Julio invierte por completo el problema del semillero. Ya no hay que aportar calor: hay que quitarlo, y hay que reponer un agua que se evapora a una velocidad que en marzo resultaría inimaginable. Un alveolo de veinte mililitros expuesto al sol de mediodía en La Mancha pasa de húmedo a seco en cuatro horas, y una plántula recién emergida no sobrevive a eso. Pero el obstáculo más difícil de detectar no es la sequedad, porque al menos se ve; es un mecanismo fisiológico que bloquea la germinación con la semilla perfectamente húmeda.
Termoinhibición: la semilla mojada que se niega a nacer
Por encima de cierto umbral térmico, algunas semillas dejan de germinar de forma activa. No mueren ni se secan: entran en un estado llamado termoinhibición, en el que el embrión está vivo, hidratado y bloqueado. Bajada la temperatura, esas mismas semillas germinan sin problema días o semanas después.
El mecanismo se conoce bien en lechuga (Lactuca sativa), que es el caso clásico. El calor mantiene alta la síntesis de ácido abscísico en el embrión y frena a la vez la producción de las enzimas que debilitan la capa de endospermo que rodea a la radícula. La semilla queda con el freno puesto y sin la llave para abrir la puerta. En la mayoría de variedades el efecto empieza a notarse a partir de 25 °C y es casi total por encima de 28 a 30 °C.
Hay dos consecuencias prácticas. La primera es que regar más no arregla nada, y de hecho empeora las cosas, porque el sustrato encharcado y caliente es el escenario ideal para los hongos de suelo. La segunda es que la respuesta a la luz cambia: la lechuga es fotoblástica positiva —necesita luz para germinar— y bajo calor esa exigencia se vuelve mucho más estricta, así que enterrar la semilla más de tres o cuatro milímetros en agosto es garantía de que no salga.
El mismo comportamiento, con umbrales algo distintos, aparece en la espinaca (Spinacia oleracea), que prácticamente no germina por encima de 27 °C, en el apio, en la escarola y en el perejil. En cambio las coles germinan perfectamente a 28 o 30 °C: su problema en verano no es la semilla sino la plántula, que se deshidrata.
Cómo se sortea el umbral
Todo consiste en que la semilla pase sus primeros dos o tres días por debajo de la temperatura crítica, aunque el resto del ciclo transcurra al calor.
Sembrar y germinar dentro de casa. Lo más simple. Una habitación interior en verano está entre 24 y 26 °C, que ya basta para lechuga. Un sótano o un garaje, entre 20 y 22 °C. La bandeja pasa ahí cuarenta y ocho horas y sale al exterior en cuanto se ven los cotiledones, sin darle tiempo a ahilarse.
Imbibición fría previa. La semilla se mantiene entre 24 y 48 horas a unos 10-15 °C sobre papel húmedo, en la parte menos fría del frigorífico. Durante esa hidratación en frío se completan los procesos que el calor bloqueaba, y una vez pasado ese punto la germinación continúa aunque suba la temperatura. Después se siembra con cuidado, porque la semilla ya hidratada es frágil.
Sembrar a última hora de la tarde. Regar y sembrar a las nueve de la noche entrega a la semilla las horas más frescas del ciclo justo cuando más importa, y evita que el primer riego se evapore en veinte minutos.
La desecación del alveolo, y el riego que la resuelve
El segundo frente es la evaporación. La superficie de sustrato expuesta en una bandeja de 150 huecos es enorme en relación con el volumen que contiene, y en verano ese desequilibrio se paga en horas.
El riego por capilaridad es la respuesta técnica: se apoya la bandeja de alveolos, que tiene agujeros en el fondo, dentro de una bandeja ciega con uno o dos centímetros de agua. El sustrato absorbe por succión y se detiene cuando está saturado. Con eso se consiguen tres cosas a la vez: la humedad llega desde abajo y dura mucho más, la superficie queda relativamente seca —lo que desactiva a los hongos que necesitan una película de agua en el cuello de la plántula— y no hay chorro que descalce nada. Conviene dejar que la lámina se agote antes de reponerla, para que el sustrato no viva permanentemente saturado.
Ayudan además dos detalles pequeños. Usar recipiente más grande de lo habitual: en verano un alveolo de 40 huecos con cincuenta mililitros por celda aguanta el doble que uno de 150. Y cubrir con vermiculita en vez de con sustrato, porque forma una capa que retiene humedad, deja pasar luz y no se apelmaza en costra con el calor.
La malla de sombreo y dónde se coloca
Una malla del 40 al 50 % de sombreo, tendida a treinta o cuarenta centímetros por encima de la bandeja, baja la temperatura del sustrato entre cuatro y siete grados y reduce mucho la evaporación. La separación importa: apoyada directamente sobre las plantas transmite el calor que ella misma acumula y no deja circular el aire.
El porcentaje tampoco debe pasarse. Por encima del 60 % de sombreo la plántula empieza a estirarse buscando luz y aparece el mismo ahilado que en invierno, solo que por el otro camino. La combinación que mejor funciona en el interior peninsular es sombreo por la tarde y sol directo por la mañana: media jornada de luz plena, y protección justo en las horas de máxima demanda evaporativa. Una pared orientada al este cumple ese papel gratis.
Al aire libre conviene además levantar la bandeja del suelo. Una superficie de cemento o de grava a pleno sol devuelve calor por debajo, y el fondo del alveolo es precisamente donde está la raíz.
Qué se siembra en verano
El semillero de julio y agosto no produce planta de verano —esa se sembró en invierno— sino planta de otoño e invierno. Es la siembra que sostiene el huerto de la estación fría.
Junio y julio. Las coles de ciclo largo: brócoli (Brassica oleracea var. italica), coliflor (var. botrytis), repollo y lombarda (var. capitata) y col rizada (var. sabellica). Se plantan en agosto y ocupan el bancal hasta enero o febrero. También puerro tardío, apio y apionabo, y las escarolas y achicorias para otoño.
Agosto. Lechugas de otoño de las variedades resistentes al calor —tipo batavia o romana de verano—, acelga, brásicas asiáticas como el pak choi (Brassica rapa subsp. chinensis), coles de Bruselas si la zona es fresca, y las últimas coliflores de ciclo corto.
Finales de agosto y septiembre. Espinaca, canónigo (Valerianella locusta), rúcula, y la cebolla de día corto para bulbo de primavera. Aquí la temperatura ya empieza a acompañar y el manejo se relaja.
En flor, el verano es el momento de las bienales que darán color en cuanto pase el invierno: pensamiento (Viola × wittrockiana) y viola cornuta sembrados en julio, alhelí (Matthiola incana), campanilla (Campanula medium) y Digitalis purpurea. También es buena época para semilla de cactáceas y suculentas, que agradecen el calor y no sufren termoinhibición, siempre con sustrato muy drenante y riego por capilaridad.
En resumen
En verano el semillero se pelea contra el exceso: la desecación del alveolo en pocas horas y la termoinhibición, que bloquea la germinación de lechuga, espinaca, apio o escarola por encima de 25 a 28 °C aunque la semilla esté húmeda. Se resuelve germinando esos dos o tres primeros días en un sitio fresco o con una imbibición previa en frío, y después con malla del 40-50 % separada de las plantas, riego por capilaridad, alveolo grande y siembra a última hora de la tarde. Lo que se siembra en esta época son las coles, el puerro, la escarola y las hortalizas que ocuparán el huerto en otoño e invierno. El caso contrario, el del sustrato demasiado frío, se trata en el artículo de semilleros de invierno.