Un prado lleno de botones de oro en mayo es una mala noticia para el ganadero y una buena para el botánico. Las vacas rodean las matas y pastan alrededor; el heno segado de ese mismo prado, en cambio, se come sin ningún problema. Detrás de esa aparente contradicción hay una molécula inestable, la protoanemonina, que define la ecología del género Ranunculus y explica por qué estas plantas amarillas y aparentemente inofensivas ocupan las praderas más pisadas y más húmedas de media Europa.
Un género grande y muy repartido
Ranunculus L. reúne del orden de seiscientas especies repartidas por todo el planeta salvo por los trópicos de tierras bajas, con una concentración notable en las regiones templadas y frías del hemisferio norte y en la alta montaña. Es el género tipo de las Ranunculaceae, familia a la que pertenecen también las anémonas, los eléboros, los acónitos, las clemátides y las aguileñas.
El nombre viene del latín rana, con el diminutivo -unculus: ranita. Se refiere a la afición del grupo por los terrenos encharcados, las orillas y las cunetas, el mismo hábitat que las ranas.
La flor tiene una construcción reconocible: cinco sépalos verdes, cinco pétalos —a veces más— de un amarillo intenso, y en el centro un cúmulo de numerosos estambres rodeando un montón de carpelos libres, cada uno de los cuales dará un aquenio independiente. Es una flor arcaica, de piezas no fusionadas y en número indefinido, lo que la sitúa cerca de la base del árbol de las plantas con flor.
En la península ibérica se han citado más de cincuenta especies, entre praderas, roquedos, turberas, charcas, dunas y cumbres.
El brillo de la flor no es una impresión
Los pétalos de muchos ranúnculos tienen un lustre metálico que ningún otro amarillo de nuestros prados iguala, y es el que produce el clásico reflejo dorado en la barbilla cuando se acerca la flor. No es una metáfora: la estructura del pétalo funciona literalmente como un espejo.
La epidermis superior está formada por células excepcionalmente planas, que constituyen una superficie lisa donde la luz se refleja de forma especular en lugar de dispersarse. Debajo hay una capa de aire muy delgada que separa esa epidermis del tejido interior, y bajo ella una capa cargada de almidón que rebota hacia arriba la luz que ha atravesado la primera. La combinación de dos superficies reflectantes separadas por aire es exactamente el principio de un espejo compuesto, y no se conoce en ningún otro grupo de plantas con flor.
Ese brillo cumple funciones concretas: hace la flor mucho más visible a distancia para los polinizadores, refuerza la señal amarilla en la banda que los insectos perciben, y concentra radiación en el centro floral, lo que eleva unos grados la temperatura de los órganos reproductores en primaveras frías y acelera la maduración del polen.
Ranunculina y protoanemonina: un veneno que se fabrica al morder
Todas las especies del género —y en general toda la familia— contienen un glucósido llamado ranunculina, almacenado inactivo en las vacuolas de las células. Mientras la planta esté intacta, ese compuesto no hace nada.
Cuando el tejido se rompe —un mordisco, un pisotón, un corte— la compartimentación celular se deshace y la ranunculina entra en contacto con una enzima glucosidasa que hasta entonces estaba separada de ella. La enzima la hidroliza en cuestión de segundos y libera protoanemonina, una lactona pequeña, volátil y muy reactiva.
La protoanemonina es vesicante: ataca las proteínas de las membranas y provoca ampollas, enrojecimiento y quemazón en la piel y en las mucosas con las que contacta. Es un sistema de defensa de activación instantánea, del mismo tipo que el del ajo o el de la mostaza, y tiene la ventaja evolutiva de que la planta no necesita mantener almacenada una sustancia agresiva para sí misma: la fabrica en el momento del ataque y en el punto exacto donde se produce.
Y aquí está la clave del asunto: la protoanemonina es inestable. Al secarse la planta, o simplemente con el paso de las horas, se dimeriza espontáneamente y se convierte en anemonina, un compuesto sin actividad irritante, que a su vez se degrada. El veneno se autodestruye.
