La noche del 29 al 30 de junio de 1955, en una casa de adobe de Huautla de Jiménez, en la sierra Mazateca de Oaxaca, dos visitantes estadounidenses asistieron a una ceremonia curativa indígena documentada por primera vez desde dentro. El hongo que se empleaba en aquella velada acabaría descrito por la ciencia dos años después con el nombre de Psilocybe mexicana Heim, y de su cultivo en un laboratorio de París salió el material con el que se aisló la psilocibina.
Advertencia previa e ineludible. La psilocibina y la psilocina están recogidas en la Lista I del Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971 y se encuentran fiscalizadas en España, de modo que los hongos que las producen se tratan legalmente como soporte de una sustancia controlada. Lo que sigue es historia de la ciencia, etnomicología, descripción de una especie y explicación del marco jurídico. Ni es una guía para buscar setas ni describe forma alguna de obtenerlas, prepararlas o emplearlas, y nada de lo escrito aquí autoriza a llevarse un hongo a la boca.
La especie y sus caracteres
Estamos ante un hongo diminuto y de aspecto frágil, muy alejado de la corpulencia de otras especies del género. El sombrero rara vez supera los tres centímetros de diámetro y suele quedarse entre uno y dos; su forma es cónica o acampanada y remata en un mamelón agudo y bien diferenciado, que persiste incluso cuando el sombrero se abre. El color varía del pardo canela al ocre pajizo, y como toda la sección se decolora al secarse, de manera que un mismo grupo puede mostrar tonalidades muy distintas según la insolación de la mañana. El margen aparece estriado por transparencia cuando el tiempo es húmedo, porque la carne es delgadísima.
Las láminas van de adnatas a escotadas, poco apretadas, grisáceas al principio y después pardo violáceo por efecto de las esporas maduras. El pie es lo más característico a simple vista: filiforme, de uno a dos milímetros de grosor y de cuatro a doce centímetros de largo, hueco, flexuoso, más pálido arriba y pardo rojizo hacia la base, sin anillo verdadero —a lo sumo una zona fibrilosa fugaz que desaparece pronto—. Al manipularlo, sobre todo en la base, aparecen tonos azulados o verdosos. La esporada es pardo púrpura oscura, y las esporas, pequeñas, miden alrededor de 8 a 10 micras y presentan en vista frontal un contorno subrombódico que ayuda a separarla de especies afines.
Hay un rasgo poco conocido que sí conviene mencionar por su papel histórico: esta especie forma esclerocios, cuerpos compactos subterráneos de tejido fúngico que le permiten resistir los periodos secos. Las comunidades de la zona los llamaban piedras, y su existencia facilitó que Roger Heim consiguiera mantener la especie en cultivo de laboratorio en Francia, lejos de su clima.
Dónde crece
Su área natural se concentra en el centro y sur de México —Oaxaca, Puebla, Michoacán, Estado de México, Veracruz—, con citas también en Guatemala y Costa Rica. Fructifica entre los mil y los mil ochocientos metros de altitud, en praderas herbosas, taludes de camino, márgenes de barranco y potreros, con predilección por suelos calizos y por lugares donde la hierba está corta y hay musgo. A diferencia de otras especies del género, no es estrictamente coprófila: aparece en el suelo, entre hierba, aunque agradece los prados pastoreados. La estación es la de lluvias, de mayo a octubre.
Nada de eso ocurre en la península ibérica. Psilocybe mexicana no forma parte de la micobiota española ni de la europea: su requerimiento de un régimen de lluvias de verano en tierras altas subtropicales no se da aquí. Quien encuentre en un prado español un hongo pequeño, pardo y de pie fino no ha encontrado esta especie, sino alguna otra cosa, y como se verá más abajo esa otra cosa puede ser letal.
Teonanácatl: lo que ya sabían los cronistas
El uso ritual de hongos en Mesoamérica está documentado desde el siglo XVI. Fray Bernardino de Sahagún, en la obra que hoy conocemos como Códice Florentino, recogió en náhuatl el término teonanácatl y describió el contexto ceremonial en que se empleaban unos hongos pequeños que crecían en los llanos. Los cronistas coloniales anotaron esas prácticas para perseguirlas: la Inquisición novohispana las persiguió como idolatría y el uso se replegó a las comunidades más aisladas de la sierra, donde sobrevivió durante cuatro siglos sin que la ciencia europea supiera si aquello había existido realmente o era una exageración de los frailes.
El asunto no se reabrió hasta los años treinta del siglo XX. El médico austriaco Blas Pablo Reko y el etnobotánico estadounidense Richard Evans Schultes recogieron material en Oaxaca en 1938 y 1939 y publicaron que el teonanácatl de las crónicas correspondía a hongos reales, no a otra planta. Casi al mismo tiempo, el antropólogo Jean Bassett Johnson presenció una velada mazateca, aunque sin participar en ella. La Segunda Guerra Mundial interrumpió esa línea de trabajo, y Schultes derivó su carrera hacia el Amazonas.
