La flor de una suculenta dice de qué familia es con una fiabilidad que la hoja no tiene. Y basta con mirar dos cosas: de dónde sale y qué forma tiene. Si brota directamente del cuerpo de la planta, pegada al tallo y saliendo de una almohadilla de fieltro, es un cactus. Si sube en una vara o un tallo florido por encima de la roseta y lleva flores pequeñas de cinco pétalos, es una crasulácea.

A partir de ahí se distinguen los demás grupos casi a simple vista: las asclepiadáceas dan estrellas carnosas de cinco puntas, las aizoáceas abren margaritas de decenas de pétalos finísimos que se cierran al ponerse el sol, y los aloes y gasterias sacan racimos de flores tubulares colgantes. Sirve para algo muy práctico: las etiquetas de vivero mienten a menudo, con nombres comerciales inventados o géneros desfasados, pero la flor no miente.

La flor del cactus sale de la areola

La areola es la estructura exclusiva de las cactáceas: una almohadilla, muchas veces con lana, de la que brotan las espinas, los brotes nuevos y también las flores. Por eso la flor de un cactus aparece pegada al cuerpo, sin un tallo largo que la eleve, y a menudo justo en la corona de la planta o en fila a lo largo de una costilla.

Su aspecto también es característico. Hay muchísimas piezas florales dispuestas en espiral, sin una separación clara entre lo que serían sépalos y pétalos, por eso se habla de tépalos. El ovario es ínfero y queda por debajo, escondido en un tubo que a menudo lleva escamas, pelos o espinas. Y son flores desproporcionadas: un Mammillaria del tamaño de un puño puede abrir una corona de flores que casi lo tapa.

Los cactus epífitos de selva son la excepción de forma, no de origen. El cactus de Navidad (Schlumbergera) saca la flor del extremo de un segmento, y es una flor zigomorfa, con simetría a un solo lado, estambres largos y estilo saliente, adaptada a los colibríes. No es Zygocactus ni Epiphyllum, aunque se venda con esos nombres. El de Pascua, Rhipsalidopsis, da en cambio una flor radial y más plana, y florece en primavera.

Flor blanca de cactus de Navidad, Schlumbergera

La vara de las crasuláceas

En Echeveria, Sedum, Graptopetalum, Pachyphytum, Kalanchoe, Crassula, Aeonium y Sempervivum, la flor nunca sale del cuerpo de la planta. Sale de una vara que se levanta desde el centro o desde la axila de una hoja y lleva las flores agrupadas.

La flor individual es pequeña, con cinco pétalos y forma de campana o de estrella. En muchas Echeveria la vara se arquea y las flores se disponen en una hilera a lo largo del lado convexo, una forma que los botánicos llaman cima escorpioide y que parece la cola enroscada de un escorpión. Es tan reconocible que basta para identificar el género desde el otro lado de una terraza: vara arqueada, campanillas colgantes anaranjadas o rosadas con el interior amarillo.

Flor naranja de Echeveria

Las variaciones dentro de la familia también se reconocen. Kalanchoe blossfeldiana, la del supermercado, agrupa sus flores en un ramillete denso y plano sobre la roseta. Crassula ovata cubre la copa de racimos de florecillas blancas o rosadas en invierno. Los Aeonium levantan una panícula cónica enorme desde el centro de la roseta, y ahí hay que avisar de algo: esa roseta muere después de florecer, porque es monocárpica. No es que la hayas cuidado mal.

Las estrellas carnosas de las asclepiadáceas

Stapelia, Huernia, Orbea y Ceropegia pertenecen a la familia Apocynaceae y dan unas de las flores más raras del grupo. Son corolas de cinco puntas, gruesas y de tacto casi de cuero, con dibujos de bandas y puntos, y una corona central de piezas brillantes que parece una joya de plástico.

Muchas huelen a carne podrida, y no por casualidad: sus polinizadoras son moscas. La flor imita el color, la textura peluda y el olor de un animal muerto para atraerlas. Las Ceropegia van más lejos y forman un tubo cerrado en forma de farolillo con pelos orientados hacia dentro que retienen al insecto unas horas hasta que la flor lo suelta cargado de polen. El polen, además, no es polvo suelto sino que va en paquetes llamados polinias.

