Hay al menos cinco maneras distintas de resolver el mismo problema —vivir donde el agua falta durante meses— y cada una produce una planta de aspecto y de exigencias completamente diferentes. Meterlas todas en el cajón de «xerófilas» y regarlas igual es el motivo de que un romero y una Echeveria plantados en el mismo arriate acaben mal los dos, aunque por causas opuestas.
Clasificar las xerófitas por estrategia, y no por aspecto ni por continente de origen, ordena el asunto y tiene una consecuencia práctica inmediata: dice cuánta agua quiere cada una y cuándo. La convergencia entre cactáceas y euforbias, el metabolismo CAM y las razones por las que una crasa muere de humedad en invierno están tratados en el artículo sobre plantas del desierto; aquí va la clasificación.
El planteamiento: almacenar, resistir, buscar, escapar o rendirse
Una planta terrestre pierde agua por los estomas mientras los abre para captar el CO₂ que necesita. Ese es el compromiso central de la vida vegetal en tierra firme, y en clima árido se vuelve un dilema: abrir cuesta agua que no hay; no abrir significa dejar de fotosintetizar y agotar reservas.
Las soluciones evolucionadas para ese dilema se agrupan en cinco líneas, con nombres que a veces suenan a manual pero que describen cosas muy concretas:
- Almacenar agua cuando la hay y vivir de esa reserva. Son las suculentas.
- Resistir la desecación del tejido con una hoja blindada que pierde poquísima. Son las esclerófilas.
- Buscar agua donde sí la hay, en profundidad. Son las freatófitas.
- Escapar del periodo seco completando el ciclo vital mientras dura la lluvia. Son las efímeras.
- Rendirse y desecarse sin morir, para rehidratarse después. Son las poiquilohídricas.
Las tres primeras siguen activas durante la sequía; las dos últimas la evitan, una por ausencia y otra por suspensión.
Suculentas: la estrategia del depósito
Almacenan agua en un tejido parenquimático especializado, con células grandes de pared fina y vacuola enorme. Ese tejido puede estar en la hoja (Aloe, Agave, Sedum, Crassula, Echeveria, Haworthia, Lithops), en el tallo (cactáceas, Euphorbia columnares, Stapelia) o en la raíz y en un caudex engrosado (Adenium obesum, Pachypodium, Dioscorea elephantipes).
El paquete de rasgos que acompaña al almacenamiento es coherente. La relación superficie/volumen es baja —de ahí las formas esféricas y columnares—, lo que reduce el área por la que se evapora en proporción al agua contenida. La epidermis lleva cutícula gruesa y a menudo ceras que la vuelven glauca. Los estomas son pocos, hundidos en criptas y protegidos por pelos. Y las raíces son superficiales y muy extendidas, a veces con un radio mayor que la altura de la planta, porque su función es captar deprisa la lluvia fina que solo moja los primeros centímetros de suelo antes de que se evapore.
La mayoría de las suculentas emplea metabolismo CAM: abre los estomas de noche, fija el CO₂ en forma de ácido málico y lo procesa de día con los estomas cerrados. Reduce las pérdidas por transpiración a una fracción de las de una planta convencional, a costa de un crecimiento lento.
Su punto débil está en el suelo, no en el aire. El tejido de reserva es blando y sostiene una presión de turgencia alta, así que basta un exceso de agua para que las células revienten o para que un hongo del suelo entre por una raíz asfixiada. Una suculenta no se muere de sed en una maceta doméstica; se muere de riego. En el cultivo eso significa sustrato mineral con drenaje inmediato, riego abundante y muy espaciado, y prácticamente nada de agua entre noviembre y febrero, cuando la temperatura baja y la evaporación se detiene.
Esclerófilas: la estrategia del blindaje
No almacenan agua. Aguantan la sequía con una hoja construida para perder muy poco y para no romperse cuando el potencial hídrico del tejido cae a valores que matarían a otra planta.
El nombre viene del griego skleros, duro. La hoja esclerófila es pequeña, gruesa, rígida al tacto, de color mate u oscuro, perenne y de larga vida —dos o tres años, a veces más—. Bajo el microscopio tiene una cutícula muy gruesa, varias capas de esclerénquima que le dan la rigidez, un mesófilo compacto y estomas restringidos al envés y alojados en criptas o bajo un fieltro de pelos que crea una capa de aire quieto y frena la difusión del vapor.
Es la estrategia dominante del monte mediterráneo, y por eso rodea a cualquiera que viva en España: encina (Quercus ilex), coscoja (Quercus coccifera), olivo y acebuche (Olea europaea), lentisco (Pistacia lentiscus), madroño (Arbutus unedo), mirto (Myrtus communis), aladierno (Rhamnus alaternus), algarrobo (Ceratonia siliqua), adelfa. Se repite con formas casi idénticas en el chaparral californiano, en el fynbos sudafricano, en el matorral chileno y en el kwongan australiano: cinco regiones con clima mediterráneo y cinco floras sin parentesco que llegaron al mismo diseño de hoja.
