Lo que se compra con el nombre de semilla de anís no es una semilla. Es un fruto seco entero, con su pared propia, y dentro de él va la semilla de verdad. La distinción parece un tecnicismo de herbario y no lo es: explica por qué el anís conserva su aroma durante meses, por qué germina peor de lo esperado y por qué su siembra tiene reglas distintas a las de una semilla desnuda. Lo mismo vale para el hinojo, el comino, el cilantro, la zanahoria o el eneldo, que están en el mismo caso.
Fruto, no semilla: qué hay dentro de ese grano
El anís verde, Pimpinella anisum, pertenece a las Apiaceae o umbelíferas. Toda la familia comparte un tipo de fruto muy característico llamado esquizocarpo: procede de un ovario ínfero de dos carpelos y, al madurar, se separa en dos mitades por un tabique central. Cada mitad es un mericarpo, indehiscente y con una sola semilla dentro, y es lo que en el lenguaje corriente —y en buena parte de la literatura hortícola— se llama aquenio. El conjunto de los dos, antes de separarse, se denomina diaquenio o cremocarpo.
Así que el granito ovoide, acostillado y gris pardusco del anís es pared del fruto. En su superficie se distinguen cinco costillas longitudinales, y en el espesor de esa pared van alojados unos canales llamados vitas, que es donde la planta guarda el aceite esencial. Ahí está el anetol, el compuesto responsable del olor a anís. La semilla propiamente dicha ocupa el interior, pegada a la pared, con su embrión diminuto y su endospermo oleoso.
Por qué esa diferencia cambia la conservación
El aroma no está en la semilla: está en las vitas de la pared del fruto. Mientras el fruto permanece entero, esas cavidades quedan cerradas y el aceite esencial se conserva dentro, protegido de la oxidación y de la evaporación. En cuanto se muele, se rompen todas a la vez y los volátiles empiezan a perderse. Esa es la razón física —no una costumbre de cocina— de que el anís entero aguante mucho mejor que el anís molido, y de que el molido pierda intensidad en semanas.
Se conserva en recipiente hermético, al abrigo de la luz y del calor, porque el anetol y el resto de componentes del aceite esencial se degradan con ambos. Un fruto de anís bueno se identifica por el olor al frotarlo entre los dedos y por el aspecto: limpio, sin polvo excesivo, sin fragmentos, sin olor a moho ni a rancio.
Y por qué cambia la germinación
La consecuencia agronómica es igual de directa. Al sembrar anís no se está sembrando una semilla desnuda sino una semilla envuelta en una pared de fruto, y esa pared:
Frena la entrada de agua y de oxígeno, de modo que la imbibición es más lenta y la nascencia se retrasa. Lo normal es que el anís tarde de dos a tres semanas en emerger, y que lo haga de forma escalonada en lugar de todo a una.
Contiene sustancias inhibidoras: los propios componentes del aceite esencial tienen efecto inhibidor sobre la germinación, un mecanismo que en la naturaleza escalona la nascencia y evita que toda la descendencia arranque a la vez tras una lluvia aislada.
Alberga un embrión inmaduro, rasgo común en umbelíferas: el embrión sale de la planta madre sin terminar de desarrollarse y necesita completar ese crecimiento dentro del fruto antes de poder germinar. Es un tipo de latencia morfofisiológica.
A eso se añade que el poder germinativo del anís cae con rapidez: al segundo año ya baja de forma apreciable, y con tres o cuatro años la nascencia suele ser mala. Conviene sembrar material reciente y, si hay duda, hacer una prueba previa de germinación con una muestra pequeña sobre papel húmedo.
Tres plantas distintas que se llaman anís
Aquí conviene ser tajante porque la confusión ha tenido consecuencias sanitarias reales.
El anís verde o matalahúva es Pimpinella anisum, una umbelífera anual herbácea de origen mediterráneo oriental, cuyo fruto es ese pequeño mericarpo acostillado del que venimos hablando.
El anís estrellado es Illicium verum, un árbol perenne del sudeste asiático, de la familia Schisandraceae, sin ningún parentesco con el anterior. Su fruto es un folículo múltiple: ocho carpelos leñosos dispuestos en estrella, cada uno con una semilla brillante dentro. Comparte con el anís verde el anetol, y de ahí que huelan parecido, pero son plantas de linajes remotos. Un caso claro de convergencia química, no de parentesco.
La badiana japonesa es Illicium anisatum, sinónimo Illicium religiosum, un pariente próximo del anís estrellado, morfológicamente similar y tóxico. Contiene anisatina y compuestos relacionados —neoanisatina, seudoanisatina—, sesquiterpenos que actúan como potentes antagonistas de los receptores GABA y provocan convulsiones. En Japón se ha usado tradicionalmente en ritos funerarios y como incienso, nunca como alimento.
