Un buen sustrato de semillero no se elige por lo que alimenta, sino por cómo se comporta el agua dentro de él. Es un asunto de física: tamaño de partícula, volumen de poro y la manera en que ambos reparten aire y humedad en un recipiente que apenas tiene cinco centímetros de profundidad. La riqueza en nutrientes, que es lo primero que mira quien compra un saco, aquí importa poco y en exceso hace daño.

Bandeja de semillero llena de sustrato fino

Dos exigencias que se contradicen

La semilla que acaba de romper el tegumento necesita a la vez humedad constante y oxígeno. Necesita humedad porque su radícula, con apenas unos milímetros, no puede ir a buscar agua a ningún sitio: si la película que la rodea se seca durante unas horas, muere. Y necesita oxígeno porque la raíz respira, y una raíz sumergida en agua sin aire fermenta y se pudre en poco más de un día.

El conflicto es real: cuanta más agua retiene un material, menos aire le queda. Se resuelve mezclando dos componentes con papeles opuestos, uno que absorbe y otro que abre huecos. Ese es todo el secreto de las fórmulas de semillero.

La curva de retención y por qué manda la altura del recipiente

Cuando se riega un recipiente hasta saturarlo y se deja drenar, el agua no se va del todo. La gravedad vacía los poros grandes y la tensión superficial retiene el agua en los pequeños. El agua que queda en los poros más finos está sujeta con tanta fuerza que la raíz no puede extraerla: es agua presente e inútil.

Lo importante es que la fuerza que vacía los poros depende de la altura de la columna de sustrato. En una maceta de treinta centímetros, la parte alta drena bien porque tiene treinta centímetros de tirón por debajo. En un alveolo de cuatro centímetros, ese tirón es mínimo y todo el volumen se queda cerca de la saturación. Por eso un sustrato que funciona perfectamente en maceta grande se encharca en bandeja: no ha cambiado el material, ha cambiado la geometría. Un sustrato de semillero tiene que estar formulado con más aire del que parecería necesario, precisamente porque el recipiente trabaja en su contra.

Granulometría: por qué se pide grano fino

Un sustrato de semillero se tamiza fino, con partículas de entre 0 y 5 milímetros y sin fibras largas. Hay tres motivos.

El primero es el contacto. La semilla absorbe agua por toda su superficie; si queda apoyada sobre trozos gruesos, toca sustrato en dos puntos y aire en el resto, y la imbibición es lenta e irregular. El segundo es la uniformidad de la siembra: con grano grueso no se puede controlar la profundidad de una semilla de lechuga que mide un milímetro. El tercero es el paso de la radícula, que en los primeros días tiene una fuerza ridícula y no aparta terrones.

Fino no significa polvo. Un material demasiado molido se apelmaza con el primer riego y forma una costra en superficie que la plántula no atraviesa. El punto está en un grano homogéneo y suelto, no en la finura máxima.

Pobre a propósito: la plántula come de la semilla

Durante los primeros días, la plántula no se alimenta del sustrato. Vive de las reservas del endospermo o de los cotiledones, que traen almidón, grasas y proteínas suficientes para llegar hasta las primeras hojas verdaderas. Solo a partir de ahí empieza a depender de lo que la raíz encuentre.

Eso convierte los nutrientes tempranos en un problema y no en una ayuda. Un sustrato muy fertilizado o con estiércol fresco tiene alta conductividad eléctrica: muchas sales disueltas en poca agua. La radícula, que es una estructura sin epidermis suberificada, pierde agua por ósmosis hacia ese medio salino en lugar de absorberla. El resultado es una punta parda y seca, la plántula se queda parada y con frecuencia se le atribuye a un hongo lo que es una quemadura química. La referencia habitual para semillero está por debajo de 0,8 dS/m, muy lejos de los sustratos de cultivo normales.

Lo que sí se hace es abonar a partir de las primeras hojas verdaderas, con una solución muy diluida, cuando la planta ya tiene raíz capaz de gestionarla. Muchos sustratos comerciales de germinación traen una carga inicial ligera para cubrir esas dos o tres primeras semanas, y basta.

Los componentes y qué papel cumple cada uno

Turba rubia de Sphagnum. La base clásica. Retiene varias veces su peso en agua, tiene estructura fibrosa fina y viene libre de patógenos y de semillas de hierba. Su pH ronda 3,5 a 4,5, por lo que se comercializa corregida con caliza hasta 5,5 o 6. Tiene un defecto conocido: si se deja secar del todo se vuelve hidrófoba y el agua le resbala; recuperarla exige remojo lento. Y su extracción de turberas es un problema ambiental serio, que es lo que ha impulsado las alternativas.

