Alrededor de la germinación circula un repertorio de remedios que van desde lo perfectamente fundamentado hasta la superstición pura, y todos se cuentan con el mismo tono de confidencia. Separarlos no es difícil, porque los que funcionan tienen detrás un mecanismo concreto que se puede nombrar, y los que no funcionan se apoyan siempre en una analogía. Aquí van unos y otros, con el motivo en cada caso.
Funciona: remojar las semillas de cubierta dura
Muchas leguminosas leñosas, malváceas y cannáceas producen semillas con una dormición física: el tegumento se impermeabiliza al madurar mediante una capa de células en empalizada con paredes lignificadas y depósitos de suberina, y el agua sencillamente no entra. En la naturaleza esa barrera se rompe con el paso de los años, con el fuego o con el paso por el tubo digestivo de un animal, y sirve para escalonar la germinación a lo largo del tiempo.
Un remojo de 12 a 24 horas en agua a temperatura ambiente resuelve el caso leve. Para tegumentos muy duros —acacias como Acacia saligna, algarrobo (Ceratonia siliqua), árbol del amor (Cercis siliquastrum), falsa acacia (Robinia pseudoacacia)— funciona mejor verter agua muy caliente, en torno a 80 °C, sobre las semillas y dejarla enfriar sola hasta la mañana siguiente. También sirve la escarificación mecánica: frotar un lado de la semilla con papel de lija fino hasta que se adivine el color más claro de debajo, sin llegar al embrión.
La comprobación es inmediata y no requiere fe: una semilla que ha absorbido agua se hincha visiblemente y a veces duplica su tamaño. Las que a las veinticuatro horas siguen igual de duras y del mismo tamaño no han imbibido, y esas son justamente las que necesitan lija.
Dónde no aplicarlo. En semillas pequeñas de hortaliza —lechuga, coles, zanahoria— el remojo no aporta nada y las deja pegajosas e imposibles de manipular. Y en ninguna especie conviene pasar de las 24 o 36 horas: el embrión respira, y sumergido más tiempo del debido se queda sin oxígeno y muere. Las palmeras son la excepción razonable, con remojos de dos o tres días cambiando el agua a diario.
Funciona: la prueba del papel húmedo antes de gastar sustrato
Antes de dedicar una bandeja, seis semanas y un rincón luminoso a un sobre de dudosa procedencia, sale a cuenta comprobar si esa semilla está viva. Se colocan diez o veinte semillas sobre papel de cocina humedecido —no empapado—, se dobla, se mete en una bolsa de plástico cerrada y se deja a la temperatura óptima de la especie. A los días que corresponda se cuenta cuántas han emitido radícula.
El resultado es directamente el porcentaje de germinación, y con él se decide: por encima del 80 % se siembra con normalidad; entre el 50 y el 80 % se aumenta la densidad de siembra para compensar; por debajo del 30 % lo sensato es comprar semilla nueva antes que ocupar el semillero con huecos.
Dos límites. La prueba no vale para especies con dormición fisiológica, que necesitan meses de frío y darían un cero engañoso. Y las semillas germinadas en el papel se pueden pasar a sustrato, pero con mucho cuidado y solo si la radícula es corta, porque en cuanto pasa de unos milímetros se rompe al manipularla.
Funciona: sembrar a la profundidad correcta
La regla de oro es cubrir la semilla con una capa de sustrato de dos a tres veces su diámetro. Es una regla vieja y sigue siendo la más útil de todas, porque resuelve un compromiso entre dos riesgos opuestos.
Enterrada de más, la plántula agota las reservas del cotiledón durante el trayecto y muere sin llegar a la superficie: eso explica buena parte de las siembras que "no nacieron" sin más. Enterrada de menos, la semilla queda en el centímetro superior, que es la franja que se seca antes, y se deshidrata en pleno proceso, que es un daño irreversible.
Traducido a números: una semilla de calabaza, de un centímetro, se siembra a dos o tres centímetros. Una de tomate, de dos milímetros, a cuatro o cinco milímetros. Una de lechuga o de zanahoria, de un milímetro, apenas se cubre. Y las semillas polvorientas —petunia, begonia, digital— no se cubren en absoluto: se depositan sobre la superficie, se presionan ligeramente para que hagan contacto y se riegan por capilaridad para no arrastrarlas.
Funciona: respetar si la semilla pide luz u oscuridad
Este es el motivo silencioso de un montón de fracasos que se atribuyen a semilla vieja. Muchas especies tienen la germinación regulada por fitocromo, un pigmento que existe en dos formas intercambiables y que actúa como sensor: la luz roja lo convierte en su forma activa, que dispara la germinación, y la ausencia de luz o el exceso de rojo lejano lo devuelve a la forma inactiva.
De ahí salen dos grupos. Las fotoblásticas positivas necesitan luz para germinar y no germinan enterradas: lechuga (Lactuca sativa), apio (Apium graveolens), petunia (Petunia × hybrida), begonia (Begonia semperflorens), boca de dragón (Antirrhinum majus), digital (Digitalis purpurea), Nicotiana, la mayoría de las cactáceas, muchos Ficus y, en general, casi toda semilla muy pequeña. Tiene sentido evolutivo: una semilla diminuta no tiene reservas para emerger desde tres centímetros de profundidad, así que la naturaleza le impide germinar donde no podría salir.
Las fotoblásticas negativas hacen lo contrario y se inhiben con luz: cebolla y puerro (Allium cepa, A. porrum), Nigella damascena, Delphinium, caléndula (Calendula officinalis), Cyclamen, Phacelia y buena parte de las liliáceas. Estas piden entierro real y a veces oscuridad completa.
