Pregúntale a un veterinario de urgencias qué trae de verdad a los perros intoxicados en su consulta y la respuesta se parece poco a las listas al uso. No suele ser un animal que se haya comido una maceta del salón. Suele ser uno que estaba royendo un palo del montón de poda, o que ha desenterrado los bulbos que se plantaron el fin de semana anterior, o que lleva media hora hurgando en el compostero.

El perro se envenena por lo que hace con la boca y con las patas. Mastica lo que encuentra, excava donde huele algo, y traga entero. Ese patrón de exposición apunta a un conjunto de riesgos muy distinto del que corre un gato, y merece la pena ordenarlo por ahí en lugar de por la lista alfabética de plantas de salón. Para la clasificación por gravedad clínica y los teléfonos de emergencia está el artículo de plantas peligrosas para las mascotas.

Masticar, excavar, tragar

Tres conductas normales del perro explican casi todo lo que le pasa.

Roer madera. El palo es un juguete que se lleva a la boca y se deshace a mordiscos. Si ese palo procede de una poda de adelfa, de tejo o de laburno, el animal está triturando y tragando tejido vegetal cargado de principios activos. La leña también cuenta: un tronco de adelfa en el montón de la chimenea sigue siendo tóxico años después de cortado, porque los glucósidos cardiotónicos no se degradan al secarse.

Excavar. El suelo recién removido es una invitación. Huele distinto, está blando, y muchas veces tiene algo enterrado que el perro ha visto enterrar. Ahí está el problema de los bulbos otoñales.

Tragar sin masticar. Un perro de tamaño medio engulle una pieza de fruta caída con hueso incluido. El hueso plantea dos problemas a la vez: obstrucción mecánica y, en algunos casos, contenido de amigdalina.

Sumado a eso, el perro pesa lo suyo y come cantidades grandes, así que llega con más facilidad a las dosis que en un animal pequeño quedarían lejos.

Bulbos recién plantados

Octubre y noviembre son la temporada de plantar narcisos, tulipanes, jacintos y amarilis en jardín y en maceta. También es la temporada de que el perro los saque.

Tulipanes en flor en un macizo de jardín

La toxicidad de un bulbo está concentrada, mucho más que en la hoja o en la flor de la misma planta. Los narcisos (Narcissus spp.) contienen licorina y otros alcaloides que provocan vómito intenso, diarrea, dolor abdominal y, con cantidades altas, alteraciones del ritmo cardiaco y temblor. El tulipán (Tulipa spp.) y el jacinto (Hyacinthus orientalis) llevan tulipalinas y glucósidos que irritan con fuerza la boca y el tubo digestivo; en el jacinto el efecto es tan marcado que hasta manejar muchos bulbos a mano irrita la piel de las personas. La amarilis de Navidad (Hippeastrum) va por el mismo camino, con licorina también.

Fuera de los bulbos de flor, en el jardín mediterráneo hay dos bulbosas silvestres que conviene conocer: la Urginea maritima o cebolla albarrana, con un bulbo enorme que asoma del suelo y un contenido de glucósidos cardiotónicos considerable, y el Colchicum autumnale, cuya colchicina es de lo más peligroso que puede tragar un perro.

La medida preventiva es prosaica y funciona: plantar más hondo de lo que dice el paquete, apisonar bien, y cubrir la zona recién plantada con una malla metálica o unas ramas durante las primeras semanas, que es cuando el suelo huele a removido. Pasado un mes el perro pierde el interés.

Frutos, semillas y huesos

Un jardín con frutales produce fruta caída, y ahí se juntan varios asuntos distintos.

Los huesos de las rosáceas. Melocotón, albaricoque, ciruela, cereza y las semillas del manzano contienen amigdalina, un glucósido cianogénico. Para que libere cianuro en cantidad significativa hay que romper la semilla, cosa que un perro que tritura sí hace. El riesgo real de una fruta suelta es bajo; el de un animal que se pasa la tarde bajo un ciruelo cargado, no tanto. Y el problema mecánico es más frecuente que el químico: un hueso de melocotón entero es una causa clásica de obstrucción intestinal.

El aguacate (Persea americana). Contiene persina, un compuesto fungicida presente en hoja, corteza, piel y hueso. La sensibilidad varía muchísimo entre especies: en aves de corral, cabras y caballos causa cuadros graves; en el perro la persina apenas provoca molestia digestiva leve. El peligro serio del aguacate para un perro es el hueso, que tiene el tamaño exacto para atascarse en el intestino delgado de un animal mediano. Si tienes aguacatero en el jardín —en la costa mediterránea y en Canarias los hay—, recoger la fruta caída importa más por eso que por la toxina.

El ricino (Ricinus communis). Naturalizado en descampados, cunetas y solares de medio litoral peninsular, con semillas jaspeadas del tamaño de una alubia. La ricina que contienen es una de las toxinas vegetales más potentes que existen: inhibe la síntesis de proteínas en la célula. Como en los huesos de fruta, la semilla entera pasa muchas veces sin liberar apenas nada, pero un perro que mastica libera el contenido. Los síntomas tardan horas en aparecer y eso engaña. Es motivo de consulta veterinaria inmediata, sin esperar a ver qué pasa.

Las bellotas verdes y las hojas de roble. Los taninos causan daño renal y digestivo en el ganado, y en perros que comen bellotas de forma repetida se han descrito cuadros digestivos y obstrucciones. No es lo mismo una bellota ocasional que la costumbre de comerlas.

