Parece un musgo y se vende junto a los helechos, y no es ni una cosa ni la otra. Las selaginelas pertenecen a un linaje que se separó del resto de las plantas vasculares hace unos cuatrocientos millones de años, mucho antes de que existieran los helechos modernos, y conservan un rasgo reproductivo que en su momento fue una novedad radical y que hoy comparten sobre todo con las plantas con semilla.
Licofitas, no helechos
Selaginella es el único género de la familia Selaginellaceae, dentro de las licofitas o Lycopodiopsida, la rama más antigua de las plantas vasculares vivas. Sus parientes actuales son los licopodios (Lycopodium, Huperzia) y los raros Isoetes. Sus parientes extintos incluyen los Lepidodendron, árboles de treinta metros que formaron los bosques del Carbonífero y de cuyos restos procede buena parte del carbón que se ha quemado desde la Revolución Industrial.
La diferencia con los helechos no es de aspecto sino de arquitectura. Las licofitas tienen micrófilos: hojas pequeñas recorridas por un único haz vascular sin ramificar, que evolucionaron como excrecencias del tallo. Los helechos y todas las demás plantas vasculares tienen megáfilos, hojas con nervadura ramificada y un origen distinto, a partir de sistemas de ramas aplanadas. Las frondes divididas de un helecho y las escamitas superpuestas de una selaginela no son estructuras homólogas: son dos inventos independientes.
Con los musgos la distancia es aún mayor. Un musgo es un briófito, carece de tejido vascular lignificado y su cuerpo visible es el gametófito, la generación haploide. Una selaginela tiene xilema y floema, se sostiene con tejido conductor y lo que se ve es el esporófito, la generación diploide, exactamente igual que en un pino o en un rosal. El parecido es puramente de tamaño y de porte.
Las selaginelas tienen además un órgano propio y algo desconcertante: el rizóforo, un apéndice sin hojas que sale del tallo, crece hacia abajo y produce raíces al llegar al sustrato. No es raíz ni tallo exactamente, y su naturaleza se lleva discutiendo más de un siglo. También poseen una lígula, una minúscula lengüeta en la base de cada hoja, que las separa del resto de licofitas.
Un apunte de vocabulario: son perennes, no anuales. Una selaginela establecida en condiciones adecuadas vive años y se extiende indefinidamente por sus tallos rastreros.
La heterosporia: dos tipos de espora
Este es el rasgo que hace interesante al género más allá de su valor ornamental.
La inmensa mayoría de las plantas sin semilla —musgos, helechos, licopodios— son homospóricas: producen un solo tipo de espora, todas iguales, y cada una germina dando un gametófito independiente que fabrica tanto anteridios como arquegonios, es decir, gametos masculinos y femeninos. Ese gametófito vive libre sobre el suelo, es diminuto y verde, y depende de una película de agua para que el espermatozoide llegue al óvulo.
Selaginella hace algo distinto. En sus estróbilos, esos extremos de rama con aspecto de espiga cuadrangular donde se agrupan los esporofilos, se forman dos clases de esporangio. Los microsporangios producen centenares de microsporas, minúsculas, que darán gametófitos masculinos. Los megasporangios producen habitualmente solo cuatro megasporas, mucho mayores y cargadas de reservas, que darán gametófitos femeninos. Ambos tipos se distinguen a simple vista con lupa: las megasporas son granos pálidos y gruesos, las microsporas un polvo anaranjado.
La consecuencia es más profunda de lo que parece. Al haber dos tamaños de espora hay especialización sexual, y al estar la megaspora cargada de reservas el gametófito femenino ya no necesita fotosintetizar ni vivir de forma independiente: se desarrolla dentro de la propia pared de la espora, apenas asomando por una fisura. Esto se llama endosporia, y significa que la generación gametofítica ha quedado reducida a un pasajero encerrado y protegido.
Ese es justamente el camino que siguieron las plantas con semilla. En un pino o en una encina, la megaspora nunca sale del tejido materno: queda retenida dentro del óvulo, el gametófito femenino se desarrolla dentro de ella y el conjunto acaba formando la semilla, con el embrión y sus reservas empaquetados. Selaginella no fabrica semillas —sus megasporas se sueltan y se dispersan—, pero recorre buena parte del trayecto funcional. Es un caso de convergencia: la heterosporia apareció de forma independiente en varios linajes de plantas vasculares, y en uno de ellos desembocó en la semilla.
Para el cultivador esto tiene un efecto práctico modesto: una selaginela se reproduce en casa por división o por esqueje de tallo, no por esporas, que exigen condiciones estériles y mucha paciencia.
Las especies de cultivo
El género tiene alrededor de 750 especies, casi todas tropicales, y en jardinería se manejan unas pocas.
Selaginella kraussiana es la más común, procedente de África austral, de tallos rastreros verdes intensos que forman una alfombra de tres o cuatro centímetros de altura. Tiene cultivares muy usados: 'Aurea', de tono dorado, y 'Brownii', que crece en cojines compactos. Conviene saber que en países de clima templado y húmedo —Nueva Zelanda, algunas zonas de Australia— se ha comportado como invasora agresiva en bosque nativo; en España su capacidad de escape es baja por la sequía estival, pero no está de más no arrojar restos de poda al monte.
