Imagina un cerezo silvestre de la sierra soltando sus huesos en agosto. Si esas semillas germinaran en el otoño templado que viene después, en noviembre habría plántulas de diez centímetros con las hojas tiernas y sin reservas, y la primera helada de diciembre acabaría con todas. La estratificación es el mecanismo que impide ese desastre: la semilla lleva instalado un cronómetro que solo se pone a cero cuando ha acumulado suficiente frío, y el único periodo capaz de suministrar ese frío es un invierno entero. Cuando termina de contarlo, la primavera ya está garantizada.

El invierno como unidad de medida

Lo interesante es que la semilla no reacciona al frío como un interruptor, sino como un contador. Lo que se acumula son horas por debajo de un umbral, aproximadamente entre 0 y 7 °C, con el óptimo en torno a 4 °C. Un par de noches heladas no cuentan casi nada; ochenta días seguidos a cuatro grados cuentan mucho. Ese carácter acumulativo es lo que hace que el mecanismo funcione como calendario fiable: solo un invierno completo suma la cifra requerida, y ninguna racha fría de octubre puede engañarlo.

Durante ese tiempo, dentro de la semilla, se degrada el ácido abscísico que mantenía dormido al embrión y aumenta la sensibilidad a las giberelinas, que son las hormonas que ponen en marcha la germinación. Todo eso exige que la semilla esté hidratada: frío en seco no cuenta. Una bolsa de huesos de ciruelo en el congelador no está estratificando nada, solo enfriándose.

Dos matices tienen consecuencias prácticas. El primero es que por debajo de 0 °C el contador se detiene: el agua congelada paraliza el metabolismo, así que el congelador no acelera el proceso, lo suspende. El segundo es que en algunas especies el proceso es reversible; si a mitad de camino la semilla pasa unos días a 20 °C, puede instalarse una latencia secundaria y hay que empezar de nuevo. Por eso el frío se da de una tirada.

Prunus sargentii en floración, especie que requiere estratificación fría

El método del frigorífico, paso a paso

Se necesita un sustrato inerte y aireado que retenga humedad sin encharcarse: vermiculita, perlita, arena de sílice lavada o turba rubia, y también sirve papel de cocina si son pocas semillas. Se humedece y se escurre hasta que apretando el puñado no caiga agua; ese punto exacto es la mitad del éxito.

Se mezclan las semillas con unas tres veces su volumen de sustrato, se mete todo en una bolsa de plástico con cierre o un táper, y aquí viene un detalle que se olvida: hay que dejar entrar algo de aire, sea con un par de perforaciones pequeñas o cerrando sin apretar. El embrión respira durante los tres meses de frío y una bolsa herméticamente sellada lo asfixia.

Va al frigorífico, a la balda menos fría, no al cajón de las verduras si ahí hay riesgo de escarcha. La temperatura de la mayoría de frigoríficos domésticos, de 4 a 6 °C, es justo la que se busca. Conviene etiquetar con especie y fecha de entrada, porque a los dos meses nadie se acuerda.

Se revisa cada dos o tres semanas por dos motivos: comprobar que no aparece moho —si aparece, se lavan las semillas, se cambia el sustrato y se reduce la humedad— y detectar las que germinan dentro. Algunas especies emiten la radícula en el propio frigorífico antes de cumplir el plazo; esas se sacan y se siembran de inmediato, con cuidado de no romper la raicilla.

Cuántas semanas necesita cada grupo

Las cifras son orientativas y varían con la procedencia: la misma especie recogida en el Pirineo suele pedir más frío que recogida en Sierra Morena, porque cada población calibra su reloj con el invierno que tiene.

De 4 a 6 semanas bastan en muchas vivaces y en especies de latencia superficial: Lavandula de montaña, Aquilegia vulgaris, Digitalis purpurea, Primula veris.

De 8 a 12 semanas es el rango más común: Acer campestre, Acer pseudoplatanus, Betula pendula, Pinus de montaña, Gentiana, Helleborus ya germinado en fase cálida previa.

De 12 a 16 semanas las rosáceas de hueso, que son las más exigentes del grupo: Prunus avium, Prunus spinosa, Prunus dulcis, Malus sylvestris, Pyrus communis, además de Rosa canina y Crataegus monogyna, que exigen escarificar antes porque suman latencia física.

Dos periodos de frío separados por uno cálido en las latencias combinadas, como Fraxinus excelsior, Taxus baccata o Ilex aquifolium. En esos casos el frío por sí solo no basta y el artículo sobre tratamientos pregerminativos explica el orden de las fases.

La alternativa al aire libre, que suele ser mejor

Existe una versión del método que no requiere frigorífico, ni bolsas, ni vigilancia: sembrar en otoño y dejar la maceta a la intemperie. Se llena un contenedor hondo con sustrato de siembra, se siembra a la profundidad correspondiente, se cubre con una malla o una tela metálica fina para que ratones y pájaros no den cuenta de todo, y se deja en un rincón del exterior a la sombra, protegido del viento y regado lo justo para que nunca llegue a secarse del todo.

Tiene tres ventajas sobre el frigorífico. La primera es que reproduce la oscilación térmica real, con días templados y noches frías, que en varias especies rompe la latencia mejor que una temperatura constante. La segunda es que la semilla germina cuando ella decide, en marzo o en abril, sin que nadie tenga que acertar la fecha de siembra. La tercera es que no hay ningún riesgo de interrumpir el frío.

El inconveniente en España es geográfico: en el litoral mediterráneo, en Canarias o en el valle del Guadalquivir el invierno no acumula frío suficiente para una rosácea de montaña, y ahí el frigorífico deja de ser una alternativa y pasa a ser la única opción. En la meseta norte, en la cornisa cantábrica o en zonas de sierra, el método al aire libre funciona sin ayuda.

Qué pasa después del frío

Al sacar las semillas del frigorífico no se siembran en un sitio caliente. La mayoría de estas especies germina a temperaturas moderadas, de 10 a 18 °C, y un semillero a 25 °C puede volver a bloquearlas. Lo lógico es sacar el lote a finales de invierno y sembrar en exterior protegido o en invernadero frío, coincidiendo con lo que la planta encontraría en la naturaleza.

Y hay que contar con que la germinación es desigual y lenta. Un lote de Prunus puede tardar entre tres semanas y tres meses en nacer del todo, y una parte se quedará para el año siguiente porque su latencia era más profunda. Un semillero de leñosas de clima templado no se tira hasta pasados dos ciclos completos; el suelo puede estar trabajando aunque no se vea nada arriba.

En resumen

La estratificación existe porque el frío acumulado es la única señal fiable de que ha pasado un invierno completo y de que lo que viene detrás es la primavera. Se reproduce con la semilla hidratada en sustrato húmedo y aireado, dentro de una bolsa no hermética, a 4-6 °C, sin congelar y sin interrupciones: de 4 a 6 semanas en vivaces, de 8 a 12 en la mayoría de árboles de clima templado y de 12 a 16 en rosáceas de hueso. Sembrar en otoño al aire libre hace lo mismo con menos trabajo y suele dar mejor resultado, salvo en las zonas de invierno suave de España, donde no hay frío que acumular. Después conviene sembrar en fresco, entre 10 y 18 °C, y tener paciencia con lo que no nace el primer año.


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