Una semilla viable puede pasar dos años en tierra húmeda y templada sin dar señales de vida, y no estar muerta en absoluto. Lo que la retiene es la latencia: un bloqueo interno que impide germinar aunque el agua, el oxígeno y la temperatura estén donde deberían estar. Los tratamientos pregerminativos son, exactamente, las maniobras con las que se levanta ese bloqueo. No son abonos, no son estimulantes y no aceleran nada en una semilla que no esté frenada: aplicados a un tomate o a una caléndula no sirven de nada, porque esas semillas no tienen freno que quitar.

La clave práctica es que hay varios tipos de latencia y cada uno pide un tratamiento distinto. Escarificar una semilla que necesitaba frío es tiempo perdido; meter tres meses en la nevera una semilla de cubierta impermeable tampoco cambia nada, porque el agua sigue sin entrar. Saber a qué clase pertenece la semilla que se tiene en la mano es todo el asunto.

Semillas de distintas especies preparadas para siembra

Latencia física: la cubierta no deja pasar el agua

La primera fase de la germinación es la imbibición: la semilla absorbe agua, se hincha y reactiva su metabolismo. Si la cubierta seminal es impermeable, esa fase no llega a producirse. El embrión está perfectamente vivo dentro, con reservas y todo, pero aislado del exterior por una capa de células con paredes gruesas, ceras y a menudo una zona llamada estrofíolo que actúa como tapón.

Es la latencia de las leguminosas de semilla dura —acacias, Robinia pseudoacacia, Ceratonia siliqua, Cercis siliquastrum—, de Canna indica, de las ipomeas y de buena parte del matorral mediterráneo. El tratamiento que corresponde es la escarificación: abrir un paso en la cubierta por abrasión, corte o choque térmico. Es un tratamiento de minutos, no de meses, y su efecto se comprueba a las pocas horas porque la semilla se hincha. Lo desarrollamos en el artículo dedicado a la escarificación de semillas.

Latencia fisiológica: el freno está en el embrión

Aquí la cubierta deja pasar el agua sin problema. La semilla se hincha, se humedece, y aun así no germina. El bloqueo es químico y hormonal: predomina el ácido abscísico (ABA), la hormona que mantiene el embrión en reposo, frente a las giberelinas, que son las que disparan la germinación. Mientras esa relación no se invierta, no pasa nada.

Lo que invierte la balanza en la mayoría de especies templadas es un periodo prolongado de frío húmedo, con la semilla empapada y a temperaturas de entre 1 y 5 °C. Durante esas semanas el ABA se degrada y la sensibilidad a las giberelinas aumenta. Es lo que se conoce como estratificación fría, y las cifras van desde cuatro semanas en algunas vivaces hasta tres o cuatro meses en Prunus, Malus, Fraxinus o Acer. Hay un artículo entero sobre la estratificación y sobre por qué el invierno funciona como reloj para estas semillas.

Existe también una versión más suave, la latencia fisiológica no profunda, que se rompe simplemente con unas semanas de almacenamiento seco a temperatura ambiente. Es lo que llaman los técnicos after-ripening o posmaduración seca, y explica por qué muchas semillas de cereales y de compuestas germinan mal recién cosechadas y bien seis meses después. Ese caso no pide ninguna maniobra: pide esperar.

Latencia morfológica: el embrión aún no ha terminado de formarse

Hay especies que sueltan la semilla con el embrión todavía diminuto, apenas un cuerpo indiferenciado dentro de un endospermo abundante. No hay ningún bloqueo que romper: lo que falta es crecimiento. El embrión tiene que desarrollarse dentro de la semilla, y para eso necesita agua, oxígeno y sobre todo temperaturas templadas o cálidas durante semanas o meses.

El caso clásico son las umbelíferas silvestres, las Anemone, Fraxinus excelsior, Ilex aquifolium, muchas palmeras y las especies de Paeonia. En la práctica el tratamiento consiste en mantener la semilla en sustrato húmedo entre 15 y 25 °C durante ese periodo, lo que se llama estratificación cálida. Y en muchas de ellas la germinación es hipogea: primero sale la raíz y el brote aéreo espera al ciclo siguiente, de modo que un semillero aparentemente vacío puede tener ya plántulas trabajando bajo tierra. Conviene no descartarlo antes de tiempo.

