Los arcos de hierba oscura que aparecen en los prados de siega, en los taludes de las carreteras y en el césped de los parques tienen autor conocido, y en buena parte del país ese autor se llama Marasmius oreades. La senderuela —también senderina, carrerilla, carrerete, ninfa, o camasec en catalán— es una seta diminuta y correosa que dibuja círculos de varios metros y aguanta secándose y reviviendo a lo largo de meses.
Queda dicho de entrada: aquí no se enseña a recolectar setas. Este texto describe una especie y su ecología. Los rasgos que se detallan no forman una lista de verificación que permita cocinar nada, porque tal lista no existe fuera del laboratorio. Quien vaya a comer setas silvestres lleva los ejemplares completos, con el pie entero y sin lavar, a un micólogo o a una sociedad micológica. Lo que se determina desde una pantalla no se determina.
Una seta pequeña, dura y persistente
Marasmius oreades (Bolton) Fr. es el tipo del género Marasmius, en la familia Marasmiaceae. El nombre del género viene del griego marasmós, consunción o marchitamiento, y describe con precisión lo que hace: consumirse hasta quedar en nada y volver.
El sombrero mide de dos a cinco centímetros, rara vez más. De joven es campanulado y con la edad se aplana conservando un mamelón obtuso en el centro, ancho y romo. La cutícula es higrófana: con humedad toma un color leonado, pardo claro o ante, y al secarse aclara a crema o beis desde el borde hacia dentro, de forma que el mismo ejemplar cambia de aspecto en unas horas. El margen aparece estriado en tiempo húmedo.
Las láminas son gruesas, espaciadas, ventrudas y libres o casi libres del pie, de un blanco crema que apenas oscurece. La esporada es blanca. La carne es escasa, blanquecina, y desprende un olor que se ha descrito como de almendra amarga o de hierba segada, junto a un sabor dulzón.
El pie mide de tres a ocho centímetros, es cilíndrico, delgado, del color del sombrero o más pálido en el ápice, lleno y tenaz. Aquí está el carácter que la tradición ha convertido en criterio: al doblarlo o retorcerlo, el pie de la senderuela cede y no se parte. Es elástico, correoso, casi de cuerda. Arrancarlo del suelo cuesta y a menudo se lleva un mechón de raíces de gramínea pegado.
Esa dureza tiene consecuencia práctica: el pie no se aprovecha en cocina por su textura fibrosa, aunque sea el rasgo que más se mira sobre el terreno.
Morir de sed y volver: la marcescencia
Lo más notable de esta especie ocurre cuando deja de llover. Muchos hongos, al quedarse sin agua, se pudren o se colapsan: el carpóforo se licua y se acabó. La senderuela hace lo contrario. Se deshidrata por completo hasta quedar reducida a una lámina arrugada, dura y quebradiza, adherida al pie, sin descomponerse. Puede permanecer semanas así, resistiendo el sol y el viento.
Cuando llega la siguiente lluvia, el ejemplar seco se rehidrata y recupera su forma, recobra elasticidad y reanuda la producción de esporas. No es una seta nueva: es la misma, reactivada. El fenómeno se llama marcescencia y depende de la acumulación de azúcares protectores —trehalosa, entre otros— y de polioles que estabilizan las membranas celulares mientras el agua desaparece, un mecanismo emparentado con el que usan los líquenes y algunos musgos.
Para el hongo, la ventaja es evidente. En un pasto expuesto, donde la humedad va y viene en cuestión de días, poder esperar seco y esporular en cada episodio de lluvia multiplica las ocasiones de dispersión sin gastar energía en construir carpóforos nuevos. Es también la razón de que su temporada sea larguísima comparada con la de las setas de bosque: en la Península fructifica desde abril hasta noviembre, con picos en primavera y en otoño, siempre a los pocos días de una lluvia con temperatura templada.
Los corros de brujas
La senderuela es saprótrofa: se alimenta de restos vegetales muertos, sobre todo de raíces y hojarasca de gramíneas, en prados, céspedes, dehesas, dunas fijadas, parques urbanos, campos de golf y bordes de camino. Su micelio parte de un punto y crece radialmente en todas direcciones a la misma velocidad, agotando el sustrato por dentro. El resultado es un anillo de micelio activo que avanza unos centímetros o pocos decímetros al año y que fructifica en su frente. De ahí los corros de brujas, círculos y arcos de setas que en pastos antiguos alcanzan decenas de metros de diámetro y que se han datado en muchas décadas de edad.
El corro deja huella en la hierba incluso sin setas a la vista, y de una manera muy característica: una banda de hierba muerta o amarillenta justo sobre el micelio, y por dentro y por fuera de ella franjas de verde más intenso. La banda muerta se explica porque las hifas recubren las partículas del suelo con compuestos hidrófobos que lo vuelven repelente al agua, de modo que la lluvia resbala y las raíces se secan; a eso se suma el consumo de nutrientes por el propio hongo. El verde vigoroso de los lados procede de la mineralización del nitrógeno liberado cuando el micelio antiguo se degrada, que actúa como abono. Para el jardinero y para el greenkeeper, esa fisiología convierte a Marasmius oreades en un problema de mantenimiento bien conocido.
El uso en seco
Que la propia seta esté diseñada para desecarse y aguantar explica su tratamiento tradicional. La senderuela se seca con facilidad, sin necesidad de calor fuerte, y en seco conserva el aroma durante meses; de hecho el olor se concentra. Guardada en tarro hermético y al abrigo de la luz, es una de las pocas setas de las que existe una costumbre asentada de despensa doméstica en muchas comarcas del interior peninsular. Los sombreros se separan de los pies, que son demasiado correosos, y se rehidratan en poco líquido antes de usarse.
