Debajo del punto de injerto de casi cualquier rosal de jardín comprado en España hay un arbusto silvestre de linde, con espinas ganchudas y flor sencilla de cinco pétalos: Rosa canina. Sostiene la raíz de híbridos de té, floribundas y trepadores desde hace más de un siglo, y pasa desapercibida porque su parte visible dura lo que tarda un chupón en ser arrancado.

Flor blanca de Rosa canina

Qué es y dónde vive

Rosa canina L. es un arbusto caducifolio de la familia de las rosáceas, de 1 a 3 metros —a veces 5 cuando se apoya en otra planta—, de porte abierto y cañas arqueadas armadas con aguijones fuertes, comprimidos y curvados hacia atrás como garfios. Esa forma de gancho no es defensiva sino trepadora: le permite engancharse a la vegetación vecina y ganar altura sin tallo propio.

La hoja es imparipinnada, con cinco o siete foliolos —a veces nueve— de margen aserrado y sin pelos. La flor, de mayo a junio, mide 4-6 cm, tiene cinco pétalos escotados de un rosa pálido que a menudo se decolora hasta el blanco, y un anillo de numerosos estambres amarillos. Es una flor abierta y accesible, muy visitada por abejorros y abejas silvestres, sin apenas néctar: lo que ofrece es polen.

Se reparte por casi toda Europa, el noroeste de África y el oeste de Asia, y está naturalizada en América y Oceanía. En la Península es común en toda la mitad norte y en los sistemas montañosos del sur, desde el nivel del mar hasta unos 1.800 metros, y falta o escasea en las zonas más áridas del sureste.

Su hábitat propio son los setos, ribazos, linderos de campos, orlas espinosas de bosque, riberas de arroyo y matorrales de sustitución. Forma parte de las comunidades de espinar junto a endrino, zarza, majuelo y rosales afines, esas franjas de vegetación baja y densa que separan parcelas. Ahí cumple un papel ecológico concreto: refugio de nidificación para paseriformes —currucas, zarceros, escribanos—, protección frente a la herbivoría para plántulas de árboles que crecen dentro del espinar, y una despensa de frutos rojos que dura de octubre a febrero, cuando ya no queda casi nada más. Los mirlos, zorzales y currucas los consumen y dispersan las semillas, que germinan mejor tras pasar por el tubo digestivo.

Es una planta de suelos profundos y frescos, de neutros a básicos, que tolera bien la caliza y aguanta el frío sin inmutarse. No exige nada.

El portainjertos de casi todos los rosales

Casi ningún rosal de jardín se cultiva sobre sus propias raíces. La razón es económica y agronómica: las variedades de flor doble, seleccionadas durante siglos por el aspecto de la flor, suelen tener sistemas radiculares mediocres y poca vida en suelos difíciles, mientras que un patrón silvestre aporta vigor, longevidad y adaptación al terreno. La técnica habitual es el injerto de escudete a yema dormida, practicado en verano sobre el cuello de un plantón de patrón de uno o dos años.

Rosa canina ha sido el patrón dominante en Europa por un motivo muy práctico: soporta suelos calizos y secos mejor que casi cualquier alternativa, tiene raíz profunda y pivotante, aguanta el frío, y da longevidad a la planta injertada. En viverismo se usan tanto plantas de semilla como selecciones clonales estandarizadas —tipos como 'Inermis', 'Pfänder' o 'Schmid's Ideal'—, elegidas por uniformidad y por tener menos espinas, lo que facilita el trabajo del injertador. En suelos ácidos y frescos se recurre más a Rosa laxa o a Rosa 'Multiflora', y en cultivo forzado bajo plástico a otros patrones.

De ahí sale la explicación de un fenómeno cotidiano: cuando un rosal emite un chupón por debajo del injerto, ese brote no es del rosal, es del patrón. Y como el patrón suele ser Rosa canina, el chupón tiene la hoja de Rosa canina —más pequeña, más clara, a menudo con siete foliolos en vez de cinco— y sus espinas ganchudas, distintas de las de la variedad. Crece más rápido que nada de lo que hay arriba, y si se le deja, en dos o tres temporadas el rosal de flor doble amanece convertido en un escaramujo de flor simple. Ese brote se arranca de un tirón, no se corta; el porqué está en el artículo de poda de rosales.

La contrapartida de este patrón es precisamente esa: rebrota con facilidad desde la base y desde la raíz. Y su gran variabilidad genética obliga a los viveros a trabajar con selecciones controladas si quieren plantas homogéneas.

El escaramujo: mucha vitamina C y unos pelos molestos

Frutos rojos de Rosa canina en la rama

Lo que se llama fruto es en realidad un cinorrodón: un receptáculo floral carnoso que se cierra y engorda, de color rojo escarlata y forma ovoide, y que encierra dentro los frutos verdaderos, unos aquenios duros y pequeños. Madura entre septiembre y noviembre y persiste en la rama buena parte del invierno.

Su rasgo destacado es el contenido en ácido ascórbico, que en pulpa fresca se sitúa habitualmente entre 400 y 1.300 mg por cada 100 gramos según población, altitud, madurez y momento de recolección. Para hacerse una idea, eso es del orden de diez a treinta veces el contenido de una naranja, y sitúa al escaramujo entre los frutos más ricos en vitamina C de la flora europea. Junto a ella lleva carotenoides —licopeno, betacaroteno, rubixantina—, flavonoides, taninos y una cantidad apreciable de pectina. La vitamina C, eso sí, es termolábil: buena parte se pierde con el calor prolongado.

