Cada final de verano, la vara de oro carga con una culpa que no es suya. Florece amarilla y llamativa justo cuando arrancan los estornudos de la alergia otoñal, y la coincidencia le ha valido una reputación de planta alergógena que la aerobiología desmiente sin matices. El culpable real crece a su lado, florece a la vez y no se ve, porque su flor es verde y diminuta: es la ambrosía. Merece la pena entender por qué, porque el mecanismo explica de paso cómo funciona la alergia al polen.

Por qué el polen del Solidago no llega a la nariz

El polen de Solidago es pesado, grande y pegajoso. Sus granos rondan las 20 a 30 micras, tienen la superficie cubierta de espinas y van recubiertos de pollenkitt, una capa lipídica adhesiva que hace que se agrupen en grumos y se peguen al cuerpo de los insectos. Es un polen entomófilo: la planta lo produce en cantidad modesta y confía su transporte a abejas, sírfidos y mariposas, porque invertir en flores vistosas y néctar solo tiene sentido si el mensajero es un animal.

Consecuencia directa: apenas queda en suspensión en el aire. En los muestreos de las redes aerobiológicas, que capturan y cuentan los granos presentes en la atmósfera, el polen de Solidago aparece en cantidades insignificantes o directamente no aparece. Un polen que no vuela no puede provocar rinitis a cientos de metros de distancia.

La ambrosía (Ambrosia artemisiifolia y especies próximas) hace exactamente lo contrario. Es anemófila: flores verdosas, sin pétalos vistosos, sin néctar y sin olor, agrupadas en racimos colgantes, con granos pequeños, lisos, secos y ligeros. Una sola planta puede liberar del orden de mil millones de granos en una temporada, y esos granos viajan decenas o cientos de kilómetros con el viento. Su alérgeno principal, conocido como Amb a 1, está entre los más potentes descritos, y basta una concentración muy baja en el aire para desencadenar síntomas en personas sensibilizadas.

Ahí está toda la explicación del malentendido. Ambas florecen entre agosto y octubre en los mismos ambientes: cunetas, baldíos, riberas y bordes de cultivo. Una es un cirio amarillo que se ve desde el coche y la otra es una hierba verde e insignificante. Cuando llegan los síntomas, la mirada acusa a la que se ve.

El contexto español

Conviene aterrizarlo. La ambrosía es un problema mayúsculo en Hungría, los Balcanes, el norte de Italia y el valle del Ródano, donde llega a marcar la temporada alérgica de final de verano. En España su presencia es todavía menor, aunque está en clara expansión en el valle del Ebro, en el nordeste peninsular y en zonas de regadío, y las redes aerobiológicas siguen su avance con atención.

De hecho, en la mayor parte de España los responsables de la alergia de finales de verano y otoño suelen ser otros: las quenopodiáceas y amarantáceas (Salsola kali, Chenopodium, Amaranthus), muy relevantes en el interior y en el sureste árido; la artemisia; y en el litoral mediterráneo la parietaria, que allí es el alérgeno dominante y emite polen durante gran parte del año. La vara de oro no figura en ninguna de esas listas.

Un matiz honesto para no pasarse al otro extremo: manipular directamente las inflorescencias, cortarlas para ramo o trabajarlas a diario, sí puede provocar reacciones en personas sensibles, y las compuestas contienen lactonas sesquiterpénicas capaces de causar dermatitis de contacto en jardineros y floristas. Pero eso es contacto físico con la planta, no rinitis estacional transmitida por el aire, y son dos fenómenos completamente distintos.

Inflorescencia amarilla de Solidago virgaurea

La vara de oro ibérica

Solidago virgaurea es la especie autóctona, presente en casi toda la Península y buena parte de Europa. Es una vivaz rizomatosa de 30 a 80 centímetros, de tallo poco ramificado y hojas basales pecioladas y aserradas, que vive en claros de hayedo, robledal y pinar, en brezales, en repisas de roquedo y en pastos de montaña, y sube hasta más de 2.000 metros. En las cotas altas aparecen formas enanas y compactas de tallo corto y capítulos grandes.

Su inflorescencia es la clave para distinguirla: estrecha, más o menos cilíndrica y algo laxa, con capítulos relativamente grandes y bien separados. Florece de julio a septiembre y no forma masas densas; crece en grupos dispersos y se comporta como una vivaz de bosque, no como una colonizadora.

Es la especie con tradición de uso medicinal en Europa, sobre todo por su acción diurética y para el lavado de las vías urinarias, indicación recogida en las monografías europeas precisamente en la categoría de uso tradicional, es decir, basada en la antigüedad del empleo y no en ensayos clínicos concluyentes. Su interés real es que ese uso tiene contraindicaciones claras: no procede en personas con enfermedad renal o cardiaca que requiera restricción de líquidos, puede sumar efecto a la medicación diurética y está desaconsejada en alérgicos a las compuestas. Aquí no hay pautas ni cantidades; cualquier planteamiento en esa dirección se consulta con el médico o el farmacéutico.