Wasson, María Sabina y la velada de 1955
Robert Gordon Wasson era vicepresidente del banco J. P. Morgan y micólogo aficionado. Junto a su esposa, la pediatra rusa Valentina Pavlovna Guercken, llevaba dos décadas estudiando el papel de los hongos en las culturas europeas y asiáticas. Al conocer los trabajos de Reko y Schultes, Wasson organizó varios viajes a Oaxaca hasta dar con Huautla de Jiménez y con una chjota chjine —una sabia, en mazateco— llamada María Sabina Magdalena García, que aceptó celebrar una velada con él presente.
Conviene entender qué era aquello, porque el relato posterior lo deformó por completo. La velada mazateca era una práctica curativa nocturna: se celebraba a oscuras, en una habitación de la casa del enfermo, con rezos y cantos de la sabia que duraban horas, y su finalidad era diagnosticar una enfermedad, averiguar el paradero de una persona o un objeto perdido, o acompañar a un moribundo. Estaba engarzada en un catolicismo popular sincrético, con santos y oraciones, y sometida a normas estrictas de abstinencia y conducta. No era una celebración, no era un entretenimiento y no se hacía por gusto.
Wasson publicó su experiencia el 13 de mayo de 1957 en la revista Life, en un extenso reportaje ilustrado. Aunque había prometido discreción sobre el nombre y el lugar, el artículo permitía identificar ambos sin dificultad, y la revista tenía una difusión enorme. En paralelo, Wasson había pedido ayuda al micólogo francés Roger Heim, director del Muséum national d'Histoire naturelle de París, que viajó a Oaxaca, estudió el material y describió varias especies nuevas, entre ellas Psilocybe mexicana, publicada en 1957.
De un cultivo en París a una molécula en Basilea
Heim consiguió cultivar la especie en el laboratorio del museo parisino y obtener carpóforos y esclerocios en cantidad suficiente para el análisis químico. Los primeros intentos de aislar el principio activo, encargados a laboratorios franceses, no dieron resultado. Heim envió entonces material a los laboratorios Sandoz de Basilea, al departamento que dirigía Albert Hofmann, el químico que en 1938 había sintetizado la dietilamida del ácido lisérgico.
El trabajo se atascó porque los ensayos con animales no mostraban nada concluyente y no había manera de saber qué fracción del extracto contenía el compuesto buscado. Hofmann resolvió el problema ensayando sobre sí mismo, con el material que él mismo había fraccionado, y localizó así la fracción activa. De ahí salieron en 1958 los dos compuestos cristalizados, a los que llamó psilocibina —el éster fosfórico— y psilocina. Al año siguiente publicó su estructura y consiguió sintetizarlos por vía química, lo que hizo innecesario el hongo para producirlos. Hofmann viajó después a Oaxaca y llevó a María Sabina las pastillas obtenidas en Basilea.
Lo que aquello le costó a Huautla
Esta parte de la historia se cuenta poco y es la que mejor explica por qué la etnomicología cambió después sus normas deontológicas. Tras el reportaje de Life, Huautla de Jiménez recibió durante los años sesenta una llegada continua de visitantes extranjeros que no buscaban curación ni tenían el menor interés en la cultura mazateca. La localidad, que no disponía de carretera asfaltada ni de servicios, quedó desbordada. En 1969 el gobierno mexicano envió a la policía federal y al ejército para expulsar a los forasteros y cerró el acceso a la sierra durante un tiempo.
Para María Sabina las consecuencias fueron personales y graves. Su comunidad la responsabilizó de haber entregado a extraños un conocimiento que debía permanecer dentro: fue señalada, su casa fue incendiada, uno de sus hijos murió en circunstancias violentas, y llegó a ser detenida e interrogada por las autoridades. Terminó su vida en la pobreza, en 1985, sin haber obtenido de aquella difusión mundial ningún beneficio material. Dejó dicha una frase que resume su balance: que desde que llegaron los extranjeros, los niños santos habían perdido su fuerza y ya no servían para curar. Lo que para la química fue el hallazgo de dos moléculas, para una comunidad concreta fue la destrucción de una práctica que llevaba siglos funcionando en su propio marco.
El peligro que sí afecta a quien busca setas en España
Un hongo de pocos centímetros, con el sombrero pardo, las láminas oscuras y el pie fino, es la morfología más repetida y menos resoluble de toda la micología. Bajo ese aspecto banal hay decenas de géneros distintos, y algunos matan.
