Si buscas una suculenta por su flor y no por la hoja, estas diez son las que de verdad dan un espectáculo: Echinopsis, Rebutia, Mammillaria zeilmanniana, la cola de rata (Disocactus flagelliformis), la rosa del desierto (Adenium obesum), la corona de Cristo (Euphorbia milii), la estapelia (Stapelia grandiflora), Delosperma cooperi, Hylotelephium spectabile y Aloe arborescens. Cada una florece de una manera distinta, y esa es la gracia.

Lo que sigue describe la flor de cada una: cómo es, de dónde sale, cuándo aparece y cuánto dura. Porque en este grupo de plantas la floración va del pétalo de veinte centímetros que se abre una sola noche a la mata que se cubre de color durante todo el verano, y no tiene sentido meterlas en el mismo saco. Dos de la lista son claramente tóxicas y lo digo en su sitio, no al final.

1. Echinopsis, la flor más grande en el cuerpo más pequeño

Es el contraste más llamativo de todo el mundo suculento: un cactus globoso del tamaño de un puño que saca una flor con un tubo largo y una corola enorme, muchas veces mayor que la propia planta. En las especies silvestres, como Echinopsis oxygona, es blanca, muy perfumada y se abre al anochecer para que la polillen mariposas nocturnas; al día siguiente por la tarde ya está marchita. Los híbridos de jardinería han ampliado la gama a amarillos, naranjas y rojos, y algunos abren de día. Florece en primavera y verano, y repite varias veces si el invierno anterior fue frío y seco.

2. Rebutia, la corona de flores por la base

Al revés que casi todos los cactus, las rebutias no florecen por el ápice sino por la parte baja del cuerpo, de modo que la planta queda rodeada de una corona de flores que a veces la tapa por completo. Son de color naranja intenso, rojo o amarillo, se abren de día y duran varios días. Son cactus de altura andina, así que agradecen el invierno fresco, y florecen siendo muy jóvenes: una planta de dos o tres años ya da flor.

3. Mammillaria zeilmanniana, el anillo violeta

El género Mammillaria florece formando un anillo de flores alrededor del ápice, siguiendo la espiral de tubérculos. En esta especie ese anillo es de un violeta rosado muy saturado que destaca sobre el cuerpo cubierto de espinas blancas. Es una de las mammillarias más floríferas y de las más fáciles de encontrar. Florece en primavera y suele repetir en verano.

4. Cola de rata (Disocactus flagelliformis)

La encontrarás también como Aporocactus flagelliformis, que es el nombre antiguo. Es un cactus epífito mexicano de tallos finos, flexibles y colgantes, cubiertos de espinas cortas, que se cultiva en maceta colgante. En primavera se llena de flores magenta de forma irregular, con el tubo curvado y los pétalos desiguales, que duran varios días y aparecen a lo largo de todo el tallo. Al ser epífito quiere luz filtrada y algo más de humedad que un cactus de desierto.

5. Rosa del desierto (Adenium obesum)

La flor recuerda a la de una adelfa, con cinco pétalos y la garganta clara, en rosa, blanco, rojo o bicolor, y aparece en racimos en los extremos de las ramas durante el calor. Debajo, el tronco engrosado en forma de botella, el caudex, es la otra mitad del atractivo. Es una apocinácea africana y necesita mucho calor: en España se cultiva en maceta y se protege en invierno salvo en el litoral más cálido.

Aviso serio, porque es de las plantas más tóxicas que se venden en cualquier centro de jardinería: contiene glucósidos cardíacos en toda la planta y su savia es peligrosa por ingestión. No debe estar al alcance de niños ni de animales, y conviene usar guantes al podarla y lavarse después.

6. Corona de Cristo (Euphorbia milii)

Aquí hay que aclarar dos cosas de entrada. No es un cactus, aunque lo venden como tal: es una euforbia de Madagascar, y sus espinas nacen del tallo, no de areolas. Y lo rojo, rosa o blanco que parece la flor no son pétalos, sino brácteas; la flor de verdad es el ciatio, la estructura diminuta y amarillenta que queda en el centro. Florece de forma casi continua en climas suaves, que es lo que la hace tan popular.

