La respuesta corta: la mayoría de las crasas de vivero quieren entre cuatro y seis horas de sol directo al día, o bien un día entero de luz muy clara junto a una ventana. Por debajo de eso sobreviven un tiempo y se deforman; por encima, y sobre todo con el sol de mediodía de julio a través de un cristal, se queman.
Como en tu casa no hay un luxómetro, lo práctico es medir con la sombra. Al mediodía, pon la mano a un palmo del sitio donde quieres dejar la maceta y mira la sombra que proyecta sobre la superficie. Si el contorno sale nítido, con los dedos bien recortados, ahí llega luz directa y casi cualquier crasa va a estar bien. Si la sombra existe pero está difusa, tienes luz indirecta clara: sirve para haworthias, gasterias, la lengua de suegra y poco más. Si apenas se adivina una mancha gris, ese sitio no es para una crasa, por bonita que quede la maceta.
La prueba de la sombra, con sus tres niveles
Conviene hacerla bien, porque es el único método fiable que no cuesta dinero. Se hace en un día despejado, entre las doce y las tres, y en el punto exacto donde va a estar la planta, no en el centro de la habitación. Lo que interpretas es el borde de la sombra, no lo oscura que sea.
- Sombra de bordes nítidos: el sol entra directo. Aquí viven aloes, agaves, la mayoría de cactus, echeverias, sedums y crasas de color, que necesitan esa intensidad para mantener los tonos rojizos y azulados.
- Sombra de bordes difuminados: luz indirecta abundante. Es el sitio de las crasas de sotobosque y de roca, Haworthiopsis, Gasteria, Rhipsalis, y también de la Schlumbergera, el cactus de Navidad, que es epífita de selva brasileña y no quiere sol directo de verano.
- Sombra apenas perceptible: luz insuficiente. Ninguna crasa se mantiene bien ahí a largo plazo. Es el pasillo, el baño interior, la mesa del fondo del salón.
Repite la prueba en dos épocas del año. En diciembre el sol está bajo y entra hasta el fondo de la habitación por una ventana al sur; en junio está muy alto y esa misma ventana apenas deja pasar un palmo de sol al suelo. Un sitio que parece perfecto en invierno puede quedarse corto en pleno verano, y al revés.
Horas de sol por orientación de ventana en España
La orientación manda más que el tamaño del cristal. Esto es lo que puedes esperar en una vivienda peninsular, contando siempre con que un edificio enfrente, un voladizo o un toldo lo cambian todo.
| Orientación | Qué luz da | Qué crasas van bien |
|---|---|---|
| Sur | Las horas centrales todo el año; muchas en invierno, sol alto y corto en verano | Cactus, aloes, agaves, echeverias, crásulas |
| Este | Sol de mañana, suave y con el aire aún fresco | Casi todas; la mejor orientación general |
| Oeste | Sol de tarde, coincidiendo con el máximo de calor del día | Cactus y agaves; el resto, con visillo en verano |
| Norte | Luz uniforme sin sol directo | Lengua de suegra, haworthias, gasterias, rhipsalis |
El matiz que casi nadie tiene en cuenta es la diferencia entre mañana y tarde. Cuatro horas de sol de siete a once no equivalen a cuatro horas de cuatro a ocho. Las primeras llegan con temperatura baja; las segundas coinciden con el momento más caluroso, y detrás de un cristal, sin nada de viento, la hoja puede alcanzar temperaturas que no alcanzaría al aire libre. De ahí que en el interior peninsular y en el valle del Guadalquivir una ventana al oeste queme echeverias en julio y la misma planta viva feliz en una ventana al este.
La distancia al cristal, el factor que arruina las cuentas
La luz cae muy deprisa al alejarse de la ventana, mucho más de lo que aprecia el ojo, porque nuestra vista se adapta y compensa. Una crasa en el alféizar y la misma crasa a dos metros están en dos mundos distintos, aunque la habitación te parezca igual de clara desde los dos puntos.