Y ahora la advertencia, que es lo primero que conviene saber. El interior del cinorrodón está tapizado de pelos rígidos y finísimos, tricomas que rodean a los aquenios y que son mecánicamente irritantes: producen picor intenso y persistente en la piel, y molestias en boca, garganta y tubo digestivo si se ingieren. No es una reacción alérgica ni una toxina, es irritación mecánica. Por eso, en cualquier aprovechamiento del fruto, esos pelos hay que retirarlos por completo, y por eso el escaramujo se ha usado tradicionalmente en varios países como polvo de picapica, la broma escolar de toda la vida. En España el fruto tiene además el nombre popular de tapaculos, aludiendo a su astringencia.

Si se manipulan frutos en cantidad, guantes: los pelos atraviesan la piel con facilidad.

Tradición, evidencia y prudencia

El escaramujo tiene una historia larga en la medicina popular europea. El propio epíteto canina arrastra una creencia antigua, recogida ya por Plinio, según la cual la raíz de este rosal curaba la mordedura del perro rabioso: era la rosa canina, la rosa del perro. En la Segunda Guerra Mundial, con los cítricos cortados por el bloqueo, el Reino Unido organizó campañas de recolección de escaramujo silvestre para producir un jarabe rico en vitamina C destinado a la población infantil, un episodio bien documentado.

La investigación moderna se ha centrado sobre todo en preparados estandarizados de polvo de escaramujo y en su posible efecto sobre el dolor articular en artrosis, con algunos ensayos y revisiones que apuntan a un beneficio de magnitud pequeña y con limitaciones metodológicas señaladas por los propios autores. Es decir: hay indicios, no hay una conclusión firme, y conviene distinguir eso del uso tradicional, que es amplio pero no constituye prueba.

Aquí no se dan preparaciones, cantidades ni pautas. Lo que sí procede decir es que un aporte muy elevado y sostenido de vitamina C no es inocuo —se ha relacionado con molestias digestivas y, en personas predispuestas, con litiasis renal de oxalato—, que se han descrito posibles interacciones de los preparados de escaramujo con anticoagulantes orales y con algunos fármacos, y que cualquier uso con intención terapéutica, y en particular en el embarazo, la lactancia, la infancia o cuando hay medicación crónica de por medio, debe consultarse con el médico o el farmacéutico. Esta planta no sustituye a ningún tratamiento.

Meiosis canina y el lío taxonómico

La sección Caninae, a la que pertenece esta especie, tiene un sistema reproductivo raro y célebre entre los botánicos.

Rosa canina es habitualmente pentaploide: cinco juegos de cromosomas, 2n = 35. Un número impar debería hacer imposible una meiosis ordenada, y sin embargo la planta se reproduce sexualmente con normalidad gracias a un mecanismo propio, la meiosis canina. Solo dos de los cinco juegos se emparejan y se comportan como cromosomas normales; los otros tres quedan sin aparear y son transmitidos íntegramente por vía materna, a través del óvulo, mientras que el polen aporta un único juego. El resultado es una herencia fuertemente matroclina: la descendencia se parece muchísimo más a la madre que al padre, y esa desigualdad es la que se describe a veces como una forma de apomixis parcial, aunque no lo sea en sentido estricto —hay fecundación—.

Las consecuencias prácticas son dos. La primera es que los linajes maternos se perpetúan casi clonalmente, generando poblaciones locales muy homogéneas entre sí y muy distintas de las vecinas. La segunda es que la hibridación entre especies próximas de la sección es frecuente y produce enjambres estables.

De ahí el caos taxonómico. A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX se llegaron a describir cientos —según algunos autores, más de un millar— de microespecies dentro del complejo de Rosa canina, cada una basada en variaciones mínimas de pubescencia, glandulosidad de los sépalos, dentado del foliolo o forma del fruto. La taxonomía actual ha agrupado casi todo eso en una especie amplia y polimorfa con unas pocas variedades reconocidas, pero identificar con seguridad un rosal silvestre de la sección Caninae en el campo sigue siendo trabajo de especialista.

En el jardín

Como planta ornamental es rústica hasta el extremo: pleno sol o media sombra, cualquier suelo con drenaje —incluida la caliza pura—, riego solo el año de implantación, resistencia al frío muy por debajo de los −20 °C y ninguna necesidad de abonado. Se poda poco, y en todo caso después de florecer, porque como todas las especies de floración única lleva la flor en la madera del año anterior; podarla en invierno significa quedarse sin flor y, lo que suele importar más aquí, sin fruto.

Su sitio natural es el seto informal, la linde, el jardín naturalista y las plantaciones de restauración, donde se emplea mucho por su valor para la fauna. En espacio pequeño hay que contar con dos cosas: los aguijones ganchudos, que enganchan la ropa de verdad, y la tendencia a rebrotar de raíz.

Entre las especies botánicas de esta sección, quien busque una rosa silvestre para primera línea de costa o para suelo arenoso encontrará mejor candidata en Rosa rugosa, con sus propias ventajas y sus propios inconvenientes, tratados en su artículo.

En resumen

Rosa canina es el rosal silvestre de los setos y ribazos europeos y, a la vez, la raíz literal de la rosicultura: el portainjertos clásico sobre el que se ha construido el rosal de jardín, elegido por su tolerancia a la caliza, su raíz profunda y su longevidad. Esa condición explica que los chupones que brotan por debajo del injerto tengan hoja y espinas distintas del resto de la planta. Su cinorrodón rojo es de los frutos más ricos en vitamina C de la flora europea, con la salvedad importante de los pelos internos, irritantes por vía mecánica, que hay que retirar siempre y que le han dado su uso como polvo de picapica. Y su reproducción por meiosis canina, con herencia mayoritariamente materna, es la razón de que su taxonomía haya generado cientos de microespecies y siga siendo un rompecabezas.


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