Kalanchoe luciae es la crasa de hojas planas, redondeadas y superpuestas que se vende como planta remo o, en inglés, flapjack, y que con sol se tiñe entera de rojo. Es la que casi todo el mundo tiene cuando cree tener una Kalanchoe thyrsiflora, porque las etiquetas de vivero llevan décadas confundiéndolas.
Lo que conviene saber antes que nada es que esta planta tiene una vida con final escrito: la roseta es monocárpica. Crece durante unos años, florece una sola vez levantando una vara alta y, después de florecer, esa roseta se agota y muere. No es una enfermedad ni un fallo de riego. Lo que sobrevive son los hijuelos que va sacando por la base, y el cultivo de esta especie consiste en buena medida en saber qué hacer en ese momento.
Qué es y de dónde viene
Es una crasulácea del sur de África. Crece de forma silvestre en Sudáfrica, Botsuana, Esuatini, Mozambique, Zimbabue y Malaui, en laderas pedregosas y entre rocas, en sitios donde llueve en verano y el invierno es seco. La describió el botánico francés Raymond Hamet a principios del siglo XX.
Forma una roseta basal única, sin ramificar, con las hojas en pares cruzados tan apretados que se montan unas sobre otras como monedas apiladas. La hoja es plana, ancha, redondeada por el extremo y estrechada hacia la base, muy gruesa y rígida. Una roseta adulta se queda en un tamaño de maceta normal y no se hace un arbusto: crece hacia arriba apilando pares de hojas, no hacia los lados.
Lo que la hace vistosa es el color. Con sol directo abundante y noches frescas, la hoja pasa de verde claro a rosa y a rojo intenso, y el color no se queda en el filo sino que invade la lámina entera. En sombra vuelve al verde plano en cuestión de semanas.
Cómo reconocerla en el vivero
Hay tres cosas que mirar, y con dos basta.
El brillo de la hoja. K. luciae tiene la hoja más lisa y brillante, de verde franco, con poca cera. Si la planta va cubierta de una capa harinosa blanquecina que se raya al pasar el dedo y le da un tono gris apagado, estás mirando K. thyrsiflora.
Cómo se pone roja. En luciae el rojo cubre toda la hoja. En thyrsiflora se queda en una franja del borde.
La flor, que es la prueba definitiva. Las de luciae son pequeñas, verdosas o blanquecinas, a veces con matiz rosado, y no huelen. Las de thyrsiflora son amarillas y muy perfumadas, con un olor dulzón que se nota a distancia. Si compraste la planta por el perfume y te ha tocado luciae, no hay cuidado que lo arregle.
Y un consejo práctico de compra: elige el ejemplar más compacto que veas, con los pares de hojas muy juntos y algo de color en el borde. Una planta con los entrenudos separados ya viene estirada de invernadero y eso no se corrige.
Casi todo lo que se etiqueta como thyrsiflora es luciae
La confusión viene de lejos y se arrastra en catálogos, centros de jardinería y fichas de cuidados. La razón es simple: luciae es la que se multiplica bien en producción y la que llega a las bandejas de vivero, y el nombre que quedó pegado a la forma de remo fue el de la otra especie.
Tiene una consecuencia molesta. Mucha información que encontrarás sobre el color de las hojas y sobre el aroma de la flor está escrita pensando en una planta y aplicada a la otra, y por eso no encaja con lo que ves en tu maceta.
El ciclo: de hijuelo a vara floral
Una roseta parte de un hijuelo o de un esqueje y va apilando pares de hojas durante varios años. En ese tiempo es una planta estable y poco exigente que se limita a engordar.
Llegada la madurez, normalmente al cabo de tres o cuatro años y con la roseta bien desarrollada, el centro deja de sacar hojas y empieza a alargarse. Primero se ve como un cono apretado que sube desde el interior, y en pocas semanas se convierte en una vara que puede superar el metro, cubierta de hojas cada vez más pequeñas y rematada en un racimo ramificado de flores en forma de urna.
Después de florecer, la roseta madre se acaba. Amarillea de fuera hacia dentro, las hojas se vuelven papel y el tallo se seca. Este es el punto donde mucha gente interpreta que la planta está enferma y empieza a regar más, con lo que remata la parte que aún podía salvarse: los hijuelos de la base.
