En noviembre, una Plumeria comprada en agosto empieza a amarillear. En diciembre ha perdido hasta la última hoja y solo quedan unos garrotes grises con la punta redondeada, y la tentación es regarla más y buscarle un sitio más cálido. Ambas cosas la matan. Esa desnudez invernal es su funcionamiento normal, y saber gestionarla es la diferencia entre una planta que vuelve a brotar en abril y una que se pudre en enero.

Este artículo trata del cultivo en maceta del frangipani en España, del reposo que impone su ciclo y de lo que hace falta para que llegue a florecer bajo techo. La descripción botánica del género y sus especies está en el artículo dedicado a Plumeria alba.

Flores de Plumeria

Antes de nada: el látex

Cualquier corte en una Plumeria —una rama, una hoja arrancada, un esqueje— suelta un látex blanco y espeso, común a toda la familia de las apocináceas. Es irritante: en contacto con la piel puede provocar enrojecimiento y dermatitis, y en los ojos causa una irritación importante que requiere lavado abundante y consulta médica.

La medida práctica es sencilla: guantes al podar o al preparar esquejes, no llevarse las manos a la cara durante la faena, y lavarse después. Con niños y con mascotas, la planta debe estar donde no se pueda mordisquear; la ingestión de savia o de hojas provoca molestias digestivas. Dicho esto, no es una planta peligrosa de tener en casa, es una planta que se poda con guantes.

La caducidad invernal, que no es una enfermedad

Plumeria rubra, que es la especie de casi todos los ejemplares que se venden en España, es caducifolia. En su área natural, de México a Centroamérica, el clima no alterna frío y calor, sino estación húmeda y estación seca, y la planta responde a la seca deshaciéndose de las hojas para no perder agua por ellas. En un cultivo español la señal que dispara ese comportamiento es la bajada de temperatura y el acortamiento del día, y el resultado se ve entre octubre y diciembre.

El proceso tiene un orden: las hojas más viejas, las de la base de cada rama, amarillean primero; el amarillo avanza hacia arriba; las hojas caen limpiamente por el peciolo, sin manchas ni podredumbre; y queda el esqueleto de ramas gruesas, grises y con cicatrices anulares muy marcadas —esas cicatrices son las de las hojas caídas de años anteriores y sirven para calcular la edad de cada tramo—. En el extremo de cada rama permanece una yema terminal apretada, gruesa y verdosa o rojiza, que es de donde saldrá todo en primavera.

Distinguirlo de un problema real es fácil. Si las hojas caen amarillas y secas, de abajo arriba, en otoño y con las ramas firmes, es reposo. Si caen verdes y blandas, o si aparecen a la vez manchas negras y la rama cede al apretarla, es podredumbre por exceso de agua. Y si caen en pleno julio, es sed o araña roja.

Plumeria obtusa, de hoja más redondeada y lustrosa, es semiperenne y conserva parte del follaje si el invierno es suave, pero también reduce mucho su actividad.

La invernada en seco

Aquí está el núcleo del asunto. Una Plumeria sin hojas no transpira, no fotosintetiza y no absorbe agua. Regarla en ese estado equivale a dejar el cepellón empapado durante meses a temperatura fresca, y las raíces y la base del tallo se pudren sin remedio. El tronco carnoso guarda agua suficiente para pasar el invierno entero.

Cuándo empezar. Se retira el abono a finales de agosto y se van espaciando los riegos desde septiembre. Cuando la planta haya perdido la mitad de las hojas, se corta el riego del todo.

Dónde guardarla. Un lugar fresco, seco y protegido de la helada, entre 10 y 15 °C. Un garaje, un trastero, una galería sin calefacción, un sótano. La luz es indiferente mientras esté sin hojas, así que un sitio oscuro sirve perfectamente; lo que no sirve es un salón a 22 °C, porque el calor la mantiene medio despierta, consume reservas y produce brotes pálidos y estirados que después se pierden.

El límite del frío. Por debajo de 5 °C sufre y con helada se pierde: el tejido acuoso del tallo se congela, revienta las células y la rama se vuelve blanda y hueca. En el litoral mediterráneo, en la costa andaluza y en Canarias puede quedarse fuera todo el invierno si está resguardada; en el resto de la península hay que entrarla.

