Puesta al lado de un romero, la Westringia fruticosa engaña a cualquiera: mismo porte redondeado, hojas estrechas y coriáceas dispuestas en verticilos, mismo tono verde grisáceo con el envés claro, flores pequeñas de dos labios. Se la llama romero australiano, y el nombre resume tanto el parecido como la trampa, porque entre ella y Salvia rosmarinus hay unos catorce mil kilómetros y una distancia evolutiva considerable.

Arbusto de Westringia fruticosa de follaje gris verdoso

Dos plantas iguales que no son parientes

Conviene precisar el grado de parentesco, porque decir que "no son parientes" sería inexacto. Ambas pertenecen a la familia Lamiaceae, las labiadas, así que primas lejanas sí son. Pero dentro de esa familia enorme están en linajes muy separados: el romero, hoy incluido dentro del género Salvia como Salvia rosmarinus tras las revisiones filogenéticas, pertenece a la subfamilia Nepetoideae; Westringia está en las Prostantheroideae, un grupo esencialmente australiano. Sus ancestros comunes se separaron hace decenas de millones de años.

El género Westringia reúne unas treinta especies, todas endémicas de Australia, y honra al médico sueco Johan Peter Westring. W. fruticosa procede de los acantilados costeros de Nueva Gales del Sur, donde crece literalmente sobre la roca, expuesta al viento salino del Pacífico.

El romero, por su parte, es una planta de matorral mediterráneo, de roquedos y suelos calizos secos del sur de Europa y el norte de África.

Dos historias evolutivas independientes, dos continentes, dos hemisferios. Y el mismo resultado morfológico.

Por qué se parecen: convergencia evolutiva

La explicación es un caso de manual de convergencia evolutiva: linajes no emparentados sometidos a presiones de selección similares llegan de forma independiente a soluciones similares. Es el mismo fenómeno que hizo que el ala del murciélago y el ala del pájaro se parezcan, o que los cactus americanos y las euforbias africanas sean casi indistinguibles a distancia.

Aquí la presión selectiva es el clima mediterráneo: veranos secos y calurosos, inviernos suaves y húmedos, alta radiación, viento y suelos pobres. Ese tipo de clima existe en cinco regiones del planeta —la cuenca mediterránea, California, el centro de Chile, El Cabo sudafricano y el suroeste y sureste de Australia—, y en las cinco ha aparecido de forma independiente un mismo tipo de vegetación: matorral esclerófilo de arbustos leñosos, bajos y de hoja dura. Se llama maquis en el Mediterráneo, chaparral en California, matorral en Chile, fynbos en Sudáfrica y kwongan o heathland en Australia.

Y las adaptaciones que se repiten son concretas y visibles en las dos plantas:

Hoja pequeña, estrecha y dura. Menos superficie por la que perder agua y menos calentamiento. La esclerofilia —hoja rígida, con abundante lignina— también la hace resistente al viento y poco apetecible para herbívoros.

Envés blanquecino y tomentoso. Ambas lo tienen. Esa capa de pelos crea una capa límite de aire quieto que frena la difusión de vapor de agua, y refleja radiación. En Westringia es tan marcada que el follaje se ve plateado a contraluz.

Bordes de la hoja revolutos. Enrollados hacia abajo, protegiendo los estomas del envés del viento seco.

Porte compacto y ramificación densa. Reduce la superficie expuesta al viento y crea un microclima interior más húmedo.

Hoja perenne. En un clima donde el período favorable es el invierno y el limitante es el verano, mantener la hoja permite fotosintetizar en cuanto llegan las lluvias, sin el coste de rehacerla cada año.

Lo que no comparten, y es la pista que delata la falta de parentesco cercano, es el aroma. El romero está cargado de aceites esenciales —cineol, alcanfor, pineno— y basta rozarlo para olerlo. Westringia es prácticamente inodora: una hoja frotada no huele a nada. Ese es el modo más rápido de distinguirlas en un vivero. Otras diferencias: las flores de Westringia son blancas o lila muy pálido con puntitos anaranjados o pardos en la garganta, dispuestas de una en una en las axilas, mientras que las del romero son azuladas y en racimos cortos; y sus hojas van en verticilos de tres o cuatro, no opuestas.

Un apunte que cierra el argumento: Westringia no es aromática, así que no es un sustituto culinario del romero ni tiene sus usos. Comparte forma, no química.

Sal y viento: para qué sirve de verdad en España

El origen de la planta —acantilados batidos por el mar— explica su cualidad más útil aquí: una tolerancia a la salinidad y al viento marino que supera con holgura a la del romero y a la de casi cualquier arbusto ornamental habitual.

Aguanta el aerosol salino directo, el que trae el viento en forma de gotas microscópicas y que quema el follaje de la mayoría de las plantas dejándolo pardo por el lado expuesto al mar. Tolera también suelos arenosos y salinos, y encaja bien en el riego con aguas de calidad regular o algo salinizadas, que es la realidad de mucha zona costera del levante y el sur.