Por qué el pasto fresco sí y el heno no
De esa inestabilidad se deriva la consecuencia ganadera, que en España afecta sobre todo a las praderas húmedas de la cornisa cantábrica, del Pirineo y de las zonas de montaña.
En pasto fresco, el ranúnculo es un problema real. El animal que arranca la mata libera protoanemonina en la boca, y el cuadro incluye salivación abundante, ampollas y erosiones en labios, encías y morro, rechazo del alimento, cólicos y diarrea; en vacas lecheras se ha descrito además caída de la producción y leche con sabor alterado. La especie más agresiva de la flora ibérica en este sentido es Ranunculus sceleratus, el apio bastardo, cuyo epíteto significa precisamente «malvado»; le siguen R. acris, R. bulbosus y R. repens.
La defensa funciona: el ganado evita activamente estas matas por su sabor acre, lo que genera un círculo que conviene entender. Al no ser pastadas, las plantas de ranúnculo compiten con ventaja sobre las gramíneas que sí se comen, se extienden, y una pradera sobrepastoreada acaba dominada por ellas. Un prado con mucho botón de oro es, en la práctica, un indicador de sobrepastoreo, suelo compactado y drenaje deficiente, y esa lectura vale también para un césped urbano invadido por Ranunculus repens.
En heno o ensilado, en cambio, la planta es inocua. Durante el secado la protoanemonina que se genera se transforma en anemonina y desaparece, de modo que el forraje conservado con ranúnculos puede darse sin riesgo. Es una de las pocas plantas tóxicas de pradera de las que se puede afirmar eso con tranquilidad; con el helecho común o con las Senecio, por ejemplo, ocurre justo lo contrario y el secado no elimina nada.
En personas, el contacto prolongado con savia fresca provoca una dermatitis de contacto con enrojecimiento y ampollas, bien descrita en la literatura médica y conocida desde antiguo. La ingestión causa ardor bucal intenso y trastorno digestivo. Las medidas sensatas son guantes al arrancar matas grandes en el jardín y mantener las plantas lejos de niños pequeños. Ante cualquier ingestión o lesión, la consulta corresponde al médico o al Servicio de Información Toxicológica, y en el caso de un animal, al veterinario. Ninguna de las propiedades medicinales que la tradición ha atribuido a este género cuenta con respaldo clínico: son plantas irritantes, no remedios.
Los ranúnculos silvestres ibéricos
Ranunculus acris, el botón de oro. Perenne erguida de 30 a 90 cm, hojas palmatipartidas y flores de dos centímetros, propia de prados de siega húmedos del norte peninsular y de la montaña. Es la imagen clásica del prado amarillo de mayo. Su pedúnculo floral es liso y cilíndrico, sin surcos, y los sépalos están extendidos, no reflejados: dos detalles que la separan de sus parientes.
Ranunculus repens, el ranúnculo rastrero. La más extendida por toda España, y la más molesta en jardinería. Emite estolones que se arrastran por la superficie y enraízan en cada nudo, con lo que una sola planta coloniza un metro cuadrado en una temporada; sus hojas tienen tres segmentos y el central va sobre un peciolillo propio. Vive en suelos compactados y encharcadizos, y en un césped es un aviso de que hace falta airear y drenar antes que herbicida. Tiene artículo propio en este sitio.
Ranunculus bulbosus. Se reconoce por dos rasgos: la base del tallo engrosada en un cormo redondeado bajo el suelo, y los sépalos doblados hacia abajo, pegados al pedúnculo. Prefiere pastos secos y calizos, más que los húmedos, y en verano desaparece por completo, refugiada en su cormo.
Ranunculus sceleratus, el apio bastardo. Anual de tallo hueco y grueso, hojas carnosas y brillantes que recuerdan al apio, y flores muy pequeñas con un receptáculo alargado y cónico. Vive en lodos de bordes de charca y acequia. Es la más rica en ranunculina del grupo.