Fibra de coco. Subproducto del mesocarpo del cocotero, con pH más cercano al neutro y mejor rehumectación que la turba. Exige comprobar que esté lavada, porque el coco sin tratar arrastra sodio, cloro y potasio en cantidades que disparan la conductividad. Retiene algo menos de agua disponible que la turba rubia y suele dar mejores resultados combinada con ella que sola.

Perlita. Roca volcánica expandida a más de 800 °C. Es rígida, inerte y llena de poros cerrados: prácticamente no retiene agua, y su función es exclusivamente crear macroporos, es decir, aire. Aporta estabilidad estructural, no humedad.

Vermiculita. Mica exfoliada por calor. A diferencia de la perlita, sus láminas sí retienen agua y además tienen capacidad de intercambio catiónico, de modo que sujetan nutrientes. Aporta aire y humedad a la vez, pero se comprime con el uso y pierde estructura antes que la perlita. Es la elección típica para la fina capa que cubre la semilla.

La mezcla habitual de partida es dos partes de turba rubia o coco por una de perlita o vermiculita. Con semillas muy finas se sube la proporción de material retentivo; con especies sensibles al exceso de agua —cactáceas, suculentas, aromáticas mediterráneas— se sube la de perlita hasta la mitad del volumen y se añade algo de arena de sílice lavada.

Por qué la tierra del jardín no sirve

Falla por las dos vías. Por estructura: un suelo franco o arcilloso debe su porosidad a los agregados que forman raíces, materia orgánica y fauna, y esos agregados se deshacen en cuanto se mete la tierra en un recipiente y se riega por encima. Lo que queda es un bloque compacto en el que el agua se estanca arriba y el aire no entra.

Y por inóculo: cualquier tierra de exterior contiene propágulos de Pythium, Rhizoctonia y Fusarium, además de nematodos y de un banco de semillas de hierbas que germinarán antes que el cultivo. En pleno campo esa carga está en equilibrio con la microbiota del suelo; en un alveolo templado, húmedo y cerrado, el equilibrio desaparece y las condiciones favorecen justamente a los patógenos.

Compost maduro y bien tamizado puede entrar en la mezcla en pequeña proporción, hasta un quinto del volumen, cuando se busca algo de nutrición para plantas que van a pasar tiempo en el recipiente. Compost sin terminar de madurar, no: sigue consumiendo nitrógeno y calentando.

Esterilizar: cuándo tiene sentido y cuándo es contraproducente

La turba y el coco comerciales salen del proceso industrial prácticamente sin patógenos, así que esterilizar un saco nuevo no aporta nada. La cosa cambia si se ha incorporado tierra, compost casero o material reutilizado.

El tratamiento térmico doméstico consiste en llevar el sustrato húmedo a unos 70 u 80 °C durante media hora, ya sea al horno o al vapor. Y tiene un límite que conviene entender: por encima de esa temperatura, y sobre todo pasados los 100 °C, el remedio empeora la situación. Se libera amonio en cantidad, se elevan el manganeso soluble y la conductividad, y se elimina también la microbiota competidora. Un sustrato así queda como terreno vacío: el primer hongo que llegue del aire o de una regadera sucia lo coloniza sin oposición, y suele ser más agresivo de lo que había antes. La solarización en verano, con el sustrato húmedo en bolsa negra al sol durante varias semanas, es más lenta pero más suave y no arrasa la vida útil.

Reutilizar sustrato de una tanda anterior es mala idea aunque se esterilice: además del riesgo sanitario, la estructura ya se ha comprimido, los poros grandes han desaparecido y las sales de los riegos se han concentrado.

En resumen

Un sustrato de semillero se juzga por su porosidad, su granulometría fina y homogénea y su pobreza en sales, no por su contenido en nutrientes. La mezcla de turba rubia o fibra de coco con perlita o vermiculita, en torno a dos por uno, resuelve la contradicción entre retener agua y mantener aire en un recipiente demasiado bajo para drenar bien. La tierra de jardín falla porque se compacta y porque trae inóculo, y la esterilización solo tiene sentido cuando se ha incorporado material sospechoso, siempre por debajo de los 80 °C. La temperatura que ese sustrato debe alcanzar, el riego que recibe y los problemas sanitarios que aparecen cuando algo de esto falla se tratan en otros artículos de la sección.


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