Latencias combinadas: primero calor, después frío

La combinación más frecuente en el clima templado es la morfofisiológica: el embrión está inmaduro y además hay un bloqueo químico. El orden importa y no es negociable. Primero un periodo cálido y húmedo para que el embrión crezca, después un periodo frío y húmedo para que se levante el freno hormonal. Invertir la secuencia no funciona, porque el frío aplicado a un embrión inmaduro no encuentra nada que desbloquear.

Es el patrón de Fraxinus excelsior, de Taxus baccata, del acebo y de Viburnum, y explica por qué esas semillas sembradas en otoño tardan a menudo dos inviernos en nacer: el primer año lo dedican a la fase cálida, el segundo al frío. En vivero se reproduce con unas 8 a 12 semanas a 20 °C seguidas de otras 10 a 16 semanas a 4 °C, siempre en sustrato húmedo.

Y existe la combinada física más fisiológica, en la que hay que escarificar primero y estratificar después: la escarificación abre el paso al agua, pero el freno interno sigue ahí. Rosa canina, Crataegus monogyna y los Rhus son ejemplos que dan muchos disgustos precisamente porque se les aplica solo la mitad del tratamiento.

Cómo se identifica la latencia de una semilla desconocida

Con dos pruebas sencillas se llega bastante lejos. La primera es la prueba de imbibición: se dejan unas cuantas semillas en agua a temperatura ambiente durante 24 horas. Si se hinchan de forma perceptible, la cubierta permeable está descartada y el problema, si lo hay, es interno. Si siguen igual de duras y del mismo tamaño, hay latencia física y toca escarificar.

La segunda es cortar una semilla por la mitad con una cuchilla y mirarla con lupa. Un embrión bien formado, que ocupe buena parte del interior y sea blanco y firme, descarta la latencia morfológica. Un embrión minúsculo o difícil de distinguir del endospermo indica que hace falta una fase cálida previa. Un interior hueco, oscuro o polvoriento indica simplemente semilla vana, y ningún tratamiento arregla eso.

Un tercer dato, gratuito, es el origen geográfico de la especie. Una planta de clima templado con invierno marcado tiene muchas papeletas de pedir frío; una de matorral mediterráneo o de zona árida, de tener cubierta dura; una tropical de fruto carnoso, de no tener latencia ninguna pero sí una vida corta, que es otro problema distinto.

Errores que echan a perder el tratamiento

El sustrato de estratificación tiene que estar húmedo, no empapado. Una vermiculita o una turba chorreando deja al embrión sin oxígeno durante meses y lo mata por asfixia y por podredumbre, y el problema aparece sin avisar cuando se abre la bolsa en primavera. La regla es que apretando el puñado no debe caer agua.

Interrumpir el frío tampoco sale gratis. Muchas especies llevan una contabilidad acumulativa de horas de frío, pero unos días a temperatura ambiente en mitad del proceso pueden reinstalar la latencia en algunas de ellas, un fenómeno llamado latencia secundaria. Es mejor no ir sacando la bolsa a mirar.

Y hay un límite físico: ningún tratamiento resucita una semilla muerta. La longevidad varía enormemente —un Citrus o un aguacate pierden viabilidad en semanas, un haba o una acacia la conservan años— y en semilla vieja el resultado de una escarificación perfecta puede seguir siendo cero germinación. Antes de dedicar cuatro meses de nevera a un lote conviene comprobar qué se tiene entre manos.

En resumen

La latencia física, de cubierta impermeable, se resuelve con escarificación y se comprueba en horas. La fisiológica, de bloqueo hormonal en el embrión, pide frío húmedo prolongado, de cuatro semanas a cuatro meses según especie. La morfológica, de embrión inmaduro, pide calor húmedo y paciencia, porque lo que falta es que el embrión crezca. Y las combinadas exigen las fases en su orden: calor y luego frío, o escarificación y luego frío. Diagnosticar primero con la prueba del agua y el corte de una semilla ahorra meses de trabajo inútil; los dos artículos siguientes, el de escarificación y el de estratificación, desarrollan cada una de las dos maniobras principales.


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