Una variante que conviene distinguir es la malacofilia estacional, propia de muchas labiadas y cistáceas: jaras, romero, tomillo, salvia, lavanda, Phlomis. Estas producen en otoño hojas grandes y blandas para aprovechar la humedad del invierno, y al llegar el verano las sustituyen por otras pequeñas, engrosadas y cubiertas de pelos, o directamente las dejan caer. Cambian de hoja según la estación en vez de mantener una sola hoja resistente todo el año. Es la razón de que un romero se vea espeso en marzo y ralo en agosto sin estar enfermo.
En el jardín, las esclerófilas quieren lo contrario que las suculentas en un aspecto clave: toleran mal el riego de verano. Su ciclo natural las lleva a un reposo estival, y regarlas en julio las activa cuando el suelo está caliente, lo que favorece la Phytophthora. La seca de la encina que afecta a las dehesas está relacionada con ese hongo. Un jardín de plantas mediterráneas se riega para instalarlo, durante el primer o segundo verano, y después se deja.
Freatófitas: la estrategia de la raíz larga
Estas no se adaptan a la falta de agua: la esquivan yendo a buscarla al freático o a la humedad profunda del subsuelo. En superficie parecen plantas de clima húmedo, con hojas relativamente grandes y verdes en pleno agosto, y esa aparente contradicción es su marca.
El caso de referencia es el mezquite americano (Prosopis), con raíces documentadas a más de 50 metros de profundidad; se han descrito ejemplares localizados en excavaciones mineras muy por debajo de la superficie. La Tamarix, el taray de las ramblas y de los saladares españoles, sigue el mismo modelo. También el álamo (Populus alba), el fresno (Fraxinus angustifolia), el olmo (Ulmus minor), la adelfa en su posición natural dentro del cauce de rambla, y el palmito en menor medida.
El coste de la estrategia es una inversión enorme en biomasa subterránea: una freatófita joven puede dedicar la mayor parte de lo que produce a alargar raíz antes de crecer hacia arriba. De ahí que muchas parezcan estancadas los primeros años y luego arranquen de golpe.
Se distinguen dos grados. Las freatófitas obligadas necesitan contacto permanente con el freático y mueren si la capa desciende: son indicadoras de agua subterránea, y su presencia en un paisaje seco señala que ahí abajo hay algo. Las facultativas lo usan si lo encuentran y si no tiran de otras estrategias.
La aplicación al jardín es doble. Por un lado, una freatófita plantada en maceta pierde su estrategia: sin profundidad no puede hacer lo que sabe hacer y se convierte en una planta exigente de riego. Por otro, plantadas en suelo profundo son las que mejor resultado dan con menos agua a largo plazo, siempre que se les riegue de forma escasa y muy profunda los primeros años, para inducirlas a bajar. Regar poco y en superficie produce el efecto contrario: raíces someras y dependencia permanente del riego.
Efímeras: la estrategia de no estar
Técnicamente no son xerófitas, y ese es el chiste. Sus tejidos no tienen ninguna adaptación a la sequía: son plantas tiernas, de hoja fina, con estomas normales y transpiración alta. Lo que han adaptado es el calendario. Pasan la sequía como semilla, que es un estado en el que el agua no importa.
Germinan tras una lluvia significativa, crecen a velocidad notable, florecen, fructifican y mueren, todo en un plazo que va de seis a diez semanas. Son las responsables de las floraciones masivas de los desiertos: el desierto de Atacama que se cubre de flores cuando llueve, o los tapices de amapolas del suroeste norteamericano en primavera.
La pieza fina de esta estrategia no es la rapidez sino el control de la germinación. Una semilla que germinara con cualquier chubasco moriría antes de dar semilla. Así que llevan inhibidores químicos en la cubierta que deben ser lavados por una cantidad de agua suficiente, requieren umbrales de temperatura, y muchas mantienen una germinación escalonada: de un lote de semillas del mismo año, una parte germina esta temporada y el resto espera, repartiendo el riesgo entre varios años. Un banco de semillas puede permanecer viable en el suelo durante décadas.
En España el equivalente son los terófitos, las anuales de primavera de los pastizales secos, que en clima mediterráneo aprovechan las lluvias de otoño e invierno en lugar de las de verano. Amapolas, Diplotaxis, jaramagos, Anagallis, muchas leguminosas pequeñas. En jardinería es la base de las praderas de flor de siembra anual y de los taludes que se siembran en octubre.
Poiquilohídricas: la estrategia de secarse y volver
El nombre viene de que no controlan su contenido de agua: lo dejan equilibrarse con el del ambiente. Se secan cuando el aire se seca y se rehidratan cuando llueve, sin que la deshidratación las mate. Se las llama también plantas de resurrección.