Riego durante el reposo. Ninguno, o casi. En un invierno largo, un vaso de agua en enero y otro en febrero evita que las raíces finas se sequen del todo, y nada más. Si el tronco empieza a arrugarse de forma marcada, se puede dar un riego ligero; una arruga leve es normal y no exige intervención.

El despertar. A finales de marzo o en abril, la yema terminal se hincha y empieza a abrirse. Ese es el momento —y no antes— de sacarla a la luz, empezar a regar poco a poco y reanudar el abono. Un truco útil: se puede provocar un despertar más temprano llevándola a un sitio cálido y luminoso a finales de febrero, con lo que se adelanta la floración unas semanas.

El esqueje y la cicatrización obligatoria

Multiplicar una Plumeria es sencillo, con una condición que no admite atajos: el corte tiene que secarse antes de plantarse.

El motivo es el látex. Un esqueje recién cortado tiene la herida abierta, húmeda y cargada de savia azucarada, un medio ideal para hongos como Fusarium y para bacterias. Plantado así en sustrato húmedo se pudre desde la base en una o dos semanas, y esa es la causa de la mayoría de los fracasos.

El procedimiento. En primavera o principios de verano se corta una rama de treinta a cuarenta y cinco centímetros, mejor una que ya se haya bifurcado alguna vez. Se lava el látex del corte con agua y se deja escurrir. Se retiran las hojas inferiores. Y se deja la estaca en un lugar seco, sombreado y aireado, entre una y tres semanas, hasta que el corte forme un callo endurecido, seco al tacto y de aspecto acorchado. En verano, con calor, diez días bastan; en primavera fresca conviene esperar más.

La plantación. En sustrato muy drenante —perlita con arena gruesa, o mezcla de cactáceas— hundiendo unos ocho o diez centímetros, con la estaca bien sujeta con una caña, porque el movimiento rompe las raicillas nuevas. El sustrato se mantiene apenas húmedo, nunca mojado, y la maceta en un sitio cálido, entre 25 y 30 °C, con luz brillante indirecta. Un cable calefactor de semillero acelera mucho el proceso, porque la raíz de esta planta se forma con calor de suelo.

Los plazos. De seis a diez semanas hasta las primeras raíces. Durante ese tiempo la estaca puede sacar hojas sin tener aún raíz —las produce con sus propias reservas—, así que la aparición de hojas no es prueba de éxito. La prueba es la resistencia: si al mover suavemente la estaca ofrece resistencia, ha enraizado.

Conviene saber que un esqueje reproduce exactamente el color y el aroma de la planta madre, mientras que una planta de semilla es una lotería genética y tarda entre tres y cinco años en florecer. Por eso la Plumeria de variedad se vende siempre como estaca.

Plumeria en maceta

La floración: madurez, ramificación y sol

Las flores de esta planta se producen en inflorescencias terminales, en la punta de la rama. Eso tiene tres consecuencias directas.

La rama tiene que ser madura. Un esqueje enraizado la temporada pasada no florece; necesita normalmente dos o tres años desde el enraizamiento, y una planta de semilla, entre tres y cinco. No hay abono ni truco que salte ese plazo.

Cuantas más puntas, más flores. Y las puntas se multiplican al ramificarse. La Plumeria se bifurca de forma natural después de cada floración —la inflorescencia agota el ápice y de ahí salen dos o tres ramas nuevas—, y también se puede forzar cortando el extremo de una rama gruesa en primavera, con lo que brotan dos o tres yemas laterales. Es una inversión: se pierde la flor de ese año en esa rama y se ganan varias puntas para los siguientes.

Sol directo, mucho. Es el factor limitante en España. La planta necesita un mínimo de seis horas de sol directo al día durante la temporada de crecimiento para acumular reservas suficientes para florecer, y ocho es mejor. Con menos hace hojas grandes, verdes y bonitas, y ninguna flor.

El abono acompaña. De abril a agosto, un fertilizante rico en fósforo —del tipo 10-30-10 o similar— cada dos semanas, en riego. El exceso de nitrógeno produce follaje exuberante a costa de la floración, que es exactamente lo contrario de lo que se busca. Y se suspende a finales de agosto, para que la madera endurezca antes del reposo.

