Cuando el prado ya está helado por las mañanas y el otoño micológico se da por terminado, en los pastos aparece una seta pardusca de aspecto vulgar que se delata al arrancarla: el pie es violeta. Ese contraste entre un sombrero apagado y un pie coloreado define a la pie violeta, cuyo nombre científico válido hoy es Lepista saeva, aunque medio siglo de bibliografía y de tratos en el mercado la ha llamado Lepista personata, y ambos nombres siguen circulando a la vez.

Lo que sigue describe la especie con la precisión que permite un texto. Sirve para entenderla, no para decidir qué acaba en el plato. Una descripción no determina un hongo y una foto tampoco; ninguna de las dos ve el ejemplar concreto, ni su olor, ni el color exacto de la esporada, ni lo que hay bajo tierra. Si la intención es consumir, los ejemplares se llevan enteros —con la base del pie extraída, no cortada— a una sociedad micológica o a un micólogo que los examine en mano.

Lepista personata con el pie de tono violeta y sombrero pardo

Nombre correcto y sinónimos

El basiónimo es Agaricus saevus Fr., y la combinación aceptada en la nomenclatura actual es Lepista saeva (Fr.) P.D. Orton. Lepista personata (Fr.) Cooke figura como sinónimo, y en obras antiguas aparece también como Tricholoma personatum, Tricholoma saevum o Rhodopaxillus saevus. El género Lepista ha bailado durante décadas entre Clitocybe y Tricholoma; los análisis moleculares lo sitúan hoy dentro de la familia Tricholomataceae, próximo a Clitocybe. En castellano se conoce como pie violeta, pie azul de pradera o seta de San Martín, y en catalán como pixacà o cama-sec violeta según comarca.

Sombrero, láminas y esporada

El sombrero mide de seis a quince centímetros, ocasionalmente hasta veinte en ejemplares de pasto abonado. Empieza hemisférico con el margen enrollado hacia dentro y termina convexo o casi plano, a veces con el borde ondulado y levantado. Su color es pardo pálido, ocráceo, gris beige o carne sucio, sin nada llamativo: es la parte anodina de la seta. La superficie es lisa, algo grasienta con humedad y mate en tiempo seco, y en los ejemplares jóvenes puede mostrar una pruina blanquecina fugaz.

Las láminas son apretadas, desiguales, escotadas o casi libres junto al pie —no decurrentes—, y de color blanquecino que vira a crema o a ocráceo rosado con la edad. Se separan de la carne del sombrero con relativa facilidad, un rasgo del género.

La esporada es de un rosa muy pálido, crema rosáceo. No es blanca pura ni ferruginosa, y ese matiz importa más de lo que parece: es lo que sitúa el hongo entre las Lepista y lo aleja de los Cortinarius, cuya esporada es pardo ferruginosa y sucia. Se obtiene dejando un sombrero maduro boca abajo sobre papel blanco durante varias horas, tapado con un vaso.

El pie: el carácter que da nombre

Es aquí donde está la seta. El pie mide de cuatro a diez centímetros de alto por uno y medio a tres de grosor, es macizo, robusto, fibroso longitudinalmente y con frecuencia engrosado en la base. Su color es violeta claro, lila o azulado violáceo, más intenso en los ejemplares jóvenes y en la mitad superior, cubierto de fibrillas del mismo tono sobre fondo más pálido. Con la edad y con el sol el violeta se apaga hacia el grisáceo, de manera que los ejemplares viejos pueden llegar casi decolorados.

La carne es gruesa, compacta, blanca o levemente violácea junto a la corteza del pie, y no cambia de color al corte. El olor es fuerte, agradable, descrito como afrutado o perfumado, algo dulzón, distinto del olor a harina fresca de otras especies de pastizal; el sabor es suave y dulce. Ese perfume acompaña a la seta y ayuda en el conjunto, pero ningún olor certifica comestibilidad: hongos mortales huelen bien y hongos inocuos huelen mal.