Pueden perder más del 90 % de su agua celular y permanecer en ese estado meses o años. Lo consiguen acumulando azúcares como la sacarosa y la trehalosa que sustituyen al agua en la estructura de las membranas y forman un estado vítreo dentro de la célula, junto con proteínas protectoras y sistemas antioxidantes que reparan el daño al rehidratarse. El proceso de recuperación es rápido: horas para recobrar la turgencia, un día o dos para reanudar la fotosíntesis.
La estrategia es común en musgos y en líquenes, que son poiquilohídricos casi por definición: el liquen seco y quebradizo de una roca revive con la primera niebla. Entre las plantas vasculares es rara y aparece sobre todo en helechos y en unas pocas angiospermas. Los ejemplos clásicos son Selaginella lepidophylla, la falsa rosa de Jericó mexicana que se vende como curiosidad porque se abre al mojarla; Craterostigma plantagineum, sudafricana y muy estudiada; Myrothamnus flabellifolia, un arbusto africano que se deseca por completo; y el Ceterach officinarum —doradilla—, un helecho que crece en muros y roquedos de toda España y que en verano parece muerto, con las frondes enrolladas y pardas, y que reverdece con la lluvia de septiembre.
Es una estrategia de plantas pequeñas y de crecimiento lentísimo. Sostener un árbol entero con este mecanismo no sale a cuenta energéticamente, y de ahí que no exista.
Las categorías no son cajas cerradas
Este es el matiz que evita usar la clasificación como una camisa de fuerza: muchas plantas combinan estrategias, y las que mejor resultado dan en clima árido suelen ser justamente las que combinan.
El Agave es suculento de hoja y a la vez tiene raíces superficiales extensas de captación rápida. La adelfa es esclerófila en la hoja y freatófita en la posición, porque vive en el cauce de las ramblas con la raíz en la humedad del lecho. El palmito (Chamaerops humilis) tiene hoja dura y rizoma de reserva. Muchas cactáceas de zonas de lluvia estacional se comportan como efímeras en la germinación, con un banco de plántulas que aparece solo los años buenos. Y el olivo mezcla hoja esclerófila, raíz profunda y capacidad de rebrotar de cepa tras un episodio extremo, que es una sexta vía —la de sobrevivir en el órgano subterráneo y volver a empezar— que comparten muchos arbustos mediterráneos.
Añádase que la misma especie cambia de comportamiento según dónde crezca. Un romero en suelo profundo baja raíz y se comporta casi como freatófita; el mismo romero en una jardinera de 30 cm depende del riego por completo.
Qué se hace con esto en el jardín
La clasificación resuelve el problema práctico de agrupar plantas que necesitan lo mismo, que es la base de un jardín de bajo consumo de agua bien hecho.
Suculentas juntas y en sustrato mineral, con riego generoso y espaciadísimo de abril a septiembre y prácticamente nulo el resto del año. Elevar el nivel del arriate o plantar en talud ayuda mucho más que añadir grava por encima.
Esclerófilas juntas y sin riego estival a partir del segundo año. Suelo pobre, sin abono, sin acolchado orgánico que retenga humedad junto al cuello, y plantación en otoño para que enraícen con las lluvias.
Freatófitas donde haya profundidad de suelo, con riegos escasos y muy copiosos los primeros veranos, para forzarlas hacia abajo. Nunca en maceta si se pretende que sean autosuficientes.
Efímeras como siembra de otoño en las zonas que no se van a regar, aceptando que estarán vistosas en primavera y agostadas en julio, que es lo que hacen los pastizales naturales.
Y una advertencia sobre la mezcla: un arriate con suculentas y esclerófilas mediterráneas juntas funciona, porque ambas quieren verano seco. Un arriate con suculentas y freatófitas jóvenes no, porque las segundas piden riegos profundos que pudrirán a las primeras.
En resumen
Las plantas que viven donde falta el agua no lo resuelven de una sola manera. Las suculentas almacenan agua en hoja, tallo o caudex, con raíz superficial y metabolismo CAM, y su riesgo es el exceso de riego. Las esclerófilas —la encina, el olivo, el lentisco y todo el monte mediterráneo— resisten con hoja dura, cutícula gruesa y estomas hundidos, y sufren si se las riega en verano. Las freatófitas, como el taray o el álamo, esquivan la sequía con raíces que alcanzan el freático, e invierten años en construirlas. Las efímeras escapan pasando la sequía en forma de semilla y completando el ciclo en pocas semanas, con una germinación cuidadosamente regulada. Y las poiquilohídricas, como la doradilla de nuestros muros, se desecan hasta parecer muertas y reviven con la lluvia. Casi ninguna planta real pertenece a una sola categoría, pero saber cuál domina en cada una dice exactamente cómo hay que regarla y con quién plantarla.