Durante siglos, casi todo lo que en el campo español ataba, cargaba, prensaba o se calzaba salió de una gramínea de monte bajo del sureste árido: sogas, serones, aguaderas, esteras, capachos de almazara, alpargatas y hasta el papel de escribir. Esa gramínea es el esparto, hoy con el nombre científico de Macrochloa tenacissima (L.) Kunth, aunque el que sigue viéndose en catálogos y libros es el antiguo Stipa tenacissima L.
El cambio de nombre y la confusión con el albardín
Los estudios moleculares y morfológicos de las últimas décadas sacaron a esta especie del género Stipa y la devolvieron a Macrochloa, un género de dos o tres especies mediterráneas occidentales. El nombre válido hoy es Macrochloa tenacissima; Stipa tenacissima es sinónimo y sigue siendo el nombre de uso corriente.
Más práctica es la otra confusión. Lygeum spartum, el albardín o esparto basto, comparte hábitat, nombre popular y familia, y no es lo mismo:
- El esparto forma atochas densas y voluminosas, con hojas enrolladas sobre sí mismas, muy largas —de 40 cm a más de un metro—, tenaces y flexibles, y una panícula estrecha, plumosa, de color pajizo, en primavera.
- El albardín es más ralo, de hojas cilíndricas, rígidas y punzantes, y su inflorescencia es inconfundible: una espata blanquecina en forma de capuchón que envuelve dos espiguillas y parece una hoja seca doblada. Vive sobre todo en suelos yesosos y salinos, donde el esparto no entra.
La fibra del albardín es más quebradiza y de menor calidad, y su uso tradicional fue secundario, para cuerdas bastas y forraje de mala hora. Los romanos llamaban spartum a las dos, y de ahí arrastra el lío el castellano.
Cómo es un espartal
El espartal o atochar ocupa laderas y llanos secos del sureste ibérico: Murcia, Almería, el sur de Albacete, el interior de Alicante y Valencia, el altiplano granadino, el este de Jaén y algunos enclaves manchegos y aragoneses; fuera de España, todo el Magreb hasta Libia. Su franja es la del ombroclima semiárido, con 200 a 400 mm de lluvia anual, suelos calizos o margosos poco profundos y veranos largos.
Su fisonomía es la de una estepa de macollas dispersas sobre suelo desnudo o con costra biológica, y ahí está la clave ecológica. Cada atocha funciona como una trampa: retiene el agua de escorrentía que baja por la ladera, atrapa la tierra fina y la hojarasca que arrastra, y acaba levantando un pequeño montículo bajo sí misma, más rico en materia orgánica, más poroso y más húmedo que el suelo desnudo de alrededor. Son islas de fertilidad, y bajo su protección germinan otras plantas.
Buena parte de los espartales actuales son vegetación de sustitución: donde hoy hay atochar hubo carrascal o coscojar, y el esparto ocupó el hueco tras siglos de tala, carboneo y pastoreo. Eso no le resta valor. Los espartales ibéricos figuran entre los tipos de vegetación incluidos en el hábitat prioritario 6220* de la Directiva Hábitats, y sostienen fauna esteparia propia.
La industria esparteria
El esparto sostuvo durante siglos una economía entera en comarcas pobres, con dos ramas.
La manufactura tradicional producía cordelería, esteras, serones y aguaderas para las caballerías, espuertas, capazos, alpargatas y, muy señaladamente, los capachos de almazara: discos de esparto trenzado sobre los que se apilaba la pasta de aceituna en la prensa. Ese objeto, que combinaba resistencia a la presión con drenaje y resistencia al aceite caliente, no tuvo sustituto hasta la aparición de las fibras sintéticas. Cartagena, Hellín, Yecla, Cieza, Sax, Crevillente y el conjunto del Altiplano murciano-albaceteño vivieron de ello.
La rama papelera es menos conocida y fue más grande. Desde mediados del siglo XIX, la industria británica descubrió que la fibra de esparto daba un papel de impresión excelente, y España se convirtió en proveedora masiva de materia prima: se embarcaban cargamentos por los puertos de Cartagena, Águilas, Almería y Alicante hacia Inglaterra y Escocia. El «esparto paper» fue durante décadas el papel de muchos libros ingleses.
El siglo XX añadió una etapa de intervención estatal: en los años de la autarquía se creó un servicio administrativo específico del esparto, con precios tasados, cupos de arranque, adjudicación de montes espartizales y fomento de la recolección, tanto por su valor exportador como por su papel de industria de subsistencia. A partir de los años sesenta, el nailon, el polipropileno y la pasta de celulosa de eucalipto barrieron el mercado en menos de dos décadas. Quedan artesanos, algún taller y mucha memoria.
El arranque: cómo se recolecta
La operación se llama arranque porque la hoja no se corta: se arranca entera desde la vaina, tirando. El espartero toma un puñado de hojas maduras, las enrolla en la mano o en un útil de madera —la cogedera, manija o enrollador, según comarca—, hace palanca y tira de golpe hacia arriba y afuera. La hoja sale limpia por su base, sin desgarrar la macolla. Si se corta con hoz, se pierde el tramo basal, que es el más fino y valioso, y la fibra queda desigual.
