Mira una hoja del collar de plátanos a contraluz y aparece algo que no se ve de frente: una línea clara que recorre la curva por su cara superior, casi transparente, como si alguien hubiera rascado la superficie verde. No es un defecto ni una marca decorativa. Es una ventana, un dispositivo óptico, y explica por qué esta planta tiene la forma que tiene.
Cómo se llama hoy
La planta que los viveros venden con el nombre de Senecio radicans se denomina hoy Curio radicans (L.f.) P.V.Heath. Es una asterácea sudafricana, del Cabo Oriental y del Karoo, y su cambio de nombre viene del desmembramiento del enorme género Senecio, que se ha ido repartiendo en géneros menores según los datos moleculares; las suculentas de este grupo pasaron a Curio. El detalle taxonómico está contado en el artículo sobre los senecios y su reparto.
En español se le llama collar de plátanos, cadena de plátanos o rosario de plátanos, todos nombres descriptivos y todos válidos.
La hoja en forma de plátano y su ventana
La hoja de Curio radicans mide entre dos y tres centímetros, es carnosa, cilíndrica en sección, curvada y acabada en punta. La forma es una solución a un problema físico concreto: una planta suculenta necesita almacenar mucha agua y a la vez perder poca, y para eso le conviene la mínima superficie por unidad de volumen. Una esfera es el óptimo geométrico; un cilindro curvo se le acerca bastante.
Pero esa geometría trae un inconveniente. Al engordar el tejido, la clorofila queda repartida en un volumen al que la luz no llega bien: la epidermis y las capas externas absorben o reflejan buena parte de la radiación, y el interior del órgano se queda a oscuras, con células fotosintéticas ociosas. Reducir superficie significa reducir también superficie iluminada.
La respuesta evolutiva es la ventana epidérmica o fenestra: una franja de tejido sin clorofila, translúcida, formada por células incoloras que dejan pasar la luz hacia el interior de la hoja en lugar de captarla en la superficie. La luz entra por ahí, se difunde por el tejido acuoso —que actúa como una fibra óptica rudimentaria— y alcanza las capas de clorénquima situadas hacia dentro. La hoja consigue así ser gruesa, perder poca agua y seguir fotosintetizando en su volumen interior.
El mismo principio aparece en Fenestraria rhopalophylla, la planta de ventana sudafricana que crece casi enterrada en la arena y solo asoma el extremo aplanado y transparente de sus hojas, por donde entra toda la luz. Aparece también en Haworthia truncata y en Haworthia cooperi, y en varios géneros de Aizoáceas. En Curio radicans la solución es parcial —la ventana es una línea, no una tapa entera— porque la planta no vive enterrada, sino colgando entre rocas, y necesita clorofila superficial además del aporte interior.
Esa línea es, por cierto, un indicador de salud. En una planta bien hidratada la ventana se ve nítida y la hoja está tensa; cuando la hoja se arruga y la línea se difumina o se pierde entre pliegues, la planta lleva tiempo sin agua.
Cultivo colgante
En su medio, Curio radicans es rastrera: los tallos se arrastran sobre el suelo pedregoso y enraízan en los nudos —de ahí el epíteto radicans—, formando manchas extensas al abrigo de arbustos. En cultivo se aprovecha ese hábito colgándola, y los tallos caen hasta ochenta centímetros o un metro.
Quiere luz muy abundante, más de la que suele recibir en interior: junto a una ventana orientada al sur o al este, sin cortina, o directamente en el exterior a media sombra durante la temporada cálida. Con poca luz los entrenudos se alargan, las hojas se separan y quedan pequeñas, y el conjunto pierde el aspecto de collar apretado. Lo que no tolera es el sol directo de mediodía en pleno verano a través de un cristal, que le produce manchas quemadas.
En temperatura aguanta bien el calor y mal el frío: por debajo de 5 °C sufre daños y con helada muere. En la costa mediterránea y en el sur puede quedarse fuera todo el año en un porche protegido; en el interior peninsular hay que entrarla de noviembre a marzo.
El sustrato debe ser francamente drenante: mezcla para cactáceas, o sustrato universal aligerado con un tercio o más de arena gruesa, pumita o perlita. Maceta con agujero, siempre. Es planta de raíz somera y fina, así que no necesita profundidad y va mejor en recipiente ancho y poco hondo.
Se multiplica con una facilidad casi absurda: un fragmento de tallo de diez centímetros apoyado sobre sustrato apenas húmedo enraíza por los nudos en dos o tres semanas en primavera. Como la planta tiende a despoblarse por la parte alta, lo práctico es ir plantando esquejes en la misma maceta para mantenerla llena.