La confusión que causó intoxicaciones
Este es un caso documentado y merece contarse. Los frutos de Illicium verum y Illicium anisatum se distinguen mal a simple vista, sobre todo cuando llegan partidos o mezclados con otros lotes. Durante los años finales del siglo XX y los primeros del XXI se detectaron en varios países europeos partidas de anís estrellado adulteradas o sustituidas por badiana japonesa.
Los cuadros descritos afectaron sobre todo a lactantes a los que se administraban infusiones caseras de anís estrellado para los cólicos, una práctica tradicional muy arraigada. Los síntomas recogidos en la literatura clínica y en las notificaciones de farmacovigilancia incluían vómitos, irritabilidad, movimientos anormales, hipertonía y convulsiones. Hubo casos en España, en Francia, en Italia, en Países Bajos y en Estados Unidos, y las autoridades sanitarias —la agencia española del medicamento entre ellas— emitieron alertas y desaconsejaron expresamente el uso de infusiones de anís estrellado en lactantes y niños pequeños.
Conviene subrayar dos cosas. La primera, que el problema no es solo de adulteración: incluso el Illicium verum auténtico contiene pequeñas cantidades de compuestos con actividad neurológica y su uso en lactantes está desaconsejado. La segunda, que la respuesta reguladora fue exigir controles de identificación botánica en la importación de anís estrellado, precisamente porque la inspección visual no basta. Cualquier duda sobre el uso de estas plantas en niños, en embarazo o junto con medicación debe plantearse al médico o al farmacéutico; aquí no se dan preparaciones, dosis ni pautas.
Tradición y evidencia en el anís verde
Al anís verde se le atribuyen desde antiguo efectos carminativos, digestivos y expectorantes, y su aceite esencial figura en monografías de uso tradicional de agencias europeas, categoría que se basa en la trayectoria de empleo y no en ensayos clínicos concluyentes. Separar una cosa de la otra es lo honesto: hay uso tradicional consolidado, y hay evidencia clínica limitada.
En cuanto a precauciones, el anetol y sus derivados justifican prudencia en embarazo y lactancia, se han descrito reacciones alérgicas cruzadas dentro de las umbelíferas —apio, zanahoria, hinojo, artemisia— y el aceite esencial concentrado no es un producto inocuo. Cualquier uso con intención terapéutica, y cualquier combinación con tratamientos en curso, corresponde valorarla al médico o al farmacéutico.
Cultivar anís verde: anual y sin trasplante
Pimpinella anisum es una herbácea anual de 30 a 60 centímetros, con hojas basales redondeadas y dentadas que contrastan con las caulinares superiores, muy divididas y filiformes. Florece en umbelas compuestas de flores blancas pequeñas y madura sus frutos a finales de verano. En España se ha cultivado tradicionalmente en zonas de Castilla-La Mancha, Andalucía y Extremadura.
El punto que decide el cultivo es la raíz pivotante. El anís desarrolla una raíz principal profunda y quebradiza desde muy temprano, y no tolera el trasplante: al sacarlo del semillero se daña esa raíz, la planta se detiene, se espiga prematuramente o muere. La siembra directa a sitio es prácticamente obligada, y si se quiere adelantar en semillero hay que usar recipientes individuales biodegradables que se entierren enteros, sin manipular el cepellón.
Se siembra en primavera, cuando el suelo supera de forma estable los 12-15 °C, entre marzo y mayo según la zona; en el sur peninsular admite siembras de otoño en invierno suave. Quiere pleno sol, suelo suelto, bien drenado, de neutro a ligeramente calizo, y detesta los encharcamientos. Se siembra superficial, a medio centímetro, con el suelo mantenido húmedo hasta la nascencia, que llega en dos o tres semanas. Necesita un ciclo largo, de unos 110 a 130 días desde la siembra hasta la madurez del fruto, así que en zonas de otoño temprano conviene no retrasar la siembra. Es sensible a la competencia de malas hierbas en las primeras semanas y agradece riegos regulares durante la floración, que se cortan al iniciarse la maduración.
La recolección se hace cuando las umbelas viran a gris pardo y antes de que los frutos se desprendan solos, cortando la planta entera y dejándola secar a la sombra sobre una tela para recoger lo que caiga.
En resumen
La semilla de anís es en realidad un mericarpo, la mitad del fruto esquizocárpico de una umbelífera, con la semilla verdadera dentro y el aceite esencial alojado en canales de la pared del fruto. De ahí que el anís entero conserve el aroma y el molido lo pierda deprisa, y de ahí que germine lento, de forma escalonada y con un poder germinativo que decae en dos o tres años. El nombre «anís» cubre además tres plantas sin relación: Pimpinella anisum, el Illicium verum del anís estrellado y el Illicium anisatum tóxico que se ha confundido con él y ha provocado intoxicaciones documentadas, sobre todo en lactantes. Su cultivo es de anual mediterránea, a pleno sol y sembrada directamente a sitio, porque su raíz pivotante no admite trasplante.