Hay una comprobación sencilla: ponte en el sitio de la planta y mira cuánto cielo ves desde ahí. No cuánta habitación, cuánto cielo. Si desde la maceta se ve un buen trozo de cielo abierto, llega luz; si solo se ve pared del edificio de enfrente o la parte alta del marco, llega mucha menos. Es la misma lógica que usan los jardineros para juzgar la sombra bajo un árbol.
Antes de dar por perdida una planta que se está estirando, prueba a acercarla treinta centímetros a la ventana. En muchos casos basta con eso y con quitar el visillo unas horas.
Cómo saber si te has pasado o te has quedado corto
La planta avisa, y avisa de formas distintas según el problema.
Falta de luz: el tallo se alarga, los espacios entre hojas se ensanchan, las hojas nuevas salen más pequeñas y pálidas que las viejas, y toda la roseta se inclina hacia la ventana. Los colores rojizos, morados o azulados se van y queda un verde claro. Es el estiolamiento, y no tiene marcha atrás: lo que ya se estiró no se acorta. Lo que se hace es cortar la cabeza, dejar secar el corte unos días y volver a enraizarla, esta vez en un sitio con luz.
Exceso de luz: aparecen manchas secas, de color pardo o blanquecino, en la cara de la hoja orientada al sol, con tacto áspero. No se desprenden ni se curan; es tejido muerto. También cuenta como aviso un cambio de color muy rápido a rojo intenso en pocos días, que suele preceder a la quemadura. Se retira la planta del punto y se poda lo dañado si molesta, aunque las cicatrices se quedan.
Lo normal y bueno: crecimiento compacto, hojas firmes, entrenudos cortos y color vivo. Una crasa que apenas crece pero se mantiene apretada y dura está mejor que una que crece rápido y blanda.
Aclimatar, que es donde se queman la mayoría
Casi todas las quemaduras que se ven en primavera no vienen de tener demasiada luz, sino de haberla dado de golpe. Una planta que ha pasado el invierno dentro de casa tiene los tejidos adaptados a la penumbra, y sacarla de un día para otro a una terraza en abril le produce el equivalente a una quemadura solar.
El procedimiento es el mismo que en vivero: se saca a la sombra unos días, luego a un punto con sol de primera hora, y se va ampliando la exposición a lo largo de dos o tres semanas. Lo mismo vale para la planta recién comprada, que probablemente venía de un umbráculo con malla de sombreo y no de pleno sol.
Y al revés, en otoño. Las especies que no aguantan el frío (la mayoría de las crasas de interior, salvo los Sempervivum y varios Sedum, que son rústicos de verdad) entran en casa antes de las primeras heladas, y también les conviene un par de semanas de transición en vez de un salto brusco.
Dos apuntes de clima español
En el litoral mediterráneo y en Canarias muchas crasas se cultivan fuera todo el año, y ahí el problema no es la luz de verano sino el sol directo sobre plantas recién sacadas y el agua de las tormentas de otoño. En la cornisa cantábrica la luz es más difusa y suave, y la crasa aguanta bien la exposición, pero el exceso de lluvia invernal la pudre si no está bajo cubierto o en sustrato muy drenante.
En el interior peninsular conviven los dos extremos: sol muy fuerte en verano y heladas en invierno. Ahí lo práctico es terraza en primavera y otoño, sombreo en julio y agosto y entrada en casa antes de las heladas, a una ventana lo más luminosa posible.
En resumen
Cuatro a seis horas de sol directo, o un día completo de luz muy clara, es la ración de la mayoría de las crasas, y la forma práctica de comprobarla es mirar el borde de la sombra que proyecta tu mano al mediodía en el punto exacto donde irá la maceta: nítida es directa, difusa es indirecta, inapreciable es insuficiente. La orientación este es la más segura en España, la oeste la más peligrosa en verano y la norte solo sirve para un grupo reducido de especies.
Si la planta se estira y palidece, le falta luz y el daño no se revierte, solo se corrige por esqueje. Si le salen manchas secas ásperas, se ha quemado. Y casi todas las quemaduras se evitan con lo mismo: no cambiar de sitio de golpe, sino ampliar la exposición poco a poco a lo largo de dos o tres semanas.