Flor roja de Huernia

Una aclaración que hace falta: una Huernia tiene tallos angulosos con dientes blandos y parece un cactus pequeño, pero no lo es. No tiene areolas. Si dudas, mira de dónde sale la flor: en la Huernia brota de la base del tallo, no de una almohadilla.

Los pétalos que no son pétalos: las aizoáceas

Los Delosperma, Lampranthus, Carpobrotus, Lithops y Conophytum abren flores que parecen margaritas de colores eléctricos con decenas o cientos de pétalos finos y radiales. No son margaritas ni tienen nada que ver: cada una es una sola flor, no una cabezuela de muchas, y esas piezas estrechas son en buena parte estaminodios, estambres transformados en algo parecido a un pétalo.

Tienen un comportamiento muy propio: se abren con el sol y se cierran al atardecer o en día nublado. Por eso en el litoral mediterráneo los tapices de Lampranthus son un estallido a mediodía y desaparecen por la tarde. En Lithops y Conophytum, la flor sale de la hendidura entre el par de hojas y a veces es más grande que la propia planta.

Flor rosa de Carpobrotus

Sobre Carpobrotus edulis, la uña de gato de nuestras costas, hay que decir lo que corresponde aunque la flor sea espectacular: figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, y eso implica que no se planta, no se propaga y no se comercia con ella.

Flor violeta de una aizoácea

Los racimos tubulares de aloes y gasterias

Aquí no hay confusión posible. Aloe, Gasteria, Haworthia y Aristaloe son monocotiledóneas, y su flor es un tubo alargado de seis piezas, colgante, agrupado en un racimo sobre un escapo largo que asoma muy por encima de la roseta. El color suele ir del rojo al naranja y al amarillo, en las especies polinizadas por pájaros.

Las gasterias añaden un detalle que les da nombre: la base de la flor está hinchada como un estómago pequeño. Y las Haworthia rompen el patrón con flores blanquecinas, diminutas y bilabiadas, tan insignificantes que muchos aficionados cortan la vara para que la planta no gaste energía en ella.

Flores rojas de aloe

La vara gigante de los agaves

El agave es el extremo de todo esto. Tras muchos años acumulando reservas, emite un tallo floral enorme, ramificado en candelabro en unas especies y en espiga densa en otras, visible desde lejos. Y después muere, porque también es monocárpico. Antes de hacerlo deja hijuelos alrededor, y en algunas especies bulbillos sobre la propia vara. Esos hijuelos son la planta que continúa.

Tabla para identificar por la flor

GrupoDe dónde saleForma
CactáceasDe la areola, pegada al cuerpoMuchos tépalos en espiral, ovario ínfero
CrasuláceasVara sobre la rosetaFlores pequeñas de cinco pétalos, a menudo en cima arqueada
Asclepiadáceas suculentasBase del talloEstrella carnosa de cinco puntas, a veces con olor a carroña
AizoáceasDel ápice o de la hendiduraRadial, muchos pétalos finos, abre con el sol
AsfodeláceasEscapo largo lateralRacimo de tubos colgantes
AgavesVara terminal giganteCandelabro o espiga, y la planta muere después

En resumen

Para saber qué tienes delante, mira la flor antes que la hoja. La del cactus brota de una areola y va pegada al cuerpo, con decenas de tépalos en espiral. La de una crasulácea sube en una vara por encima de la roseta y tiene cinco pétalos. La de una asclepiadácea es una estrella carnosa que a veces huele a carroña, la de una aizoácea parece una margarita de mil pétalos que se cierra de noche, y la de un aloe es un racimo de tubos colgantes sobre un escapo largo.

Dos avisos para acabar. Una Huernia con aspecto de cactus deja de engañar en cuanto florece, porque sus flores no salen de ninguna areola. Y si lo que florece es un agave, un Sempervivum o una roseta de Aeonium, esa roseta morirá después: recoge los hijuelos, que son la continuación de la planta.


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