Abonar no es alimentar a la planta: la planta se alimenta de la fotosíntesis. Abonar es reponer los minerales que extrae del suelo y que en una maceta, o en un suelo cultivado intensivamente, se agotan. De ahí sale la primera regla práctica: en el jardín, en tierra viva y con aportes de materia orgánica, muchas plantas no necesitan abono ninguno. En maceta, en cambio, hay que abonar sí o sí, porque el sustrato de saco trae nutrientes para tres o cuatro semanas y después está vacío.
La segunda regla es que pasarse hace más daño que quedarse corto. El exceso de sales quema las raíces, y una planta con las puntas de las hojas marrones y una costra blanquecina en el borde del tiesto casi nunca tiene hambre: tiene indigestión. Cuando dudes, aplica la mitad de la dosis del envase.
Los abonos líquidos, que se aplican diluidos en el agua de riego, ofrecen la forma más cómoda de fertilizar las plantas en tiesto, ya sean de interior o exterior. Es muy importante respetar la dosis indicada por el fabricante.
Qué significa NPK
Los tres números que aparecen en cualquier envase de abono son los porcentajes de nitrógeno (N), fósforo expresado como P2O5 y potasio expresado como K2O. Un 20-5-10 lleva un 20 % de nitrógeno, un 5 % de fósforo y un 10 % de potasio.
Cada uno hace una cosa distinta. El nitrógeno mueve el crecimiento vegetativo: hojas, tallos, verde. El fósforo interviene en el desarrollo radicular y en la floración y el cuajado. El potasio regula el agua dentro de la planta, la calidad del fruto y, muy importante en España, la resistencia a la sequía y al frío.
De ahí las fórmulas que verás. Un abono para césped o para plantas verdes lleva mucho nitrógeno. Uno para plantas de flor y frutales lleva más potasio que nitrógeno. Uno de plantación o de otoño lleva más fósforo y potasio y poco nitrógeno, porque el nitrógeno en otoño estimula brotes tiernos que se hielan.
Detrás de los tres números suelen aparecer otros elementos: magnesio (MgO) y azufre (SO3), que son macronutrientes secundarios, y los micronutrientes (hierro, manganeso, cinc, cobre, boro, molibdeno), necesarios en cantidades diminutas pero imprescindibles.
Reconocer una carencia
Antes de abonar conviene saber leer los síntomas, porque muchas veces el problema no es la falta de nutriente sino que la planta no puede absorberlo.
El nitrógeno es móvil dentro de la planta: cuando falta, la planta lo retira de las hojas viejas para dárselo a las nuevas, así que el amarilleo empieza abajo y es uniforme en toda la hoja. El hierro no es móvil: su carencia aparece en las hojas nuevas, y de forma característica, con el limbo amarillo y los nervios todavía verdes.
Esa clorosis férrica de las hojas nuevas es el problema nutricional más frecuente en España, y casi nunca se debe a que falte hierro en el suelo. Se debe al pH: en los suelos calizos del este, el centro y el sur peninsular, y con aguas de riego duras, el pH alto bloquea el hierro y lo hace inasimilable aunque esté presente. Echar más abono no lo resuelve. Lo que funciona es aportar hierro en forma de quelato (los quelatos de tipo EDDHA son los que aguantan pH alto), acidificar el agua de riego y, en plantas acidófilas, cultivarlas directamente en maceta con sustrato ácido.
La carencia de potasio se ve como necrosis en los bordes de las hojas más viejas, y la de magnesio como amarilleo entre nervios también en hojas viejas. Y el exceso de nitrógeno se reconoce enseguida: crecimiento blando y desmesurado, poca floración y una atracción irresistible para el pulgón.
Cuándo se abona
Durante el crecimiento activo, no en el reposo. En la mayor parte de España eso significa de marzo a junio y de septiembre a octubre, con dos paradas.