La amenaza concreta tiene dos nombres. Galerina marginata crece en grupos sobre madera muerta, tocones y restos leñosos enterrados; es pequeña, pardo miel, decolorante al secarse, con un anillo en el pie, y contiene amatoxinas en concentración comparable a la de una Amanita phalloides. Como la madera enterrada puede pasar inadvertida bajo el césped, aparece con frecuencia en lo que a simple vista parece un prado limpio. El segundo nombre es Pholiotina rugosa, durante mucho tiempo llamada Conocybe filaris: un hongo minúsculo de jardines, parques y bordes de camino, también con amatoxinas. Varias intoxicaciones mortales publicadas en la literatura médica se originaron precisamente al confundir estos hongos con especies pequeñas de Psilocybe.
Y no existe truco alguno que resuelva la duda. Las supersticiones heredadas son falsas, todas: la plata no se oscurece ante las amatoxinas, los animales que roen un hongo no sirven de indicador porque su fisiología no es la nuestra, el olor agradable no significa nada, pelar la cutícula no retira nada, y hervir la seta y desechar el caldo no destruye unos péptidos que aguantan la cocción sin alterarse. Quien decida en el campo apoyándose en cualquiera de esas ideas está apostando su hígado.
Qué dice la ley española
España es parte del Convenio de 1971 y aplica su Lista I a la psilocibina y la psilocina a través de la normativa nacional de sustancias psicotrópicas. Los tribunales han venido entendiendo que un hongo que contiene una sustancia fiscalizada queda sujeto al mismo régimen que la sustancia, de manera que cultivarlo, elaborarlo, transportarlo, venderlo o cederlo se encuadra en los delitos contra la salud pública del Código Penal. Fuera del ámbito penal, la Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana tipifica como infracción grave el consumo o la tenencia en vías y espacios públicos, con sanción económica. No hay en la legislación española excepción de uso ritual, tradicional ni personal.
Si alguien se pone enfermo tras comer setas
La respuesta correcta es una sola: servicio de urgencias, y llevar consigo lo que quede —setas crudas sobrantes, restos del plato, mondaduras, incluso la bolsa donde se recogieron—. Esos restos permiten identificar la especie y orientan el tratamiento; sin ellos el equipo médico trabaja a ciegas. El Instituto Nacional de Toxicología responde a profesionales y particulares durante las veinticuatro horas del día en el 91 562 04 20.
Merece la pena repetir algo que la gente desconoce y que decide desenlaces: cuando la intoxicación se debe a amatoxinas, el cuadro tarda entre seis y veinticuatro horas en manifestarse. Primero llega una fase digestiva violenta, y después el paciente parece mejorar durante uno o dos días mientras la lesión hepática avanza en silencio. Ese periodo de calma es la parte peligrosa, no un signo de curación. Cualquier síntoma que aparezca muchas horas después de una comida de setas obliga a acudir al hospital de inmediato, sin esperar a ver cómo evoluciona y sin ensayar remedios de ninguna clase.
Los caracteres descritos no autorizan nada
Todo lo que este artículo describe —medidas, colores, forma de las esporas, hábitat— es documentación, no un permiso. Una identificación válida requiere el ejemplar entero, fresco y extraído con la base del pie intacta, porque en varios géneros mortales los caracteres decisivos están enterrados; requiere además esporada, y con frecuencia microscopio. Quien puede hacerlo es un micólogo con formación o una sociedad micológica, y en España las hay en prácticamente todas las provincias, con jornadas de revisión de cestas abiertas al público. Una descripción en pantalla o una fotografía no cumplen esa función, y las aplicaciones de reconocimiento automático tampoco.
En resumen
Psilocybe mexicana es un hongo pequeño de praderas de montaña del centro y sur de México, de sombrero cónico con mamelón agudo, pie filiforme sin anillo y esporada pardo violácea, capaz de formar esclerocios subterráneos. Su papel histórico es considerable: la velada mazateca documentada por Robert Gordon Wasson en Huautla de Jiménez en 1955, la descripción de la especie por Roger Heim en 1957 y su cultivo en París permitieron que Albert Hofmann aislara en Basilea la psilocibina y la psilocina en 1958. Ese proceso tuvo un coste que recayó entero sobre la comunidad mazateca y sobre María Sabina, arruinada y repudiada por haber abierto una práctica curativa al exterior. La especie no crece en España, sus compuestos están en la Lista I del Convenio de 1971 y bajo fiscalización nacional, y el riesgo micológico serio en nuestros prados es confundir un hongo pequeño y pardo con Galerina marginata o Pholiotina rugosa, que contienen amatoxinas mortales. Ante síntomas tardíos tras una comida de setas: urgencias con los restos, y el 91 562 04 20.