El riego, que es lo que la mata
El exceso de agua es la causa de pérdida más frecuente y actúa rápido. Las hojas se vuelven blandas, translúcidas y de un tono amarillento; el tallo se ablanda cerca del sustrato, se pone marrón y se descompone; y desde ahí la podredumbre sube por las guías. Cuando el síntoma es visible, buena parte de la raíz ya está perdida.
El problema tiene una trampa que conviene conocer: el exceso y la falta de agua producen síntomas parecidos al principio, hojas mustias y caídas, porque en ambos casos la planta no está absorbiendo. La distinción se hace metiendo el dedo o palpando la hoja. Sustrato seco y hoja arrugada, con pliegues longitudinales: le falta agua. Sustrato húmedo y hoja blanda, hinchada y traslúcida, que cede al apretarla: le sobra. Regar en el segundo caso la remata.
El método sensato es esperar a que el sustrato esté completamente seco en todo su volumen, no solo en la superficie, y entonces regar en abundancia hasta que salga agua por el fondo, dejando escurrir del todo y sin dejar nunca plato con agua. En una casa española eso son unos siete a diez días en pleno verano y de veinte a treinta en invierno, con matices según la ventilación y el tamaño de la maceta.
Es preferible regar de menos. Una planta sedienta se recupera en dos días de una hidratación; una podrida no se recupera, solo se pueden salvar los esquejes sanos de las puntas.
Abono, poco: un fertilizante para cactus y crasas, bajo en nitrógeno, una vez al mes de abril a septiembre y nada el resto del año. El nitrógeno en exceso produce hojas grandes, blandas y aguadas, más vulnerables a la podredumbre y con la ventana peor definida.
Distinguirla de sus parientes colgantes
Collar de perlas, Curio rowleyanus (antes Senecio rowleyanus): hojas esféricas, del tamaño de un guisante, con una punta diminuta y una ventana en forma de línea recta muy visible sobre la esfera. Es la más delicada de las tres con el riego, precisamente porque su forma esférica le da la menor superficie de evaporación y tarda muchísimo en gastar el agua que tiene dentro.
Collar de delfines, Curio × peregrinus: híbrido entre Curio rowleyanus y Curio articulatus, con hojas curvadas provistas de dos pequeños lóbulos laterales que recuerdan las aletas de un delfín saltando. Es un híbrido de cultivo, no una especie silvestre, y en condiciones de poca luz tiende a perder esa forma característica y a producir hojas simples parecidas a las del collar de plátanos, lo que confunde bastante en el punto de venta.
Collar de plátanos, Curio radicans: hoja alargada, curvada, puntiaguda, sin lóbulos. Es la más vigorosa y la más tolerante de las tres, tanto en riego como en luz, y por eso es la recomendable para empezar. También es la que más rápido cubre una maceta.
Hay una cuarta que se confunde a menudo, Curio herreanus (antes Senecio herreianus), el collar de melones, con hojas ovaladas y ventanas en franjas longitudinales muy marcadas.
Toxicidad y plagas
El grupo del que procede esta planta es conocido por sus alcaloides pirrolizidínicos, compuestos hepatotóxicos presentes en muchos Senecio y afines. En las suculentas de Curio se documenta toxicidad por ingestión, con irritación digestiva en perros y gatos, y se considera planta a mantener fuera del alcance de mascotas y niños pequeños. No es una planta comestible ni de uso medicinal en ninguna forma. Ante una ingestión, lo procedente es llamar al veterinario o al médico, sin intentar nada por cuenta propia. La savia también puede irritar la piel sensible al podar, así que conviene lavarse las manos.
En plagas, la más frecuente es la cochinilla algodonosa, que se esconde justo en las axilas de las hojas y en los nudos, donde cuesta verla; se retira con un bastoncillo mojado en alcohol y se revisa a fondo, porque vuelve. En ambiente seco y caluroso aparece araña roja, que deja las hojas mates y punteadas. Y el mosquito del sustrato, cuyas larvas atacan raíces finas, es señal inequívoca de que se está regando de más.
En resumen
El collar de plátanos es hoy Curio radicans, no Senecio radicans. Su hoja curvada y carnosa minimiza la pérdida de agua, y la línea translúcida que la recorre es una ventana epidérmica que conduce la luz hacia el clorénquima interior, el mismo recurso que emplean Fenestraria y algunas Haworthia. En cultivo quiere mucha luz, sustrato muy drenante y sequía entre riegos: el agua de más la pudre desde la base y esos síntomas iniciales se confunden con los de la sed, así que hay que comprobar el sustrato antes de regar. Se distingue del collar de perlas por la hoja alargada y del de delfines por la ausencia de lóbulos. Y, como el resto de su grupo, es tóxica por ingestión.