La parada estival es específica del clima mediterráneo y se olvida a menudo. En julio y agosto, con cuarenta grados, muchas plantas cierran estomas, frenan la actividad y no absorben; abonar entonces solo acumula sales en el sustrato, justo cuando además se riega más. Se suspende o se reduce a la mitad durante las semanas de más calor.
La parada invernal afecta a todo lo que está en reposo vegetativo. Las plantas de interior en una casa con calefacción siguen creciendo algo y admiten un aporte muy diluido cada seis u ocho semanas, pero las de exterior no necesitan nada entre noviembre y febrero.
Y una precaución elemental: nunca abones un sustrato seco. Riega primero, espera un rato y abona después, o la disolución concentrada quema las raíces finas.
Las formas de presentación
Líquidos. Se diluyen en el agua de riego. Son de efecto rápido y de dosificación fácil de controlar, y por eso son la mejor opción para plantas en maceta, de interior o de terraza. Se aplican cada una o dos semanas durante el crecimiento. Su desventaja es que se lavan pronto con los riegos.
Solubles en polvo. Misma lógica que los líquidos, pero más concentrados y con dosificador. Salen más baratos si tienes muchas plantas, aunque exigen más cuidado al medir.
Granulados de acción rápida. Se esparcen sobre el suelo y se disuelven con el riego, liberando en cuatro a seis semanas. Se usan en jardín, huerto y césped. Hay que repartirlos de forma homogénea y regar después; los gránulos amontonados queman.
Granulados de liberación controlada. Los nutrientes van envueltos en una membrana que se abre lentamente con la humedad y la temperatura, liberando durante tres a doce meses según el producto. Son muy cómodos para macetas de temporada, jardineras y plantaciones nuevas: un aporte en primavera cubre toda la temporada. Al depender de la temperatura, en verano liberan más rápido de lo previsto.
Bastones y varitas. Cómodos, pero concentran el abono en un punto del cepellón, lo que puede quemar las raíces que quedan cerca. Si los usas, clávalos junto al borde de la maceta y no junto al tallo, y reparte varios en lugar de poner uno solo.
Foliares. Se pulverizan sobre las hojas y actúan en horas. Sirven para corregir una carencia puntual y visible, sobre todo de micronutrientes, no como abonado de base. Se aplican a primera o última hora del día, nunca con sol fuerte.
Enmiendas orgánicas. Compost, mantillo, estiércol y similares no son propiamente abonos de respuesta rápida: su valor está en la materia orgánica que aportan al suelo, que mejora estructura, retención de agua y vida microbiana. Los nutrientes se liberan despacio, a lo largo de meses. Se aplican en otoño e invierno y son la base del abonado de jardín y huerto.
Cómo leer el envase
Los productos fertilizantes que se venden en la Unión Europea están regulados y su etiquetado debe declarar la composición: los porcentajes de cada nutriente, la forma química en la que se encuentra y las materias primas. El marcado CE en productos fertilizantes se rige hoy por el Reglamento (UE) 2019/1009, aplicable desde julio de 2022, que sustituyó al régimen anterior.
En la práctica, mira tres cosas: la relación NPK, si lleva micronutrientes y en qué forma (para hierro, busca quelato EDDHA si tu agua es dura), y la dosis recomendada, que viene en mililitros o gramos por litro de agua o por metro cuadrado. Esa dosis es un máximo razonable, no un mínimo.
En resumen
En maceta hay que abonar desde el segundo mes, preferentemente con abono líquido cada una o dos semanas durante el crecimiento, o con granulado de liberación controlada una vez al año. En el jardín, la base es la materia orgánica en otoño e invierno y un abono complejo en primavera solo donde haga falta.
Elige la fórmula según lo que quieras: nitrógeno para follaje, potasio para flor y fruto y para resistir el verano. Respeta la parada estival de julio y agosto y la invernal. Riega antes de abonar. Y si ves hojas nuevas amarillas con los nervios verdes, no eches más abono: es clorosis por pH alto, y se corrige con quelato de hierro y con el agua de riego, no con NPK.