La floración va de junio a octubre en clima peninsular, con el pico en julio y agosto, y el aroma —que en muchas variedades se intensifica al atardecer, cuando vuelan sus polinizadores nocturnos— es buena parte de su atractivo.

En interior: lo que se puede y lo que no

Hay que ser honesto con esto. Una Plumeria puede vivir dentro de una casa; florecer dentro de una casa es otra cosa, y en una vivienda corriente no ocurre.

El motivo es cuantitativo. Al sol de julio en Sevilla o en Valencia la planta recibe del orden de cien mil lux; junto a una ventana al sur, dentro, con el cristal filtrando y el ángulo restando, recibe entre cinco mil y veinte mil, y a dos metros hacia el interior baja de mil. La diferencia es de un orden de magnitud, y esa energía es precisamente la que se convierte en flor.

Lo que sí funciona. El régimen mixto, que es el que se practica en el norte de Europa desde hace décadas. De mayo a octubre la planta vive fuera, en terraza, balcón o patio, a pleno sol, en la mejor orientación disponible. De noviembre a abril entra a invernar en seco, donde ya se ha explicado. Con este ciclo florece perfectamente en Madrid, en Zaragoza o en Valladolid.

Si tiene que estar dentro todo el año, las condiciones son exigentes: ventanal al sur o al suroeste, planta pegada al cristal, sin visillo, y con la maceta girada un cuarto de vuelta cada semana para que no se deforme. Ayuda mucho una lámpara de cultivo LED de espectro completo a treinta o cuarenta centímetros, doce horas al día de marzo a septiembre; con eso sí se consigue floración en interior. Y hay que mantener la ventilación, porque el aire quieto de una habitación favorece la araña roja.

La aclimatación al sacarla en mayo es obligatoria. Una planta que ha pasado seis meses en penumbra y sale de golpe a un balcón al sur se quema en dos días, con manchas blanquecinas y luego pardas que no se recuperan. Dos semanas de sombra clara y luego sol de mañana, y a partir de junio ya a pleno sol.

Sustrato, maceta y riego en temporada

Sustrato: drenante y aireado. Una mezcla de dos partes de sustrato universal de calidad, una de perlita gruesa y una de corteza de pino fina o pómice. La raíz es carnosa y no perdona el suelo compacto.

Maceta: ajustada. Estas plantas florecen mejor algo estrechas, y una maceta demasiado grande retiene humedad en la zona sin raíces. El barro va mejor que el plástico. El trasplante, cada dos o tres años en primavera, justo cuando despierta la yema.

Riego en crecimiento: abundante y con secado entre riegos. De mayo a septiembre, con la planta al sol y en hoja plena, eso puede ser cada tres o cuatro días en maceta mediana. Se moja a fondo hasta que salga agua y se vacía el plato. La regla que evita disgustos: si tiene hojas, riega; si no las tiene, no.

Plagas: la araña roja en ambiente seco y caliente, con punteado plateado en el haz; la cochinilla algodonosa en las axilas; y sobre todo la roya del frangipani, Coleosporium plumeriae, que aparece como pústulas de polvo naranja en el envés en verano húmedo y provoca defoliación anticipada. Se combate retirando y desechando las hojas afectadas —no al compost—, mejorando la ventilación, evitando mojar el follaje y, si es grave, con un fungicida de cobre. No es mortal, pero debilita a la planta de cara a la temporada siguiente.

En resumen

La pérdida total de la hoja entre octubre y diciembre es el reposo normal de Plumeria rubra, no un síntoma. Durante ese periodo la planta se guarda entre 10 y 15 °C, en seco y sin necesidad de luz, y no se riega prácticamente nada hasta que la yema terminal se hincha en marzo o abril.

Los esquejes se toman en primavera o verano, de treinta a cuarenta y cinco centímetros, y el corte debe cicatrizar de una a tres semanas antes de plantarse en sustrato apenas húmedo y con calor de suelo; saltarse ese secado es lo que los pudre.

Para florecer necesita madera de dos o tres años, puntas ramificadas y seis horas de sol directo, con abono rico en fósforo de abril a agosto. Dentro de casa vive, pero rara vez florece sin ventanal al sur o luz artificial de apoyo; el esquema que funciona en España es fuera de mayo a octubre y dentro, en seco, el resto del año. Y siempre con guantes al podar, porque su látex es irritante.


Contenidos relacionados