El manojo arrancado se llama manada; varias manadas atadas forman el haz o gavilla. Después el esparto se seca al sol durante semanas —esparto crudo, que se trabaja duro y se usa para labores rústicas— o se somete a un remojo prolongado en balsa y un majado con maza, del que sale el esparto cocido o picado, blanco, blando y apto para trenzados finos.
El arranque estuvo siempre regulado, y por buenas razones agronómicas. Las ordenanzas municipales y luego la normativa estatal fijaban la veda: no se arrancaba en primavera, con la hoja tierna, sino de julio a noviembre, con la planta ya agostada; se prohibía arrancar la atocha entera o dañar la cepa; y se establecían turnos, de modo que un mismo espartizal no se arrancase todos los años sino cada dos o tres, dándole tiempo a rehacer la masa foliar. Hoy, la recolección en montes públicos y en espacios protegidos requiere autorización del órgano forestal de la comunidad autónoma, y en algunos espacios está sencillamente prohibida. Quien quiera coger esparto debe informarse antes en su administración forestal.
La fibra: por qué era tan buena
La hoja del esparto está enrollada longitudinalmente sobre sí misma, con los estomas escondidos en el interior del cilindro —adaptación a la sequía— y con haces de esclerénquima muy desarrollados y continuos. Eso da una fibra larga, tenaz, elástica y muy resistente a la tracción, que además soporta bien la humedad y la abrasión y no se pudre con rapidez. El epíteto tenacissima viene precisamente de ahí.
Sus usos actuales son de nicho y de calidad: artesanía y cestería, calzado, restauración de bienes etnográficos, decoración, esteras y alfombras, y algún renacer del papel artesanal y de las mallas biodegradables para obra y jardinería, en sustitución de plásticos.
Lo que más importa hoy: suelo y desertificación
El esparto es hoy, sobre todo, una herramienta de restauración en el rincón más árido de Europa continental. Sus virtudes para eso son concretas:
Sistema radical denso y superficial. Una red fina que sujeta los primeros 30-40 cm de suelo, justo donde actúa la erosión laminar y en regueros. En laderas margosas del sureste, la presencia de atochas reduce de forma sustancial la pérdida de sedimento.
Ruptura de la escorrentía. Cada macolla frena el agua que baja por la ladera y la obliga a infiltrarse en lugar de correr. En sistemas de ladera funcionan como escalones vivos, y ese es el fundamento de las plantaciones en bandas y de las repoblaciones «en mosaico» con atocha entre otras especies.
Facilitación. Bajo la protección de una atocha adulta, el microclima es más fresco y húmedo, y allí prenden plántulas de Pistacia lentiscus, Rhamnus lycioides o Quercus coccifera que en suelo desnudo morirían el primer verano. Las repoblaciones de matorral mediterráneo aprovechan ese efecto plantando bajo o junto a las atochas existentes.
Coste y supervivencia. Se produce fácilmente en vivero, se planta con cepellón pequeño en otoño, arraiga con dos o tres riegos de implantación y después no necesita nada. En proyectos de lucha contra la desertificación en Murcia, Almería y Alicante es una de las especies base.
El reverso: el espartal degradado, muy pastoreado o quemado repetidamente, se recupera despacio, y su regeneración por semilla es errática, con germinaciones buenas solo en años de lluvias otoñales generosas. De ahí que se recurra a la plantación.
En el jardín
Como ornamental es una gramínea de porte severo y textura dura, útil en xerojardín, taludes, medianas y jardín de grava del sureste, donde además es planta autóctona. Pleno sol, suelo calizo pobre y drenante, ningún riego una vez arraigada, y ningún abonado. Su panícula plateada de mayo y junio es discreta pero elegante contra la luz.
Mantenimiento: no se siega. Se peina con guante o con rastrillo de mano a finales de invierno para retirar la hoja seca, y cada varios años se puede aclarar la mata retirando manojos como en el arranque tradicional. Es longeva, poco divisible —la macolla se rompe mal— y se multiplica sobre todo por semilla en otoño. No es invasora ni resembradora agresiva, al contrario que su antigua congénere Nassella tenuissima, de la que hablamos en artículo aparte.
En resumen
El esparto, hoy Macrochloa tenacissima y antes Stipa tenacissima, es la gramínea que define la estepa semiárida del sureste ibérico y que sostuvo durante siglos la cordelería, la esparteria, el capacho de almazara y una industria papelera de exportación, hoy residual. Se recolecta arrancando la hoja entera desde la vaina, de julio a noviembre, con turnos y autorización, nunca cortándola. No debe confundirse con el albardín, Lygeum spartum, de hoja punzante, inflorescencia en capuchón blanco y querencia por los yesos. Su valor actual está sobre todo en la restauración: sujeta el suelo, frena la escorrentía, crea islas de fertilidad donde prenden otras especies y es una pieza central en la lucha contra la desertificación. En jardín seco calizo es una planta autóctona sobria, sin riego, que se peina en vez de segarse.