La reina de la noche es un cactus, aunque no lo parezca. Se llama Epiphyllum oxypetalum y lo que le cuelga en forma de cintas verdes no son hojas, sino tallos aplanados. Su fama viene de la flor: una de las más grandes que produce cualquier cactus, blanca, muy perfumada, que se abre después del anochecer y está marchita al amanecer. Una sola noche al año por capullo, y a veces varios capullos abren la misma noche.
Antes de seguir, aclara el nombre, porque aquí se confunden tres plantas distintas. "Reina de la noche" se usa también para Selenicereus grandiflorus, otro cactus trepador de flor nocturna. Y "dama de noche" o "galán de noche" designa casi siempre a Cestrum nocturnum, un arbusto de la familia de las solanáceas que huele muchísimo por la noche pero no tiene nada que ver con los cactus y cuyos frutos se consideran tóxicos. Si compras por internet, fíjate en el nombre científico y no en el común.
Cómo se reconoce
La planta tiene dos tipos de tallo. Los primarios son cilíndricos, algo leñosos en la base, y hacen de tronco. De ellos salen los secundarios, que son los característicos: planos, anchos, de borde ondulado y con un nervio central grueso y visible. Parecen hojas carnosas y por eso muchísima gente cree tener una crasa de hoja plana y no un cactus.
No verás espinas. Las areolas están ahí, en los senos del borde de esos tallos aplanados, pero apenas producen alguna cerda. De esas mismas areolas salen los capullos florales y también raíces aéreas, que en su hábitat sirven para agarrarse a la corteza de los árboles.
Como planta de maceta se hace grande y desgarbada, con tallos largos que cuelgan o se desparraman, así que casi siempre pide tutor, aro o un sitio elevado desde donde caer.
De dónde viene, y por qué eso manda
Es originaria de zonas de bosque de México y Centroamérica, y vive como epífita: encaramada a las ramas de los árboles, con las raíces entre musgo, corteza y hojarasca, a media luz y con humedad ambiental. No es una planta de desierto, no vive en arena y no tiene nada que ver con un Ferocactus.
Ese dato resuelve la mitad de los errores que se cometen con ella. Si la tratas como un cactus de desierto, a pleno sol y regando una vez al mes, se arruga, se quema y no florece jamás. Si la tratas como lo que es, un cactus de bosque, todo encaja: sombra luminosa, sustrato aireado con materia orgánica y riego regular en la época de crecimiento.
Sustrato y maceta
Olvida la mezcla de cactus de desierto pura. Lo que le va es un sustrato que retenga algo de humedad pero que esté lleno de aire: turba o fibra de coco mezclada con corteza de pino troceada, perlita gruesa y algo de pómice. Una mezcla de orquídeas epífitas aligerada con sustrato universal también funciona bien.
La maceta, con agujeros generosos, y mejor un poco justa que grande. Esta planta florece mejor cuando tiene las raíces algo apretadas, y una maceta enorme con mucho sustrato húmedo alrededor es una invitación a la podredumbre. Trasplanta solo cuando la planta esté claramente incómoda, y hazlo en primavera.
Luz, riego y temperatura
La luz que pide es abundante pero filtrada: la de un patio interior, la de bajo un árbol, la de una ventana orientada al este, o la de una terraza con malla de sombreo. El sol directo del mediodía en verano mediterráneo le deja los tallos amarillentos y con manchas corchosas que ya no se van. Con demasiada sombra, en cambio, crece larga y delgada y no hace capullos.
El riego en primavera y verano es regular: se moja bien y se deja que la capa superior se seque antes de volver, sin llegar nunca a secar el cepellón por completo como harías con un cactus globoso. Agradece la humedad ambiental, así que en veranos secos ayuda pulverizar el entorno, no las flores. En otoño e invierno se reduce mucho, pero tampoco se deja en seco absoluto.
La temperatura es su límite en España. No tolera las heladas. En la costa mediterránea, en el sur y en Canarias puede quedarse fuera todo el año en sitio resguardado. En el interior peninsular y en zonas con heladas hay que meterla en casa o en un invernadero frío antes de que lleguen los fríos, y ahí necesita el rincón más luminoso disponible.
Cómo conseguir que florezca
Es la pregunta de siempre, y tiene cuatro respuestas que se suman.
Edad y tamaño. No florece de joven. Una planta pequeña de esqueje reciente necesita años para tener masa suficiente, y no hay forma de acelerarlo. Si la tuya es un esqueje enraizado hace un par de temporadas, la explicación de que no florezca acaba ahí.
