Las suculentas y los cactus no crecen todo el año. Alternan periodos de crecimiento activo con periodos de latencia en los que prácticamente se paran, dejan de absorber agua y no responden a los cuidados habituales. Saber en cuál de los dos está una planta determina cuándo se riega, cuándo se trasplanta, cuándo se abona y cuándo hay que dejarla en paz.

La división clásica entre suculentas de verano y suculentas de invierno es útil como punto de partida, pero no hay que tomársela al pie de la letra. Lo que dispara el crecimiento no es el mes del calendario, es la combinación de temperatura, luz y disponibilidad de agua. Una planta que en su origen crece en invierno, cultivada en un piso con temperatura constante, puede crecer casi todo el año. Y en el sur peninsular, con otoños largos y cálidos, muchas especies de verano siguen creciendo hasta noviembre.

Por qué existe la latencia

La latencia es una estrategia de supervivencia, no una enfermedad. En su hábitat, estas plantas afrontan una estación en la que las condiciones son hostiles: o hace demasiado frío, o hace demasiado calor y no llueve. En lugar de gastar reservas intentando crecer, cierran el grifo. Reducen la actividad metabólica, dejan de emitir hojas nuevas, cierran los estomas la mayor parte del tiempo y, en algunas especies, cierran físicamente la roseta o pierden buena parte del follaje.

Durante ese periodo la raíz apenas absorbe agua. Ese es el dato práctico importante: si riegas una planta latente al ritmo de temporada de crecimiento, el agua se queda en el sustrato, no se consume, y acaba pudriendo la raíz. Es la causa número uno de bajas en colecciones de suculentas, y ocurre sobre todo entre noviembre y febrero.

Suculentas de crecimiento en verano

Son la mayoría de las que se venden en España. Proceden de zonas donde la lluvia cae en la estación cálida: México, Centroamérica, buena parte de Sudáfrica y Madagascar. Crecen desde la primavera hasta el otoño y se paran con el frío.

En este grupo entran Echeveria, Crassula, la mayoría de Sedum, Graptopetalum y sus híbridos (Graptoveria, Pachyveria), Agave, muchas Euphorbia suculentas y la gran mayoría de las cactáceas americanas.

Su calendario en la península es aproximadamente este: arrancan en marzo, crecen fuerte en abril, mayo y junio, aflojan o se detienen en julio y agosto por exceso de calor (sobre todo en el interior y el sur), vuelven a crecer en septiembre y octubre y se paran de noviembre a febrero. Ese parón estival por calor es una particularidad del clima español que no aparece en la bibliografía anglosajona: en Madrid, Córdoba o Zaragoza, con máximas por encima de 38 grados, una Echeveria deja de crecer aunque sea una planta de verano.

Suculentas de crecimiento en invierno

Proceden de climas de tipo mediterráneo, con lluvias en la estación fresca y veranos secos: Canarias, el norte y el oeste de Sudáfrica, la cuenca mediterránea. Crecen en otoño e invierno y se aletargan en verano.

El caso más conocido y más fácil de observar es el de los Aeonium, canarios en su mayoría. En julio y agosto cierran las rosetas hasta dejarlas del tamaño de una nuez, sueltan las hojas inferiores y adquieren un aspecto lamentable. En septiembre, con la primera bajada de temperaturas, se abren de nuevo y crecen sin parar durante el otoño y el invierno suave. Regarlos en agosto para reanimarlos es un error clásico.

También crecen preferentemente en la estación fresca las Haworthia y Haworthiopsis, muchas Gasteria, los Aloe pequeños, los Lithops y otros mesembriantemos, y varias Euphorbia sudafricanas. Este grupo encaja especialmente bien en el clima costero mediterráneo y en el sur, donde el invierno es suave y el verano largo.

Qué pasa en interior

Una planta que vive dentro de casa recibe estímulos ambiguos. La temperatura es más o menos constante todo el año gracias a la calefacción y el aire acondicionado, pero la luz sí cambia mucho: en diciembre, en el norte peninsular, un salón recibe una fracción de la luz que recibe en junio.

El resultado es que las suculentas de interior no se paran del todo, pero crecen muy despacio en invierno, y ese crecimiento lento suele ser de mala calidad: tallos alargados y hojas separadas por falta de luz. En la práctica conviene tratarlas como si estuvieran latentes en invierno: reducir el riego, no abonar y no trasplantar, aunque la casa esté a 21 grados.

Esto contradice la idea, bastante repetida, de que si las condiciones no cambian el riego tampoco debe cambiar. No es cierto: la luz cambia, y la luz es el motor. Menos luz significa menos fotosíntesis, menos consumo de agua y más riesgo de pudrición con el mismo riego de siempre.

Qué hacer en cada fase

Durante el crecimiento activo la planta acepta todo. Es cuando se riega con normalidad (a fondo y con el sustrato seco entre riegos), cuando se trasplanta, cuando se hacen esquejes y cuando tiene sentido abonar, con un abono bajo en nitrógeno y siempre a la dosis que indica el envase, que en estas plantas suele significar dosis reducida y espaciada.

Durante la latencia se hace lo contrario. No se abona, porque los nutrientes no se consumen y se acumulan en forma de sales. No se trasplanta, porque la raíz dañada no se regenera hasta que la planta vuelva a arrancar. Y el riego se reduce mucho o se suspende.

Sobre el riego en latencia conviene matizar según el motivo. Si la planta está parada por frío, necesita muy poca o ninguna agua, y de hecho pasar el invierno seca aumenta su resistencia a las heladas: los tejidos con menos agua se dañan menos por congelación. Si la planta está parada por calor, como los Aeonium en agosto, sí conviene algo de humedad ocasional en el sustrato y, sobre todo, protegerla del sol directo de mediodía y mantener las raíces frescas. Una maceta oscura a pleno sol de agosto en Murcia puede alcanzar temperaturas que cuecen la raíz.

Cómo saber en qué fase está tu planta

La observación resuelve más que las tablas. Una planta en crecimiento emite hojas nuevas visibles en el centro de la roseta o en la punta del tallo, y consume el agua del riego en un plazo razonable. Una planta latente no cambia de aspecto durante semanas y el sustrato tarda muchísimo en secar aunque haga calor.

La pista más fiable para anticiparlo es el origen de la especie. Si sabes de dónde viene la planta, sabes cuándo llueve allí y cuándo crece. Una suculenta canaria o del Cabo occidental sudafricano crecerá en tu invierno; una mexicana o del Cabo oriental crecerá en tu primavera y tu otoño. Merece la pena buscar la procedencia de cada especie que incorporas a la colección: explica más sobre su cultivo que la mayoría de las fichas de cuidados.

Y hay excepciones y solapamientos constantes. Muchos géneros grandes, como Euphorbia, Sedum o Kalanchoe, contienen especies de los dos grupos. En esos casos no vale generalizar por género y hay que ir a la especie concreta.

En resumen

El ciclo de estas plantas alterna crecimiento y latencia, y la latencia puede venir por frío o por calor. La mayoría de las suculentas de jardinería habitual crecen en primavera y otoño, se frenan con el calor extremo del verano español y se paran en invierno; un grupo importante, con los Aeonium canarios a la cabeza, hace justo lo contrario.

La consecuencia práctica es sencilla: se riega, se abona y se trasplanta cuando la planta crece, y se la deja tranquila cuando no. Observar si salen hojas nuevas y cuánto tarda el sustrato en secarse dice en qué fase está mejor que cualquier calendario, y conocer la procedencia de la especie permite anticiparlo antes de que ocurra.


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