La expresión «banco de semillas» designa dos realidades que no tienen nada que ver entre sí. Una está bajo nuestros pies, es involuntaria y explica por qué al remover la tierra de un bancal limpio brota hierba a la semana siguiente. La otra está en cámaras frigoríficas, es deliberada y guarda la diversidad agrícola de la especie humana. Ambas conservan semilla viable durante años, y ahí se acaba el parecido. Merecen explicarse por separado.
El banco de semillas del suelo
Bajo cualquier superficie de tierra hay una reserva de semillas enterradas, viables y en latencia, procedentes de las plantas que vivieron allí y de las que llegaron traídas por el viento, el agua, los animales o la maquinaria. Es una población en espera, y su densidad sorprende: en suelos agrícolas se cuentan habitualmente entre 1.000 y 50.000 semillas viables por metro cuadrado en los primeros veinte centímetros, y en algunos casos bastante más.
Esas semillas no germinan porque les faltan las señales que necesitan, y aquí está el mecanismo clave. Muchas especies arvenses son fotoblásticas positivas: requieren luz para germinar, y no cualquier luz, sino una con una proporción determinada de rojo frente a rojo lejano, que es la que llega cuando no hay una cubierta vegetal filtrándola por encima. El receptor que lo detecta es el fitocromo. Otras necesitan la oscilación térmica entre día y noche, que solo perciben cuando están cerca de la superficie y sin sombra.
Eso explica de forma exacta el fenómeno de la escarda. Al cavar, voltear o pasar un motocultor, se suben a la superficie semillas que llevaban años en oscuridad; reciben la señal lumínica y germinan en bloque. No es que la hierba «vuelva»: es que se la ha llamado. De ahí que la agricultura de mínimo laboreo y el acolchado reduzcan tanto la presión de adventicias, y de ahí la técnica de la falsa siembra, que consiste en preparar el bancal, regarlo, dejar que nazca la tanda de hierba que estaba esperando y eliminarla en superficie sin volver a remover antes de sembrar el cultivo.
La persistencia varía enormemente. Hay bancos transitorios, cuya semilla no dura más de un año, y bancos persistentes que se cuentan en décadas: Chenopodium album, Portulaca oleracea, Amaranthus o Papaver rhoeas conservan viabilidad durante veinte, cuarenta o más años enterradas. El experimento de Beal, iniciado en Michigan en 1879 con botellas de semillas enterradas y desenterradas cada cierto tiempo, seguía dando germinación de Verbascum blattaria pasados 140 años.
El banco del suelo en el monte mediterráneo
En el matorral español esta reserva enterrada es lo que permite que un monte quemado vuelva a cubrirse. Tras un incendio, las especies del ecosistema se reparten en dos estrategias. Las rebrotadoras —encina, coscoja, madroño, lentisco— tiran de yemas subterráneas y del cepellón, y rebrotan desde la base sin necesidad de semilla. Las germinadoras —jaras, jaguarzos, muchas leguminosas de monte bajo, Ulex— mueren enteras y dependen por completo del banco del suelo.
Lo notable es que en esas germinadoras el fuego no es un accidente sino la señal. El calor del paso de las llamas, de 70 a 120 °C durante segundos en los primeros centímetros de suelo, rompe la cubierta impermeable de sus semillas y libera de golpe una latencia física que llevaba años acumulándose; el proceso equivalente en jardinería es la escarificación, que tiene su propio artículo. El resultado es la alfombra de plántulas de jara del primer invierno tras un incendio.
El sistema tiene un límite, y es de tiempo. Si vuelve a arder antes de que las nuevas plantas hayan alcanzado la madurez reproductiva y hayan repuesto el banco —lo que en jaras lleva unos cinco a ocho años—, la reserva se agota y la especie desaparece localmente. Los incendios recurrentes a intervalos cortos no queman solo la vegetación: vacían el banco de semillas y son el mecanismo por el que un monte se convierte en pastizal degradado de forma permanente.