Selaginella uncinata, de China, es la más llamativa: sus hojas presentan una iridiscencia azul metálica que no procede de ningún pigmento, sino de la estructura de la pared celular de la epidermis, con láminas que interfieren con la luz igual que una capa de aceite sobre agua. Se cree que esa disposición mejora el aprovechamiento de la luz difusa del sotobosque. La iridiscencia desaparece si se le da demasiada luz, lo que la convierte en un buen indicador de que está mal colocada.
Selaginella martensii, mexicana, es más erguida, de hasta treinta centímetros, con variedades de puntas blanquecinas o plateadas. Selaginella erythropus tiene el envés y los tallos rojizos, muy vistosa en terrario. Y Selaginella apoda, norteamericana, forma un tapiz finísimo que se usa como cubresuelo en composiciones.
Planta de terrario, y por qué
La exigencia central de las selaginelas es humedad ambiental muy alta, del 70 al 90 %, sostenida. No es un capricho: sus micrófilos son finísimos, de una o pocas capas de células, con cutícula muy delgada y sin apenas capacidad de regular la pérdida de agua. En un salón español con calefacción, donde la humedad relativa cae al 30 o 35 %, una selaginela se seca por los extremos en días y se pone parda de forma irreversible.
Por eso su sitio natural en una casa es un terrario cerrado, una campana de cristal, una pecera reconvertida o un baño con ventana y ducha diaria. En terrario cerrado se convierten en plantas prácticamente sin mantenimiento: la humedad se recicla, apenas hay que regar y crecen hasta cubrir el fondo.
El resto de condiciones acompaña. Luz indirecta y suave, la de un sotobosque: el sol directo las quema en una tarde. Temperatura de 18 a 24 °C, sin bajar de 12 °C y sin corrientes de aire seco. Sustrato ligero y siempre húmedo, a base de turba o fibra de coco con perlita y algo de corteza, nunca encharcado pero nunca seco del todo, porque no tienen reservas. Riego con agua blanda, de lluvia o de baja mineralización, ya que la cal les marca las hojas. Y abono muy diluido, a un cuarto de la dosis, una vez al mes en primavera y verano; el exceso las quema con facilidad.
Al aire libre solo prosperan en la cornisa cantábrica y en Galicia, en rincones sombríos y húmedos, o en patios interiores frescos del resto de la península con riego frecuente. En Levante o en el interior seco, terrario o nada.
Se propagan sin dificultad: un fragmento de tallo con rizóforos apoyado sobre sustrato húmedo arraiga en dos o tres semanas. También se pueden dividir las matas al trasplantar, cada dos años, en primavera.
La parienta que resucita
En el extremo opuesto del género, frente a estas especies que no soportan una tarde de aire seco, está Selaginella lepidophylla, del desierto de Chihuahua, que se vende con el nombre de rosa de Jericó. Al secarse enrolla sus ramas hacia dentro formando una bola parda y aparentemente muerta, y al ponerla en agua se despliega y reverdece en unas horas.
La capacidad que lo permite es la tolerancia a la desecación, un conjunto de mecanismos bioquímicos que protegen las membranas y las proteínas mientras la célula pierde casi toda su agua, y que muy pocas plantas vasculares poseen. Los dos artículos del sitio sobre la planta que resucita y sobre la exótica rosa de Jericó lo explican en detalle, incluida la confusión con Anastatica hierochuntica, que es la rosa de Jericó auténtica del Próximo Oriente y ni siquiera pertenece a este linaje.
Que dos miembros del mismo género se comporten de forma tan opuesta ante la sequía —unos incapaces de sobrevivir a un día de aire seco, otro capaz de pasar años deshidratado— da idea de la amplitud ecológica del grupo.
Un apunte sobre usos tradicionales
Varias selaginelas asiáticas, en particular Selaginella doederleinii y Selaginella tamariscina, figuran en la medicina tradicional china y son objeto de estudios de laboratorio sobre sus biflavonoides. Eso es investigación preliminar, en células y en animales, y no equivale a eficacia demostrada en personas: no hay uso terapéutico validado. Los flavonoides de este tipo pueden además interferir con enzimas hepáticas implicadas en el metabolismo de medicamentos, lo que abre la puerta a interacciones. Ninguna de las especies ornamentales se cultiva ni se maneja con fines de consumo, y cualquier duda sobre el asunto corresponde al médico o al farmacéutico, no al catálogo de jardinería.
En resumen
Las selaginelas no son musgos ni helechos: son licofitas, el linaje vascular más antiguo que sigue vivo, con micrófilos de un solo nervio, rizóforos y lígula. Su rasgo distintivo es la heterosporia, la producción de microsporas y megasporas separadas, que lleva a que el gametófito femenino se desarrolle encerrado dentro de la pared de la espora: el mismo camino funcional que condujo a la semilla en otro linaje. En cultivo son plantas de sotobosque tropical que exigen humedad ambiental muy alta, lo que en España las convierte en plantas de terrario salvo en el noroeste. Y en su propio género está Selaginella lepidophylla, capaz de sobrevivir a la desecación completa, todo lo contrario que sus parientes ornamentales.