Hagamos la cuenta antes que el argumento. Un salón medio español mide unos 25 metros cuadrados con techo de 2,6 metros: 65 metros cúbicos de aire. Una ventana entreabierta renueva ese volumen entre media y una vez por hora sin que nadie haga nada. Para que un conjunto de plantas de interior compitiera con esa cifra en la eliminación de compuestos orgánicos volátiles harían falta, según los cálculos publicados a partir de los propios datos de laboratorio, del orden de un centenar de macetas por habitación. No es una exageración retórica: es lo que sale al dividir.

Conviene decirlo pronto y sin rodeos, porque el mito de la planta purificadora se repite en cada catálogo de decoración. Y conviene decirlo sin desdén hacia las plantas, que hacen otras cosas —algunas medibles, otras no— que justifican de sobra tenerlas en casa.

Qué midió realmente el estudio que se cita siempre

El trabajo original es de 1989, lo firmó B. C. Wolverton para la NASA y su objetivo no era decorar salones sino explorar sistemas de soporte vital para estaciones espaciales y hábitats cerrados. El montaje experimental consistía en cámaras selladas de aproximadamente un metro cúbico, en las que se introducía una planta en maceta y se inyectaba una concentración conocida de benceno, tricloroetileno o formaldehído. Después se medía cuánto quedaba a las veinticuatro horas.

Los porcentajes de reducción fueron altos, y esos porcentajes son los que llevan treinta y cinco años circulando. El problema no está en la medición, que era correcta, sino en el salto que se hizo después. Una cámara sellada de un metro cúbico no tiene rendijas, ni puerta, ni extracción de cocina, ni gente entrando y saliendo. Un salón es sesenta y cinco veces más grande y, además, se ventila solo.

Hay un segundo matiz importante: buena parte de la depuración observada no la hacía la hoja, sino el sustrato y los microorganismos de la rizosfera. Wolverton lo señaló él mismo, y de ahí que sus desarrollos posteriores fueran biofiltros con ventilador que forzaban el paso del aire a través del sustrato, no macetas puestas en una estantería.

Qué dice el trabajo posterior

La revisión que zanjó el asunto es la de Cummings y Waring, publicada en 2020 en el Journal of Exposure Science and Environmental Epidemiology. Recalcularon los datos de una docena de estudios de cámara convirtiéndolos a una unidad comparable con la de los purificadores: la tasa de aire limpio equivalente, o CADR, que expresa cuántos metros cúbicos de aire por hora quedan efectivamente libres del contaminante.

El resultado, en promedio, fue del orden de 0,02 metros cúbicos por hora y planta. La ventilación natural de una vivienda ordinaria aporta entre uno y dos órdenes de magnitud más. Para igualar con plantas lo que consigue una ventana abierta en ese salón de 65 metros cúbicos harían falta, según sus propios términos, entre diez y mil plantas por metro cuadrado de suelo según el compuesto considerado. Trabajos independientes en oficinas reales, con medición continua de COV, no han encontrado diferencias atribuibles a la presencia de plantas ornamentales.

Sobre el CO₂, la cuenta es igual de desfavorable y además tiene un giro: de noche, sin luz, la planta no fotosintetiza pero sigue respirando, de modo que emite dióxido de carbono en lugar de consumirlo. Las cantidades son irrelevantes en ambos sentidos, y la vieja advertencia de no dormir con plantas en la habitación carece de fundamento por la misma razón por la que carece de fundamento la promesa contraria: el intercambio es demasiado pequeño para notarse.

Bromelia de interior en flor

Y el humo de tabaco, y los olores de cocina

El humo de tabaco no es un contaminante, sino una mezcla de más de siete mil compuestos, de los cuales una fracción importante es material particulado fino. Y ahí la hoja no puede hacer nada en absoluto: no hay ningún mecanismo por el que una planta capture partículas en suspensión del aire de una habitación. Se depositan por gravedad y por corrientes, y algunas acaban sobre el follaje igual que sobre los muebles, que es exactamente lo mismo que hace una estantería. Ninguna planta absorbe humo.

Con los olores hay una confusión distinta que merece deshacerse. Un olor es una molécula volátil que llega a la nariz. Una planta aromática no elimina el olor a fritanga: añade otro olor encima. Es enmascaramiento, no depuración, y funciona igual que un ambientador comercial, con la ventaja de ser más agradable y no liberar los propios COV que emiten muchos ambientadores en aerosol. Que huela mejor no significa que el aire esté más limpio; a veces significa lo contrario, porque el olor era el aviso.

Lo que las plantas de interior sí hacen

Descartado lo que no hacen, queda una lista corta pero verdadera.