Pastos, prados y corros de bruja

No es micorrícica: vive como saprófita, descomponiendo restos vegetales del suelo. Su terreno son los pastizales, prados de siega, dehesas aclaradas, majadas, cunetas herbosas, jardines y bordes de camino, con predilección por suelos ricos en nitrógeno y por zonas que han recibido ganado. También sale en claros de bosque cubiertos de hierba y bajo setos, pero su medio es la hierba, no la hojarasca del bosque cerrado.

Fructifica en grupos, en filas o formando corros, esos anillos de setas que la tradición llamó corros de brujas y que tienen una explicación sencilla: el micelio se expande radialmente desde un punto de origen, agota los nutrientes del centro y fructifica en la corona activa de la periferia, ampliándose cada temporada. Dentro del corro la hierba suele crecer más verde y densa por el nitrógeno que libera el hongo al degradar la materia orgánica.

La temporada es tardía: de finales de octubre a enero, con el grueso en noviembre y diciembre, y con fructificaciones puntuales en febrero si el invierno es benigno. Necesita frío y humedad, y aguanta heladas ligeras que ya han terminado con casi todo lo demás. En la península es frecuente en la meseta norte, el valle del Ebro, las dehesas del oeste, la cornisa cantábrica y las zonas herbosas de montaña media; en el litoral mediterráneo aparece en los inviernos húmedos.

Ejemplares de pie violeta en pastizal

Separarla de Lepista nuda

La pregunta que surge siempre. Lepista nuda, la pie azul, comparte género, época tardía y afición al frío, y ambas se venden juntas. La diferencia es de distribución del color:

En L. saeva el violeta se limita al pie; el sombrero y las láminas son pardos o crema, sin rastro de tono lila. En L. nuda el violeta cubre todo el cuerpo: sombrero, láminas y pie comparten el tono violáceo intenso en los ejemplares jóvenes, aunque el sombrero se decolora hacia el pardo con la edad y puede confundir. A esto se añade el hábitat: L. saeva es de pasto abierto, mientras L. nuda prefiere la hojarasca de bosque, los setos y los montones de compost. Y el olor difiere: el de L. nuda es más perfumado y anisado, el de L. saeva más afrutado.

Como error carece de gravedad, porque ambas son comestibles apreciados. Pero se dice por rigor descriptivo, no porque el parentesco autorice a recoger lo que uno crea que es una u otra.

Donde está el peligro real: los Cortinarius

Aquí no hay margen. Varios Cortinarius de tonos violáceos crecen en la misma época y pueden aparecer en zonas herbosas próximas al arbolado, y algunos son gravemente tóxicos. Estos son los caracteres que los separan, y ninguno es opcional:

La cortina. Los Cortinarius jóvenes llevan un velo de filamentos finísimos, como una telaraña, tendido entre el margen del sombrero y el pie. Al abrirse el sombrero esa cortina se rompe y sus restos quedan adheridos al pie formando un anillo difuso de fibrillas que, al caer las esporas encima, se tiñe de pardo herrumbre. Lepista saeva no tiene cortina en ningún momento de su desarrollo, ni velo de ninguna clase, ni anillo.

La esporada. Rosa crema muy pálida en Lepista; pardo ferruginosa, oxidada, en Cortinarius. Es la comprobación decisiva y solo pide papel blanco y unas horas de espera.

Las láminas maduras. En Cortinarius acaban tomando el color de sus esporas, un pardo canela u ocre óxido inconfundible; en L. saeva se quedan en crema o crema rosáceo.

El hábitat. Los Cortinarius son micorrícicos y salen bajo árboles —hayas, robles, coníferas—, no en medio de un prado abierto. Encontrar una supuesta pie violeta bajo arbolado es motivo para desconfiar, no para alegrarse.