Eso la ha convertido en un recurso habitual de la jardinería litoral española: setos de primera línea de costa en paseos marítimos, urbanizaciones y hoteles desde la Costa Brava hasta el Algarve, pantallas cortavientos, taludes junto al mar, macizos en rotondas y medianas, y jardines de bajo consumo hídrico. En Canarias y Baleares, lo mismo.

Su otra baza es el mantenimiento mínimo. Una vez establecida —dos veranos con riego de apoyo— vive sin riego en clima mediterráneo costero, no necesita abonado, no da problemas de plagas y sólo pide un recorte al año. En jardinería pública, donde el coste de mantenimiento decide qué se planta, esa combinación pesa mucho.

Flores blancas de Westringia fruticosa con la garganta punteada

Cultivo y poda

Exposición. Sol pleno. Tolera media sombra ligera pero se abre y florece menos.

Suelo. Aquí es flexible, con una condición innegociable: drenaje. Arenoso, pedregoso, pobre, calizo o ligeramente ácido, todo le vale. Lo que la mata es el suelo pesado y encharcado, que le provoca podredumbre radicular por Phytophthora. En terreno arcilloso, plantar en caballón o en bancal elevado.

Riego. Generoso el primer año para que enraíce en profundidad; después, muy espaciado o nulo en costa. Es una planta de bajo consumo y regarla en exceso la debilita y le acorta la vida.

Frío. Resiste hasta unos -5 o -7 °C ya establecida, con daños en el follaje por debajo de esa cifra. Va bien en todo el litoral mediterráneo, el sur, la costa atlántica templada y las islas. En el interior con heladas fuertes y prolongadas —Meseta, valle del Duero, sistemas montañosos— no es planta de exterior fiable.

Abono. Nada o casi nada. Como muchas plantas australianas, es sensible al fósforo en exceso —las Prostantheroideae comparten esa característica con las proteáceas—, así que conviene evitar abonos ricos en fósforo. Un compost ligero cada dos o tres años basta y sobra.

Poda y topiaria. Es donde brilla. La Westringia rebrota bien de madera semileñosa, tiene ramificación muy densa y hoja pequeña, tres condiciones que la hacen excelente para forma recortada: bolas, cubos, setos de líneas nítidas, formas libres. Se recorta con tijera de setos una o dos veces al año, la principal a final de invierno o después de la floración fuerte de primavera, y un repaso ligero a final de verano si se quiere silueta perfecta. Conviene no cortar demasiado dentro de la madera vieja y desnuda, porque desde ahí rebrota mal o no rebrota; el criterio es recortar a menudo y poco, en lugar de dejarla crecer y rebajarla de golpe. Los ejemplares muy envejecidos y huecos por dentro se sustituyen antes que se rejuvenecen.

Floración. Su gran punto ornamental es que florece casi todo el año en clima suave, con un pico marcado en primavera y flores dispersas el resto del tiempo, incluido el invierno. Son pequeñas y no espectaculares, pero constantes, y atraen abejas y otros polinizadores en épocas en que hay poca oferta.

Multiplicación. Por esqueje semileñoso de 8-10 cm, tomado a final de verano o en otoño, con hormona de enraizamiento y ambiente húmedo. Enraíza con facilidad y es la vía habitual, ya que las variedades seleccionadas no se reproducen fielmente por semilla.

Variedades. 'Wynyabbie Gem', híbrida con W. eremicola, de flor lila y porte de 1,5-2 m, muy usada en seto. 'Smokey', 'Morning Light' y otras de follaje variegado con margen crema, para contraste. 'Grey Box', enana y muy compacta, de 60-80 cm, pensada como alternativa al boj recortado, algo especialmente interesante desde que la Cydalima perspectalis, la oruga del boj, ha arrasado setos por media España. W. glabra y W. eremicola completan el repertorio disponible.

Plagas. Muy pocas. Algún pulgón en brotes tiernos y cochinilla ocasional. El problema serio es siempre el mismo: exceso de agua en suelo mal drenado.

En resumen

Westringia fruticosa se parece al romero sin ser su pariente cercano: ambas son labiadas, pero pertenecen a subfamilias distintas separadas por decenas de millones de años, y su semejanza es un caso claro de convergencia evolutiva entre dos matorrales de clima mediterráneo situados en hemisferios opuestos —hoja pequeña y dura, envés tomentoso, bordes revolutos, porte compacto y hoja perenne son respuestas repetidas al mismo problema de sequía estival y viento—. La diferencia que las delata es el olor: la Westringia no es aromática y no sustituye al romero en la cocina. Lo que la hace valiosa en España es su origen en acantilados australianos: tolera la salinidad y el viento marino mejor que casi cualquier arbusto ornamental, lo que la ha convertido en seto de primera línea de costa. Pide sol, drenaje obligatorio, riego escaso una vez establecida, nada de abonos ricos en fósforo y uno o dos recortes al año; rebrota mal de madera vieja, así que se poda a menudo y poco. Florece casi de continuo y resiste hasta unos -5 o -7 °C.


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