Qué hacer cuando sale la vara
Tienes dos opciones y conviene elegir a conciencia, porque no se pueden tener las dos cosas.
Si te interesa la mata, corta la vara en cuanto asome, cuando aún mide unos centímetros, con tijera limpia y por su base. No siempre salva la roseta, pero muchas veces retrasa el desenlace y empuja a la planta a invertir en hijuelos laterales.
Si quieres ver la floración, déjala subir. Es espectacular y dura semanas. Mientras tanto, riega poco y nada de abonar, y prepárate para que la madre se vaya. La planta te dejará relevo.
Una advertencia sobre la vara ya seca: aguanta meses de pie y es fácil olvidarse de ella, pero conviene cortarla cuando esté completamente seca para que no se acumule humedad en la base de la roseta vieja mientras los hijuelos crecen al lado.
Los hijuelos, que son la planta siguiente
Durante el proceso de floración, y a veces antes, la planta emite brotes en la base del tallo o justo debajo del sustrato. Son rosetas en miniatura idénticas a la madre.
Lo mejor es no tener prisa. Déjalos unidos mientras la madre siga verde, porque se aprovechan de sus reservas, y sepáralos cuando tengan un tamaño manejable y la madre esté claramente seca. Se cortan con un poco de tallo, se dejan secar la herida dos o tres días a la sombra y se plantan en sustrato drenante apenas humedecido, sin regar la primera semana.
También se puede multiplicar por esqueje de hoja, aunque va lento y falla más. La hoja se arranca entera, tirando desde la base para llevarse el punto de unión, se deja secar y se apoya sobre sustrato. Si no se lleva ese punto, no brota.
Lo que cambia el ritmo del ciclo
No hay forma de hacer que esta planta sea perenne, pero sí de que llegue al final en buena forma y deje descendencia.
Luz. Cuanto más sol directo, más compacta, más coloreada y más sana. En la costa mediterránea, Levante, el sur y Canarias vive fuera todo el año a pleno sol. En el interior peninsular agradece sombra ligera en las horas centrales de julio y agosto, sobre todo en maceta pequeña de plástico, que se recalienta. Dentro de casa solo aguanta a menos de un metro de una ventana al sur, y aun así saldrá más laxa.
Riego. El fallo mortal es regar por encima. El agua se embalsa entre las hojas planas del centro de la roseta y, con calor, ahí aparece la pudrición del ápice, que se lleva la planta entera en días. Riega siempre al sustrato, a fondo, y solo cuando esté seco en profundidad. Vacía el plato.
Frío y lluvia. No es una crasa rústica: la helada la daña y una helada seria la mata. En el norte húmedo el problema no es tanto el frío como la lluvia continua del invierno sobre el sustrato, que la pudre. En ambos casos, bajo cubierto de noviembre a marzo.
No la manosees. Aunque tiene menos cera que su parienta, la hoja se marca con facilidad y la huella no se va. Sujétala siempre por el cepellón al trasplantar.
Tóxica para perros y gatos
Como el resto de las kalanchoes, contiene bufadienólidos, glucósidos cardiotónicos que afectan al corazón, y las flores concentran más que el resto de la planta. Es tóxica para perros y gatos y no es una planta que se tome. Con animales en casa, ponla fuera de su alcance, y más aún cuando esté en flor, porque la vara cargada resulta llamativa. Ante una ingestión, al veterinario.
En resumen
Kalanchoe luciae es la planta remo de verdad, la que llena los viveros españoles bajo la etiqueta equivocada de Kalanchoe thyrsiflora. Se reconoce por la hoja lisa y brillante que enrojece entera con el sol y por la flor verdosa y sin aroma, frente a la hoja harinosa y la flor amarilla perfumada de la otra especie. Forma una roseta única que apila pares de hojas durante años sin ramificarse.
Su roseta es monocárpica: florece una vez, levanta una vara que puede pasar del metro y luego muere. Eso no se evita, se gestiona. O cortas la vara nada más asomar para alargarle la vida a la mata, o la dejas florecer y te quedas con los hijuelos de la base, que son la misma planta empezando de nuevo. Riega siempre al sustrato y nunca sobre la roseta, dale todo el sol que puedas y guárdala del hielo y de la lluvia de invierno.