Los bancos de germoplasma, que son lo contrario
Un banco de germoplasma es una instalación que conserva semilla de forma deliberada, documentada y a largo plazo. Donde el banco del suelo es azaroso y se autorregula, este es un archivo con inventario, con datos de pasaporte de cada muestra y con protocolos de renovación.
El método estándar es la conservación en seco y frío. La semilla se deseca hasta un 3-7 % de humedad y se almacena a -18 o -20 °C en envases herméticos, lo que en muchas especies proyecta una viabilidad de décadas o siglos. Cada muestra o accesión se somete periódicamente a pruebas de germinación, y cuando el porcentaje cae por debajo de un umbral se regenera: se siembra, se cultiva en aislamiento para evitar cruces y se recoge semilla nueva.
No todo se puede guardar así. Las semillas recalcitrantes —castaño, roble, aguacate, mango, cacao, muchas tropicales— no toleran la desecación ni la congelación, y para ellas se recurre a colecciones de plantas vivas en campo, a cultivo in vitro o a criopreservación de tejidos en nitrógeno líquido, procedimientos mucho más caros.
La red mundial reúne unos 1.750 bancos y más de siete millones de accesiones. Los del sistema CGIAR conservan los grandes cultivos alimentarios, y el más conocido del público es la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, excavada en el permafrost de un archipiélago noruego a mil kilómetros del Polo Norte. Conviene entender bien su papel: Svalbard no es un banco de trabajo, es una copia de seguridad. Guarda duplicados de muestras que ya están en otros bancos, sin acceso público, y solo se entregan al depositante que las envió. Ya ocurrió: el banco internacional de zonas áridas ICARDA, con sede en Alepo, tuvo que retirar sus duplicados de Svalbard en 2015 a causa de la guerra en Siria para reconstruir su colección en Marruecos y Líbano.
Por qué se conserva: la erosión genética
Durante el siglo XX la agricultura sustituyó miles de variedades locales por un número reducido de cultivares comerciales de alto rendimiento. Esa sustitución hace desaparecer los caracteres que aquellas variedades habían acumulado durante siglos de selección campesina: tolerancia a la sequía, resistencia a patógenos concretos, adaptación a suelos salinos, ciclos ajustados a un fotoperiodo local. Es lo que se llama erosión genética, y una vez perdida una variedad no se recupera.
La razón práctica para preocuparse es que la uniformidad genética es frágil. Un cultivo extenso compuesto por individuos casi idénticos ofrece a un patógeno una población entera sin defensas variables. La hambruna irlandesa de la patata en la década de 1840 y el brote del tizón sureño del maíz que arrasó buena parte de la cosecha estadounidense en 1970 tienen ese mismo origen. Cuando aparece una plaga nueva, los genes de resistencia se buscan en las variedades antiguas y en los parientes silvestres del cultivo, y para eso hace falta que alguien los haya guardado.
En España, el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC, en Alcalá de Henares, es el banco nacional y conserva decenas de miles de accesiones de variedades hortícolas y de cereales del país. A su lado funcionan bancos autonómicos y universitarios, y una red distinta y complementaria: las asociaciones de agricultores custodios y las redes de intercambio de semillas, que practican conservación in situ, es decir, en cultivo. Esa vía tiene una ventaja que un congelador no puede ofrecer: la variedad sigue evolucionando y adaptándose a las condiciones cambiantes del lugar donde se cultiva. Dónde encontrarlas y cómo elegir entre variedad local e híbrido se trata en el artículo sobre las semillas de la temporada.
En resumen
Con el mismo nombre conviven dos cosas distintas. El banco de semillas del suelo es la reserva viable enterrada bajo cualquier terreno, de miles de semillas por metro cuadrado, que germina cuando el laboreo la saca a la luz o cuando el fuego rompe su cubierta dura; sostiene la regeneración del matorral mediterráneo y se agota si los incendios se repiten demasiado seguidos. Los bancos de germoplasma son archivos deliberados que desecan y congelan semilla a -18 °C para conservar la diversidad agrícola frente a la erosión genética, con Svalbard como copia de seguridad de las demás colecciones y, en España, el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC como banco nacional. El primero es un mecanismo ecológico; el segundo, una decisión cultural.