Un abono orgánico y una enmienda orgánica no son lo mismo aunque salgan del mismo saco. Cuando aportas compost, mantillo o estiércol al suelo estás haciendo dos cosas a la vez: dar de comer a las plantas, poco y despacio, y cambiar físicamente el terreno. Lo segundo es lo que de verdad justifica el esfuerzo, y es lo que ningún abono mineral puede hacer.
En los suelos españoles, muchos de ellos con contenidos de materia orgánica bajos, esa función de enmienda es la prioridad. Un suelo con un dos o un tres por ciento de materia orgánica retiene mucha más agua, se compacta menos, drena mejor, aguanta el verano y sostiene una vida microbiana que pone nutrientes a disposición de las raíces. Un suelo agotado no se arregla con NPK.
Cuando aportes abono orgánico labra bien en terreno y revuélvelo. Cubrir los alcorques de los árboles con una capa de compost o mantillo abriga las raíces e impide la pérdida de humedad.
Qué hace la materia orgánica en el suelo
Actúa sobre los dos extremos del problema. En un suelo arenoso, que drena demasiado y no retiene ni agua ni nutrientes, la materia orgánica funciona como una esponja y como un almacén de intercambio: aumenta la capacidad de retención hídrica y evita que el riego y el abono se pierdan por debajo de las raíces.
En un suelo arcilloso, compacto y asfixiante, hace lo contrario: los coloides orgánicos y el calcio favorecen que las partículas finas se agrupen en agregados, y entre los agregados aparecen poros por donde entran el aire y el agua. El suelo pasa de ser una masa a tener estructura.
Además alimenta a la fauna del suelo. Las lombrices, en particular, hacen un trabajo de descompactación y de mezcla que ninguna herramienta iguala, y solo aparecen donde hay materia orgánica que comer.
Un mito que conviene aclarar: el pH
Se lee con frecuencia que las enmiendas orgánicas acidifican los suelos calizos. En la práctica, no. Un suelo calcáreo tiene una reserva de carbonato cálcico que tampona el pH con enorme eficacia: puedes añadir compost durante años y el pH seguirá donde estaba. Bajar el pH de un suelo con caliza activa de forma duradera es, en jardinería doméstica, prácticamente imposible.
Lo que sí ocurre es algo distinto y útil: la materia orgánica forma complejos con el hierro y otros micronutrientes y los mantiene asimilables aunque el pH sea alto. Es decir, no cambia el pH pero alivia sus consecuencias. Para plantas acidófilas (hortensias, camelias, azaleas, arándanos), sin embargo, la solución no es enmendar el suelo calizo sino cultivarlas en maceta o en bancal con sustrato ácido y regar con agua adecuada.
Cuándo aportarla
El calendario español es bastante claro. La aportación principal se hace de octubre a febrero, aprovechando que el suelo está húmedo, que hay tiempo por delante antes del cultivo y que las lluvias y la actividad biológica del invierno la integran.
En el huerto, en octubre o noviembre, antes de los cultivos de invierno, y de nuevo a finales de invierno antes de la plantación de primavera. En los parterres del jardín, a partir de septiembre, cuando se preparan para la plantación de temporada. En árboles, arbustos, setos y rosales, coincidiendo con la poda de invierno, esparciendo el compost en superficie bajo la copa.
Según el estado del terreno, una o dos veces al año es suficiente. Un suelo de huerto muy explotado agradece los dos aportes; un parterre de arbustos establecido, uno solo.
Cómo se aplica
En superficie. Es la forma más sencilla y, en muchos casos, la mejor. Se extiende una capa de tres a cinco centímetros sobre el suelo, sin enterrarla, y se deja que las lombrices y la lluvia la incorporen. Funciona especialmente bien bajo árboles y arbustos establecidos, donde cavar significaría cortar raíces finas superficiales, que son justo las que absorben.
Deja siempre unos centímetros libres alrededor del tronco o del cuello de la planta. El material orgánico húmedo pegado a la corteza favorece pudriciones.