La consecuencia práctica es que cubrir una semilla de petunia con sustrato o dejar destapada una de cebolla condena la siembra por completo, con independencia de lo bien que se haga todo lo demás. Cuando las fotoblásticas positivas se dejan en superficie, la cubierta útil es una capa fina de vermiculita, que conserva humedad y deja pasar luz.
No funciona: el agua oxigenada
El argumento es que aporta oxígeno al embrión y desinfecta la semilla. Es cierto que el peróxido de hidrógeno se emplea en laboratorio para desinfectar la superficie de semillas antes de cultivo in vitro, pero se hace a concentraciones altas, durante minutos contados y con aclarado inmediato, y su objetivo no es germinar mejor sino evitar contaminación en un medio estéril.
En un vaso de agua de la cocina, con el agua oxigenada de tres por ciento del botiquín diluida a ojo, la cosa no se sostiene por dos vías. Una, el oxígeno liberado se disipa en minutos y el sustrato húmedo tiene su propio oxígeno disuelto. Dos, si la concentración se sube para desinfectar de verdad, el mismo poder oxidante daña el embrión, y se paga con germinación más baja. Los ensayos comparativos no muestran ventaja consistente. Es un paso que se puede saltar sin pérdida.
No funciona: la manzanilla como fungicida
La infusión de manzanilla (Matricaria chamomilla) para prevenir la caída de plántula se repite en cualquier manual de horticultura tradicional. La planta contiene compuestos —bisabolol, camazuleno, apigenina— con actividad antimicrobiana demostrada en placa de laboratorio, y de ahí viene la idea.
El problema es el salto de escala. Las concentraciones a las que esos compuestos inhiben a un hongo en placa son órdenes de magnitud superiores a las que quedan en una infusión doméstica regada sobre un sustrato, donde además se diluyen, se adsorben en la materia orgánica y se degradan en horas. No existen ensayos que muestren control de Pythium o Rhizoctonia en semillero con este método. No hace daño y a nadie le arruina la siembra, pero confiar en ella en lugar de ventilar y regar por abajo sí puede arruinarla.
Cabe decir algo parecido, con matices, de la canela: el cinamaldehído tiene actividad antifúngica real y algunos ensayos con extractos concentrados dan resultados apreciables, pero espolvorear canela molida sobre el sustrato no reproduce esas condiciones. Efecto modesto en el mejor de los casos.
No funciona: sembrar según la fase lunar
El calendario lunar propone que la luna creciente favorece lo que crece hacia arriba y la menguante lo que crece bajo tierra. Ni la fisiología ni los datos lo respaldan.
Los dos mecanismos que se invocan no dan la talla numérica. La luz de la luna llena ronda 0,1 a 0,3 lux, muy por debajo del umbral al que el fitocromo de una semilla responde, y además esa semilla está enterrada. La atracción gravitatoria lunar produce mareas apreciables en masas oceánicas de miles de kilómetros; sobre los veinte mililitros de agua de un alveolo, la diferencia de fuerza entre luna llena y luna nueva es despreciable frente a la tensión capilar del propio sustrato.
Las revisiones que han recopilado los ensayos publicados sobre siembra lunar no encuentran efectos reproducibles. Lo que sí tiene el calendario lunar es una utilidad indirecta y honesta: ordena el trabajo y obliga a sembrar en fechas fijas. Ese es el mérito, y no hace falta atribuirle otro.
No funciona: el congelador aplicado a lo que no lo necesita
Aquí hay una confusión entre dos cosas distintas. La estratificación fría es un tratamiento real y necesario para especies con dormición fisiológica: consiste en mantener la semilla húmeda, a entre 2 y 5 °C, durante semanas o meses. Durante ese periodo se degradan progresivamente los inhibidores del embrión y sube la sensibilidad a las giberelinas. Es el frío del invierno reproducido en un frigorífico, no un golpe de frío.
Meter un sobre de semillas seco en el congelador durante una noche no reproduce nada de eso, porque falta la humedad y falta el tiempo. Y en semilla ya hidratada la congelación es directamente destructiva: se forman cristales de hielo que rompen las membranas celulares del embrión.
Lo que sí pide estratificación, y en frigorífico y no en congelador: arces (Acer palmatum, A. pseudoplatanus), rosáceas leñosas como manzano, cerezo y endrino (Malus, Prunus spp.), fresnos (Fraxinus), rosales de especie (Rosa canina), tejo (Taxus baccata), coníferas de montaña como abetos y píceas, y muchas vivaces alpinas. Se mezclan con vermiculita o arena húmeda en una bolsa, se anota la fecha y se dejan de uno a tres meses según especie.
Lo que no lo necesita, que es casi todo lo que se siembra en un huerto: hortalizas, aromáticas mediterráneas, anuales de temporada, cactáceas, palmeras y árboles de clima cálido. Aplicarles frío no mejora nada y solo retrasa la siembra. La secuoya (Sequoia sempervirens), pese a ser conífera, pertenece a este grupo y germina sin tratamiento previo.
En resumen
Los trucos con fundamento son cuatro: remojar o escarificar lo que tiene el tegumento impermeable, comprobando que la semilla se hincha; probar la viabilidad en papel húmedo antes de ocupar el semillero; sembrar a dos o tres veces el diámetro de la semilla; y averiguar si la especie es fotoblástica positiva o negativa, porque enterrar una petunia o dejar destapada una cebolla anula la siembra entera. Los que no aportan son el agua oxigenada, la manzanilla como fungicida, la fase lunar —cuyo único mérito es ordenar el calendario de trabajo— y el congelador aplicado a especies que no tienen dormición fisiológica, que además no es lo mismo que la estratificación en frigorífico. Lo que ocurre después de que la semilla germine se trata en los demás artículos de esta sección.