Las americanas, que sí son un problema

Solidago canadensis y Solidago gigantea llegaron de Norteamérica a los jardines europeos entre los siglos XVII y XVIII, y desde ahí se escaparon. Hoy están catalogadas como exóticas invasoras en buena parte de Europa continental y figuran en las listas de alerta fitosanitaria europeas; en España avanzan sobre todo por el tercio norte: riberas de Galicia, cornisa cantábrica, prepirineo y Cataluña.

Su estrategia es demoledora y vale la pena conocerla. Se extienden por rizomas horizontales que generan hasta trescientos tallos por metro cuadrado, formando manchas monoespecíficas donde no queda nada más. Cada tallo produce entre diez mil y veinte mil aquenios con vilano, dispersados por el viento. Se han documentado además efectos alelopáticos, con compuestos radiculares que inhiben la germinación de plantas vecinas, y alteraciones de la comunidad de microorganismos del suelo. El resultado son riberas, prados húmedos, barbechos y taludes convertidos en masas amarillas continuas, con caída fuerte de la diversidad vegetal y, tras ella, de la de insectos.

Distinguirlas de la ibérica es sencillo con dos observaciones. La inflorescencia de las americanas es una panícula piramidal amplia, con ramas arqueadas y flores dispuestas hacia un solo lado, muy distinta de la espiga estrecha de virgaurea. Y el tallo separa las dos americanas entre sí: Solidago canadensis lo tiene peloso al menos en la mitad superior, mientras que Solidago gigantea lo tiene lampiño y cubierto de una pruina glauca que se borra al pasar el dedo.

Eliminarlas cuesta. Arrancar deja fragmentos de rizoma que rebrotan, así que la vía que funciona es la siega repetida antes de la floración, dos o tres veces por temporada y durante varios años seguidos, hasta agotar las reservas del rizoma, seguida de la plantación de vegetación competidora. Y la regla previa, que es gratis: no plantarlas cerca de cursos de agua ni de espacios naturales, y no tirar sus restos al campo.

Panícula piramidal de Solidago canadensis

Cómo usarla en el jardín

Tiene un sitio claro en el arriate naturalista de floración tardía, junto a Aster, Echinacea, Sedum telephium, Verbena bonariensis y gramíneas otoñales. La cuestión es qué se planta. La opción responsable es la especie ibérica o los cultivares compactos y de escasa capacidad de dispersión, del tipo 'Goldenmosa' o 'Golden Baby', y el híbrido intergenérico × Solidaster luteus, de flor amarillo pálido y porte contenido, que es estéril o casi.

El cultivo no tiene dificultad: sol o sombra ligera, cualquier suelo con drenaje razonable, tolerancia notable a la pobreza y a la sequía una vez establecida, y rusticidad muy amplia, por debajo de -20 °C. Se divide cada dos o tres años en otoño o a finales de invierno para renovar la mata, y conviene cortar las inflorescencias al terminar la floración, antes de que suelten los aquenios, tanto para evitar la siembra espontánea como para mantener la mata limpia.

Comida tardía para los polinizadores

Y aquí está su mejor argumento. Florece de agosto a octubre, cuando el arriate mediterráneo se apaga y la oferta de néctar del campo se ha desplomado. Sus corimbos de capítulos diminutos son una plataforma de aterrizaje perfecta para insectos pequeños, y se llenan de abejas domésticas, abejas solitarias, sírfidos, avispas, escarabajos florícolas y mariposas como la vanesa de los cardos.

Ese aporte tardío no es un detalle: coincide con el momento en que las colmenas acumulan reservas para el invierno y en que muchas abejas solitarias completan su ciclo. En Norteamérica, de hecho, es una planta melífera de otoño de primer orden. Que su polen sea pesado y pegajoso —la razón por la que no provoca alergia— es exactamente la misma razón por la que los insectos lo transportan: las dos cosas son la misma historia contada al derecho y al revés.

En resumen

La vara de oro no causa alergia estacional: su polen es grande, pesado y pegajoso, lo transportan los insectos y apenas aparece en el aire. La responsable de los síntomas que se le atribuyen es la ambrosía, de flor insignificante, polen ligero y transporte por viento, aunque en España el peso mayor del otoño lo llevan quenopodiáceas, artemisia y parietaria. Solidago virgaurea es la especie autóctona, de inflorescencia estrecha y comportamiento discreto, con un uso tradicional diurético que exige consultar al médico o al farmacéutico. Solidago canadensis y Solidago gigantea son americanas, invasoras en Europa y capaces de formar masas monoespecíficas en riberas. En jardín, especie ibérica o cultivares compactos, con corte tras la floración, y a cambio un banquete de néctar en pleno otoño.


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