Suben algo la humedad relativa. Este efecto sí es medible en una habitación normal, porque la transpiración foliar mueve cantidades de agua mucho mayores que las trazas de COV que capta la planta. Un grupo de plantas de hoja grande y bien regadas —Nephrolepis exaltata, Spathiphyllum, Ficus, palmeras de interior— puede elevar la humedad relativa unos pocos puntos porcentuales, lo que en un piso con calefacción por radiadores en enero, donde es fácil bajar del 30 %, se nota en garganta y en piel. Conviene el contrapunto: pasar del 60 % de humedad de forma sostenida favorece la condensación en muros fríos y el moho, que sí es un problema respiratorio real.

Mejoran el bienestar percibido. Es el efecto mejor documentado de todos y no tiene nada de esotérico. Hay literatura consistente en psicología ambiental sobre reducción de estrés autorreportado, mejor rendimiento en tareas de atención y menor absentismo en oficinas con vegetación. Cuidar algo vivo, mirar verde y tener una tarea manual pequeña cada semana explica buena parte de ello.

Algunas huelen bien de verdad. El jazmín (Jasminum polyanthum) en un balcón resguardado del interior peninsular perfuma de febrero a abril con una intensidad que ningún difusor iguala. El Gardenia jasminoides lo hace en verano si se le da sustrato ácido y agua sin cal. La Pelargonium graveolens y el Plectranthus desprenden aroma solo al rozarlos, lo que los hace ideales junto a un paso. El azahar de un limonero en maceta, en Levante y en Canarias, es el mejor ambientador que existe y es gratis. Todo esto es enmascaramiento agradable, y está bien mientras se llame por su nombre.

Lo que de verdad limpia el aire de una casa

Por orden de eficacia real y de coste.

Ventilar. Es la medida más potente y la más barata. La ventilación cruzada —dos aberturas en fachadas opuestas durante cinco o diez minutos— renueva un piso entero y en invierno enfría mucho menos que dejar una ventana entornada media hora, porque el aire se cambia pero los muros no se enfrían. Dos o tres veces al día basta.

Eliminar la fuente, que casi siempre es más útil que tratar el aire. No fumar dentro. Usar la campana extractora al cocinar, y comprobar que expulsa al exterior en lugar de recircular. Elegir pinturas y barnices de bajo contenido en COV y ventilar a fondo los días siguientes a pintar o a montar muebles de tablero aglomerado, que emiten formaldehído. Revisar calderas y calentadores de gas: la combustión incompleta produce monóxido de carbono, que no huele, y un detector homologado cuesta menos que una maceta grande.

Controlar la humedad para evitar moho, con extracción en el baño y secando la ropa fuera cuando se pueda.

Filtrar, si hace falta. Un purificador con filtro HEPA H13 retiene partículas —polen, ácaros, humo, PM2,5— y tiene sentido para alérgicos o en ciudades con tráfico denso. Para gases y olores hace falta además carbón activo, en cantidad suficiente: los filtros combinados con una lámina fina de carbón se saturan en semanas. La cifra a mirar al comprar es el CADR en relación con los metros cúbicos de la estancia, no el número de estrellas del catálogo.

Entonces, ¿para qué tener plantas dentro?

Por todo lo demás. Porque un Spathiphyllum en flor en un rincón de poca luz cambia una habitación, porque una Sansevieria trifasciata sobrevive a un mes de vacaciones y sigue igual, porque un potos colgado tapa una esquina fea y enraíza en un vaso de agua, porque una bromelia mantiene la inflorescencia tres meses. Porque cuidarlas ocupa las manos y organiza la semana.

Esos motivos se sostienen solos y no necesitan una promesa de laboratorio que los datos no respaldan. La versión más extendida de esa promesa, la que se apoya en la tradición del feng shui, está tratada aparte en el artículo sobre plantas para el hogar según el feng shui.

En resumen

El estudio de la NASA se hizo en cámaras selladas de un metro cúbico y sus porcentajes no se trasladan a una vivienda; recalculados en unidades comparables, el aire limpio que aporta una planta ronda los 0,02 metros cúbicos por hora, frente a los cientos que aporta abrir una ventana. Ninguna planta absorbe humo ni partículas, y las aromáticas enmascaran olores en lugar de eliminarlos. Lo que sí hacen es subir unos puntos la humedad relativa, mejorar el bienestar percibido y perfumar. Para limpiar el aire de una casa: ventilación cruzada dos o tres veces al día, campana de cocina que expulse al exterior, no fumar dentro, humedad controlada y, si hace falta, un filtro HEPA con carbón activo dimensionado a la estancia.


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