La cícada, un caso que merece apartado

La Cycas revoluta, con el nombre comercial de palmera de Sagú, es la planta que más muertes de perro provoca de las que están en el jardín corriente español. Vale la pena entender por qué.

Toda la planta contiene cicasina, una toxina hepática. Pero la concentración más alta está en la semilla, del tamaño y color de una nuez grande, de un naranja rojizo llamativo, que la planta hembra deja caer al suelo en otoño. La semilla es blanda, huele bien y rueda: reúne todo lo que hace que un perro la coja. Se estima que una o dos semillas bastan para causar un fallo hepático agudo en un animal de tamaño medio.

El curso clínico es traicionero. Empieza con vómito y diarrea a las pocas horas, hay a menudo una fase de aparente mejoría, y entre las veinticuatro y las setenta y dos horas aparece la insuficiencia hepática, con ictericia y trastornos de coagulación. La mortalidad es alta incluso con tratamiento. Si hay Cycas en el jardín y perro en la casa, la decisión razonable es retirar la planta o, como mínimo, cortar los conos y recoger las semillas antes de que caigan.

El compostero y el césped tratado

Dos riesgos del jardín que no son plantas pero que se ganan el sitio porque llegan por la misma vía.

Compost y restos en descomposición. La materia orgánica húmeda en fermentación desarrolla hongos, y algunos de ellos —Penicillium sobre todo— producen micotoxinas tremorgénicas, penitrem A y roquefortina. Un perro que hurga en un compostero, en un montón de hierba segada o en fruta podrida bajo el árbol puede ingerir bastante. El cuadro es característico: temblor generalizado, incoordinación, hipertermia y convulsiones, con inicio en menos de dos horas. Es una urgencia veterinaria y responde bien si se trata pronto. La prevención es cerrar el compostero con tapa y recoger la fruta caída, no dejarla fermentar.

Fertilizantes y tratamientos. Los abonos organominerales con harina de hueso o de sangre resultan apetitosos y provocan gastroenteritis y, en cantidad, pancreatitis. Los caracolicidas con metaldehído siguen a la venta en algunos formatos y causan convulsiones graves. Los herbicidas y fungicidas requieren respetar el plazo de reentrada que figura en la etiqueta, que está pensado para personas pero sirve de referencia.

Un jardín compatible con un perro

No se trata de arrancar todo lo que aparece en una lista, sino de ordenar el espacio pensando en cómo se mueve el animal.

Separa la zona de trabajo. Compostero, montón de poda, sacos de abono, macetas en espera y semilleros, detrás de una valla baja o en un cobertizo. Es donde se concentra la mayor parte del riesgo y es fácil de aislar.

Revisa lo que hay plantado con criterio de dosis, no de nombre. Muchas plantas de la lista negra clásica solo dan un mal rato digestivo. Las que justifican retirar de verdad si hay perro joven son Cycas revoluta, adelfa (Nerium oleander), tejo (Taxus baccata), ricino, Datura y Brugmansia, y el laburno. La adelfa, muy común en setos y medianas, mantiene la toxicidad en la hoja seca.

Dale por dónde correr y qué morder. Un perro con un recorrido perimetral libre, sombra y juguetes masticables destroza mucho menos el jardín que uno aburrido. Los cachorros y los animales que pasan muchas horas solos son los que más incidentes protagonizan.

Los bordes de macizo con piedra o corteza gruesa desaniman la excavación mejor que cualquier repelente. El acolchado de cacao, en cambio, hay que evitarlo: contiene teobromina, la misma molécula del chocolate, y huele a chocolate.

Qué hacer si se lo ha comido

Lo primero es averiguar qué era y cuánto. Guarda un trozo de la planta, una semilla o el envase; una fotografía de la hoja, del fruto y del porte completo ayuda al veterinario mucho más que un nombre popular. Anota la hora aproximada.

Llama a la clínica antes de salir de casa y describe la situación. Si hay servicio de urgencias, avisar de camino permite que preparen. El Instituto Nacional de Toxicología atiende consultas en el 91 562 04 20 y puede orientar sobre el principio activo mientras llegas.

No provoques el vómito por tu cuenta. Con sustancias cáusticas o irritantes empeora la lesión del esófago, y en un animal que ya está aturdido hay riesgo de que aspire. El agua oxigenada, que circula como remedio casero, causa gastritis hemorrágica y no está indicada. Tampoco sirven la leche ni el aceite.

Y no esperes a que aparezcan síntomas cuando lo ingerido es ricino, Cycas, tejo o adelfa. En esos cuatro el intervalo sin síntomas forma parte del cuadro, y el momento en que se puede hacer algo es antes.

En resumen

El perro no se intoxica como el gato porque no se expone como el gato: mastica palos, desentierra lo recién plantado, traga fruta caída con hueso y hurga en el compost. De ahí que sus riesgos característicos sean los bulbos de narciso, tulipán y jacinto en las semanas siguientes a la plantación, las semillas de Cycas revoluta que caen en otoño, el ricino de los descampados, los huesos de rosáceas por vía mecánica más que química, y las micotoxinas de la materia en fermentación. Aislar la zona de trabajo del jardín, plantar hondo y cubrir, recoger la fruta y las semillas del suelo y retirar media docena de especies concretas resuelve casi todo. Ante una ingestión, identificar la planta, llamar sin demora y no provocar el vómito.


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