Empecemos por el nombre, que está mal puesto. Una "planta ácida" no existe como categoría botánica: la planta no es ácida, ni su savia ni su tejido tienen nada de particular en ese sentido. Lo que se quiere decir con esa etiqueta de vivero es que la especie necesita un suelo de pH bajo para vivir, y para eso hay dos términos correctos: acidófila, la que prospera en suelo ácido, y calcífuga, literalmente "la que huye de la cal", la que no tolera suelos calizos. Son casi sinónimos en la práctica y ambos describen lo mismo desde caras opuestas.

Hecha la aclaración, lo útil es saber cuáles son y, sobre todo, hasta qué punto lo son, porque el grupo va desde especies que se mueren sin remedio en un suelo calizo hasta otras que simplemente prefieren la acidez y aguantan bastante. Esa graduación es la que decide si merece la pena intentarlo en un jardín concreto.

Por qué el pH bajo importa

La razón está en la disponibilidad de nutrientes. El hierro y el manganeso son solubles en medio ácido y precipitan en medio alcalino, quedando presentes en el suelo pero inaccesibles para la raíz. Una acidófila en suelo calizo tiene hierro alrededor y no puede tomarlo: sus hojas nuevas amarillean entre nervios que siguen verdes, el cuadro clásico de la clorosis férrica.

Hay un mecanismo añadido en el otro extremo de la escala, con el aluminio soluble que aparece por debajo de pH 5 y que resulta tóxico para la mayoría de las plantas mientras que las acidófilas toleran; ese punto está desarrollado en el artículo sobre plantas de suelos ácidos, junto con la química completa. Aquí basta con el efecto práctico: una acidófila fuera de su rango de pH no se muere de hambre por falta de nutrientes en el suelo, sino por no poder cogerlos.

Estrictas: no negocian

Estas especies necesitan un pH entre 4,5 y 5,5 y muestran clorosis en semanas si el suelo o el agua se salen de ahí. En terreno calizo no se plantan en suelo: o van en maceta con sustrato ácido y agua controlada, o no van.

Rododendros y azaleas (Rhododendron, género que incluye a las azaleas desde que se fusionaron los dos grupos) son el caso extremo. Sistema radicular superficial, muy fino y fibroso, que no penetra en suelo compacto y que no tolera ni la cal ni el encharcamiento. Rango óptimo de 4,5 a 5,5.

Arándano (Vaccinium corymbosum, Vaccinium myrtillus) es todavía más exigente en el extremo bajo: crece bien entre 4,0 y 5,2 y en suelos por encima de 6 se para directamente. Además depende de micorrizas ericoides específicas, hongos asociados a la raíz que no colonizan bien en suelo alcalino, lo que agrava el problema.

Camelia (Camellia japonica, Camellia sasanqua) pide de 5,0 a 6,0 y sombra fresca. Es la más razonable de las estrictas, pero sigue siendo intratable con agua dura.

Brezos (Erica, Calluna vulgaris) son indicadores de suelo ácido: donde crecen espontáneamente, el pH está por debajo de 5,5. Toda la familia Ericaceae comparte la exigencia, incluidos Pieris japonica y Gaultheria.

Gardenia (Gardenia jasminoides) es rubiácea, no ericácea, pero se comporta igual: entre 5,0 y 6,0, y amarillea al primer riego con agua de Madrid.

Azaleas en flor en un jardín de suelo ácido

Intermedias: prefieren ácido, toleran algo más

Estas viven bien entre pH 5,5 y 6,5 y aguantan un suelo neutro con síntomas leves y corregibles mediante enmiendas y quelatos.

Hortensia (Hydrangea macrophylla) merece mención aparte porque es la que mejor delata el pH: en suelo ácido con aluminio disponible las flores salen azules, y en suelo neutro o alcalino salen rosas. No es que cambie de variedad, es que la planta incorpora aluminio al pigmento cuando puede. Vive razonablemente hasta pH 6,5, aunque a partir de ahí pierde el azul y empieza a clorosarse.

Arce japonés (Acer palmatum) prospera entre 5,5 y 6,5; en suelo calizo se defiende un tiempo pero acaba con las hojas quemadas por los bordes y el crecimiento detenido.

Magnolia (Magnolia grandiflora, Magnolia × soulangeana) prefiere ácido pero Magnolia grandiflora tolera hasta 7,0 en suelo profundo y bien drenado; es de las que sí funcionan en muchos jardines peninsulares.

Cítricos (Citrus limon, Citrus sinensis) están en el mismo grupo: rango óptimo de 5,5 a 6,5, y la clorosis férrica del limonero en maceta regado con agua dura es uno de los cuadros más repetidos en España.

También aquí: Nandina domestica, Skimmia japonica, Liquidambar styraciflua, la mayoría de los helechos de jardín y buena parte de las coníferas, que prefieren suelo ligeramente ácido aunque toleren bien el neutro.