El riesgo tiene nombre químico: la orellanina, presente en Cortinarius orellanus, C. rubellus (C. speciosissimus) y especies afines del subgénero Leprocybe. Es una nefrotoxina, y su peculiaridad es el retraso extremo del cuadro: los síntomas pueden tardar de dos días a tres semanas en manifestarse, con sed intensa, poliuria y después insuficiencia renal, cuando ya nadie relaciona el malestar con aquella comida de hace quince días. No existe antídoto, y parte de los intoxicados han acabado en diálisis o trasplante. Ese retraso es la razón por la que los Cortinarius no se tocan salvo determinación de especialista.

Otras especies que aparecen en el mismo prado

Entoloma sinuatum (antes E. lividum), la seta engañosa. Crece en claros herbosos de bosques de frondosas, es robusta, con sombrero gris claro sedoso y láminas que viran a rosa asalmonado al madurar, con esporada rosa intensa. Provoca gastroenteritis severas. Se separa por las láminas claramente rosadas, la esporada rosa fuerte, el olor a harina rancia y la ausencia total de violeta en el pie, que es blanquecino.

Clitocybe blancas de pradera del grupo de C. dealbata y C. rivulosa, pequeñas, blanquecinas, con láminas decurrentes y esporada blanca, que contienen muscarina y salen en los mismos pastizales, a veces en los mismos corros. Nada tienen del porte robusto ni del pie violeta de L. saeva, pero comparten terreno y época, así que conviven en la cesta si no se separan los ejemplares uno a uno.

Lepista sordida, más pequeña, grácil e higrófana, con tonos violáceos en todo el cuerpo, comestible mediocre y sin consecuencias.

Trucos caseros que no valen nada

La cuchara de plata no ennegrece con las setas venenosas; esa creencia procede de una química equivocada. Que un caracol, una babosa o un jabalí se coma un hongo no dice nada sobre nosotros, porque metabolizan de otra manera. El olor agradable no descarta toxicidad —Amanita phalloides huele bien y Cortinarius orellanus tiene olor a rábano, nada alarmante—. Cocer y tirar el agua no destruye la orellanina ni las amatoxinas, que resisten el calor, y pelar el sombrero es inútil porque la toxina está en toda la carne. Se recogen aquí solo para dejarlas descartadas.

Ante una sospecha de intoxicación

Se acude a urgencias con restos de las setas, crudas o cocinadas, incluidos los recortes de la limpieza si aún están en la basura; la identificación del hongo orienta el tratamiento. El teléfono del Instituto Nacional de Toxicología es el 91 562 04 20, operativo todo el día.

Un cuadro que tarda en aparecer es una urgencia mayor, no menor. Con orellanina el retraso llega a semanas. Con las amatoxinas de Amanita phalloides, A. verna, A. virosa, algunas Lepiota pequeñas y Galerina marginata, los primeros vómitos y diarreas aparecen entre seis y veinticuatro horas después de la comida, y a continuación se abre una ventana de falsa mejoría en la que el paciente parece recuperarse mientras el hígado ya está lesionado. Sentirse mejor no significa estar mejor. En ambos casos se va al hospital y no se administra nada por cuenta propia.

En resumen

Lepista saeva, la pie violeta, es la seta cuyo nombre válido convive con el más difundido Lepista personata. Su combinación característica es un sombrero pardo pálido u ocráceo sin tonos lila, láminas escotadas de color crema, esporada rosa muy pálida, carne compacta de olor afrutado y un pie robusto de color violeta claro. Saprófita de pastos, prados y dehesas nitrogenadas, fructifica en grupos y corros entre finales de octubre y enero, resistiendo el frío que ya ha acabado con la temporada de bosque. Se distingue de Lepista nuda porque en aquella el violeta cubre todo el carpóforo y no solo el pie, y su riesgo verdadero está en los Cortinarius violáceos: cortina telarañosa, anillo fibriloso pardo, esporada ferruginosa y láminas herrumbrosas, con la orellanina de C. orellanus y C. rubellus capaz de destruir un riñón semanas después de la comida. Todo lo descrito es información descriptiva y no una autorización: la determinación con vistas al consumo la hace un micólogo con el ejemplar completo delante, y ante síntomas tardíos se acude a urgencias con los restos y se llama al 91 562 04 20.


Contenidos relacionados