Un reposo invernal fresco y más seco. Es el disparador principal y el que casi nadie le da. Si la planta pasa el invierno en un salón a veinte grados y con el mismo riego de julio, no diferencia las estaciones y no forma yemas florales. Un invierno a temperatura claramente más baja, con riegos muy espaciados y sin abono, la prepara para florecer en primavera y verano.
No trasplantar de más. Cambiarla de maceta cada año la mantiene en modo crecimiento vegetativo. Déjala apretada.
Abono equilibrado y bajo en nitrógeno en la época de crecimiento. Con exceso de nitrógeno hace tallos grandes y verdes y ninguna flor. Un fertilizante con más potasio, aplicado diluido durante la primavera, ayuda a que cuaje.
Un detalle más: cuando aparece el capullo, no muevas la planta ni la gires. Los capullos de Epiphyllum se orientan hacia la luz y si les cambias la posición pueden abortar y caerse.
La noche de la floración
El capullo tarda semanas en formarse. Primero es un bultito en el borde de un tallo, luego se alarga en un tubo colgante cubierto de brácteas rojizas, y al final se yergue y se hincha. Los últimos días se nota que va a abrir porque el capullo se levanta y el extremo se afloja.
La apertura empieza al caer la tarde y se completa a lo largo de la noche. La flor es blanca, con un cáliz de piezas estrechas y amarillentas por fuera, y suelta un perfume dulce y potente que en una terraza cerrada llega a ser abrumador. Al amanecer se dobla, se cierra y queda colgando lacia. No se recupera.
Esa estrategia tiene sentido en su hábitat: las flores de tubo largo, blancas y muy perfumadas que abren de noche son típicas de plantas polinizadas por polillas nocturnas de trompa larga y, en algunos casos, por murciélagos. El blanco se ve con poca luz y el olor hace de señal a distancia.
Ese carácter fugaz es la razón de que la planta tenga tanta carga cultural. En Japón se la llama gekka bijin, belleza bajo la luna. En Sri Lanka se la conoce como kadupul. En China se usa como imagen del éxito repentino que no dura. Son tradiciones reales asociadas a la planta, y eso es todo lo que son: tradiciones, sin ningún efecto atribuible a la planta.
Multiplicación por esqueje
Se multiplica con una facilidad notable. Corta un trozo de tallo aplanado maduro, de un palmo o algo más, con una cuchilla limpia y por la parte estrecha del nervio. Deja secar el corte en sombra varios días, hasta que forme una película seca. Si lo plantas en fresco, se pudre.
Después, entierra solo la base en sustrato ligero y ligeramente húmedo, sujétalo con una caña para que no se venza y colócalo en sombra luminosa. Enraíza en semanas, mejor en primavera. Ten en cuenta lo dicho antes: una planta de esqueje tarda años en florecer, así que la paciencia forma parte del cultivo.
La poda sirve para lo mismo y para controlar el tamaño. Recorta los tallos más largos y desordenados en primavera, y aprovecha lo que cortes para hacer plantas nuevas.
Problemas frecuentes
- Base del tallo blanda y oscura. Podredumbre por exceso de agua o por sustrato compactado. Corta por encima de la zona dañada, deja cicatrizar y reenraíza la parte sana.
- Manchas amarillentas o blanquecinas en los tallos. Quemadura de sol. Cámbiala de sitio. Las marcas no se van, pero los tallos nuevos saldrán limpios.
- Algodón blanco en las axilas y en las raíces. Cochinilla algodonosa, la plaga habitual en esta planta. Se retira mecánicamente y se revisa el cepellón, porque hay una forma que vive bajo tierra.
- Tallos finos, largos y sin cuerpo. Falta de luz.
- Capullos que se caen antes de abrir. Casi siempre por haber movido la planta, por un golpe de sequía o por un cambio brusco de temperatura.
En resumen
La reina de la noche es Epiphyllum oxypetalum, un cactus epífito de bosque centroamericano con tallos aplanados que parecen hojas y una flor blanca enorme que abre al anochecer y se marchita con la luz. No la confundas con Selenicereus grandiflorus, que comparte nombre común, ni con el galán de noche Cestrum nocturnum, que ni siquiera es un cactus.
Para cuidarla, quédate con que es una planta de bosque y no de desierto: sombra luminosa, sustrato aireado con materia orgánica, riego regular en verano y protección frente a las heladas. Y para que florezca, tres cosas por encima del resto: que tenga años y tamaño, que pase un invierno fresco y más seco, y que no la muevas cuando ya tenga el capullo hecho.