Incorporada. En huerto y en parterres que se van a plantar de nuevo, se reparte y se mezcla con los quince o veinte centímetros superficiales, con azadilla en superficies pequeñas o con motoazada en las grandes. No hace falta voltear a fondo: el laboreo profundo destruye la estructura que se pretende crear y entierra la materia orgánica a una profundidad donde hay poco oxígeno y se descompone mal.
En el hoyo de plantación. Aquí hay que ser prudente. Al plantar un árbol o un arbusto, la materia orgánica no debe superar aproximadamente un cinco por ciento del volumen del hoyo, y debe estar bien descompuesta. Si echas compost fresco o estiércol sin madurar al fondo del hoyo, seguirá fermentando, consumirá el oxígeno y creará condiciones anaerobias justo donde van a estar las raíces nuevas. Y un hoyo demasiado enriquecido tiene otro efecto contraproducente: las raíces se quedan dando vueltas dentro de la zona rica y no exploran el suelo circundante.
Estiércol fresco y relación carbono-nitrógeno
Dos cosas que causan problemas cuando se ignoran.
La primera: el estiércol fresco no se aplica a plantas en cultivo. Quema las raíces por su contenido en amoniaco y sales, y puede traer semillas de malas hierbas y patógenos. Se aplica solo sobre terreno vacío y con varios meses de antelación, o se composta antes. El estiércol comercial que se vende en gránulos ya está madurado y sí se puede usar directamente.
La segunda: la relación entre carbono y nitrógeno del material. Los restos leñosos, la paja, el serrín y la corteza triturada son muy ricos en carbono y pobres en nitrógeno. Cuando se entierran, los microorganismos que los descomponen necesitan nitrógeno y lo toman del suelo, dejando a las plantas sin él durante meses. Es lo que se llama hambre de nitrógeno, y se ve como un amarilleo generalizado del cultivo unas semanas después de haber incorporado material leñoso.
La solución es simple: los materiales leñosos van en superficie, como acolchado, donde se descomponen despacio y desde arriba sin robar nitrógeno a la zona radicular. Enterrados, solo si están ya compostados.
El acolchado, la enmienda que se aplica sola
Cubrir el suelo con una capa de cinco a diez centímetros de compost, mantillo, corteza de pino, paja o restos de siega es probablemente la práctica con mejor rendimiento en un jardín español. Reduce muy notablemente la evaporación en verano, mantiene la temperatura del suelo más estable, impide que la lluvia y el riego compacten la superficie, frena la germinación de malas hierbas y, al descomponerse, va incorporando materia orgánica año tras año sin trabajo.
En zonas de verano seco, el ahorro de riego que se consigue con un buen acolchado es de los argumentos más sólidos que hay para hacerlo. En el huerto, la paja y los restos de siega funcionan bien; en jardín ornamental, la corteza y la grava, según el estilo y las plantas.
En macetas y jardineras
Aquí la enmienda tiene poco recorrido. Un sustrato de maceta agotado no se arregla añadiendo compost por encima: lo que ha pasado es que ha perdido estructura, se ha compactado y ha acumulado sales. Lo que corresponde es trasplantar y renovar el sustrato, o al menos retirar los cinco centímetros superiores y sustituirlos por tierra nueva.
Un espolvoreo ligero de compost tamizado o de humus de lombriz sobre la superficie sí aporta algo de nutrientes y de vida microbiana, pero no sustituye a la renovación del sustrato. Y no conviene pasarse: en un volumen tan pequeño, el exceso de materia orgánica en descomposición reduce la aireación.
En resumen
La materia orgánica se aporta sobre todo por lo que hace al suelo, no por los nutrientes que lleva: mejora la estructura de arcillosos y arenosos, aumenta la retención de agua y sostiene la vida del suelo. En España el momento es de octubre a febrero, en superficie o mezclada con los primeros veinte centímetros, una o dos veces al año.
Tres cautelas cierran el asunto: nada de estiércol fresco sobre cultivo, nada de material leñoso enterrado sin compostar, y como mucho un cinco por ciento de materia orgánica bien madurada en el hoyo de plantación. Si quieres producir la tuya, tienes el detalle en cómo fabricar compost en casa.