña realmente el frío

El daño no lo causa la temperatura baja en sí, sino el hielo. Cuando la temperatura desciende, se forman cristales de hielo en los espacios entre las células; el agua sale de las células hacia esos cristales y las deshidrata. Si el proceso es lento y moderado, la planta lo tolera; si es rápido o intenso, las membranas se rompen y el tejido muere. Por eso las hojas heladas aparecen primero flácidas y translúcidas, y luego se ennegrecen.

Esto explica dos cosas prácticas. La primera, que el descenso brusco hace más daño que el frío sostenido: una planta que se ha ido endureciendo con el otoño resiste mucho más que la misma planta sorprendida por una helada temprana en noviembre. La segunda, que el sol de la mañana sobre tejido helado agrava el daño, porque el descongelado rápido rompe lo que el congelado lento aún no había roto. De ahí que en zonas de heladas convenga situar las especies delicadas donde no les dé el sol a primera hora.

Conviene distinguir además dos tipos de helada. La helada de radiación ocurre en noches despejadas y sin viento: el suelo pierde calor hacia el cielo y el aire frío se acumula en las zonas bajas. Contra esta funcionan muy bien las cubiertas, porque interceptan esa pérdida de calor hacia el cielo. La helada de advección llega con una masa de aire frío y viento, y contra ella las protecciones ligeras sirven de mucho menos.

Velos de hibernación

Son telas no tejidas de polipropileno, ligeras, permeables al aire, a la luz y al agua de lluvia. Es el sistema más versátil y el que mejor relación da entre coste y resultado.

El gramaje marca la protección. Los de 17 gramos por metro cuadrado son muy ligeros y se usan sobre todo en el huerto contra heladas ligeras y como barrera frente a insectos; se pueden apoyar directamente sobre el cultivo. Los de 30 gramos son el estándar para proteger arbustos y árboles pequeños durante el invierno. Los de 60 gramos o más dan la mayor protección pero dejan pasar menos luz, así que se reservan para ejemplares que van a estar cubiertos poco tiempo o para plantas en reposo.

La clave de la colocación es dejar aire entre el velo y el follaje. Un velo pegado a las hojas transmite el frío por contacto y crea condensación. Lo correcto es montar una estructura sencilla con cañas o varillas y cubrir sobre ella, cerrando por abajo con piedras o con una cuerda alrededor del tronco, para que la cámara de aire quede aislada por la parte inferior.

Sacos y fundas son el mismo material preconfeccionado: los sacos con un extremo cerrado, para meter arbustos en maceta y árboles pequeños; las fundas tubulares, que se cortan a medida. Son muy cómodos, pero tienen el mismo requisito de holgura.

Lo que no hay que usar

El plástico transparente en contacto con la planta es el error más común. No transpira, así que la condensación se acumula en el interior y moja el follaje; con la helada, esa agua congela sobre la hoja y el daño es mayor que sin nada. Y con sol, la temperatura dentro sube muy rápido y cuece los tejidos. El plástico solo tiene sentido como cubierta de una estructura tipo túnel o invernadero, siempre con ventilación y sin tocar la planta.

Tampoco conviene envolver herméticamente hasta el suelo durante meses sin abrir nunca. La falta de ventilación en un ambiente húmedo es la receta de la botritis y de otras podredumbres, que pueden hacer más daño que la propia helada.

Acolchar el suelo: lo primero que hay que hacer

Antes que cubrir la parte aérea, protege las raíces. Una capa de cinco a diez centímetros de mantillo, corteza de pino, paja u hojarasca sobre el pie de la planta hace tres cosas: amortigua la oscilación térmica del suelo, retrasa la congelación de la capa superficial y protege la corona de las plantas vivaces, que es de donde va a rebrotar todo en primavera.

En muchas herbáceas perennes y bulbosas, esto es toda la protección necesaria. Y en plantas leñosas jóvenes marca la diferencia, porque las raíces son mucho menos resistentes al frío que la parte aérea.

Un detalle poco conocido y muy útil: un suelo húmedo conserva mejor el calor que uno seco, porque el agua tiene mayor capacidad calorífica. Regar la tarde anterior a una noche de helada de radiación anunciada aporta algo de inercia térmica y ayuda. Es una práctica habitual en fruticultura y sirve igual en un jardín.

Plantas en maceta

Son las más vulnerables. En una maceta, el cepellón queda expuesto al aire por todos los lados y puede congelarse entero, algo que en el suelo del jardín no pasa nunca a esa profundidad. Una planta rústica en tierra puede morir en un tiesto en la misma terraza.

Lo primero es agruparlas, juntas y contra un muro, preferentemente orientado al sur, que devuelve por la noche el calor acumulado durante el día. Después, elevar las macetas del suelo con tacos o pies, para que no queden en contacto con el pavimento frío y para que drenen bien. Envolver la maceta con plástico de burbujas o con arpillera protege el cepellón, y esta es la excepción en la que el plástico sí sirve: envuelve el recipiente, no el follaje. Sobre el conjunto se puede colocar un velo a modo de pantalla.

El riego en invierno debe ser mínimo. Un cepellón encharcado y frío es la combinación que más plantas mata: la raíz no absorbe, se asfixia y se pudre. Muchas de las bajas que se atribuyen a la helada son en realidad asfixia radicular.

Invernaderos y estructuras

Para terrazas y patios hay invernaderos desmontables de estructura metálica y cubierta de plástico o policarbonato, con estanterías, que permiten guardar macetas pequeñas, semilleros y aromáticas. Son útiles también para adelantar siembras y prolongar cosechas.

Su punto débil es la ventilación. En un día soleado de febrero, la temperatura interior de un invernadero pequeño y cerrado puede dispararse en un par de horas y quemar las plantas. Hay que abrirlos en los días de sol y sin viento, tanto para regular la temperatura como para sacar la humedad acumulada. Si el modelo tiene ventanas, mejor.

Calendario y heladas tardías

Las protecciones se colocan cuando se anuncian las primeras heladas serias, normalmente en noviembre o diciembre según la zona, y se pueden mantener durante todo el invierno con revisiones periódicas.

El error de calendario más caro es quitarlas demasiado pronto. Una helada tardía en marzo o abril, sobre una planta que ya ha brotado o está en flor, hace mucho más daño que una helada de enero sobre una planta en reposo, porque los brotes tiernos no tienen ninguna resistencia. En buena parte del interior peninsular hay riesgo de helada hasta finales de abril, y en zonas de montaña hasta mayo. Merece la pena conservar los velos a mano, aunque ya no estén puestos, para cubrir de urgencia una noche concreta.

Y una nota final: no te precipites en podar lo que se ha helado. Los tejidos dañados protegen a los de debajo del siguiente episodio de frío, y hasta la primavera no se sabe realmente qué está muerto y qué va a rebrotar. Tienes el detalle en qué hacer con las plantas heladas.

En resumen

La protección invernal gana unos pocos grados y sirve para plantas al límite de su rusticidad, ejemplares recién plantados y heladas tardías. El orden de prioridades es: acolchar el suelo primero, agrupar y aislar las macetas después, y cubrir la parte aérea con velo de hibernación dejando siempre una cámara de aire entre la tela y el follaje.

Nada de plástico en contacto con las hojas, ventilación en los días de sol, riego mínimo en invierno y velos a mano hasta que pase el riesgo de heladas tardías, que en el interior de España puede llegar a finales de abril.


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