Los ranúnculos acuáticos, del grupo de Ranunculus aquatilis y R. peltatus, forman tapices de flores blancas con el centro amarillo sobre las aguas remansadas de nuestros ríos. Son notables por su heterofilia: producen dos tipos de hoja radicalmente distintos en la misma planta. Las sumergidas están divididas en filamentos capilares, un diseño que ofrece muchísima superficie de intercambio y apenas resistencia a la corriente; las flotantes son laminares, redondeadas y lobuladas, para captar luz en el aire. La misma planta fabrica una u otra según si el primordio se desarrolla dentro o fuera del agua.
De la alta montaña son Ranunculus glacialis, que en los Pirineos alcanza altitudes por encima de los tres mil metros y figura entre las plantas con flor que más suben en Europa, y Ranunculus parnassiifolius, de flores blancas y hojas acorazonadas, en gleras y pedreras calizas pirenaicas y cantábricas.
Dos especies mediterráneas merecen mención por su interés ornamental: Ranunculus gramineus, de hojas estrechas como las de una gramínea y flores amarillas grandes, cultivable en rocalla seca; y Ranunculus bullatus, que rompe la norma del género al florecer en otoño, tras las primeras lluvias, con flores amarillas y perfumadas sobre una roseta de hojas rugosas, en pastizales del centro y el sur peninsular.
Un apunte taxonómico útil: la celidonia menor, la plantita de hojas acorazonadas y flores amarillo brillante que tapiza el suelo de las choperas en febrero y marzo, aparece en muchos libros como Ranunculus ficaria, pero hoy se considera un género aparte y su nombre correcto es Ficaria verna. Contiene igualmente ranunculina.
El ranúnculo de floristería es otra cosa
La flor densa, de docenas de pétalos apretados como una peonía en miniatura, que se vende en ramo o en maceta y que se ha vuelto habitual en ramos de novia, pertenece a una sola especie: Ranunculus asiaticus, originaria del Mediterráneo oriental y del sudoeste asiático.
Las diferencias con sus parientes silvestres son sustanciales. Se planta a partir de unos tubérculos con forma de garra o pata de araña, que se entierran con las puntas hacia abajo a unos cinco centímetros. Necesita frío moderado para desarrollarse y calor para florecer, y no tolera ni la helada fuerte ni el calor seco: en clima mediterráneo litoral se plantan las garras en octubre o noviembre para florecer de marzo a mayo, y en el interior o en el norte se retrasa a febrero para florecer en primavera avanzada. Tras la floración, la planta amarillea y entra en reposo estival, momento en que se arrancan las garras y se guardan en seco, o se dejan en el suelo si este drena bien.
Las variedades comerciales están agrupadas en series muy trabajadas, con flores de hasta diez centímetros y una gama de color que va del blanco al granate pasando por naranjas y salmones. Su cultivo detallado está tratado en el artículo del sitio dedicado al ranúnculo de jardín.
Comparte con el resto del género la ranunculina, así que también irrita al manipularlo en cantidad, y ni sus flores ni sus tubérculos son comestibles.
En resumen
Ranunculus es un género de unas seiscientas especies de la familia de las ranunculáceas, ligado a suelos húmedos —de ahí su nombre, «ranita»— y con flores amarillas de brillo metálico producido por una epidermis plana sobre una capa de aire, una estructura reflectante única entre las plantas con flor.
Todas contienen ranunculina, un glucósido inactivo que al romperse el tejido se convierte en cuestión de segundos en protoanemonina, una lactona vesicante que ampolla piel y mucosas. Como ese compuesto es inestable y al secarse se transforma en anemonina inofensiva, el ranúnculo es un problema en pasto fresco —salivación, llagas en el morro, rechazo del alimento— y deja de serlo en heno o ensilado.
En la flora ibérica destacan R. acris en prados de siega, R. repens con sus estolones invasores de céspedes, R. bulbosus de sépalos reflejados, R. sceleratus en lodos, los acuáticos de flor blanca y hoja doble, y los de alta montaña. El ranúnculo de floristería es Ranunculus asiaticus, se planta como garra tuberosa en otoño o a finales de invierno y comparte la misma irritabilidad.