Tolerantes: la acidez les viene bien, no la exigen

Un tercer grupo crece mejor por debajo de 6,5 pero se desarrolla sin problema serio en suelo neutro. Entran aquí Fragaria × ananassa, la fresa; Solanum tuberosum, la patata, que además sufre menos sarna común en suelo ácido; Rubus idaeus, la frambuesa; y muchas plantas de acidez moderada como Ilex aquifolium o Pinus pinaster. En un jardín de pH 7 no dan guerra.

En España el problema no es el suelo, es el agua

Este es el punto que decide todo lo anterior y el que suele quedar fuera de la decisión de compra. Buena parte del territorio peninsular tiene suelos de reacción básica sobre sustrato calizo, es cierto, y en el noroeste y en zonas silíceas del oeste ocurre lo contrario. Pero ese suelo se puede sustituir: se planta en maceta, o se abre un hoyo grande y se rellena con sustrato ácido, o se levanta un bancal.

El agua de riego no se sustituye tan fácilmente, y llega todas las semanas. El agua de la mayor parte de la península es dura, con bicarbonatos de calcio y magnesio disueltos que actúan como un tampón alcalino: cada riego aporta carbonatos que neutralizan la acidez del sustrato. Da igual que se haya plantado la azalea en turba rubia de pH 4,5; si se riega con agua de 400 mg/L de bicarbonatos, en seis o doce meses el pH del cepellón habrá subido a 7 y la planta estará clorótica.

Por eso una azalea comprada en flor dura una temporada espléndida y va apagándose después: no falla el sustrato de origen, falla el agua que se le echa encima.

Las salidas son tres, por orden de eficacia real. Agua de lluvia recogida en un depósito, que es prácticamente destilada y resuelve el problema de raíz; en la cornisa cantábrica y en Galicia es viable todo el año, en el sureste no. Acidificar el agua de riego antes de aplicarla, midiendo con un medidor de pH de bolsillo y bajando hasta el entorno de 5,5 a 6; en jardinería doméstica se hace con los acidificantes comerciales para plantas ácidas, siguiendo la dosificación del envase. Y corregir el efecto con quelatos de hierro, que aportan hierro en forma asimilable aunque el pH sea alto: el quelato EDDHA es el único que sigue siendo estable por encima de pH 7, y es el que hay que buscar en la etiqueta si el agua es dura.

Un método de comprobación sencillo para el aficionado: una vez al año se toma una muestra del sustrato de la maceta, se diluye en agua destilada y se mide. Si ha subido por encima de 6,5, toca renovar el sustrato y revisar el agua.

Hortensia de flores moradas indicando el pH del suelo

Lo que sí y lo que no funciona como enmienda

Bajar el pH de un suelo calizo de verdad, en pleno campo, es prácticamente imposible: la caliza tiene una capacidad de tamponamiento enorme y devuelve el pH a su valor original en poco tiempo. Sirve para macetas y bancales aislados, no para una parcela.

Funciona el azufre elemental incorporado al sustrato, que las bacterias del suelo oxidan lentamente a ácido sulfúrico; tarda meses y es la enmienda más duradera. Funciona el sulfato de hierro, más rápido y de efecto corto. Funciona partir de un sustrato ácido ya formulado, a base de turba rubia y corteza de pino, y mantenerlo con acolchado de corteza o de acículas de pino.

No funcionan, pese a lo que se repite, los posos de café, cuyo pH ronda la neutralidad una vez usados, ni el vinagre, cuyo efecto dura horas y cuyo ácido acético se degrada de inmediato, ni las cáscaras de cítricos. Tampoco tiene sentido plantar una azalea en tierra ácida sobre suelo calizo sin aislar el hoyo: el agua freática y el propio riego llevan carbonatos al hoyo desde los lados.

Un criterio antes de comprar

La decisión razonable, en tres pasos. Averiguar la dureza del agua del municipio, que la empresa suministradora publica; por encima de unos 250 mg/L de carbonato cálcico, las acidófilas estrictas van a dar guerra continua. Mirar qué crece espontáneamente alrededor: brezos, castaños, alcornoques y helechos indican suelo ácido; encinas sobre roca blanca, romeros y esparto indican calizo. Y elegir según eso: en suelo y agua calizos, quedarse en el grupo de las intermedias y las tolerantes, o llevar las estrictas a maceta con agua de lluvia y aceptar el trabajo que dan.

En resumen

"Planta ácida" es una etiqueta comercial imprecisa; el término correcto es acidófila o calcífuga, y designa a la que necesita pH bajo para poder absorber hierro y manganeso. Dentro del grupo hay grados: estrictas, entre 4,5 y 5,5, como rododendro, azalea, camelia, arándano, brezos y gardenia; intermedias, entre 5,5 y 6,5, como hortensia, arce japonés, magnolia y cítricos; y tolerantes, que solo lo prefieren. En España el obstáculo casi nunca es el suelo, que se puede sustituir en una maceta o un bancal, sino el agua de riego, que aporta bicarbonatos cada semana y acaba alcalinizando cualquier sustrato. Agua de lluvia, acidificación del riego o quelato de hierro EDDHA son las tres respuestas útiles.


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