Como toda euforbia, suelta un látex blanco al cortarla que es irritante para la piel, muy peligroso en contacto con los ojos y tóxico por ingestión. Guantes para podar, lavarse las manos al terminar y, si salta a un ojo, lavado abundante y al médico.

7. Estapelia (Stapelia grandiflora)

La flor más rara de esta lista y probablemente la más impresionante de ver: una estrella carnosa de cinco puntas, muy grande, de color pardo rojizo con bandas transversales y cubierta de pelos largos en los bordes. Sale de la base de los tallos en verano. La planta es sudafricana, de tallos verdes acostillados y sin hojas.

El detalle que hay que saber antes de comprarla: huele a carne podrida durante los días que dura abierta, porque la polinizan moscas, y de hecho es habitual que pongan huevos en ella. No es una planta para el comedor, pero en una terraza es un espectáculo.

8. Delosperma cooperi, la que tapiza de magenta

Aizoácea sudafricana rastrera, de hojitas cilíndricas y flores de un magenta luminoso con el centro más claro, con muchísimos pétalos finos, que cubren la mata entera en verano. Se abren con el sol y se cierran al atardecer y en días nublados, que es la marca de la familia. Es de las pocas suculentas de flor vistosa que resiste bien el frío, y funciona muy bien en taludes y rocallas del interior peninsular, siempre que el suelo drene y no se encharque en invierno.

9. Hylotelephium spectabile, la flor de final de verano

Antes se llamaba Sedum spectabile y así sigue etiquetada en la mayoría de los viveros. Es una crasulácea herbácea de hojas planas y carnosas que en agosto y septiembre levanta corimbos densos y planos, de un rosa que va oscureciendo hasta el cobrizo. Su gran virtud es el momento: florece cuando ya casi nada florece, y atrae abejas y mariposas de forma espectacular. Las inflorescencias secas aguantan en pie todo el invierno y dan estructura al arriate.

10. Aloe arborescens, la que florece en enero

Es la suculenta de flor que salva el invierno en la costa mediterránea. Forma un arbusto ramificado de rosetas de hojas dentadas y, en pleno invierno, levanta racimos cónicos de flores tubulares de un rojo anaranjado encendido que duran semanas. Los pájaros pequeños del jardín acuden a su néctar en una época en la que hay poco que comer. En jardín de litoral es una planta grande y agradecida; en el interior con heladas hay que cultivarla en maceta y resguardarla.

Nota de seguridad, que vale también para Aloe vera: los aloes son tóxicos para perros y gatos, y aquí no damos ningún uso interno de la hoja.

Cuál elegir según dónde vivas

En el litoral mediterráneo puedes plantar en el suelo Aloe arborescens, Delosperma, Hylotelephium y Euphorbia milii en sitio resguardado, y cultivar en maceta el Adenium, que solo pide protección en los días más fríos.

En el interior peninsular, con heladas fuertes, las seguras en suelo son Delosperma cooperi y Hylotelephium spectabile. Los cactus (Echinopsis, Rebutia, Mammillaria) van en maceta, y de hecho el invierno frío y seco bajo cubierto es justo lo que necesitan para florecer al año siguiente.

En el norte atlántico el problema no es el frío sino la lluvia continua: casi todas se pudren a la intemperie en invierno. La solución es cultivo en maceta con sustrato muy mineral y un alero, una galería o un invernadero frío que las mantenga secas de noviembre a marzo.

En resumen

Las diez suculentas de flor más espectacular cubren registros muy distintos: la flor gigante y efímera de Echinopsis, la corona baja de Rebutia, el anillo violeta de Mammillaria zeilmanniana, el magenta colgante de la cola de rata, las corolas de la rosa del desierto, las brácteas permanentes de la corona de Cristo, la estrella carroñera de la estapelia, el manto de Delosperma, el corimbo tardío de Hylotelephium y los racimos invernales de Aloe arborescens.

Dos de ellas exigen respeto: el Adenium obesum lleva glucósidos cardíacos en toda la planta y la Euphorbia milii un látex irritante y tóxico, así que van lejos de niños y animales y se podan con guantes. Y a la hora de elegir, manda el clima: rusticidad para el interior con heladas, protección de la lluvia en el norte atlántico y, en el Mediterráneo, casi cualquiera de la lista.


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