Nada de esto es una indicación de consumo ni una receta. Es la descripción de un uso etnográfico, sujeto en todo caso a que la especie haya sido determinada por quien sabe hacerlo.
Qué más crece en ese mismo prado
El hábitat de la senderuela —hierba corta, suelo pisado, sol— lo comparten especies peligrosas, y algunas son pequeñas y pálidas como ella. Estas son las que hay que conocer por su nombre.
Clitocybe dealbata, junto a Clitocybe rivulosa, con la que hoy se considera conespecífica en buena parte de la literatura, es la confusión clásica. Es una seta pequeña, de dos a cinco centímetros, con el sombrero blanco o gris blanquecino, mate, a menudo con una pruina harinosa y zonas concéntricas más claras y oscuras que dibujan círculos borrosos. Crece en los mismos prados y céspedes, también en corros, y en la misma estación. Sus diferencias clave: las láminas son apretadas, finas y decurrentes —bajan por el pie— frente a las láminas gruesas, espaciadas y libres de la senderuela; y el pie es corto, frágil y se rompe en seco al doblarlo, sin nada de la elasticidad correosa de Marasmius oreades. Contiene muscarina, y provoca un síndrome colinérgico que empieza pronto, entre quince minutos y dos horas: sudoración profusa, salivación, lagrimeo, pupilas contraídas, cólicos, diarrea, bradicardia y dificultad respiratoria. Requiere atención hospitalaria; existe tratamiento y la mortalidad es baja, pero el episodio es alarmante y peligroso en personas con problemas cardíacos.
Clitocybe phyllophila y otras clitocibes blancas de linderos repiten el patrón, con láminas decurrentes, esporada blanca y muscarina.
Inocybe geophylla y sus variedades, blancas o lilacinas, crecen en herbazales y bordes de bosque, tienen el sombrero cónico y sedoso, láminas que pasan a pardo arcilla y esporada parda. Todo el género Inocybe debe tratarse como sospechoso; varias especies son fuertemente muscarínicas.
Lepiota brunneoincarnata es la peor noticia posible en este hábitat. Es una lepiota pequeña, con el sombrero cubierto de escamas pardo vinosas sobre fondo claro, láminas blancas y esporada blanca, que aparece en céspedes, parques, jardines y bordes de camino, precisamente donde se buscan senderuelas. Contiene amatoxinas y ha causado intoxicaciones mortales en España. Su tamaño reducido hace que se pase por alto entre la hierba.
Conocybe filaris y otras conocibes de césped, delgadas, ocráceas y con anillo, también contienen amatoxinas y crecen en jardines regados. Y Panaeolus diversos, oscuros y de láminas manchadas, completan la nómina de lo pequeño que sale entre la hierba.
El criterio del pie, y sus límites
La prueba tradicional consiste en tomar el pie por sus extremos y doblarlo o retorcerlo. El de la senderuela se comporta como un alambre blando: se dobla, se enrosca y vuelve, sin partirse. El de una clitocibe blanca, el de una inocibe o el de una conocibe se quiebra limpiamente. Es un carácter real, ligado a la estructura fibrosa y coriácea del tejido de Marasmius, y es útil para descartar ejemplares.
Dicho esto, hay que subrayar lo que no es. No es una prueba de comestibilidad. Un pie elástico no convierte a nadie en identificador de especies, hay otros géneros con pies tenaces, y un ejemplar reseco o muy joven puede comportarse de manera ambigua. Sirve para levantar una sospecha, nunca para cerrar una determinación. Y en un cesto de setas pequeñas recogidas deprisa en un prado, basta un ejemplar equivocado entre doscientos correctos para arruinar una comida.
Si algo sale mal
Ante síntomas posteriores a una comida con setas —sudoración inexplicable, vómitos, diarrea, visión borrosa, palpitaciones, confusión— se acude a urgencias llevando restos de las setas o del plato. Los recortes de la limpieza, las setas sobrantes crudas o incluso lo que quede en la basura permiten identificar la especie y decidir el tratamiento. El Instituto Nacional de Toxicología atiende en el 91 562 04 20 las veinticuatro horas.
Y conviene retener el patrón temporal de lo más grave. Las intoxicaciones por amatoxinas —las de Lepiota brunneoincarnata, Conocybe filaris o Amanita phalloides— tienen un período de latencia de seis a veinticuatro horas y una fase intermedia de aparente mejoría durante la cual el hígado ya está sufriendo. Que los síntomas aparezcan tarde es exactamente lo que convierte el episodio en una urgencia, y encontrarse mejor al día siguiente no significa que haya pasado.
En resumen
Marasmius oreades es la senderuela: sombrero de dos a cinco centímetros, higrófano y con mamelón obtuso, láminas gruesas y espaciadas, esporada blanca y un pie fino, coriáceo y elástico que se dobla sin romperse. Es saprótrofa de restos de gramíneas y forma corros de brujas en prados y céspedes, con su banda de hierba muerta y sus franjas verdes a los lados. Su rasgo más curioso es la marcescencia: se deseca por completo, aguanta semanas sin descomponerse y al llover recupera la forma y vuelve a esporular, lo que explica su temporada larguísima y su buen comportamiento en seco. En su mismo hábitat crecen Clitocybe dealbata y otras clitocibes blancas con muscarina, inocibes de esporada parda y, sobre todo, Lepiota brunneoincarnata y Conocybe filaris, que llevan amatoxinas y son mortales. El pie elástico descarta, pero no autoriza: la determinación la hace un micólogo con los ejemplares completos.